|
HUMBERTO MANDULEY LÓPEZ.
Otras "Kurdas..." :
KOCH-SCHUTZ-STUDER;
HUGH HOPPER; CLAUDIA PUYÓ
................................................................................................................................................................................................................
KOCH-SCHUTZ-STUDER
Por Humberto Manduley López
Suiza,
uno de los países europeos más pequeños, cuenta con una boyante escena musical
en la cual cohabitan las propuestas más disímiles: desde el metal extremo hasta
el pop ramplón, y de los sonidos industriales al folklore puro. La línea del
trío Koch, Schütz & Studer se nos presenta como un compendio de referencias que
no sólo muestra un acento local signado por el cosmopolitismo, sino que ha ido
probando lo saludable de abrirse hacia otras culturas, incluso la nuestra. Con
un trabajo sistemático que definen como “hardcore chamber music”, algo así como
una “música de cámara intensa” a partir de la recontextualización de la
instrumentación básica de dicho estilo, la suya es una de esas propuestas
esencialmente experimentales que desafían esquematismos, un espacio excitante
para el riesgo y los retos, una línea de confrontación artística donde, en
materia de sonidos, (casi) “todo vale”.
En el trío, Hans
Koch (1948) se hace cargo de los diversos saxofones y clarinetes, así como los
sampleos y programaciones; cuenta con estudios académicos y desde 1980 viene
tocando en contextos de jazz e improvisación. En esto coincide con Martín Schütz
(1954) quien ejecuta indistintamente el cello acústico y otro eléctrico de 5
cuerdas; también ha realizado estudios clásicos, ha compuesto música para
teatro y cine, produjo en 1990 al grupo de rock Pull My Daisy, y en sus inicios
se fogueó integrando orquestas sinfónicas y conjuntos camerísticos. Por su
parte, Freddy Studer (1948), de formación autodidacta, se responsabiliza con la
batería y las percusiones, fue fundador de OM, una de las bandas claves en el
rock experimental suizo entre 1972 y 1982, ha transitado por una amplia gama de
géneros y además de ofrecer demostraciones en su instrumento (“drums clinics”)
tiene un registro fonográfico acreditado a su nombre (Seven songs).
Desde 1991, en que
inician el trabajo juntos, han venido desarrollando su obra de manera
intermitente, ya que al mismo tiempo continúan laborando en disímiles proyectos
con otros músicos. En realidad el primer formato incluía a Koch y Schütz junto
al baterista de origen italiano Marco Kappeli, con el cual llegaron a grabar un
par de discos de factura extrema, Acceleration y The art of the
staccato. La entrada de Studer redondeó la idea y a partir de entonces la
historia se escribió de otro modo. De hecho, en el momento de integrarse como
colectivo ya todos contaban con reconocimiento en los círculos más avanzados de
la música contemporánea mediante apariciones con grupos y solistas en la escena
del jazz experimental europeo (Fred Frith, Joelle Leandre, Albert Mangelsdorff,
Charlie Mariano, Enrico Rava, Karl Berger, Phil Minton, Pierre Favre, Werner
Ludi, Peter Kowald, Barre Phillips, George Gruntz, Louis Sclavis, Irene
Schweizer) y norteamericano (David Moss, Tom Cora, Jack DeJohnette, Joe
Henderson, John Zorn, Paul Bley, Cecil Taylor, Chick Corea, Butch Morris, Sonny
Sharrock), así como músicos que proceden de otras áreas geográficas (Trilok
Gurtu, Nana Vasconcelos).
Con una formación
instrumental tan poco usual Koch, Schütz y Studer se han especializado en un
estilo que presenta obvias conecciones con el free-jazz, la música improvisada y
contemporánea, la computación, el “rock in opposition” y las tendencias
electrónicas. En su caso emplean la tecnología de un modo inteligente, casi
siempre a través del uso de fragmentos pregrabados de piezas de otros creadores
y de sonidos naturales varios, con lo cual consiguen un efecto de collage muy
curioso. Sobre esa base establecen una relación de dinámicas internas para su
música, combinando la virtualidad de los samplers con la interpretación en
tiempo real de sus respectivos instrumentos. El resultado es rico en matices,
abrumador en su fuerza, y de una personalidad radical. Hasta donde he escuchado
no creo que se parezcan a nadie.
Para propiciar una
aproximación a la obra de Koch, Schütz & Studer debe encararse desde la
perspectiva del desprejuiciamiento estético. Por ejemplo, el concepto de “ruido”
adquiere otro valor como recurso expresivo, vinculado con los conceptos
enunciados por músicos como Varese y Russolo a inicios del siglo XX, y que
serían rescatados luego por las escuelas de las músicas “electrónica” y
“concreta”. De tal forma, todos los sonidos generados humana o electrónicamente
son susceptibles de utilizarse, sin tomar en cuenta otras necesidades que la de
la propia música. Con ellos no se trata sólo del recurso de grabar material y
procesarlo con distintos dispositivos para su posterior empleo dentro de las
piezas sino, además, la utilización no convencional de sus instrumentos, que
incluye el uso de distorsionadores y nuevas técnicas de ejecución. En este
sentido sus discos enuncian un poderío que, en mi opinión, se multiplica durante
sus actuaciones en vivo.
Por ejemplo, el
disco Hardcore chamber music (1995), que considero el más importante al
plasmar su filosofía de trabajo, incluye fragmentos sampleados de gente tan
diferente como Rolling Stones y Naked City, Slayer y Bob Marley, Xenakis y Red
Hot Chilli Pepper, Tom Waits y Carcass, Jimi Hendrix y Ligeti, o Bartok y Morbid
Angel. Sobre ese revoltillo de sonidos aparentemente caóticos, Studer impulsa el
ritmo con su irresistible métrica desde un set de batería aumentado con
implementos varios (tamborino, gong de agua, metalófonos), Schütz frota o puntea
las cuerdas de su violoncello con el arco y los dedos en un frenesí armónico, y
Koch se trasmuta con sus saxofones y clarinetes creando una atmósfera tensa y
delirante que roza la melodía antes de sumergirse en sinuosas líneas de libre
improvisación. Los temas, por lo general, son extensos, y en mi opinión destacan
“Woody down!!!” y sobre todo “Running rabbits” donde la interacción de los
músicos sienta pautas.
En 1991 actuaron por
primera vez en Cuba, pero recuerdo con especial afecto sus presentaciones seis
años más tarde, en marzo de 1997, en nuestra capital. Entre los conciertos
ofrecidos estuvo uno en el Café Cantante del Teatro Nacional en el espacio que
coordinaba el cantautor Gerardo Alfonso. Compartiendo cartel con Kelvis, Boris y
Medina (futuros integrantes de Habana Abierta) el trío suizo desembarcó sus
armas ante un público que, valga la aclaración, no estaba allí precisamente para
escucharlos. Sin embargo, enfrentados a la intensidad de su entrega, trovadictos
y metralleros presentes reaccionaron de modo favorable, con una exclamación
unánime y típicamente cubana: “¡coño!”
Fruto también de
este segundo viaje a nuestra patria fue el disco Fidel, grabado en los
Estudios de la EGREM, y publicado en 1999. Dieciocho músicos cubanos fueron
convocados para una gigantesca sesión de improvisación colectiva, entre ellos
Bobby Carcassés, Blas Egües Martínez, Emilio del Monte Jr., Juan “Cotó”
Antomarchi y el grupo Clave y Guaguancó, encabezados por Amado de Jesús Dedéu
Hernández. Aquí creo que se impone aclarar que esta experiencia tenía un
antecedente en el álbum Heavy Cairo traffic, grabado años antes en El
Cairo, y para el cual Koch, Schütz y Studer unieron fuerzas con un elenco de
percusionistas egipcios, en un experimento que trataba de explorar las
resultantes de dicha fusión. No he tenido acceso a esa grabación, que ha
recibido críticas excelentes en revistas especializadas, y que parece que animó
lo suficiente a nuestros protagonistas como para intentarlo una vez más
aprovechando su estancia en Cuba. Sin embargo, el disco realizado en nuestra
capital no consigue en todo momento atraparnos con su abanico de posibilidades.
En ocasiones se resiente la elemental comunicación entre los implicados y los
códigos no establecen una empatía total. La presencia polirrítmica de la parte
cubana con su arsenal de percusiones, y la impronta de los europeos, con un
acercamiento que calificaría de “cerebral”, no siempre consiguen mantener un
diálogo coherente entre lo electrónico y lo acústico. Aunque el grueso de las
composiciones están acreditadas a Hans Koch, a veces en asociación con sus
colegas y otras juntos a algunos de los cubanos participantes (hay uno dedicado
a ese mito de la percusión que fue Chano Pozo) existió mucho de improvisación:
elemento este que resulta bastante común tanto en la sintonía jazzística suiza
como en la tradición afrocubana. Creo que piezas como “Vértigo” y “Undostres”
demuestran lo rico de experimentar con esa combinación de mundos musicales
aparentemente antagónicos, pero otras, lamentablemente, quedaron por debajo de
ese nivel.
Sin dudas, una labor
como la que llevan adelante Koch, Schütz & Studer es impensable sin el apoyo de
algún tipo de institución o mecenas, al tratarse de música que no pertenece al
circuito comercial establecido. Al respecto es obligatorio mencionar a
Pro-Helvetia, una fundación cultural suiza, que ha sido eficaz impulsora de esta
y otras experiencias similares emanadas de esa nación, y que les ha permitido
presentarse en escenarios diversos de la extinta Unión Soviética, México, Canadá
y casi toda Europa, además de nuestro país.
Simultáneamente
al trabajo a trío, cada uno mantiene actividades paralelas en otros proyectos.
Imposible mencionarlos todos, no obstante hay algunos que merecen un espacio:
Doran/Studer/Minton/Ali/Bates (Play the music of Jimi Hendrix),
Bühler/Barnett/Studer (Earth bound), Burgener/Phillips/Schütz (Looking
out our window y Heat transfer), X-Conmunication (proyecto donde
figuran Koch y Schütz junto a Hans Reichel, Paul Lovens, Shelley Hirsch y
otros), Doran/Studer/Tacuma (Race the time), Holz Für Europa (Koch al
lado de Peter Van Berger y Wolfgang Fuchs en Comite imaginaire) o los
duetos de Freddy Studer con la percusionista norteamericana Robyn Schulkowsky
haciendo piezas de música clásica del siglo XX, y con su antiguo colega de los
grupos OM y Red Twist & Tuned Arrow, el guitarrista Christy Doran, en el álbum
Half a lifetime.
¿Qué es lo que hacen
Koch, Schütz & Studer? ¿Es música improvisada o composiciones instantáneas?
Toman del jazz, el rock, la clásica contemporánea, la electrónica, los sonidos
(llamados) étnicos, y arman un híbrido excitante que, una vez más, rechaza
etiquetas. Hay un sentido de estructura que sirve como matriz generadora, pero a
la vez se juega con lo ilimitado de la libertad, que incluye planteamientos de
atonalidad, ritmos compleajos y una entrega altamente energética. Mezclan
sonidos digitales y naturales; subvierten los roles de sus instrumentos. La
postmodernidad, esa vuelta de tuerca que nos trajo la segunda mitad del siglo
pasado, también se justifica en la obra de Koch, Schütz & Studer, y lo
demuestran sus abundantes deconstrucciones, el perenne empleo de la apropiación,
y el sentido de fragmentación y collage que marca tanto sus escasos discos como
sus frecuentes presentaciones en directo. Si el término “fusión” no estuviera
tan manido sería un modo de nombrar lo que hacen: mezclar, agrupar influencias
de muy variada factura en un híbrido inquietante que convulsiona nuestra
subjetividad. Koch, Schütz y Studer han generado un auténtico micromundo sonoro,
fértil y arrollador que, quieran algunos o no, existe, y eso es lo principal.
................................................................................................................................................................................................................
LA CUERDA FLOJA
HUGH HOPPER
Por Humberto
Manduley
Definir
un estilo personal en un instrumento aparentemente tan
poco expresivo como el bajo eléctrico no es muy común, y pocos parecen haberlo
logrado, pero entre esos escasos privilegiados está el británico
Hugh Hopper
(abril de 1945). De todos modos
reducir su presencia en el rock y el jazz únicamente a su faceta de bajista es
no hacerle justicia ya que por más de 35 años ha ejercido como una de las
figuras principales del llamado “sonido de Canterbury”, escuela del rock que
tendría cultores destacados como Caravan, Egg y
Soft Machine
fundamentalmente. Ahora bien, si sus orígenes se remontan a esa
década donde casi todo era posible, su tren de trabajo lo convierte en un músico
activo y actual que se codea por igual con veteranos de su estirpe y con las
nuevas generaciones. Además, es un músico que ha sido fiel a su condición de
zapador con ese interés creciente por explorar las nuevas posibilidades que
marcan el desarrollo del arte sonoro contemporáneo asumiendo sus retos.
Integrando la etapa más arriesgada
y definitoria de Soft Machine (entre febrero de
1969
y mayo de 1973), instauró su peculiar sonido para el bajo, con independencia de
su formación autodidacta. El tecladista Mike Ratledge le sugirió utilizar un
pedal “fuzz” para distorsionar el timbre del instrumento, tocándolo al máximo
volumen posible, y así equipararlo en potencia a lo que hacía el órgano
estableciendo fieros diálogos. Esta fue una de las claves para lograr esa
personalidad tímbrica con importantes repercusiones en cuanto al empleo de
texturas inusitadas en el ámbito del rock de ese tiempo, que complementaban la
frenética batería de Robert Wyatt, y poco después el saxofón de Elton Dean. A lo
largo de cinco discos, clásicos absolutos del rock experimental signados por una
total solvencia instrumental, el bajo devino voz de notable presencia, sin
limitarse a marcar el pulso rítmico, mientras el papel de Hopper como compositor
ganaba terreno. Pienso que su dupla con el baterista y cantante Wyatt
perfeccionó la orientación patafísica y absurda de su música en temas como “Dada
was here”, y clásicos de esa sonoridad experimental como “Facelift” y la suite “Virtually”.
Esto ayudó a hacer de Soft Machine un equipo
absolutamente indispensable e innovador por excelencia, pero no logró evitar las
discrepancias internas que lo fueron desgajando hasta que el bajista los dejó
cuando derivaban hacia lo que él mismo definió como “jazz-funk de tercera
categoría”.
Su debut como solista, el mismo
año en que abandona Soft Machine, fue 1984, un álbum armado a partes
iguales por ejercicios de jazz-rock trepidante y collages con cintas
magnetofónicas cercanos a la estética de la “musique concrete”. Por cierto, ese
fonograma contenía varias tomas de una misma pieza titulada “Miniluv”, la cual
reaparecería con insistencia en su futuro discográfico convirtiéndola en uno de
sus temas claves (versionado por David Borden en 1995). Esa tendencia a volver
una y otra vez sobre piezas ya previamente grabadas, proponiendo nuevas lecturas
y audiciones para las mismas, se vería reflejada también en sus múltiples
revisiones a “Was a friend” (coescrita junto a Wyatt) y la misma “Facelift”, que
han aparecido con curiosa insistencia en algunos de sus trabajos posteriores.
En
su discografía personal se incluyen álbumes como Hoppertunity box (1977),
Monster band (1979), Meccano pelorus (1991), Hugh Hopper and
odd friends y Alive (ambos en 1993), Hooligans romantics
(1994), Carousel (1995) y en el año 2000 The swimmer y
Parabolic versions. Casi siempre el material es de su autoría (personal o
compartida), mezclando alguna que otra canción con texto, partituras en las
cuales todos los pasajes están escritos, y muchas improvisaciones que ponen a
prueba la interacción de los participantes. También ha grabado sus propias
reinterpretaciones a obras ajenas tan dispares como “We can work it out” de Paul
McCartney y “Lonely woman” de Ornette Coleman, y colaboró con el proyecto Gizmo
en una versión de “A house with no door” de Van der Graaf Generator. A veces
acude al protagonismo dual y así ha firmado discos en binomio con Alan Gowen (Two
rainbows daily, 1980), Ricard Sinclair (Somewhere in France,
1996), Mark Hewins (Adreamor, 1995) y Mark Kramer (A remark Hugh made
en 1995, y Huge en 1997), o asociaciones con varios músicos, en un
ambiente de cooperación, como los registros Cruel but fair (1976) y
Mercy dash (1985) de Hopper/Dean/Tippett/Gallivan, y The mind in the
trees (1998) del
cuarteto
Dean/Hopper/Clarke/Knight. Hay otra experiencia que resulta aún más interesante:
su vínculo al grupo norteamericano Caveman Shoestore, convertido para la ocasión
en Hughscore, que ilustra una progresión evolutiva en todos los aspectos
(compositivo, de arreglos e interpretación) tal vez abonada por el método de
trabajo elegido: si en un principio la banda ensayaba el material seleccionado y
Hopper intervenía en el proceso final agregando su bajo en la grabación (así se
hizo Caveman Hughscore en 1995, primer capítulo de esa relación musical),
luego se fraguó una química entre ellos que propició compartir tareas y
conseguir discos más cohesionados como Hi-spot paradox (1997) y Delta
flora (1999).
Un
rasgo que me resulta interesante en su currículum es la de las dualidades
complementarias que parecen marcarlo. Mientras como compositor escribe con
similar habilidad canciones que ostentan un (bizarro) aliento Pop e
instrumentales complejos, en su condición de ejecutante suele pasar del material
totalmente estructurado a la improvisación más abierta; ha militado en grupos
duraderos y establecidos al tiempo que pone en circulación sus discos como
solista; viajero itinerante, vive cruzando el Atlántico en ambas direcciones
pero también aprovecha las ventajas del correo electrónico para transferir su
música a sus colegas sin moverse del asiento; presenta un estilo autoral
ambivalente que oscila entre lo melódico modal (cuando escribe desde el bajo) y
una música más basada en acordes (si lo hace en el piano o la guitarra), y
aunque la crítica lo reconoce como un bajista impresionante (redactó Bass
Tutor: the rock bass manual, un sistema metodológico de aprendizaje
publicado en 1984), le gusta manipular cintas (loops) y trabajar con las nuevas
tecnologías, además de ejecutar ocasionalmente los teclados, la percusión o el
saxo soprano. Por otro lado asume que existen obras (casi siempre generadas
digitalmente) cuya dificultad intrínseca las hace impensables para ser
reproducidas en directo y por tanto pertenecen a un medio diferente (el estudio
de grabaciones) así que pugna por sobrellevar ambas facetas. Incluso su vocación
musical la ha combinado con inquietudes literarias pues en una época escribió
ficción y algo de periodismo.
Su paso por la música puede
rastrearse por décadas. En los 60, además de primerizos intentos en Daevid Allen
Trio y The Wilde Flowers, y su estancia seminal en Soft Machine, hizo sesiones
para Kevin Ayers y Syd Barrett; en el decenio siguiente grabó o giró con Carla
Bley, Gilgamesh, Isotope, Robert Wyatt, Stomu Yamashta, Mother Gong y Soft Heap/Head,
y en los 80 se asoció a L´ Equipe Out, la Perry White Band, In Cahoots, el Mad
Axe Quartet y los franceses Anaid así como al grupo del guitarrista galo Patrice
Meyer, entre otros. Sin embargo, los años 90 fueron determinantes, sobre todo
por la cantidad de proyectos generados junto a diversos músicos, y que se verían
reflejados en discos, actuaciones y colaboraciones varias. En ese tiempo no sólo
se desempolvaron antiguas grabaciones de Gary Windo y Soft Machine, por ejemplo,
sino que participó en colectivos tan eclécticos y eventuales como Short Wave,
Mashu, North and South, Soft Ware, Brianville o Gong Global Family, compartiendo
con amigos como Phil Miller, Didier Malherbe, Pip Pyle, Chris Cutler y otros,
casi siempre para conciertos en Japón, Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa
occidental. Contribuyó en álbumes ajenos (Miller, Sinclair,
Conglomerate, Pyle, Kramer) y en la gira de presentación de la
obra Oh Moscow de la compositora Lindsay Cooper. Tampoco quisiera pasar
por alto la que está considerada como su primera incursión registrada en discos
de su acercamiento al mundo digital, usando el programa de secuencias Cubase; su
versión de Unna (original de Nick Didkowsky, del grupo Doctor Nerve) para
el compilatorio Unsettled scores en 1995 y que lo mostró como un músico
preocupado por conectarse con las últimas aportaciones cibernéticas.
Habiendo
transitado tal diversidad de caminos compartiendo con tantísimos músicos de
distintas generaciones Hopper mantiene, sin embargo, su predilección por algunos
cómplices con quienes ha trabajado en múltiples ocasiones. Entre ellos están el
tecladista Dave Stewart, el cantante y percusionista Robert Wyatt, el baterista
Pip Pyle y el guitarrista Phil Miller. También debo citar su labor con el ya
fallecido Alan Gowen, cuyo fruto fue un enigmático disco concebido solamente a
partir de la sutil combinación del bajo eléctrico y los teclados. Con sus
restantes coetáneos suele coincidir en las sesiones más diversas, estableciendo
relaciones humanas y musicales intensas a la par que sorpresivas. Hace sólo unas
semanas, por situar el ejemplo más cercano que conozco, se publicó en la nación
nipona un álbum acreditado a Soft Works, equipo donde aparece junto a colegas
veteranos como Elton Dean (saxo), Allan Holdsworth (guitarra) y John Marshall en
la batería, en lo que sería otra comunión de recalcitrantes de la fusión
jazzística e improvisadora.
Como autor de canciones ya Hopper
había despuntado desde Soft Machine con “Memories”, “Dedicated to you but you
weren´t listening” y “A certain kind”. Más adelante escribió temas que fueron
cantados por Richard Sinclair en el disco ya citado, y en tiempos recientes ha
retomado su pasión por ese formato asociándose a la cantante Lisa Klossner.
Hasta el momento esta última relación ha lanzado un par de títulos,
Different en 1999, y Cryptids en 2000, donde coescriben la totalidad
del material incluido, con una orientación minimalista y las intervenciones
ocasionales de varios instrumentistas. En estas obras Hopper saca a relucir un
lado introvertido,
quizás lo mejor de la herencia del
pop psicodélico británico, con arreglos sencillos pero no simplistas y sin la
menor concesión al facilismo.
Con una modestia legendaria Hugh
Hopper ha mezclado los códigos del jazz, la improvisación, el pop inteligente,
la electrónica y el rock. Su estilo de pulsar el bajo ha sido una marca
registrada a través de los años y su música (incluso recreada por otros) ya era
tan avanzada, riesgosa y carente de aristas vendibles desde el inicio que
hoy no se ve obligado a duplicar un pasado (como tantos dinosaurios) sino
que disfruta de la libertad para crear sin responder a exigencias coyunturales.
A veces me encuentro con amigos que opinan que la actualidad musical se reduce a
lo que figura en las listas de éxitos, o aquellos artistas que son reseñados en
determinadas publicaciones. Sin embargo, creo que es una auténtica suerte que
existan músicos de muy distintas generaciones, estilos y procedencias, cuyos
trabajos tienen una (otra) actualidad apabullante. Si alguna enseñanza se
pudiera extraer de este irregular acercamiento al legado de Hopper es que,
cumpliendo justo este mes 58 años, la edad no le ha restado ni un átomo de
creatividad. Es triste que de muchos jóvenes no se pueda decir lo mismo.
Hug Hopper web:
www.burningshed.com/hopper/
................................................................................................................................................................................................................
LA CUERDA FLOJA
CLAUDIA PUYÓ
Por Humberto Manduley López
(Para vos)
La
presencia de la mujer en los ambientes del rock no ha tenido la dimensión que
merece, más allá de que figuras específicas hayan despuntado en algún momento.
Esto daría para una suculenta disertación feminista pero no es mi propósito aquí
analizar las razones por las cuales todavía las mujeres (salvo excepciones que
no hacen sino confirmar la regla) suelen ser relegadas dentro de ese género. De
todos modos, siempre reconforta escuchar a cantantes como Claudia Puyó (Buenos
Aires, junio de 1959), sin duda, una de las máximas protagonistas del movimiento
rock en Argentina, alternando entre sus apariciones como corista de lujo en
múltiples discos, su rol como solista con una obra breve pero significativa, y
su labor como compositora. Para los lectores que la recuerden aquí, se trata de
aquella carismática e inquietante belleza rubia que hacía coros en la banda que
trajo Fito Páez en diciembre de 1993 para dos conciertos antológicos (uno en la
Plaza de la Revolución y otro en el teatro Karl Marx). Su desempeño vocal y
swing escénico, además de su perfecto acople al trepidante sonido grupal,
contribuyeron a hacer de aquel par de noches las mejores que el rosarino ha
regalado al público cubano.
Hay que decir que la escena de su país cuenta con pocas figuras de su
relevancia, y no me refiero a una mayor o menor popularidad sino a una
coherencia artística, al rigor sostenido en el trabajo, a la dedicación
integral, a esa trayectoria que se construye a golpe de corazón y talento. En
tal sentido podría decir que Claudia ha demostrado no ser ave de paso ni un
producto de la moda sino una creadora consecuente (ante todo) consigo misma y
cuya huella en la música no se ha detenido desde que comenzó a cantar durante
los años 70. Por ejemplo, si bien Carola Cutaia y Gabriela fueron las primeras
divas del rock gaucho a inicios de esa década, la segunda hornada se conformó
con Adriana Leyva (Forma de Vida), Celeste Carballo, María Rosa Yorio, Marilina
Ross, Sandra Mihanovich y la propia Puyó entre otras. En realidad nuestra
protagonista había despuntado a temprana edad en un proyecto acústico nombrado
Ana Gris junto a Aníbal Forcada (luego parte de Oveja Negra y de la banda de
apoyo de León Gieco), y posteriormente trabajó, con diversos niveles de (in)formalidad,
en grupos del “underground” porteño como Trigémino, MAM y Tierra de Octubre. Su
despegue mayoritario arrancaría a partir del decenio siguiente contribuyendo en
discos de Sueter (Sueter), David Lebón (Siempre estaré), Los Redonditos de
Ricota (Gulp), La Torre (En vivo), Gringui Herrera (Tu imagen sigue allí, donde
canta una versión de “Tristezas de la ciudad”) y en Elmer´s Band, un grupo de
ocasión donde coincidió con Herrera y el hoy reconocido Andrés Calamaro.
Con el transcurrir del tiempo, Claudia ha sido convocada por gente muy diversa y
no necesariamente ligada al rock como Mercedes Sosa, Pedro y Pablo, Fabiana
Cantilo, Pedro Aznar & Lito Vitale, Liliana Herrero, Rubén Rada y Miguel Cantilo,
Fabián Gallardo, León Gieco, Peteco Carabajal, Miguel Zavaleta, Comida China,
Fontova, Alejandro Lerner, Grass Band, Rodrigo Villegas, la polémica asociación
Sabina & Páez, e históricos de la talla de Alejandro Medina y Claudio Gabis (excomponentes
del mítico trío Manal), y Pajarito Zaguri. Más conocidas han sido sus
experiencias con Fito para discos como El amor después del amor y Circo beat. En
1990, durante su estancia en España, y junto al británico Ollie Halsall (alguna
vez considerado el guitarrista más rápido en el mundo del rock), trabajó en la
banda de Kevin Ayers (ex Soft Machine). Un año antes había integrado Los
Románticos de Artane, un colectivo afincado en la escena madrileña con el cual
grabó Aparato para sordos.
Como intérprete ella se adapta con soltura a tiempos de rock, baladas y blues
tanto como a los temas de corte folk, aptitudes por las cuales es reclamada con
frecuencia para conciertos y grabaciones, pero además se ha expresado también a
través de la composición en los tres discos que ha publicado acreditados a su
nombre: Del Oeste (1985), Cuando te vi partir (1994) y su opus más reciente, La
razón y la tempestad, presentado durante el pasado año 2002. Cada una de estas
producciones ha sido una suerte de compendio donde incorpora piezas de su
autoría y versiones varias, funcionando como válvulas de escape para sus
emociones personales. Cada álbum ha dejado entrever lo que le atormenta o hace
feliz en ese periodo de su vida. Dicho de otro modo: son discos sinceros, de una
honestidad poco común hoy, cuando hacer música ha devenido casi un acto
mecánico, del más puro (y desapasionado) oficio. A Claudia las canciones le
suenan de otro modo: convincentes, interiorizadas hasta el más mínimo golpe de
aliento. Hace arte a partir de la vida misma y no de figuraciones.
Del Oeste, su debut, fue un disco contundente pero disparejo, con un sonido muy
ochentero, y donde mezcló temas propios y acercamientos a autores como Luis
Alberto Spinetta (“Viento del lugar”) y Miguel Mateos (“Baño de damas”). No
estuvo mal para entrar al mercado, mas el disco no transitó con suerte (la
compañía que lo publicó quebró poco después anulando la posibilidad de darle una
mejor promoción: hasta hoy permanece descatalogado). Nueve años después, y fruto
de encontradas experiencias, amargas (muy amargas) unas, y felices (muy felices)
otras, se sacó de la manga Cuando te vi partir que sigo considerando su disco
más impactante. Aquí ya nos encontramos a Claudia en plena forma, musical y
conceptualmente, explotando todos los matices de su voz, firmando la casi
totalidad de las piezas, y atreviéndose con ese clásico que fue “Como el viento
voy a ver” (de la etapa Pescado Rabioso en la producción del Flaco Spinetta) o
recreando el “Steppin´out” del ya citado binomio Ayers/ Halsall. Ahora con su
tercer álbum entrega una obra de madurez: se percibe cierto sosiego, mucho dolor
contenido, y un desmarcarse de los clisés del rock, poniendo en comunión al
bombo legüero y la guitarra eléctrica que, a fin de cuentas, son sólo otras
herramientas para expresarse.
Respaldada por instrumentistas de primera división como el guitarrista Guille
Arrom, los bateristas Oscar Moro y Daniel Colombres, el gran folklorista Chango
Farías Gómez, la Camerata Bariloche o el piano del mismísimo Fito, su música
transita terrenos del boggie, el rock muscular, aires pamperos, blues concisos y
pinceladas de un pop brillante. Para su voz potente y dúctil le van con igual
facilidad las baladas lentas y los rocanroles trepidantes, pero a veces me ha
sorprendido con certeras revisiones al mundo de la tradición musical argentina
(milongas, chacareras). Además, durante una reunificación eventual de Ana Gris
en 1999, cantó temas de Silvio Rodríguez como “La maza”, “Esto no es una elegía”
y “Pequeña
serenata diurna”, retomando la intención original que incluía títulos de la
canción política latinoamericana. Le fascina descargar (“zapar” dirían allá), lo
mismo sentada al piano que rasgueando una guitarra o dominando la escena con una
base de rock, y maneja con similar vehemencia los ambientes acústicos o la
explosión eléctrica. Así pasa de Hendrix, Zeppelin y Joplin a clásicos del tango
y el jazz. Por otro lado, deja pocos cabos sueltos en sus discos, y la podemos
hallar diseminada por todos los créditos en las funciones más heterogéneas
(diseño gráfico, fotografía, producción artística y ejecutiva, mezcla,
masterización y hasta cocinera).
Poetisa del “gorrión” (como diríamos los cubanos) sus canciones se mueven en un
tono confesional, entre el desgarro más intenso y un optimismo visionario. De su
obra me quedo sobre todo con tres temas que me encantan pese a ser (o quizás por
eso mismo) pura melancolía: “Cuando te vi partir” y “Alguna vez” de su segundo
álbum, y la que le da título al tercero y más reciente, “La razón y la
tempestad”. Se trata, en primera instancia, de canciones donde Claudia expone
sus sentimientos más íntimos, girando sobre la pérdida de la persona amada. Lo
que las aparta de toda sensiblería barata es la sinceridad de los textos y la
convicción con que son interpretadas. Lo curioso es cómo logra hacer coexistir
en una misma obra el encantamiento y la depresión, la razón y la tempestad
(parafraseándola). Cuando canta: “Yo te cambio mi gran colección de amores por
aquel amor” está desnudando su alma, gritando un dolor que proviene desde muy
adentro; uno puede percibirlo. Igual se descuelga con frases que son una
invitación a olvidar las penas y sacar a flote la vida. Eso le admiro, entre
otras cosas: sus mágicas salidas a la luz aunque antes haya estado hundiéndose
en la oscuridad.
Con más de 25 años sobre los escenarios pero no en todo momento a la vista
pública, Claudia Puyó representa el lado más auténtico del rock argentino,
aunque tal género le resulte insuficiente para decir lo que siente. Ha hecho de
la segunda voz un protagónico (escúchala en la coda de “El amor después del
amor” de Páez) poniendo su garganta al servicio de las emociones interiores y
también de las causas sociales que la tocan de cerca (el trauma de las Madres de
la Plaza de Mayo, los derechos humanos, la pobreza de la infancia). Creadora de
fuerte personalidad y sólidas convicciones es, no obstante, paradigma de dulzura
en su entrega; autora de canciones donde convergen sus más íntimos ángeles y
demonios; una flor “del Oeste” en cuyos ojos alguna vez La Habana atardeció.
| |
|