CAPIROTES Y TERCEROLES. LITERATURA COFRADE
HISTORIA DE UN TAMBOR


HISTORIA DE UN TAMBOR
(Por Francisco Javier Aguilocho)


... y yo esperaré. Y se quedarán mis manos temblando.

Y se quedará mi tambor, con su tenso bordón y con su blanca piel.

Todas las tardes el cielo será gris-rojizo; y tocarán en la noche los sonidos del abismo.

Se acabará la noche y el pueblo se hará nuevo cada año; y en

el rincón del desván colgado, solo y polvoriento, su espíritu errará nostálgico...

Y yo me iré, y se quedarán mis manos temblando.


Este poema dedicado aun tambor por su dueño, tiene un sentido nostálgico y a la vez, un cariño tan grande como el que yo le tengo a mi tambor.
Corría el mes de febrero de 1.966 cuando tenía cuatro años y medio. Un día llegando a mi casa después de la escuela mi abuelo me llamó y me dijo: "toma este tambor. Es el mismo con el que hemos aprendido a tocar todos los miembros de esta familia. Cuélgatelo con orgullo y dignidad pues con él han aprendido tus tíos, tu padre, incluso yo que marché en caballo hasta Alcañiz para comprarlo (sobre el año 1.895 aproximadamente)".
Yo no entendía muy bien lo que mi abuelo me decía, pero me hizo una ilusión enorme. Ahora (continuó diciéndome mi abuelo) todos los días de aquí hasta Semana Santa iras a aprender con el tío Severino que era el que por aquel entonces enseñaba a todos los niños del pueblo a tocar el tambor y el bombo.
El tambor en cuestión era (para mí) un poco grande. Tenía la caja de latón, los aros negros de madera, las cuerdas para tensarlo eran de cáñamo y ese mismo año mi abuelo le había cambiado los bordones de tripa (ó "zagos" como se denominan en La Puebla de Hijar), por otros más modernos. Las pieles eran de cabrito. Por aquel entonces solo las podían llevar así los ricos del pueblo ó los que como en el caso de mi abuelo, tenían ganado. Los menos pudientes, se las apañaban para poner en sus tambores pieles de borrego o de cerdo. A los bombos siempre les ponían pieles de ternera, vaca ó caballo.
... Y llego el Jueves Santo. Salimos toda la familia con nuestros tambores y bombos. Llegamos a la plaza Mayor, poco antes de media noche. Yo con mis cuatro años me quedé con la boca abierta cuando vi a tantas personas. Entonces me acordé de la Semana Santa anterior cuando en la madrugada pasaban tocando las cuadrillas por mi calle. Y recuerdo el ronco sonar de los bombos y tambores de piel. ¡Me hicieron estremecer!
Sin previo aviso, las dos saetas del reloj de la plaza apuntaron al cielo. ... ¡Y estalló la pasión!. Imaginad a un niño de cuatro años, en medio de más de mil personas tocando sus tambores y bombos, pasando de un silencio casi absoluto a un estruendo brutal. Me quedé paralizado con mis piernas temblando y casi llorando por no recuerdo que sentimiento. Sólo miraba mi tambor y empecé a tocar. Yo miraba a mi abuelo y a mis tíos, todos tocaban con sus tambores por encima de mi cabeza. Más tarde, mis dedos comenzaron a inflamarse y mis muñecas me dolían, pero hice lo que pude para seguir el ritmo.

La noche de primavera llegaban los amigos

Con la mirada alta y el tambor ceñido.

Y una vez más esperábamos la hora,

El corazón encogido, llegó la saeta

Al fin del recorrido y todo a una,

Nos lanzamos al vacío del viento y de la piel.

Nos envolvió el sonido,

El mismo son de siempre, compases repetidos

Del padre, y el abuelo los toques aprendidos

La música de antaño resuena en mis oídos

Escenario de la luna, plazas, calles y callizos

Recuerdo aquel tronar de mazas y palillos.


Cuando nos íbamos para nuestra casa, le pregunté a mi abuelo ¿por qué tocamos el tambor esta noche? Mi abuelo me miró y con su eterna rudeza de hombre de campo pero con el corazón que le hizo ser juez de paz en la comarca, me explicó: Según me contó mi abuelo, esto comenzó en los tiempos en que las gentes no sabían rezar. Lo hacían para que el suelo temblase con el ruido y así se dieran cuenta que Cristo nuestro Señor había muerto por todos nosotros. Yo no entendí nada de lo que me decía pero con el paso de los años, fue calando tanto dentro de mí que actualmente, a mis cuarenta y un años, sigo conmemorando la Semana Santa con la misma pasión, y el mismo fervor que todos mis antepasados. Tanto es así, que cuando me acuesto la noche de Jueves Santo, después de nuestra procesión, vienen a mi memoria casi como un sueño, aquellos sonidos roncos de los bombos y tambores de piel y aunque sea solo por un momento vuelvo a ser "el niño de cuatro años otra vez"

Cada vez que oigo los toques de tinieblas

Cada vez pienso ¡ y los recalca siempre! ...

Palpita su alma en el pasado abismo de los

Aconteceres , como la negra noche

En el espacio infinito se desvanece.

¡Recuerdo lo que mi visión de niño ó de

anciano que todo perderlo teme!...

No, no os marchéis encapuchados

Seguid interpretando la danza de la muerte,

Dolor. Así fue

Huyamos de la peste del frió y de las miserias.

Así es. Llanto del aire. Ritual sagrado.

Y así ha de ser siempre.


Ahora comprenderéis mi devoción por la Semana Santa de Aragón. Para los que estéis leyendo este artículo forméis parte la sección de instrumentos, quiero pediros disculpas sin en algunas ocasiones me he dejado llevar por mi celo en hacer las cosas los mejor posible y si he hecho algún comentario fuera de tono. Pero es tal la pasión que llevo dentro que en ocasiones pienso que todo el mundo tiene la misma devoción que yo, y esto es materialmente imposible. La realidad es que si tomáramos ejemplo de todos los que sentimos la Semana Santa con devoción, habría tanto ejemplos como personas. Yo sólo os pido, por favor, que intentéis comprender mis sentimientos a la hora de "coger una tambor". Para mí es algo casi sagrado e intento que mis toques lleguen lo más cerca posible de nuestro Señor, que por él y para él, tocamos. Un año más estamos aquí frente a Dios y frente a los hombres. Seamos dignos... pero esas noches de Jueves Santo...

Voces de nubes ennegrecidas por el paso del tiempo con gotas de agua blanca

como la luz de la mañana. "Redobles de bombos y tambores"

Grietas en el aire resequido, cielos rasgados en jirones de un llanto de lágrimas.

"Plañir de pieles tensas y gritos de bordones"

Círculos míticos, rostros arrugados y manos endurecidas por el trabajo de la tierra.

"Dolor de látigos al viento de la noche"

Lenguaje sorprendente, casi infinito e insondable. La voz, no el rumor, la voz

personal late detrás de un mundo inconfundible que sostiene y alienta

con entumecidas manos y sangrantes, como esqueleto.

"la carne sonora de los bombos y tambores"



Nota: las poesías incluidas en este artículo pertenecen al libro: VOZ DE TAMBORES... VOZ DE UN PUEBLO (del poeta Mariano Estrada Esteban)




Publicado en la web oficial de la Cofradia del Prendimiento.



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