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Libros: anticipo
Un mundo fósil oculto a la vista
En Dinosaurios en la Patagonia , el paleontólogo Rodolfo A. Coria
narra sus descubrimientos en el sur argentino
Muchos
de los dinosaurios que he tenido la oportunidad de descubrir y estudiar
fueron encontrados de las formas más insospechadas. Y la gran mayoría
surgió de la buena voluntad y actitud responsable de personas que
no se vinculaban con la paleontología ni con ningún museo.
De hecho, muchos grandes descubrimientos científicos se han concretado
de esta manera. Un día alguien acercó unos materiales a
algún museo o avisó de la presencia de fósiles en
determinado lugar y es así como los que trabajamos en esto nos
hemos topado con elementos de veras valiosos. Ejemplos de ello son Herrerasaurus
ischigualastensis, Patagosaurus fariasi, Piatnikysaurus floresi, Carnotaurus
sastrei, Abelisaurus comahuensis y Giganotosaurus carolinii , para mencionar
sólo casos argentinos. En todos aparecen los apellidos -Herrera,
Farías, Flores, Sastre, Abel, Carolini- de quienes avisaron a los
científicos de la existencia de los fósiles.
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Tal vez sólo una de cada diez o veinte denuncias consista en materiales
relevantes desde el punto de vista científico; esto es, que determinen
la oportunidad de nuevos descubrimientos. Un día que estaba tomando
las medidas de algunos de los huesos del Argentinosaurus expuestos en
nuestro museo se me acercó un hombre mayor, de mediana estatura,
delgado, de cabello blanco enrulado y mirada vivaz. Por trabajar de tanto
en tanto con huesos expuestos al público, me he acostumbrado a
que la gente se acerque a observar lo que hago y a contestar sus preguntas.
El hombre me dijo que se llamaba Roberto Saldivia Blanco, que vivía
en uno de los barrios que habían pertenecido a YPF, que era jubilado
y que poseía un puesto ubicado a unos veinte kilómetros
al sur de Plaza Huincul. Es habitual pasar de agente ypefiano jubilado
a dueño de un puesto; yo he conocido varios casos similares. Por
lo general son personas que rondan entre los setenta y los ochenta años
y que luego de vivir toda una vida al pie de un pozo de petróleo
han tomado la actividad rural como ocupación característica
del retiro. Ser los patrones -y, muchas veces, el único empleado-,
controlar los propios horarios, criar chivos para producir lana y carne,
es un tarea atractiva para esta gente noble y curtida. La mayoría
de estas empresas escandalizarían a cualquier gran productor de
la llanura pampeana. Las ganancias son casi nulas y la inversión
surge de las jubilaciones. Los animales mueren por la sequía, la
falta de alimento, el ataque de pumas y perros salvajes y la caza clandestina,
o son robados por cuatreros. El esfuerzo es enorme y las frustraciones
son moneda de todos los días. Pero la gente sigue eligiendo esta
actividad, así que estoy convencido de que los beneficios que ofrece
trascienden lo económico.
.
Huesito para el puchero
El diálogo que siguió a la presentación fue del tipo
usual, salpicado de comentarios como: "¡Qué bicho grande!",
"¿En dónde lo encontró?", "¿Cuánto
habrá medido?", "¡Lindo huesito para el puchero!"
Luego de un rato de conversar en estos términos y cuando ya la
cosa parecía que no daba para más, dijo la frase que explicaba
el motivo de su visita: "Usted encontró el más grande,
pero yo encontré el más chico." Y me contó que
hacía unos años, un día que andaba campeando una
punta de chivas que se le había perdido, encontró en la
ladera de un cerro llamado Bayo Mesa unos huesillos chiquitos, que según
él correspondían a un animal de tamaño pequeño.
También me dijo que los había recogido y que desde entonces
los tenía en su casa esperando el momento de traerlos, cuando hubiese
alguien en condiciones de estudiarlos. Si no lo había hecho antes,
era porque ignoraba que había un paleontólogo en el pueblo.
Me contó que alguien de la Universidad del Comahue se había
enterado de la existencia de estos materiales y le había propuesto
que se los entregara para estudiarlos allá.
.
Con evidentes muestras de orgullo, me dijo que le contestó que
los huesos eran de Plaza Huincul, así que debían ser estudiados
por alguien de ahí. Y que mientras no hubiera nadie capacitado
en el museo local, los huesos seguirían estando en su casa a buen
resguardo. ¿Qué tal con el voluntarioso custodio del patrimonio?
El buen señor había leído pocos días atrás
un artículo sobre mi trabajo en uno de los periódicos regionales.
Allí se enteró de mi existencia y no dudó en acercarse
al museo para hablar conmigo. Le agradecí mucho el gesto, y le
aclaré que aun si hubieran sido estudiados por expertos de otra
institución, los fósiles siempre habrían pertenecido
al museo local. Seguramente, le dije, en aquel momento los únicos
paleontólogos en la provincia habían sido los de la Universidad
del Comahue.
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Más allá de la anécdota, era necesario que yo viese
los huesos. No sólo había que confirmar su condición
de fósiles, sino que además el hecho de que fuesen pequeños
no implicaba que el animal también lo fuera. Don Roberto dijo que
me quedara tranquilo, que no había dudas de que los huesos eran
fósiles y que al día siguiente me los iba a llevar al museo.
Cuando se hubo ido, volví a mi trabajo y no pensé mucho
en lo que había pasado. Como dije, son muchas las personas que
se acercan con eventuales hallazgos de fósiles que casi siempre
resultan no ser tales o, en el mejor de los casos, son fragmentos sin
transcendencia científica. Del encuentro rescataba haber conocido
a una persona interesante, cuya actitud de proteger el patrimonio cultural
y privilegiar las instituciones locales me había impresionado favorablemente.
.
Al día siguiente Daniel Hernández, el único técnico
del museo en ese tiempo y yo estábamos limpiando y reparando los
huesos del Giganotosaurus en el pequeño cuarto que hacía
las veces de improvisado taller. Los preparábamos para fotografiarlos
con miras a la confección del póster que presentaríamos
en Seattle. En un momento dado, un empleado del museo entró en
el cuarto para avisar que un tal señor Saldivia quería verme.
Dejé lo que estaba haciendo y me preparé para recibir a
don Roberto, quien entró en el taller sosteniendo una pequeña
bolsa de plástico amarillo con el logo negro que identificaba a
un supermercado de la zona. "Acá están los huesitos",
me dijo, y depositó la bolsa sobre la mesada con arena en la que
estaban los huesos del Giganotosaurus .
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Lentamente, comencé a extraer una por una las pequeñas piezas.
A todas luces, eran huesos fósiles... y por el momento no más
que eso: pedacitos de hueso fósil. Ninguna evidencia me permitía
inducir una identificación, ni siquiera grosera, del animal, cuando
de pronto observé que uno de los fragmentos tenía la inconfundible
forma de una vértebra. Sí, la pieza era sin duda una vértebra
caudal y asombrosamente -para mí, no para don Roberto, que estaba
muy seguro de lo que había traído- no medía más
que 1,5 centímetros de longitud. ¡Era un animal pequeño!
Mi corazón comenzó a acelerarse mientras hacía girar
la pequeña vértebra entre los dedos. No era de un dinosaurio
saurópodo, podía ser de un pequeño dinosaurio terópodo
o de un cocodrilo. Comencé a alimentar la esperanza de que en la
bolsa hubiera otras piezas que me ayudasen a afinar la identificación.
¿Por qué no volqué todo el contenido en la mesada
para tener un panorama general? No lo sé. En cambio, continué
sacando las piezas una por una, como si fuesen bolillas de un juego de
lotería; seguí preservando el misterio y la sorpresa. Aún
hoy, en situaciones similares, hago lo mismo. Supongo que el método
me permite focalizar mi concentración en cada elemento, sin dejarme
distraer por el resto del conjunto. Pero ésta no es sino una interpretación
racional de algo que hago inconscientemente.
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Luego de la vértebra se sucedieron algunos fragmentos de difícil
identificación hasta que, finalmente, de esa mágica bolsita
amarilla surgió una pieza que no me dejaba dudar. La forma del
largo y delgado fragmento rojizo, de unos cuatro centímetros, era
inconfundible. Se trataba de la mitad superior de un húmero, el
hueso superior del brazo, de un dinosaurio ornitópodo, una forma
extremadamente rara en Patagonia y que recientemente habíamos registrado
gracias a los extraordinarios materiales que Leo encontró en la
localidad rionegrina de Cinco Saltos. El estudio del Gasparinisaura cincosaltensis
, como lo llamamos, me había tenido ocupado los últimos
dos años y, aunque en aquel entonces no había concluido,
me permitía reconocer los huesos de este grupo de dinosaurios.
El entrenamiento adquirido me daba la seguridad suficiente para saber
que no estaba equivocado. Lo que don Roberto tenía en la bolsita
eran los restos de un animal muy emparentado con Gasparinisaura , pero
proveniente de niveles geológicos más antiguos.
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La cabeza me estallaba de excitación. No sólo porque los
materiales que estaban en la bolsa eran suficientes de por sí para
elaborar un trabajo científico sólido, sino también
porque confirmaba una hipótesis que Leo y yo habíamos propuesto
tiempo atrás y que todavía encontraba cierta resistencia
en la comunidad científica. La hipótesis proponía
que el linaje de Gasparinisaura correspondía a una rama netamente
sudamericana de estos ornitópodos, que no se relacionaba con formas
invasoras del hemisferio norte. La entrada faunística en cuestión
ocurrió en las postrimerías de la época de los dinosaurios,
hace menos de setenta millones de años, cuando los continentes
americanos, que habían permanecido aislados y separados, se unieron
a través de un puente continental que hoy es el istmo de Panamá
y una cadena de islas en el Caribe. Esta conexión continental dio
vía libre a que formas de animales terrestres se desplazaran de
Norte a Sur y viceversa. Es así como en las rocas de esa antigüedad
podemos encontrar una mezcla de formas endémicas -es decir, criollas-
con formas de clara raigambre norteamericana.
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Rodolfo
Coria trabaja sobre un huevo de dinosaurio, en Auca Mahuida, en
1999
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Raíces sudamericanas
Lo mismo sucede, aunque al revés, en localidades de los Estados
Unidos. Por lo tanto, la identificación de una forma endémica
puede ser controvertida si no se hace un análisis teórico
de sus afinidades de parentesco. Gasparinisaura , aun teniendo parientes
en el Norte, era para nosotros de netas raíces sudamericanas. Si
la hipótesis era correcta, algún día debían
aparecer restos de ornitópodos emparentados con el de Cinco Saltos,
pero en niveles más antiguos. Hasta el momento esos parientes más
antiguos habían sido, dentro del marco de nuestro trabajo con Gasparinisaura
, dinosaurios de papel, dinosaurios hipotéticos, y ahora, de pronto,
gracias al buen ojo de Saldivia, tenía en un puñado de piezas
fósiles la confirmación empírica de lo que habíamos
postulado. El dinosaurio de papel se había convertido en inequívoca
evidencia fósil. Mis pensamientos se multiplicaban a borbotones.
En una fracción de segundo repasé nuestra hipótesis
del linaje sudamericano de ornitópodos, mientras me invadían
imágenes de las reuniones en las cuales habíamos presentado
la propuesta. Y volvía a mirar los huesitos, y los volvía
a tocar, y los colocaba en distintos ángulos para verlos desde
otra perspectiva.
La
Nacion, Domingo 2 de Septiembre de 200
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