LA EDAD MODERNA

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ILUSTRACION DE LA EPOCA (Iglesia de San Nicolas de Bari)

1. INTRODUCCION

Edad moderna, periodo histórico que, según la tradición historiográfica europea y occidental, se enmarca entre la edad media y la edad contemporánea. La edad moderna, como convencionalismo historiográfico —así como las connotaciones del término moderno, utilizado por primera vez por el erudito alemán de finales del siglo XVII Cristophorus Cellarius—, responde en su origen a una concepción lineal y optimista de la historia y a una visión eurocentrista del mundo y del desarrollo histórico. A pesar de ser aceptada comúnmente en los medios académicos occidentales como marco referencial, será objeto de una amplia reflexión entre los historiadores a lo largo del siglo XX en torno a su amplitud y sus límites cronológicos, sus escenarios geográficos, su alcance semántico y los fundamentos de la modernidad, entre sus aspectos esenciales.


2. LOS LÍMITES ESPACIALES Y CRONOLÓGICOS DEL MUNDO MODERNO

El prisma eurocentrista desde el que se concibe la edad moderna es la consecuencia de la valoración que el pensamiento europeo-occidental ha hecho de unos procesos básicos y característicos de la cristiandad occidental a lo largo de un dilatado periodo de tiempo. En este sentido, la geografía de la modernidad estará delimitada por Europa, concretamente Europa occidental, y por la magnitud de la expansión de su civilización desde el inicio de los tiempos modernos. Pero la conceptualización del mundo moderno y sus límites espaciales y cronológicos son objeto de diferentes aproximaciones desde la propia historiografía de Europa occidental. La historiografía tradicional francesa, por su lado, considera que la edad moderna transcurre entre los siglos XVI y XVIII, situando sus comienzos en torno a la caída de Constantinopla en 1453, al descubrimiento de América en 1492 y al fenómeno cultural del renacimiento, en tanto que emplaza su final en el derrumbamiento de la vieja monarquía y el proceso revolucionario iniciado en 1789 (Revolución Francesa), con el que se iniciaba la contemporaneidad. En cambio, en la historiografía anglosajona el término ‘moderno’ hace referencia a un periodo más prolongado y móvil. En consecuencia, la duración de los tiempos modernos tradicionalmente se ha situado tras el renacimiento, hacia el año 1600, y su final tiende a prolongarse en el tiempo hasta el siglo XX. La delimitación de su ocaso puede variar según las diferentes historiografías, en virtud del propio ritmo histórico de cada pueblo: por ejemplo, en 1848, en las naciones de Europa central; o en 1917 para Rusia. De cualquier modo, y aunque la historiografía occidental ha tendido a situar la edad moderna entre los siglos XVI y XVIII, la consideración de acontecimientos puntuales de singular relieve en modo alguno son significativos sin la valoración de los procesos de cambio a nivel estructural en el devenir de las sociedades. Así, los inicios de la edad moderna difícilmente pueden ser comprensibles sin atender al despertar del mundo urbano en Occidente desde el siglo XIII, al clima de intenso debate religioso que preludia la Reforma iniciada en el siglo XVI, a los primeros síntomas de cambio en los comportamientos de la economía hacia formas precapitalistas o al proceso de conformación de los primeros estados modernos desde finales del siglo XV. Del mismo modo, el final de la edad moderna habrá de ser igualmente flexible en virtud de los procesos constitutivos de la quiebra y desintegración del Antiguo Régimen, cuya transición tendrá un ritmo y una duración variable según las diferentes realidades históricas de cada pueblo, y que grosso modo podemos dilatar desde finales del siglo XVIII hasta el siglo XIX, y aún en algunos casos hasta el propio siglo XX. En consecuencia, las transiciones hacia la modernidad y hacia el fin de la misma diluyen sus límites tanto en el medievo como en la contemporaneidad.


3. LOS RASGOS ESENCIALES DE LA MODERNIDAD

La modernidad en su origen y en su esencia es un fenómeno europeo, pero la emergencia, extraversión y expansión de Europa le conferirán una dimensión mundial, a través de la presencia y la interacción de los europeos con otras civilizaciones de ultramar. Como fenómeno esencialmente europeo los rasgos de la modernidad ilustran unas pautas de cambio profundo en la configuración del universo social, no sin variaciones según los diferentes pueblos de Europa. En el ámbito de las creencias, el hecho más elocuente del inicio de la modernidad es la quiebra de la unidad cristiana en Europa central y occidental, precedido del agitado caldo de cultivo de las herejías y las contestaciones críticas a la Iglesia romana en la baja edad media y que culmina en la Reforma protestante y el inicio de un largo ciclo de las guerras de Religión desde principios del siglo XVI. Asimismo, la secularización del saber, la consolidación de la ciencia y el avance del librepensamiento, basados en el pilar de la razón, generarán actitudes críticas hacia las religiones reveladas. Estos cambios en la atmósfera cultural y su manifestación en los avances tecnológicos revolucionarán los hábitos materiales de las sociedades europeas y su visión y relación con el entorno a escala planetaria. Los nuevos inventos, en la navegación y en el campo militar, por citar dos ejemplos, facilitarán los descubrimientos geográficos y la apertura de nuevas rutas de navegación hacia los mercados de Extremo Oriente y hacia el Nuevo Mundo. En un plano más amplio, el nuevo marco cultural perfilado en el renacimiento y el humanismo generarán un escenario en el desarrollo del saber donde el hombre ocuparía un lugar central, cuya proyección alcanzaría su más elocuente forma de expresión en el espíritu de la Ilustración en el siglo XVIII y la configuración de Europa como paradigma de la modernidad. Desde una perspectiva socioeconómica, la lenta pero progresiva implantación de formas protocapitalistas, vinculadas al desarrollo del mundo urbano desde los siglos XII y XIII, y el creciente peso de la actividad mercantil y artesanal en unas sociedades todavía agrarias, irán definiendo los rasgos de la sociedad capitalista. Aquellas transformaciones económicas transcurrirán paralelas al proceso de expansión de la actividad económica de los europeos en otros mercados mundiales, bien ejerciendo unas relaciones de explotación sobre sus dependencias coloniales o bien en un plano más igualitario, en primera instancia, en otras áreas del globo, como expresión de la emergencia mundial de las potencias europeas. Asimismo, conviene observar la traslación del eje de la actividad económica, y también geopolítica, desde el Mediterráneo, que no obstante seguirá jugando un papel crucial en la historia de los europeos en su relación con ultramar, hacia el Atlántico. Las transformaciones económicas transcurrieron parejas e indisociables a ciertos cambios en la estructura social del Antiguo Régimen. Entre éstos, el protagonismo de nuevos grupos sociales muy dinámicos en su comportamiento, tradicionalmente asimilados al complejo concepto de burguesía, los cuales recurrirán a distintas estrategias tanto de corte reformista como revolucionario para su promoción social y política y la salvaguardia de sus intereses económicos. Movimientos que no conviene simplificar y superponer a otros fenómenos sociales que atañen a otros sectores de la población, tanto agraria como urbana, de carácter más revolucionario, como se pueden observar en el siglo XVII en el marco de la revolución inglesa; o las estrategias de los grupos tradicionales de poder para frenar o neutralizar esos movimientos mediante la cooptación de esa burguesía emergente o mediante el recurso a prácticas represivas. De cualquier modo, estas pautas de transformación social conducirían con mayor o menor celeridad y con las peculiaridades propias de cada sociedad a la antesala del ciclo de revoluciones burguesas que se iniciaría desde finales del siglo XVIII y que supondría, en términos generales, el desmantelamiento del Antiguo Régimen. Desde la perspectiva política, el fenómeno más relevante es la configuración del Estado moderno, las primeras monarquías nacionales, las cuales se irán abriendo paso a medida que se diluya la idea medieval de imperio cristiano a lo largo de las luchas de religión del siglo XVI. El nacimiento del Estado moderno concretará la expresión de nuevas formas en la organización del poder, como la concentración del mismo en el monarca y la concepción patrimonialista del Estado, la generación de una burocracia y el crecimiento de los instrumentos de coacción, mediante el incremento del poder militar, o la aparición y consolidación de la diplomacia, conjuntamente al desarrollo de una teoría política ad hoc. Fórmulas que culminarían en el Estado absolutista del siglo XVII o en los despotismos ilustrados del siglo XVIII, pero que no pueden ocultar la complejidad de la realidad política europea y el desarrollo de modelos de gobierno alternativos, como las formas parlamentarias que se fueron implantado desde el siglo XVII en Inglaterra, y que vaticinan en la práctica y en sus teorizaciones el posterior desarrollo del liberalismo. En su dimensión internacional, la emergencia y la configuración de la Europa moderna perfilará una nueva visión y una inédita actitud hacia el mundo, y en esa perspectiva la modernidad implica el inicio de los encuentros, y también desencuentros, con otras civilizaciones a lo largo del globo. Los descubrimientos geográficos y las nuevas posibilidades habilitadas por las innovaciones técnicas transformarán radicalmente la visión que del mundo tendrían los europeos. Un cambio de actitud que conjuntamente con las transformaciones socioeconómicas, culturales y políticas llevará a los europeos a expresar su extraversión hacia ultramar y concretar en el plano internacional la emergencia de Europa. En ese proceso, los europeos entrarán en contacto con otros mundos y con otras civilizaciones, no siempre con un ánimo dialogante, sino con la pretensión de imponer sus formas de civilización, o dicho de otro modo, con la intención de crear otras Europas, siempre que encontraran las circunstancias adecuadas para hacerlo. Es cierto que en el caso de América, el Nuevo Mundo se convirtió en el punto de destino de las utopías del viejo continente, pero en el plano general de la política europea hacia estas áreas, como más adelante ocurriría con la expansión europea por otros continentes, se plantearía en términos de desigualdad en favor de las metrópolis europeas. Por último, la emergencia y la progresiva hegemonía mundial europea acabaría influyendo en el desarrollo de las relaciones internacionales, en la misma proporción que su expansión por el globo, aún lejos a finales del siglo XVIII de lo que sería la culminación de las prácticas imperialistas y de la hegemonía europea en vísperas de la I Guerra Mundial. La crisis del universalismo imperial y pontificio (la Christianitas medieval) entre los siglos XIV y XVI dejará paso a una nueva realidad internacional europea definida por el protagonismo de los estados modernos, la pluralidad de los estados soberanos, y la configuración del ‘sistema de estados europeos’, cuya acta de nacimiento bien puede datarse en la Paz de Westfalia de 1648. Los estados, y concretamente las grandes monarquías europeas de los siglos XVII y XVIII, serán el elemento predominante en las relaciones internacionales de la edad moderna y al designio de éstos quedará relegadas la suerte de las posesiones europeas de ultramar y las posibilidades de penetración en otros mercados extraeuropeos.


4. CAMBIOS Y PERMANENCIAS EN EL MUNDO MODERNO

Buena parte de la historiografía modernista sigue manteniendo una división trifásica de la evolución de dicho periodo histórico, aunque introduciendo matices y observaciones que se han ido suscitando a medida que se ha ido revisando la historiografía tradicional occidental. En este sentido, se distingue un primer periodo, ajustado a un “largo siglo XVI”, entre mediados del siglo XV y las últimas décadas del siglo XVI, de nacimiento de los tiempos modernos y en el que se comienzan a manifestar con notoria claridad los rasgos de la nueva época y la disolución del mundo medieval; un periodo de reajuste y crisis, entre las últimas décadas del siglo XVI y las décadas centrales de la segunda mitad del siglo XVII, marcado por tensiones sociales y económicas de desigual impacto en los diferentes estados, reajustes en la correlación de fuerzas entre las potencias europeas a lo largo de la guerra de los Treinta Años, y de cambios importantes en las fórmulas de organización del poder en los estados; y una tercera etapa, iniciada en las décadas finales del siglo XVII hasta las últimas décadas del siglo XVIII, con el inicio del ciclo revolucionario, caracterizado por la recuperación económica y demográfica, aunque en algunos casos perdurará el estancamiento, el desarrollo del espíritu de la Ilustración y la consolidación de dos modelos políticos (el despotismo o el absolutismo ilustrado) y la monarquía parlamentaria inglesa, junto a otros factores indicativos de cambio en términos político-ideológicos, como la Independencia estadounidense y la Revolución Francesa, o en términos socioeconómicos a raíz de las primeras manifestaciones de la industrialización en Inglaterra. Pero en la consideración crítica de los cambios y los rasgos de la modernidad se ha de ser extremadamente cauteloso al estudiar las diferentes realidades históricas de los pueblos y los estados, considerando su propia idiosincrasia y su propio ritmo evolutivo, tanto dentro como fuera del ámbito europeo. Y asimismo, se ha de considerar el alcance social de los cambios y la inercia de las permanencias, puesto que a lo largo de la edad moderna es mucho más lo que permanece que lo que cambia respecto a la edad media, si apreciamos la estructura y los comportamientos demográficos, la naturaleza agraria de las sociedades europeas, o la naturaleza de las relaciones sociales en el marco de la sociedad estamental. La misma apreciación se puede plantear para definir los límites de la edad moderna y el inicio de la contemporaneidad en virtud de la pervivencia del Antiguo Régimen, a raíz de las pautas de cambio y continuidad en las esferas económica, social, político-ideológica y cultural, en los diferentes pueblos y dentro de las mismas sociedades nacionales.


5.LA ORGANIZACIÓN DEL PODER.

Las disputas entre el obispo y el concejo durante el siglo XV determinan la intervención real que introduce la figura del corregidor, un delegado real, que reduce el poder del obispo. El poder real se fortalece en el siglo XVI tras la batalla de Villalar. A mediados del este siglo la bancarrota de la monarquía provoca las enajenaciones de bienes y cargos públicos, y las regidurías (de transmisión heretitaria) se venden a la oligarquía urbana. Esto, unido a la descomposición del señorío en 1574, privan de representatividad al municipio que queda en manos de unas pocas familias: los "veintidós". Estas familias se hacen con dos votos en Cortes en 1666 y se libran de la dependencia fiscal a Toro. Con el reformismo borbónico, a la figura del corregidor se une la figura del intendente, con amplias competencias en policía, justicia, finanzas y guerra. Tras los motines de 1766 se crean las figuras de diputados del Común y procurador síndico personero, elegidos por el pueblo y encargados de defender los intereses del pueblo en lo relacionado con los abastos. Tal situación se mantendrá hasta la implantación del sistema constitucional en el primer tercio del siglo XIX.


6. EL SIGLO XVI: UN PERIODO DE EXPANSIÓN.

La producción agraria crece de forma considerable hasta la midad de siglo. Por otra parte nace una industria textil basada en el trabajo de la lana. Todo ello unido a la comercialización de los productos a través del sistema de ferias y mercados y a la creación de actividades secundarias y terciarias, genera una época de prosperidad que durará hasta finales de siglo, en la que Palencia y Castilla constituyen el corazón económico y demográfico del imperio. La bancarrota de la monarquía lleva a un aumento de la presión fiscal, acaba la moderación de las rentas de la tierra, de los derechos señoriales y fiscales. La época de prosperidad finaliza.


7. EL SIGLO XVII: UN PERIODO DE DECADENCIA.

La política internacional de los Habsburgo exigió unos gastos desorbitantes a la monarquía española. Para sufragar estos gastos los reyes no dudaron en aumentar impuestos y en aliarse con cuantos pudieran contribuír a sostener económicamente la monarquía. Se procedió a la enajenación masiva de tierras baldías y concejiles. La producción agraria no crece desde 1580, y a partir de 1600 decrece. El Estado, la aristocracia y los municipios se endeudan. La burguesía comercial invierte en la compra de títulos y rentas. Las malas cosechas y las epidemias agravan la situación del campesinado que se empobrece y ya no puede consumir productos manufacturados. Se reduce la demanda de bienes industriales, y las villas y mercados que crecieron durante el siglo pasado ahora languidecen. La ciudad de Palencia tiene 11526 habitantes en 1587, en 1599 tiene 5143 habitantes. Felipe II vendió pueblos de realengo a ricos aristócratas. Otros pueblos como Cisneros o Becerril pudieron comprar su libertad. A Cisneros le costó cuatro millones de maravedíes; a Becerrril, nueve. Durante el siglo XVI fueron vendidos cerca de cincuenta pueblos del centro de la provincia. La sociedad se ve reducida al dominio de la aristocracia, del clero y de los oligarcas urbanos, que apoyados por el rey viven de la actividad rentista, sin inversión productiva, lo que impide la recuperación económica. En 1700 ejércitos de vagos, mendigos y pobres de solemnidad pueblan la ciudad y la provincia de Palencia. La peste y las epidemias se ceban sobre una población que malvive.


8. EL SIGLO DE LA ILUSTRACIÓN: UN PERIODO DE RECUPERACIÓN INCOMPLETA

El siglo XVIII es un período de recuperación de la actividad y la población en Palencia aunque no alcanzó los niveles del siglo XVI. La agricultura (cereal y viñedo) es la principal actividad económica y debido a su baja productividad la que más población ocupa. La propiedad de la tierra no está en manos del labrador. Según el censo de Godoy, a fines del siglo XVIII, sólo el 12% del campesinado era propietario. Y dentro de ese porcentaje se encuentran los pequeños propietarios del norte de la provincia, que apenas subsistían con su exigua propiedad. De las 1512 casas que tenía la ciudad por entonces, sólo 170 pertenecían a propietarios laicos. La renta de la tierra, la múltiple fiscalidad (estatal, municipal, señorial y eclesiástica), las operaciones especulativas en censos y ventas de granos, acentuaron la concentración de la riqueza, impidieron generar ahorro, una demanda sostenida y el desarrollo de una fuerte actividad industrial. Los sectores industriales más importantes eran los destinados a satisfacer las necesidades primarias de la población: alimentación, vestido, calzado y vivienda. Se daba una producción autárquica en la que cada núcleo poblacional se proveía a sí misma para satisfacer sus principales necesidades. En Palencia, la industria lanera sobresalió por encima de todas las actividades industriales. En 1692 había más de 200 telares y ocupaba a más de 3500 personas en Palencia y pueblos circundantes. La mejora de la producción agraria e industrial rompió la tendencia regresiva del siglo anterior aunque no permitió un crecimiento demográfico importante. Esta época vio la construcción del Canal de Castilla. Su objetivo era dar salida por mar, a través del puerto de Santander, a los granos de Castilla. Aunque el proyecto sufrió múltiples vicisitudes y no alcanzó este objetivo, el impacto comercial e industrial del Canal de Castilla fue extraordinario para la floreciente industria harinera de Palencia y Castilla. La realización del camino carretero de Reinosa a Santander y del camino del puerto de Guadarrama permitió la salida de los excedentes agrarios castellanos.


9. TRANSFORMACIONES POLÍTICAS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVIII.

A la muerte de Carlos II sube al trono Felipe V, un Borbón. Este hecho significa el comienzo de una guerra por la sucesión que terminará en 1713 con el Tratado de Utrecht. Los reyes que gobiernan España durante el siglo XVIII son: Felipe V (1700-1724 y 1724-1746), Luis I (1724), Fernando VI (1713-1759), Carlos III (1759-1788) y Carlos IV (1788-1808). La época borbónica se caracteriza por buscar un Estado más homogéneo, al intentar que toda España tuviera una misma legislación por encima de los fueros tradicionales de los reinos. La Administración borbónica tiende a ser más centralista que la de los Habsburgo. La guerra de Sucesión se decide, en España, con la derrota en Almansa (1707), de las tropas del archiduque don Carlos de Habsburgo. Tras esta victoria Felipe V se decidirá a abolir los fueros de Aragón, como represalia por la guerra. En 1715 se derogan los fueros de Mallorca, en 1716 los de Cataluña, y se promulgan los Decretos de Nueva Planta. Sólo Navarra conservó sus fueros. Las ayudas internacionales a Felipe V, y el Tratado de Utrecht, con el que se pone fin a la guerra, implican el final de la hegemonía española en Europa. Las Cortes españolas se habían dejado de convocar en el siglo XVII, debido a un mayor absolutismo de los reyes, y al sistema de asientos empleado para financiar a la corona. Sólo se reunieron en 1701 y 1702 para coronar a Felipe V. Además, en esta ocasión, las Cortes de Aragón se asimilan a las de Castilla. También se extinguen las diputaciones y se crea una nueva oligarquía política encabezada por el corregidor. Se castellanizan todas las instituciones de los reinos, reforzando así el centralismo borbónico. Los antiguos consejos colegiados, que asesoraban al rey, se convierten en secretarios de Estado y de Despacho, es decir en cargos unipersonales, lo que hoy serían los ministros. Hacia 1714 el centro del poder es la monarquía. Los secretarios fueron llamados para desarrollar un determinado programa político, por influjo de la Ilustración. En el ámbito local se crearon los intendentes, para la hacienda, la justicia, la policía y el ejército. Eran delegados territoriales con funciones militares, que en ocasiones se solaparon entre sí y con los cargos de la Administración anterior, ya que, frecuentemente, la nueva Administración no supuso el desplazamiento de los antiguos titulares del poder local. Se tiende a una legislación uniforme que afecte a todos los reinos de la corona, para ello se multiplican las audiencias, sobre todo en América; pero no las cancillerías. Este nuevo sistema administrativo adolece de medios económicos, debido a las guerras y al derroche financiero. Las diferencias de la legislación fiscal hacen muy difícil la recaudación de impuestos. Para paliar esto, Carlos III emprende una reforma, que no triunfó debido a las reticencias de los poderes locales. En la cuestión de la hacienda, para no convocar a las Cortes y aumentar los impuestos, se continuó con el sistema de asientos y de deuda, para financiar las continuas guerras en que estaba inmersa la corona. Este sistema era muy favorable para la monarquía, porque no tenía que convocar a las Cortes, pero era ruinoso para las finanzas.


10. EL REFORMISMO BORBÓNICO.

Durante el siglo XVIII se producen continuas denuncias de los ilustrados sobre la situación del campo en España, la industria, la educación, la cultura etc. En un intento de poner remedio, la corona crea las reales fábricas, y hace proyectos colonizadores; además de otras reformas que son patrocinadas por el rey, desde su óptica de déspota ilustrado. El rey tenía el dominio absoluto, por derecho de conquista; recordemos que para ser rey había tenido que ganar una guerra civil. En 1711 se imponen en Aragón los Decretos de Nueva Planta, que son, en realidad, una nueva organización política del reino. Se sustituyen los virreyes, creación aragonesa, por un comandante general, que es también presidente de la audiencia. Desaparece el pactismo, propio de los Habsburgo, y el Consejo de Aragón, para imponer los secretarios de Estado y de Despacho, una medida centralizadora que lleva a Madrid el poder de decisión. A pesar de estas medidas contra las instituciones tradicionales, los Decretos de Nueva Planta no encontraron grandes resistencias para su establecimiento, ya que el ordenamiento anterior era sumamente arcaico. La Administración borbónica crea las Cortes de España, suprimiendo las de los distintos reinos, Aragón y Valencia en 1709, Cataluña en 1724, etc., pero no se reunirán hasta 1812, salvo para las coronaciones reales. En la Administración borbónica el rey es la única institución con poder para crear leyes, a través de la pragmática. La pragmática borbónica tiene carácter universal, cosa de la que carecía la de los Habsburgo que sólo afectaba al ámbito en el que se promulgaba. Este carácter universal permite que exista una única legislación para toda España, y todos los reinos de la corona. El sistema fiscal siguió estando separado en los diferentes reinos, la corona pedía dinero prestado a diferentes banqueros. También en la participación en el Ejército continuaron los privilegios de los distintos reinos. Las provincias vascongadas y Navarra estaban exentas del servicio. En el siglo XVIII, los viejos fueros significaban exenciones fiscales y militares, y la creación de una zona franca por medio una frontera interior. En 1717 Felipe V intentó suprimir las fronteras interiores, sin embargo la resistencia de las provincias vascongadas y Navarra hizo que aquí se restituyeran. Los conflictos con la corona son frecuentes, ya que esta intenta por todos los medios recuperar los derechos que están en manos de las instituciones de los distintos reinos. Los conflictos se multiplican a partir de 1770, ya que Carlos III pretende recuperar los privilegios de una manera decidida. En 1757 se liberaliza el comercio con América, concediendo libertad de comercio a distintos puertos españoles. Los puertos de las provincias vascongadas quedan fuera de esta medida, como represalia por su oposición al traslado de las aduanas. El cambio de las aduanas a la costa no se conseguirá hasta 1841, aunque la economía vasca y navarra fue declinando paulatinamente.


11. EL NUEVO ORDENAMIENTO DEL TERRITORIO.

Los Borbones hacen una nueva división del territorio, aunque respetan la distribución tradicional básica. Se divide el país en capitanías generales, que tienen funciones gubernativas y judiciales, al frente de las cuales está la audiencia. Murcia se integra en la Audiencia de Valencia, lo que rompe, de alguna manera, las fronteras históricas de los reinos, con el fin de concentrar los territorios de la corona en uno solo. Se establecen 25 provincias, herederas de los avatares de la Reconquista y la Administración austríaca. Por debajo se crearon 81 corregimientos agrupados en 10 partidos, al frente del los cuales se puso un superintendente. Esta será la base de la Administración española en el siglo XVIII, con los primeros Borbones. Los corregidores que se ponía la frente de los corregimientos eran, con frecuencia, letrados, y no militares. Había tres categorías de corregidores: de entrada, de ascenso y de término. Los corregidores también tenían competencias en materia de guerra, como los gobernadores, y en asuntos de justicia, policía y finanzas. En 1711 aparecen los intendentes, con las mismas funciones que los corregidores: por lo que se produce una duplicidad de funciones. Esto les llevará a su rápida desaparición. En 1789 Floridablanca hace su famoso nomenclátor, con intenciones fiscales, y para conocer las posibilidades del territorio, que presenta un grave desorden y confusión del mapa provincial. Esto dificulta, y evita, la centralización y la homogeneización que pretenden los Borbones. Esta uniformidad está en la base de los proyectos ilustrados de personas como Miguel Soler, que en 1799 trata de equilibrar los tamaños de los territorios administrados, cosa en la que fracasará y que se arrastrará hasta 1833.


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