Ciencia Viva.

 

Libro: Ciencia Viva. Reflexiones sobre la Aventura Intelectual de Nuestro Tiempo.

Autor: Jesús Mosterín Heras

Es profesor de Investigación del Instituto de Filosofía del CSIC, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Barcelona, miembro titular de la Academia Europea, de la International Academy of Philosophy of Science y del Institut International de Philosophy of Science de Pittsburg y profesor invitado en universidades de Europa, Asia y América. Mosterín es uno de los raros pensadores que se mueven confacilidad en la frontera entre la ciencia y la filosofía. Autor de veintitrés libros y de numerosos artículos técnivos, colabora habitualmente en El País. Recibió el Premio Ortega y Gasset 1999 al mejor libro de ensayo y pensamiento por su obra ¡Vivan los animales! En la colección Espasa Fórum ha publicado Los lógicos (2000), que combina la narración de las vidas fascinantes y atormentadas de los fundadores de la matemática moderna con la exposición rigurosa de sus aportaciones teóricas.

Editorial: Espasa Fórum. 2001

Páginas: 371

Lectura: Agosto 2001

Valoración (0-10): 7


A mi entender es un libro que pasea al lector por ámbitos muy diversos de la ciencia y de la filosofía. Está dividido en tres grandes partes:

La primera trata sobre Ciencia, Filosofía y Sociedad en donde encontramos desde la teoría de la decisión racional o de la racionalidad práctica pasando por los tres principios de termodinámica o los Teoremas de Gödel y de Arrow, por la relación entre los ganadores de los premios Nobel a lo largo de la historia y los aficionados que contribuyen al avance de la ciencia, hasta la biografía y logros de Karl Popper y Thomas Khun.

En la segunda parte encontramos básicamente Biología. ¿Qué es la vida? Sus definiciones, un análisis filosófico-científico de nuestro origen, el Genoma Humano (su historia, repercusiones en la sociedad y prejuicios), biografías de Monod y Wilson el Naturalista.

La última parte sobre astronomía, física y matemáticas. Encontramos una análisis de las expediciones realizadas por los humanos en el espacio, todos los intentos por encontrar vida en el espacio, satélites, receptores de emisiones radiomagneticas; envío de cohetes y satélites a investigar y analizar; el Universo y sus límites de observación. El fin y el origen del Universo.

Ante todo este material, que sólo he citado una mínima parte de lo que en el libro se expone, creo que es preciso, para poder seguirlo, tener una base científica, unos conocimientos algo más que mínimos, de modo que nos permitan seguir las explicaciones, descripciones y análisis que Mosterín hace. De lo contrario, para un iniciado como yo, uno se pierde ante tantas referencias a teorías, autores, ideologías y un léxico técnico y especializado en cada disciplina (matemáticas, biología, física o filosofía). No obstante, creo que está escrito de forma muy clara y fácil, como dice la contra del libro, en un estilo periodístico, informativo y reflexivo.

Creo que aún a pesar de las dificultades que puede tener un ciudadano de a pie como yo, es posible aprender cosas nuevas, enterarse de hechos tan curiosos como las “Chapuzas de la evolución” (título del capítulo 14) como por ejemplo la evolución del ojo:

#201, “El ejemplo favorito de Paley era el ojo de los vertebrados, un instrumento óptico presuntamente perfecto y maravillosamente adaptado a la función de ver. Sin embargo, y como ha subrayado George Williams, la organización anatómica de nuestro ojo es el resultado chapucero de una serie complicada de avatares evolutivos, algunos claramente desafortunados (desde un punto de vista ingenieril). El estrato ópticamente funcional de la retina está formado por los fotorreceptores (bastones y conos), las células sensibles a la luz, que transforman la energía de los fotones que absorben en impulsos nerviosos transmitidos por los ganglios, que acaban convergiendo en el nervio óptio que transmite al cerebro la información recibida en la retina. Una tupida red de capilares sanguíneos aporta el oxígeno y los nutrientes requerido por los fotorreceptores.

Cualquier diseño razonable del ojo exigiría que el estrato de conos y bastones estuviese en la parte alta de la retina, adyacente al cuerpo vítreo transparente, y por encima de los vasos sanguíneos que lo alimentan. Así ocurre, por ejemplo, con los ojos de los calamares. Pero la evolución se mostró chapucera con los vertebrados, en los que la retina está colocada al revés, debajo de las fibras nerviosas y los capilares, que han de ser inútilmente atravesados por la luz antes de impactar en los fotorreceptores. Otra sorprendente chapuza, consecuencia de la anterior, estriba en que el nervio óptico no se forma (como sería de esperar) detrás de la retina por un agujero (el disco óptico, correspondiente al punto ciego del campo visual) para pasar al otro lado. Al final todos estos defectos se neutralizan y el ojo funciona, pero no es precisamente un paradigma de buen diseño.

Otro ejemplo de chapuzas de la evolución: “El conducto que lleva el aire a los pulmones se cruza absurdamente en la garganta con el que lleva la comida al estómago, poniendo a los vertebrados en peligro de ahogarse”.

Por otro lado, creo que leer un libro de estas características le libra a uno de prejuicios (o por lo menos sana nuestras falsas creencias) que adquirimos en la vida cotidiana, de los periódicos, amigos, conversaciones, televisión sobre la ciencia, sobre la vida. Por ejemplo, el tema de la clonación.

La oveja Dolly clonada por Ian Wilmut en 1998 tuvo que hacer 277 intentos antes de que conseguir la clonación. Por lo tanto, todavía hoy las técnicas de clonación están en un estado muy primitivo. Antes la clonación de ovejas no esté perfeccionada no se empezará con seres humanos.

Por otro lado, la clonación no es noticia (copio literalmente del libro # 210), la vienen practicando las bacterias desde hace miles de millones de años. Ocurre espontáneamente entre nosotros cada vez que una pareja tiene gemelos monozigóticos. Esos gemelos son más idénticos entre sí de los que serían los humanos artificialmente clonados, pues a su mismo genoma añaden la misma edad y una más semejante circunstancia.

[...] Uno de los espantajos aducidos por los alarmistas es la posibilidad de que en el futuro a alguien se le ocurra crear un clon de sí mismo como esclavo o cantera de órganos sin rechazo. Aparte de que el trasplante tardaría muchos años en llegar, por lo que no sería práctico, se olvida que el ser humano obtenido por clonación tendría los sismos derechos legales que asisten a cualquier ciudadano. Si alguien le arrancase sus órganos contra su voluntad, acabaría enseguida en la cárcel”.

 

  Pepón Jover del Pozo. Agosto 2001.

 

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