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Ciclo de Cámara y Polifonía

TACONES LEJANOS

Obras de Haydn, Mozart, Beethoven y Chopin. André Watts, piano. Auditorio Nacional. Madrid, 30 de octubre.

Es una buena idea que algunos, de los solistas que participan en los conciertos de la Orquesta Nacional intervengan en recitales del ciclo de Cámara y Polifonía. André Watts es uno de los que bien lo merecen. El pianista estadounidense nacido en Nuremberg fue figura muy conocida en España en los años setenta e incluso tuvo alumnos españoles, sin embargo su nombre parece haber sido olvidado un tanto ya que resulta incomprensible que hubiese bastantes claros en la sala de cámara del Auditorio Nacional y que faltasen muchas de las caras que acuden habitualmente a los ciclos de piano de Scherzo. Claro que es aún más incomprensible que haya señoras que se levanten tras terminar el concierto y no sean capaces de esperar a que el solista termine su propina y nos martiricen a él y a los demás con el ruido de sus tacones bajando las escaleras de la sala.

Watts eligió un programa tan atractivo como adecuado a sus características y temperamento. Abrió boca con la “Sonata n.58 en do mayor” de Haydn y el “Rondó en la menor” de Mozart, expuestos con desenfado y naturalidad pero también con vigor. Da gusto escuchar versiones en las que no existe ni un ápice de amaneramiento. La primera parte se cerró en forma brillante y vibrante con la “Sonata en fa menor Op.57, Appasionata” de Beethoven, para dedicarse la segunda a Chopin, con su “Nocturno en do sostenido menor Op.27 num.1” y la breve pero intensa “Sonata en si bemol menor Op.35”. Watts dejó claras sus virtudes: una aproximación auténticamente romántica a obras románticas. Si la técnica es excelente, el sonido es portentoso y toca el piano entregado y sin complejos. Se nota que disfruta tocando y sabe transmitirlo, manteniendo siempre en sana tensión al oyente. Decididamente uno se queda con sus enfoques antes que con el de otras primeras figuras muy aclamadas en la capital cuyas interpretaciones pecan de relamidas y eso que en la “marcha fúnebre” de la sonata de Chopin se rozó el almíbar. Tres propinas coronaron un recital de esos en los que el público se lo pasa realmente bien. Gonzalo ALONSO

Temporada de la OCNE

ENTRE SIRENAS Y MÓVILES

Obras de Varèse y Brahms. André Watts, piano. Orquesta Nacional de España. Director: George Pelhivanian. Auditorio Nacional. Madrid, 27 de octubre.

La nueva gerencia de la OCNE ha dejado ya su sentir en la lista de solistas que participan con la orquesta esta temporada. Si la semana pasada recibía al violinista Vadim Repin, en ésta lo hacía con el pianista Ander Watts, quien fuera figura bastante habitual en España durante la década de los setenta y que también ofrecerá un recital el próximo miércoles. La presencia de buenos solistas es clave para mantener la expectación en un ciclo al que le resulta muy difícil incluir directores del mismo peso.

Watts es un solista del que se guarda un buen recuerdo que ha revalidado con el segundo concierto de Brahms. Se admira el poder de una sonoridad plena y el vigor de unas lecturas que no permiten desmayo alguno. El pianista está siempre en una tensión que contagia al espectador. Esto no siempre es bueno, pues en ocasiones lo que las partituras piden es reposo y una cierta suerte de “abandono”. Igual que en el toreo de clase. Pero el segundo brahmsiano deja poca tregua al solista. Pelhivanian acompañó con paralela energía, algo epidérmica si se quiere. Colaboró acertadamente el primer atril de los chelos en el maravilloso tercer tiempo, aunque hubiera sido deseable una mayor dosificación del volumen. Las aclamaciones surgieron espontáneas nada más acabar la última nota.

En la primera parte del concierto se escucharon las “Ameriques” de Edgar Varèse, obra que ya programó la ONE hace unos veinticinco años y que, a pesar de sus ochenta años de vida, pareció seguir incomodando a alguna parte del público. El director invitado se decantó por la exploración de su sonoridad en bloque, epatante y hasta abrumadora, sin entrar en resaltar buena parte de los colores tímbricos en los que el compositor era maestro avezado. No se escucharon así los detalles de las maderas. Sí la sirena de bomberos, a la que se unieron las llamadas de unos cuantos móviles. Esta vez sus dueños podrían argumentar que no dejaban de ser sonidos de la ciudad. Gonzalo ALONSO

 

Temporada de opera en Sevilla

Otello: "piano, piano si va lontano"

"Otello" de G.Verdi. F.Porreta, C.Alvarez, H.Papian, A.Rodriguez, V.Esteve, M.Pardo, S.Palatchi, etc. Pianista: L.Catalonotto. Escenografía: E.Frigerio. Vestuario: F.Squarciapino. Dirección de escena: N.Joel. Dirección musical: J.Lopez Cobos. Teatro de la Maestranza. Sevilla, 25 de octubre.

El ambiente estaba muy caldeado pues desde hacia días se vivía en el teatro una situación problemática que era conocida fuera de el. La Orquesta Sinfónica de Sevilla, que depende de un consorcio ajeno al teatro, actúa en éste como invitada. Sus miembros, azuzados por un comité de empresa en el que lleva la voz cantante un chelo y en el que son patentes las luchas entre las dos primeras centrales sindicales, han entrado en conflicto con su empresa pero no han llevado sus presiones a su propia temporada, sino a aquella en donde les invitan y hasta el punto de no presentarse a tocar. Un error que acabaran pagando caro. Asistiron una treintena de músicos, algunos con lagrimas en los ojos. José Luis Castro y Jesús López Cobos hicieron muy bien en tirar por la calle de enmedio -Muti decidió lo mismo en una "Traviata" scagliera- y han creado un precedente que habrán de valorar otros conjuntos, dentro y fuera de Sevilla, antes de abusar en la reclamación de reivindicaciones. La representación se realizó "a la italiana", con piano, y hubo suerte de haber previsto con tiempo la presencia de Leonardo Catalonotto, un joven que supo hacer música a lo largo de tres horas a pesar de la presión existente. El fue el gran triunfador de la noche para un público que respondió con la sensibilidad que siempre muestra Sevilla ante situaciones extraordinarias. No recuerdo una primera más triunfal en la Maestranza.

López Cobos apechugó con un foso vacío inventándose la orquesta de cara a los cantantes y sin caer en el ridículo de dirigir fantasmas. Supo que las cosas son distintas a piano y aprovechó para adentrarse en profundidad en lo más intensamente humano de una partitura genial que ha demostrado poder vivir en la cojera orquestal y, es más, aun podría haber sobrellevado otra cojera en la escena. Es ésta tradicional y sin valores dramáticos destacables. Los decorados no molestan, pero alguno de ellos -el parapeto a media altura del primer acto- inspiran poco.

Carlos Álvarez, que debutaba como Yago, fue el mejor de la noche. Con una de las mejores voces baritonales del presente, con ganas y con matices que llegaban a la media voz realizó una de las mejores actuaciones entre las que le he vivido en los últimos años. La soprano Hasmik Papian mostró nervios en mas de una entrada insegura y cierta aspereza en algunos registros poco adecuada para Desdemona. Frank Porreta presentó un Otello  light, como si fuese el personaje de uno de esos musicales de Broaday que cantaba hasta hace poco. No fue, ni vocal ni escénicamente  el héroe atormentado sino el hombre débil e inseguro de nuestro tiempo. Claro que ¿cuántos Otellos hay hoy? Y en este sentido es uno de los más presentables. Cumplió bien el resto del reparto y admirablemente los coros del teatro.

Se resolvió con solvencia una situación, se logró triunfar ante la adversidad y el publico tuvo ocasión de presenciar casi un ensayo a la italiana, con vestuario, pero ojalá que no vuelva a repetirse algo así. Me dicen que el responsable de transportes y comunicaciones de Comisiones Obreras podría decidir "hacer un regalo a Sevilla" y empujar a  que la orquesta toque el lunes. Woody Allen toma nota de ello en Asturias para su próximo guión. Gonzalo ALONSO

Conciertos de la Tradición

SIN POLUCIÓN

“Las cuatro estaciones” de Haydn. M.Petersen, W. Güra, M. Wolpert. Orquesta Barroca de Friburgo y Rias-Kammerchor. Director: R.Jacobs. Auditorio Nacional. Madrid, 22 de octubre.

Se inició el ciclo que Primúsica denomina “Conciertos de la tradición”, uno de los más interesantes dentro del repertorio clásico/barroco, con “Las cuatro estaciones” de Haydn. No es un oratorio que se escuche mucho y la inmensa mayoría del público era la primera vez que lo escuchaba en directo. Sin embargo, por esas casualidades de la vida, se ha programado en Madrid al menos tres veces esta temporada. La segunda a apenas una semana vista en el ciclo de la RTVE bajo dirección de Rilling. Haydn la compuso tras el gran éxito cosechado con “La creación”. No reúne la calidad de ésta, pero sin duda es obra muy bella. Sobre todo cuando se ejecuta como lo hicieron los artistas de esta ocasión.

René Jacobs, otrora reputadísimo contratenor, se pasó al campo de la dirección con acierto sobresaliente. Ha demostrado en él mucho talento, más del que trasmiten sus gestos en el podio, poco ortodoxos y hasta confusos. Su labor está en la preparación previa, en los ensayos. Allí trasmite a solistas y conjuntos aquello que desea y, a tenor de los resultados, habituales, no cabe duda que lo consigue.

La característica fundamental de la versión de Jacobs fue su equilibrio. Un equilibrio que se traducía en todas las facetas, desde el sonido templado hasta la expresividad justa. Toda la lectura estaba en estilo, las dinámicas en su sitio, los planos sonoros bien establecidos y ajustados los ritmos. Cuando se utilizan instrumentos de época es frecuente una excesiva presencia del viento-metal. No fue el caso de Jacobs, que supo integrar todos los sonidos de forma equilibrada.

La Orquesta Barroca de Friburgo respondió con calidad y, si cabe, aún más los Coros de Cámara de Rias. En el caso de los solistas se demostró que no hace falta contar con grandes voces para este repertorio, pues una orquesta de plantilla mediana y sin vibrato nunca las tapa. Si la soprano era correcta, al tenor le faltaban unos agudos que suplía con falsete y el supuesto bajo no era ni siquiera barítono, sino una voz  tan indefinida como la de la mayoría de los mortales. Sin embargo cantaron con musicalidad y estilo y eso bastó.

El público salió contento como pocas veces. Los que acudieron, que no llenaron la sala, sabían a lo que iban y recibieron aún más de lo esperado. Disfrutamos. Gonzalo ALONSO

Inauguración de temporada de la OCNE

GRAN ÉXITO ENTRE QUEJAS

Obras de Brahms y Prokofiev. R.Lang, Orquesta y Coro Nacionales. Director: G.Pehlivanian. Auditorio Nacional. Madrid, 20 de octubre

En esta temporada se habrán de resolver los dos grandes interrogantes que pesan sobre la ONE: su régimen administrativo y su titularidad. Mientras en los despachos se discute de ello, se abrió musicalmente con un programa de enorme gancho para el gran público. A un concierto tan de repertorio como el de violín de Brahms se unía una obra de mucho atractivo bastante poco programada, la cantata “Alexander Nevsky” de Prokofiev. En el primero fue solista de excepción el reputado Vadim Repin. Pehlivanian, el director invitado con mayor frecuencia que se acababa de descolgar con unas polémicas declaraciones mostrando su deseo de alzarse con la titularidad de la agrupación, y el solista optaron por resaltar los valores más rotundos del concierto de Brahms, sin que se llegase a perjudicar el lirismo de la partitura. Este enfoque tuvo la virtud de alejar las tentaciones al empalagamiento en las que a veces se cae. Repin estuvo sobrado en una obra difícil donde las haya. El sonido es amplio y bello, la técnica perfecta y se ve secundada por una expresividad casi pareja. Hubo de conceder una propina ante las unánimes peticiones del público.

Rasgos parecidos secundaron un “Alexander Nevsky” de sonido pleno y extrovertida lectura. También los solistas de viento-madera lucieron calidad, como había sucedido en Brahms. La mezzo Rosemarie Lang cantó con gusto, aunque la breve parte demande una voz de mayores graves y caudal. Aunque en general faltó un punto de reposo para recrear los momentos de mayor patetismo, puede hablarse de una versión con la que el público podía y pudo disfrutar.

La rotundidad del éxito se vio empañada por un altercado al inicio del concierto. Parece ser que los servicios de Servicaixa para la venta telefónica de entradas no funcionan debidamente y había más de un espectador con entradas para la misma butaca. Un par de ellos impidió el inicio del concierto hasta no recibir una solución satisfactoria. El fenómeno se viene repitiendo en otros centros como la Zarzuela e incluso salas cinematográficas. Algún tipo de orden convendría poner, aunque pase por interrumpir el servicio. Gonzalo ALONSO

Simon Boccanegra abre la temporada en el Real
EL ABRAZO DEL MAR
El publico se rinde a un Verdi de arte y ensayo


"Simon Boccanegra" de Verdi. A. Agache, E. Matos, G. Prestia, Marco Berti, A. Golesorkhi, V. García Sierra, F. de Terán. Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Director musical, G. Ferro. Director de escena, G. del Monaco. Escenógrafo y figurinista, M. Scott. Iluminador, W. Zoubek. Nueva producción del Teatro Real.


Empieza la nueva temporada del Teatro Real con una obra muy infrecuente en Madrid, "Simon Boccanegar", de la que en toda la historia del género se han ofrecido apenas quince representaciones. Su carácter intimista y el protagonismo de un barítono sin una sola aria hicieron que no fuese comprendida por el público en 1857 y que Verdi la revisase 24 años más tarde. Se trata sin embargo de una de las páginas más bellas y queridas por su autor. "Simon Boccanegra" tiene hoy para nosotros un doble valor: el interés intrínseco de la obra y la circunstancia de haberse tratado de una especie de ensayo general en su trabajo con Boito hasta hacer posible el posterior "Otello".
El lenguaje verdiano experimenta muchos cambios de una a otra versión, no en vano en ese dilatadísimo periodo escribió "Don Carlo", "Forza del destino", "Aida" o el "Réquiem" y por Italia se había extendido la fiebre wagneriana. El compositor reaccionó en su revisión con un lenguaje tan italiano como personal en el que aparece el leitmotiv wagneriano -la llamada a Amelia en el tercer acto- y el naturalismo. Así podemos sentir a Bellini en el bellísimo "Piango, perche mi parla..." de Fiesco en el dúo final o reminiscencias de "Aida" y "Don Carlo" en las cuerdas bajas del coro. Privan las voces oscuras: las de Simon, Fiesco y Paolo, que llevan la parte más innovadora del drama. Simon se entronca con Felipe II en el retrato del dictador que se cree jefe por mandato divino, auto convencido de su justicia y misericordioso con su propia soledad . La obra expone un canto a la soledad del poder y a las intrigas que siempre le rodean. Fiesco nos devuelve al Gran Inquisidor, pero también al vengativo Silva del "Ernani" hasta en el ropaje del tercer acto y Paolo es claro antecedente de Yago. Amelia y Gabriele representan la parte tradicional del melodrama lírico italiano, en caracteres y en música.
Todo ello lo conoce muy bien Giancarlo del Monaco, que tenía por delante el reto de igualar su aclamada "Boheme". Lo consigue desde premisas distintas, tal y como exige una obra bien diferente. La producción aúna belleza con teatro a base de la presencia permanente de un mar - Verdi introduce el naturalismo en su música- proyectado desde atrás,  la dramaturgia del color, el empleo de unas enormes columnatas de carácter neoclásico, un vestuario diseñado en congruencia y un cuidadísimo estudio de las situaciones teatrales. Podría citar como ejemplo el espectacular cambio de escena entre prólogo y primer acto. Los 25 años que los separan son expuestos a través de un laser que absorbe por el túnel del tiempo a Simon y la estatua de los Fiescos. Pero es que la escena siguiente, ya con el mar al fondo, presenta a Amelia en penumbra total, sugiriendo muy adecuadamente el misterio de "la mujer desconocida venida del mar". Si la escena del juicio, lo mejor musicalmente de la obra, nos trae la imagen de un cuadro en el que se enfrentan los rojos y negros -patricios y plebeyos- en la final sobrecoge el desarrollo dramático de una boda acabada en funeral con un Doge que no desea morir en el palacio sino en el mar. Plasticidad y drama a partes iguales. Como en toda representación hay también aspectos que no le placen tanto a quien escribe, pero son siempre detalles menores en medio de un acierto general. Así habría sido deseable una pintura de colores menos obvios para los mármoles de suelos y columnas, una menor tendencia en los personajes a cantar desde el suelo o una iluminación sin tanta estaticidad y dureza en los laterales. Todo mejorable en una reposición.
Gabriele Ferro dirige con un nervio que en ocasiones debe plantear dificultades  a los cantantes -¿por qué no permitir los trinos y la suspensión de notas de la soprano al final del juicio?- pero que imprime vida y drama a la ejecución. No pierde, por otro lado, nada de lirismo en momentos como el bellísimo terceto y tanto coros como orquesta responden magníficamente. Alexandru Agache es uno de los barítonos que mejor pueden cantar hoy el papel protagonista. Quizá le falte algo de refinamiento, pero posee los medios vocales para superar brillantemente el gran final del primer acto. Él y Elisabete Matos están espléndidos en el dúo. La soprano portuguesa, con una voz enmarcada en lo "spinto", plantea una Amelia con un peso hoy infrecuente que nos recuerda que en tiempos fue papel de Tebaldi y Varnay. Giacomo Prestia presta profundidad a Fiesco, Anooshah Golesorkhi resulta un Paolo de mayor entidad a la habitual a pesar de la claridad del timbre y en Marco Berti hay un tenor de grandes posibilidades con un timbre que por momentos recuerda al de Pavarotti. Difícilmente podría hallarse en la actualidad un reparto mejor. Hay mucho para disfrutar en este "Simon" y más cuanto más se conoce la obra.  El público madrileño, que aclamó y aclamó a todos los participantes y entre el que se hallaba la Reina, ha entrado por fín en "Simon Boccanegra". Lástima que el mar del escenario se trasladase también a la plaza de Oriente y que el diluvio impidiese gozar de la representación a través de la pantalla gigante que se había instalado. Verdi escribió que "Simon precisa una buena ejecución y un público atento". Hubo ambas cosas en el Real. Jornada muy merecidamente triunfal que podrá repetirse en el Liceo a meses vista. Gonzalo ALONSO

50 años de Juventudes Musicales

Un sonoro estreno

Obras de J.Adams, A.García Abril e I.Stravinsky. I.Martín y D.Ligorio, piano. Joven Orquesta Nacional de España. Director, J.Vicent. Auditorio Nacional. Madrid, 27 de septiembre.

Es una verdadera pena no disponer del espacio suficiente para realizar un comentario crítico profundo a la nueva partitura de Antón García Abril que ha servido para conmemorar las bodas de oro de Juventudes Musicales de España. La onomástica fue recordada en el escenario por el presidente de la entidad y el secretario de Estado de Cultura y en el acto se entregaron sendas distinciones a Cristóbal Halffter y Joaquín Achúcarro, presentes en el concierto inaugural de hace 50 años.

La JONDE y su director, Joseph Vicent, demostraron estar en forma con lecturas muy sueltas y eficaces de “Short ride in a fast machine” de John Adams –pieza que reipiteron como propina y que resulta una mezcla de minimalismo y Coplan- y la “Petrushka” de Stravinsky en su revisión de 1947.

Pero lo importante de la jornada, además de la celebración, era el estreno del “Concierto para dos pianos” de García Abril que, una vez más, deja constancia de su sabiduría para estructurar y entretejer. La obra está sin duda alguna bien escrita y su efecto en el público fue evidente dadas las largas ovaciones que recibió. La música de García Abril tiene la virtud de conectar con la audiencia más fácilmente que la de otros. Los dos pianos son auténticos protagonistas desde el mismo inicio, aunque la poderosa sonoridad de la partitura, apoyada por la rica plantilla instrumental, impida que resalten en más de un momento. Bien puede establecerse un paralelo entre García Abril, Gian Carlo Menotti y Xavier Montsalvatge. La música de los tres se halla siempre abierta a las influencias de los antepasados que mejor conectan con su modo de sentir. Los tres han sido criticados por otros compositores de tendencias más vanguardistas, pero las obras de los tres son mejor aceptadas por los públicos y se reponen al cabo de los años sin tanta pérdida como la que experimentan otras piezas más “modernas” en su momento. Lo mismo sucederá con esta nueva obra para dos pianos –la fórmula es escasa en el repertorio español- que se abre en sus colores y resonancias a Rachmaninoff y Addinsell, a Falla en el precioso adagio y a Stravinsky en el movimiento final, sin perder la personalidad propia que logra García Abril imprimir a sus piezas. El dinamismo, los timbres y el ritmo, presente hasta en el adagio, hacen la obra muy adecuada para festejar a unas Juventudes que cumplen 50 años. Gonzalo ALONSO

Ciclo Grandes Intérpretes

Beethoven enfermo

Obras de Scarlatti, Liszt, Scriabin y Schubert. Anatol Ugorski, piano. Auditorio Nacional. Madrid, 24 de septiembre

En cierta ocasión se anunciaba en la Scala un “Trovador” con Mario del Monaco y María Callas. Poco antes de la función el célebre tenor comunicó una supuesta apendicitis, resultado de la cual era un cambio en el título a representar, que pasaría a ser “Andrea Chenier”. Cuando a la Callas le preguntaron al respecto contestó: “No era del Monaco quien tenía apendicitis, sino Manrico (el protagonista de “Trovador”)”. Los italianos dicen que “se non è vero, è ben trovato”.

Pues otro tanto se podría decir de la nueva presentación de Anatol Ugorski en el ciclo de “Grandes intérpretes” de Scherzo. El programa anunciado era tan espectacular como tremendo de ejecución: tras una fuga de Bach, el “Carnaval” de Schumann y la “Hammerklavier” de Beethoven. Casi nada. Al parecer el pianista llevaba días con una afección estomacal y, a punto de suspender el recital, decidió finalmente cambiar el programa. Nos ofreció cuatro sonatas de Scarlatti, la “Sonata en si menor” de Liszt, preludio y nocturno para mano izquierda de Scriabin y la fantasía “Wanderer” de Schubert. Uno, si se encontrara enfermo, habría escogido algo mucho más breve y sencillo. Digamos que un par de sonatas de Mozart tras los Scarlattis. Así pues, quizá fuera a Beethoven a quien le doliera el estómago esa tarde.

El caso es que Ugorsky, con enfermedad o sin ella, demostró su gran clase. Las sonatas de Scarlatti posiblemente estaban fuera de estilo, pero sonaron con una belleza y un atractivo irresistibles. Convenció el “Preludio en do sostenido menor y nocturno en re bemol mayor” para mano izquierda, aunque hubiera sido deseable un punto mayor de pasión. Lo de la sonata de Liszt empieza a ser otra enfermedad. ¿Cuántas veces la escuchamos en cada temporada? Faltó limpieza en la ejecución de Ugorski y en el discurso hubo sus trompicones. No es fácil de tocar si se está verdaderamente enfermo. Lo mejor del recital vino al final, con una “Fantasía Wanderer” modélica. Ni faltó, ni sobró nada. Y hasta concedió otro Scriabin de propina. Fue realmente una pena no escuchar la sonata beethoveniana programada inicialmente, título además que muy pocos ofrecen, con un solista de la categoría de Ugorski. Gonzalo ALONSO

ANTE LOS ENIGMAS

“Turandot” de Puccini. A. Marc, I.Encinas, A.Arteta, E.Schrott, L.Sintes, E.Santamaría, J.Ruiz, P.Calderón, J.M.Díaz. Decorados y vestuario de E. Frigerio y F.Squarciapino. Dirección escénica: N.Espert, dirección musical: J.Collado. Palacio Euskalduna. Bilbao, 21 de septiembre.

La ABAO celebra sus bodas de oro con una temporada llena de interés – “Ocaso de los dioses”, “Werther”, “Norma”, “Alcina”, “Zigor”- y que se abre con la “Turandot” pucciniana en la tradicional versión final de Alfano. Acudieron lendakari, alcalde, director general del INAEM -¡menuda felicitación la página entera de publicidad colocada en un periódico local!- etc. El acto empezó naturalmente con el himno vasco. No dejó de resultar enigmático que mucha parte del público se sentara antes de su terminación y que, tras él,  los aplausos fueran tan circunspectos como los que recibiera “Turandot” en su estreno scagliero. Pero vayamos a otros enigmas, los de la ópera de Puccini.

La puesta en escena es ya conocida, puesto que sirvió para inaugurar el nuevo Liceo. Ezio Frigerio y Franca Squarciapino diseñaron escenografía y vestuarios con el buen gusto que es tradicional en ellos y una buena dosis de espectacularidad. Nuria Espert maneja solistas y coro con fluidez, buscando humanidad en el corazón de la princesa de hielo.  Es la suya una mujer que odia a los hombres y que enseña a las niñas de su pueblo a compartir ese mismo sentimiento, obligándolas a presenciar la decapitación del príncipe de Persia por un verdugo femenino. Al sentirse enamorada no le queda otro camino que suicidarse con la misma daga con la que la esclava Liú se ha quitado la vida momentos antes. La sicología de Turandot da mucho de sí. Podía haberse limado la pobre aparición del mandarín en el segundo acto, pero no fue así. En cualquier caso el público ovacionó una producción cuidada y muy vistosa que funciona.

Funcionó menos la Sinfónica de Euskadi, un tanto “reservona”. Collado concertó con parsimonia y clara decisión de “lirizar” la partitura para desmelenarse en los acordes finales. El coro resolvió, no sin esfuerzo, la más amplia intervención de este tipo en el catálogo pucciniano. Una vez más fue Liú la más aplaudida de la velada. El personaje cae simpático, Ainoa Arteta jugaba en casa y cantó con la voz en forma y mucho gusto. Menos línea pero gran voluntariedad y entrega mostró el tenor Ignacio Encinas, mientras que el joven Erwin Schrott dejó constancia en su breve papel de sus grandes posibilidades. Creo que Alexandra Marc no obtuvo todos los aplausos que merecía, porque hoy es difícil hallar quien resuelva mejor la papeleta protagonista. Volumen y agudos no le faltan, aunque quizá sí un punto de metal en el timbre. La velada resultó triunfante y el éxito irá a más. Gonzalo ALONSO

  NO HABRÁ MARCHA ATRÁS

 

"El Fantasma de la Ópera" de Ll. Webber y C.Hart .  L. Amando, F. Farag,  A. Pita, S. Casas, D.Venancio Muro, E. Ruiz del Portal, E. Ferrer, A. Argemil, E. Esteves, etc . Actores, coros, cuerpo de baile. Teatro Lope de vega de Madrid. 4 de septiembre.

 

Que Madrid se está incorporando a la ruta de los musicales es un hecho. El éxito que obtuvo "El hombre de la Mancha" permitió la programación de otras obras conocidas que, como "La bella y la bestia" o "My fair Lady", han acabado por consolidar el género. En esta ocasión se presenta "El fantasma de la ópera", quizá el musical más mítico de los últimos años tras "Cats", aún inédita en España. Esta obra permitió a Lloyd Webber, presente por cierto en el estreno madrileño y recogedor del sin fin de ovaciones finales, amasar una de las mayores fortunas inglesas. A partir de ella llegaron varias piezas más que siempre han respondido a una misma fórmula: música atractiva y muy pegadiza en un par de melodías, mucho teatro en escena, decorados y sonido espectaculares y presentaciones muy cuidadas. Gracias a todo ello, en sus 16 años de vida,  han visto este "Fantasma" nada menos que 70 millones de personas a lo largo de 96 ciudades de 18 países. Son cifras que dan que pensar y que, permítaseme el atrevimiento, recuerdan aquel 1842 en el que se estrenó en la Scala el "Nabucco" de Verdi. En menos de cinco meses se ofrecieron 57 representaciones y por la Scala pasaron más espectadores que habitantes tenía entonces Milán. De tanto gancho gozaba entonces la lírica, como hoy el musical. Cierto es que son géneros diferentes aunque compartan muchos aspectos, pero cierto es también que sociológicamente uno cumple hoy las funciones que cumplía antaño el otro. Lloyd Webber se encarga de recordarlo parodiando el viejo género con músicas escritas ex profeso y que, hasta con sus septetos, en algunos momentos suenan a partituras líricas contemporáneas.

Este "Fantasma" nos muestra una vez más los tiempos de franquicias y globalización en los que vivimos. El vestuario, la lámpara, los decorados, etc son un calco de los vistos en Londres o Nueva York. No se cae en riesgos innecesarios e incluso el propio Lope de Vega, con su antigüedad, proporciona un marco digno para simular la sala de la Ópera de París, escenario original de la trama. Las diferencias de la versión española se centran casi exclusivamente en el apartado musical. El texto castellano resulta digno, aunque uno tenga permanentemente en los oídos el inglés. Se ha conseguido que todo el reparto sea español. Luis Amando, Felicidad Farag y Armando Pita ofrecen convincentes caracterizaciones del fantasma, su enamorada y el novio de ésta. Escénica, vocal e instrumentalmente funciona al máximo nivel internacional, así como el espléndido sonido. Convendría, eso sí, cuidar la tendencia al grito de los conjuntos y de alguno de los protagonistas. 

A la salida lo que queda son un par de pegadizas melodías -algunas de ellas las han cantado, entre otros, Caballé y Carreras- y la satisfacción de comprobar que en España se pueden hacer las cosas con la misma calidad que en Londres o Nueva York, aunque sea década y media después. Más vale tarde que nunca. El espectáculo merece la pena, no se lo pierdan. El “Fantasma” no es “Nabucco”, pero tampoco Rosa es Kattia Ricciarelli, la vencedora hace 30 años de un popularísimo concurso televisivo italiano. “Ya no habrá más marcha atrás” repiten con insistencia los protagonistas al final y posiblemente tengan razón. Para bien o para mal. Ustedes deciden. Gonzalo ALONSO  

Barenboim en Madrid

Todo un domador

"Novena sinfonía" de Beethoven. A.Denoke, R.Lang, T.Mosser, H.Müller-Brackmann. Coro de la Deutsche Staatoper Berlin, Staatskapelle Berlin. Director: D.Barenboim. Teatro Real. Madrid, 24 de junio.

Los dos conciertos de Barenboim programados para el Festival de Verano suponen un auténtico reto. Nada más y nada menos que la "Novena" de Beethoven y el "Réquiem alemán" de Brahms, un “capolavoro” del maestro argentino. La "Novena" es posiblemente la sinfonía que más se escucha en Madrid a lo largo del año, entre otras cosas porque hay agrupaciones que, como la orquesta habitual del Real, la tienen como su obra emblemática para la Navidad. Es una partitura bien conocida por todos los públicos y, es más, cada uno de nosotros tiene probablemente su idea de cómo desea escucharla. Al público que abarrotó el Real le entusiasmó el trabajo de los berlineses. Al crítico también, aunque haya escuchado bastantes "Novenas" mejores.

Barenboim, que mantuvo unos tempos más bien ligeros, pasó de puntillas por el primer tiempo y casi otro tanto por el segundo, aunque en él se disfrutó de los juegos de las maderas. Lo mejor se dio en el movimiento lento, en donde por primera vez respiró la orquesta, se ensancharon las frases y se hizo música con alguna que otra exageración, todo hay que decirlo, como el canto en piano de los chelos. El cuarto tiempo no defraudó, principalmente por la tensión que logró mantener en orquesta y público. Barenboim exige a orquesta y coros más de lo que pueden dar, pues son conjuntos buenos pero no excepcionales y se comportan mejor en el foso que en el escenario. Funcionó aceptablemente el cuarteto solista. La soprano acortó inteligentemente su terrible sobreagudo, del barítono complace el timbre joven eminentemente lírico aunque se eche de menos un auténtico bajo, el tenor cumplió pasándolo mal a ratos y a la mezzo, como es norma, no se la oyó. Ya se sabe que la obra es inclemente para todas las voces, incluidas las del coro y, sobre todo, para sus sopranos que difícilmente pueden evitar el grito.

Del concierto pudieron disfrutar muchos más espectadores de lo que permite su reducido aforo, gracias a las pantallas instaladas por Telemadrid en la vecina Puerta del Sol. Una iniciativa digna de aplauso. Y otro apunte: la presencia de conjuntos enteros invitados ayuda a tomar real perspectiva de dónde se halla nuestro Real y a lo que debe aspirar. La lástima es tener un único punto de referencia. ¿Para cuando las visitas de la Scala, San Petersburgo, Metropolitan, etc? Gonzalo ALONSO

Wernicke frente a Falla en Lisboa

ESPECTÁCULO AÚN POR RESOLVER

"El amor brujo" y "La vida breve" de Falla. N.Ferrandiz, G.Ortega Cortes. E.Matos, M.Perelstein, A.Palombi, A.Echevarria, A.Campos, etc. Orquesta Sinfónica portuguesa. Coro del Teatro San Carlo. Producción escénica de H.Wernicke, coreografía de N.Ferrandiz.  Dirección musical de J.Pons. Coproducción del Teatro de la Moneda y el de Basilea.

El Teatro lisboeta de San Carlo parece darse cuenta que una parte importante de su público ha de buscarlo en el país vecino, en donde la afición lírica es mayor. Su último espectáculo "Ay Amor" se basa en dos de las obras de Falla más populares y supone la reaparición de un trabajo de un autor fallecido hace pocos meses, ese Wernicke que amaba tanto España como para vivir en Jerez. No es un espectáculo redondo y se desequilibra claramente a favor de la ópera. Wernicke no se dio cuenta a tiempo de que "El amor brujo", si se representa junto a "La vida breve", ha de ser como su continuación, nacer de la Salud muerta y desarrollar la venganza del fantasma de ésta sobre aquél a quien "¡el queré que eya te daba tú no te lo mercías!" o "¡quien lo había de decí, que con otra la vendías!". Así se le puede encontrar el sentido dramático en el que Wernicke naufragó. Su puesta en escena, común a ambas partituras, presenta un escenario prácticamente vacío cuyo suelo es un plano inclinado de forma circular al que rodea un ciclorama. Todo muy Wieland Wagner. En la gitanería en un acto, para la que se recurre a la frescura de la versión primera y reducida de 1915, no plantea sino una sucesión de tópicos de la España de la pandereta: el torero, las procesiones de capuchinos, etc. Vistosidad estática sin contenido dramático, con una única silla y un micrófono desde los que Ginesa Ortega canta su parte adecuadamente mientras Natalia Ferrandiz danza sin guión.

El público quedó bastante indiferente, mientras que ovacionó "La vida breve". En ella sí que llegó el drama, y sin caspa. Sus escenas se sucedieron, a partir de los citados silla y micrófono,  con simpleza y buen planteamiento. Elisabete Matos, una "chavala" un poco crecida, fue vocalmente una excepcional Salud sin nada que envidiar a las grandes del pasado. Cada día sobresale más su sentido dramático. Convencieron Mabel Perelstein, Alfonso Echevarría y Antonello Palombi y realizó lecturas matizadas y vivas Josep Pons, logrando sacar lo mejor de una orquesta de muy aceptable nivel.

Queda aún pendiente que un día alguien acierte con el auténtico espectáculo que ha de dar sentido a la unión de ambas obras. Wernicke lo intentó, pero no lo logró. Gonzalo ALONSO

Castilla y León en Nueva York
HOMENAJE A  RICARDO VIÑES
Obras de Ravel y Falla. J.Achucarro. Orquesta
Sinfónica de Castilla y Leon. Director: S.Mas.
Carnegie Hall. Nueva York, 11 de junio.

España está cambiando mucho en el aspecto musical. La
extensa red de auditorios  creada a partir de los años
ochenta, la aparición de nuevas orquestas y la
consolidación de las existentes empieza a dar frutos.
Hoy, algunas de nuestras agrupaciones pueden viajar al
extranjero sin rubor y, a nivel general, hemos
superado a Italia y Francia. La Sinfónica de Castilla
y León es buen ejemplo de lo dicho. Siendo una
agrupación muy joven, nació en 1991, ha visitado ya
Portugal, Alemania y Suiza, países a los que ahora se
une Estados Unidos, en cuyo celebre Carnegie Hall
neoyorquino acaba de realizar su presentación. La
ocasión la ha brindado la difusión del amplio
proyecto cultural que la Junta de Castilla y León va
a realizar en Nueva York y que conlleva, entre otras
actividades, la exhibición de las "Edades del hombre",
los descubrimientos de Atapuerca y la promoción de
la lengua castellana.
Siempre es difícil y por ello fácilmente criticable
la confección de un programa para una presentación en
el extranjero. De un lado parece obligado llevar en
las maletas obras españolas, de otro resulta un tanto
arriesgado abordar ese repertorio tradicional  que los
públicos de las grandes urbes como Nueva York se han
acostumbrado a oír con orquestas de primera fila. El
programa escogido por la Orquesta de Castilla y León
reúne, consciente o inconscientemente, la unidad del
homenaje al pianista de origen catalán Ricardo Viñes,
ligado de una u otra forma a la "Alborada del
gracioso" y a las "Noches en los jardines  de
España". Falla y Ravel de la mano. Completaba el
programa la "Rapsodia española" y la segunda suite
de "El sombrero de tres picos". Quizá hubiese sido
conveniente añadir una partitura de hoy a estas
cuatro de primeros del pasado siglo..
Y Castilla y León no ha tenido reparos en compartir
tarjeta de visita con un director catalán y un
pianista vasco:: Salvador Mas y Joaquín Achucarro. El
primero, su principal director invitado, el segundo
un solista habitual en sus temporadas. La mejor
critica del concierto es la constatación sin reparos
al gran éxito obtenido en el mítico Carnegie, que
obligó a tres propinas. La primera a cargo de
Achucarro, una extraordinaria versión del nocturno de
Scriabin  para la mano izquierda, tras una lectura
inspirada y equilibrada en fuerza y evocación del
concierto de Falla. Las dos siguientes, una mazurca de
Chueca y el efectivo intermedio de "Las bodas  de Luis
Alonso". El entusiasmo y la entrega de los
interpretes en ocasiones como la presente suele
ayudar a que den lo mejor de si y ha de estarse
atentos a la evolución de esta joven agrupación a
punto de estrenar titular con Alejandro Posada.
Estando muy bien estas escapadas, no hay que olvidar
que el mismo entusiasmo y disposición que músicos y
políticos  ponen en ellas,  ha de trasladarse al día  a
día, que es con lo que se construye de verdad la
historia de una agrupación. En Nueva York:
sobresaliente. Gonzalo ALONSO

 

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