gente.gif (2883 bytes)                          moun1.gif (7487 bytes)        jl.jpg(13338 bytes)   Juan López. Biólogo, miembro MOUNTAIN FORUM          

 

Todos somos gente de montaña

Ya sea que vivamos al nivel del mar o en las zonas más elevadas, estamos ligados a las montañas y éstas influyen en nuestra vida mucho más de lo que podamos imaginar. Las montañas proporcionan la mayor parte del agua dulce del mundo, tienen una biodiversidad más abundante que cualquier otra parte y en ellas vive por lo menos una de cada diez personas. Sin embargo, la guerra, la pobreza, el hambre, el cambio climático y la degradación ambiental ponen en peligro toda la vida de las montañas. El Año Internacional de las Montañas es una oportunidad para tomar medidas de protección destinadas a los ecosistemas montañosos, promover la paz y la estabilidad en las regiones de montañas y ayudar a los pobladores de éstas a alcanzar sus objetivos y realizar sus aspiraciones. Al cuidar las montañas del mundo contribuimos a mantener la seguridad y supervivencia a largo plazo de todo lo relacionado con las montañas, inclusive nosotros mismos.

Biodiversidad de las montañas

Las montañas parecen impenetrables monolitos de roca, pero, en realidad, son una de las principales fuentes de biodiversidad del mundo, que acogen a incontables especies de plantas y Animales. Muchas de estas especies ya han desaparecido de las tierras bajas, invadidas por la actividad humana. Muchas otras no existen sino en las montañas. Todos nosotros, donde quiera que vivamos, tenemos la obligación de proteger la biodiversidad de las montañas, pero los pobladores de estas zonas son los principales guardianes de estos insustituibles recursos planetarios. A través de las generaciones, los pueblos de las montañas han adquirido un conocimiento único y detallado de sus ecosistemas. Hasta el presente, los gobiernos y las organizaciones internacionales han desatendido en general el conocimiento de estos pueblos y la importante función de las montañas en la conservación de gran parte de la biodiversidad del mundo.

Una montaña de vida

Se ha descrito a las montañas como islas de biodiversidad, rodeadas por un mar de monocultivos y paisajes modificados por el hombre. En efecto, muchas plantas y animales de los hábitat montañosos han desaparecido de las regiones de las tierras bajas, donde es muy intensa la actividad humana.

El aislamiento y la relativa inaccesibilidad han contribuido a proteger y conservar las especies en las montañas, desde los venados, las águilas y las llamas, hasta variedades silvestres de mostaza, cardamomo, grosellas y calabaza. En los Andes, por ejemplo, los campesinos conocen hasta 200 variedades distintas de patatas locales. En las montañas de Nepal, cultivan unas 2 000 variedades de arroz. En la cima de una montaña de la sierra mexicana de Manantlán, sigue produciéndose la única variedad conocida del pariente silvestre más primitivo del maíz.

Estas preciosas reservas de diversidad genética son nuestro seguro para el futuro, en particular conforme la economía global sigue convirtiendo los hábitat de las tierras bajas al cultivo de variedades alimentarias de alto rendimiento, monocultivos que nutren a gran parte de la población mundial, pero expuestos a plagas y patógenos.

Sin el conocimiento adquirido a través de generaciones por los pueblos de las montañas, gran parte de la biodiversidad de estas zonas prácticamente no se conocería. Por ejemplo, sólo se ha investigado la aplicación medicinal del 1 por ciento de las plantas tropicales. Pero así como en todo el mundo está comenzando a reconocerse el valor de este enorme recurso, están en duda el futuro de los ecosistemas de las montañas y la supervivencia de las especies locales.

Los gorilas de las montañas de África Oriental, los osos con antifaz de los Andes y los quetzales de América Central se aferran a porciones cada vez más reducidas de bosques nubosos. Al mismo tiempo, el comercio de plantas y animales raros de las montañas, comprendidas algunas especies de orquídeas, aves y anfibios, sigue agotando las poblaciones de las mismas. La pobreza de las comunidades de las montañas es una de las razones de la destrucción de los hábitat. La minería comercial, la tala forestal, el turismo y el cambio climático mundial también cobran una fuerte cuota a la biodiversidad de las montañas.

Los Andes: colección de biodiversidad

Entre todas las cordilleras del mundo, las situadas en un medio ambiente tropical tienen la biodiversidad más grande. De éstas, se piensa que las laderas orientales de los Andes tienen la mayor biodiversidad. Precipitándose desde las cumbres de las cordilleras que recorren Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, las vertientes orientales de los Andes poseen un impresionante conjunto de ecosistemas, desde bosques lluviosos tropicales, bosques subalpinos, páramos montañosos y bosques nubosos, hasta pastizales montañosos, tundra, nieve y bancos de hielo. Cada una de estas zonas, comprendidos los bancos de hielo, tiene su propio hábitat y su flora y su fauna.

Protección de la biodiversidad

Los montañeses son los principales guardianes de la biodiversidad local. A través de milenios, han llegado a entender la importancia de rotar los cultivos, de la agricultura en terrazas, de conocer las posibilidades curativas de las plantas y de la cosecha sostenible de los alimentos, forrajes y leña de los bosques. Pero las comunidades ajenas a las montañas a menudo no aprecian o no toman en cuenta este extraordinario conocimiento.

Lejos de los centros del comercio y el poder, los pobladores de las montañas influyen poco en las políticas que orientan el curso de sus vidas y contribuyen a la degradación de las montañas donde viven. En efecto, hasta el presente, los ecosistemas de las montañas y la población local han sido objeto de poca atención en general de los gobiernos y organizaciones en todo el mundo, desigualdad que no sólo es peligrosa para la vida de las montañas, sino para la plenitud de la vida en cualquier parte.

Lo puntos en común de los ecosistemas montañosos

No todos los ecosistemas de las montañas son iguales, pero todos, ya sea los bosques nubosos, los pastizales de las tierras altas o a lo largo de las corrientes de agua alimentadas por los glaciares, tienen dos cosas en común: la altura y la diversidad. Los rápidos cambios de altura, la pendiente y la orientación respecto al sol influyen enormemente en la temperatura, el viento, la humedad y la composición del suelo en distancias muy cortas. Estos sutiles cambios crean focos de vida únicos de esa elevación y montaña o cordillera en particular.

Las condiciones extremas del clima presionan todavía más los límites de la adaptación biológica y humana. A grandes alturas, las plantas y los animales locales desarrollan mecanismos de subsistencia especiales. Algunas flores silvestres alpinas, por ejemplo, están adaptadas para vivir en el microhábitat creado por la sombra de una sola roca. Para las personas que luchan por sobrevivir en estos difíciles medios, es decisivo entender y respetar este delicado equilibrio. Los campesinos de las montañas de Burundi y Rwanda, por ejemplo, cultivan de seis a 30 diferentes tipos de frijoles para aprovechar las sutiles diferencias de altura, clima y suelos.

La singularidad de las condiciones, a la vez que dan lugar a una gran variedad de especies, hacen en extremo frágiles los ecosistemas montañosos. Cambios leves de la temperatura, las lluvias o la estabilidad del suelo pueden causar la pérdida de comunidades enteras de plantas y animales.

Invasores extraños

Como los hábitat de las islas, los ecosistemas de las zonas de montañas no han desarrollado defensas contra las especies invasoras. A menudo, personas que van de visita llevan estos invasores extraños, o llegan para sembrar cultivos o plantas de ornato que no son originarios del lugar.

Como suelen llegar sin los depredadores o las plagas con que han evolucionado, estas especies invasoras dominan fácilmente a la fauna y la flora locales. Entre los ejemplos de algunas de las especies extrañas más nocivas están los cerdos salvajes en Costa Rica y en Hawaii, en los Estados Unidos, las cabras en Venezuela, los pastos extranjeros en Puerto Rico y las truchas de otros lugares en el parque nacional de Yellowstone, en los Estados Unidos. A menudo los métodos para erradicar las especies extrañas son experimentales, pero siempre toman mucho tiempo y son costosos.

Necesidad de una ciencia de las montañas

Nunca ha habido una «ciencia» de las montañas. El conocimiento que tenemos de éstas - en comparación con el de los océanos o de los bosques lluviosos de las tierras bajas- procede de una variedad de disciplinas científicas que pocas veces se comunican. En consecuencia, nunca se han entendido las decisivas relaciones entre las cuencas hidrográficas de río arriba y río abajo, los bosques de las montañas y los pastizales de montaña, los pueblos de las montañas y la población urbana de las tierras bajas. La integración de las muchas formas en que se estudian los ecosistemas de las montañas - desdibujando la separación entre geología, meteorología, hidrología, biología, antropología y economía- no sólo enriquecerá el conocimiento, sino que ayudará a la creación de prácticas sostenibles que contribuyan a proteger los ecosistemas de las montañas y la biodiversidad que acogen.

Las presiones de una economía de mercado

Los agricultores de las montañas cultivan miles de variedades de plantas, muchas que sólo prosperan a determinada altura y en ciertos climas. A menudo, promueven el cruzamiento de variedades silvestres y cultivadas. En los Himalaya, por ejemplo, las variedades cultivadas y silvestres de árboles de limón, naranja y mango se cultivan unos al lado de los otros. En México, los campesinos siembran teocinte, un antepasado lejano del maíz, cerca del maíz cultivado.

Sembrar muchas variedades de un sólo cultivo, e incluir variedades silvestres, facilita el desarrollo de nuevas características a la vez que fortalece la diversidad genética de la especie y su capacidad de adaptación. Muchos agricultores de las montañas dicen que también mejora el rendimiento y elimina la necesidad de plaguicidas, herbicidas y fertilizantes.

Sin embargo, últimamente, cada vez más agricultores de las zonas de montaña se han sentido presionados a abandonar las antiguas prácticas por las técnicas agrícolas modernas de alto rendimiento, que no sólo exigen sembrar menos variedades de semillas, depender más del riego y aplicar más plaguicidas, herbicidas y fertilizantes, sino escoger cultivos específicos de frutas y hortalizas porque rinden más ganancias en la economía de mercado. Si bien algunas comunidades se benefician económicamente, para otras estos cambios representan enormes pérdidas. Algunas comunidades de las montañas, por ejemplo, han abandonado la cría tradicional de ovejas y cabras por la ganadería. En consecuencia, se han eliminado bosques enteros para convertir las tierras al cultivo agrícola y la actividad pecuaria.

 

Los bosques de las montañas

El buen estado de los bosques es decisivo para el equilibrio ecológico del mundo. Los bosques protegen las cuencas hidrográficas que proporcionan el agua dulce que consume más de la mitad de la población del planeta. También acogen a una variedad innumerable de vida silvestre, proporcionan alimentos y forrajes a las comunidades de las montañas, y son importantes fuentes de madera y productos no madereros. Pero en muchas partes del mundo los bosques de las montañas corren más peligro que nunca. Proteger estos bosques y asegurarles una atención adecuada constituye una medida importante para el desarrollo sostenible de las montañas.

Deforestación, crecimiento demográfico y pobreza

En el último decenio, los bosques tropicales de las montañas han venido desapareciendo a una velocidad impresionante. A pesar de ser un fenómeno complejo, la deforestación suele ser favorecida por el crecimiento demográfico y por la falta de instituciones sólidas y estables. Por ejemplo, en el sudeste de Asia y en China, los pobladores que huían de las ciudades hacinadas de las tierras bajas solían mudarse montaña arriba, empujando a los campesinos de las montañas -para quienes la tenencia de la tierra ya es insegura- a trasladarse a mayor altitud. Asimismo, los nuevos pobladores desbrozaban los bosques, poniendo en peligro los medios de sustento de los habitantes de las montañas. En las zonas altas de los Andes y de África, la situación es un poco distinta, aunque las causas originales se parecen mucho. Después de siglos de crecimiento demográfico y explotación intensiva de la tierra, los bosques de las montañas se han reducido a parcelas verdes. En este caso, las personas de las montañas huyen "montaña abajo", en donde enfrentan dificultades todavía mayores para tratar de sobrevivir en tierras menos productivas.

Algunas prácticas forestales y agrícolas insostenibles contribuyen a la deforestación al incrementar la erosión de las laderas, lo cual pone en peligro la biodiversidad de las montañas, rompiendo el equilibrio de los procesos naturales de los ecosistemas de los bosques. En efecto, al perderse la estabilidad de los bosques se produce una espiral de destrucción cada vez más intensa. Por ejemplo, cuando se talan demasiados árboles, los escurrimientos y la erosión del suelo aumentan a índices de 20 a 40 veces mayores respecto a la velocidad con que puede formarse el suelo de nuevo, lo cual repercute negativamente en la calidad del agua de los arroyos y los ríos, y constituye un peligro para los peces y otras especies acuáticas. Conforme se degrada una superficie mayor, también aumenta la probabilidad de peligros naturales, como avalanchas, desprendimientos e inundaciones.

Los bosques nubosos, viven en las nubes

Los bosques nubosos figuran entre los sistemas más singulares del mundo. Envueltos en niebla, alimentan y abrigan a miles de personas y a incalculables cantidades de plantas y animales. Sin embargo, en apenas 10 años, casi todos los bosques nubosos podrían desaparecer, siendo desbrozados para criar ganado, talados o explotados para extraer sus recursos mineros, o secos por los efectos del calentamiento del planeta y la deforestación de las zonas bajas. Ya ha desaparecido el 90 por ciento de los bosques nubosos de los Andes.

Los bosques nubosos son producto de nubes persistentes, temporales o frecuentes, impulsadas hacia las montañas por el viento. Estas nubes dan a los bosques una humedad muy superior a la de las lluvias. En algunos casos, la humedad adicional puede ascender a casi el 20 por ciento de la lluvia normal, equivalente a cientos de milímetros de agua. Al desbrozar los bosques nubosos, se pierde el agua adicional tomada de la atmósfera, junto con todas las importantes funciones que los cursos superiores de agua desempeñan en la calidad del agua, en la estabilización de las corrientes y para evitar la erosión de las laderas.

Apenas hace 30 años, los bosques nubosos abarcaban una superficie superior a 50 millones de hectáreas que se extendían en estrechas franjas montañosas. Estos bosques se encuentran en las zonas tropicales y subtropicales del planeta, desde 500 metros sobre el nivel del mar, hasta 3 000 metros de altitud. En 1999, diversas organizaciones de conservación, tales como el el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la Unión Mundial para la Naturaleza y el Fondo Mundial para la Naturaleza, pusieron en marcha un programa de sensibilización del público a fin de promover la conservación de los bosques nubosos.

Los últimos grandes bosques lluviosos de las costas

No existe otro ecosistema terrestre capaz de producir tal cantidad de materia viva como los bosques lluviosos templados de las costas. Presentes en climas húmedos y frescos, donde el aire marino choca contra las montañas de las costas y produce grandes cantidades de lluvia, estos gigantescos bosques producen de 500 a 2 000 toneladas métricas de madera, follaje, hojarasca, musgo, flora y suelo, por hectárea. Pero lejos de ser desechos, esta enorme producción orgánica proporciona alimento y cobijo a innumerables especies de insectos, reptiles, aves y mamíferos, y contribuye directamente a la prosperidad de los cercanos habitat costeros.

El desarrollo es una de las causas de desaparición de estos característicos ecosistemas forestales.

Los bosques lluviosos de las costas, anteriormente presentes en todo el mundo, ya sólo existen en dos de los cinco continentes. Hoy sólo quedan de 30 a 40 millones de hectáreas de bosques lluviosos templados de las costas, la mayor parte a lo largo de los 8 000 kilómetros de litoral de Chile y de la costa noroeste del Pacífico, en los Estados Unidos.

Gozan de protección sólo el 16 por ciento de los bosques lluviosos templados de las costas que aún quedan. Más de dos tercios de la zona protegida se sitúan en Alaska.

Los bosques de las montañas para el futuro

A medida que los bosques de las montañas y gran parte de la vida que abrigan desaparece en todo el mundo, cobra mayor importancia el papel que los gobiernos pueden desempeñar a fin de establecer el equilibrio necesario entre la utilidad productiva y la conservación de los bosques.

Con este fin, sería importante reconocer y apoyar a los pobladores de las zonas de montaña, en su misión de principales guardianes de los bosques montañosos. En la economía globalizada, muy a menudo la parte más valiosa de los bosques es la madera. En las comunidades de las montañas, la madera suele ser menos importante que el ecosistema que produce agua para beber, para el riego y para cultivar plantas destinadas a la alimentación, la cría de animales o la producción de medicinas.

Los pobladores de las montañas ven al bosque, no sólo a los árboles. Como todos los seres que lo habitan, viven del ecosistema completo del bosque. Las políticas que rigen los bosques de las montañas deberían reconocer primero las necesidades de las comunidades locales, antes de tomar en cuenta los intereses de otras partes, como la silvicultura comercial y el turismo.

 

El cambio climático

Las actividades humanas están repercutiendo profundamente en el clima del mundo, y las montañas son un barómetro de ese efecto. Todos los días, las tecnologías que consumen combustibles fósiles producen gases de invernadero que refuerzan la capacidad de retener el calor de la atmósfera de la Tierra, con lo que se eleva la temperatura del planeta. Por su altura, inclinación y según la orientación del sol, las variaciones de la temperatura repercuten fácilmente en los ecosistemas de las montañas. Conforme se calienta la atmósfera, los glaciares están derritiéndose a una velocidad sin precedente, y algunas especies raras de plantas Y animales luchan por sobrevivir en espacios cada vez más reducidos, a la vez que los pobladores de las montañas, forman parte de los ciudadanos más pobres del planeta Y afrontan dificultades mayores para vivir. Entender la forma en que el cambio climático repercute en las montañas es vital para que los gobiernos y las organizaciones internacionales elaboren estrategias para invertir las tendencias actuales de calentamiento del planeta.

Causas del cambio climático

Muchas de las cosas que hacemos contribuyen al cambio climático. Los procesos industriales y las actividades agrícolas, así como el entusiasmo desbordante por los automóviles, generan gases que atrapan los rayos del sol en la atmósfera. Estos gases - entre ellos el metano, el óxido nitroso y el bióxido de carbano- propician el efecto « invernadero» que se da naturalmente en el medio ambiente.

Conforme el sol calienta la superficie de la Tierra, ésta refleja la energía al espacio. Los gases de invernadero, como el vapor del agua y el bióxido de carbono, atrapan y absorben naturalmente una parte de esta energía radiante. Sin este efecto natural de invernadero, las temperaturas serían muy inferiores y no existiría la vida que conocemos. Los problemas se presentan cuando aumentan las concentraciones atmosféricas de los gases de invernadero y queda atrapada más energía, que mantiene más caliente la superficie de la tierra de lo que estaría en otras condiciones.

Algunos modelos climáticos predicen que las temperaturas mundiales aumentarán entre 1° y 3,5° centígrados para el año 2100. Aunque pudieran parecer insignificantes esos pocos grados, un incremento de este tipo es mucho mayor que cualquier cambio climático que se haya dado desde la última glaciación, hace 10 000 años. Entre las consecuencias previstas, el nivel del mar subiría de 15 a 95 centímetros, causando inundaciones y daños inconcebibles a los países isleños y a las comunidades costeras. Ya 10 000 pobladores de Tuvalu han tenido que abandonar su país isleño por el ascenso del nivel del mar.

Los glaciares de las montañas se derriten

Los glaciares de las montañas están derritiéndose a una velocidad nunca vista. En el último siglo, los glaciares de los Alpes europeos y de los montes del Cáucaso se han reducido a la mitad de su volumen anterior, y en África sólo se conserva el 8 por ciento del glaciar más grande del Monte Kenya. De seguir estas tendencias, a finales del siglo habrán desaparecido por completo muchos de los glaciares de las montañas del mundo, comprendidos todos los del Parque Nacional de los Glaciares, en los Estados Unidos.

Las modificaciones de la profundidad de los glaciares de las montañas y de sus pautas estacionales de derretimiento repercutirán con gran fuerza en los recursos de aguas de muchas partes del mundo.

En Perú, por ejemplo, alrededor de 10 millones de habitantes de Lima viven del agua dulce procedente del glaciar de Quelcaya. En otras partes del mundo, se anticipa que el acelerado derretimiento de los glaciares perjudique la agricultura y cause inundaciones. Por ejemplo en Nepal, un lago de un glaciar se desbordó en 1985 derramando un muro de agua de 15 metros que ahogó a muchas personas y arrasó viviendas. Muchos climatólogos consideran que la disminución de los glaciares es uno de los primeros indicios observables del calentamiento del planeta causado por el hombre.

Las especies más raras corren mayor peligro

Debido a su forma y tamaño, en las montañas coexisten variadas condiciones climáticas. Con ascender apenas 100 metros por una ladera, por ejemplo, se puede presenciar una diversidad climática equivalente a recorrer 100 kilómetros de territorio plano. Los climas de las montañas son como estrechas franjas superpuestas. Cada incremento de la altura produce condiciones distintas y ecosistemas únicos, a menudo aislados, donde prospera una gran variedad de vida vegetal y animal.

Sin embargo, conforme se calienta el planeta se modifican las condiciones de cada una de esas franjas. Los científicos ya han presenciado casos de especies que ascienden en busca de un hábitat más adecuado. Los climatólogos consideran que el aumento previsto de la temperatura mundial de 3°C equivaldría a un ascenso ecológico de unos 500 metros en altitud. No todas las especies podrán trasladarse. Las especies confinadas a las cimas o las que están bajo barreras imposibles de atravesar, pueden afrontar la extinción conforme se achica su hábitat.

Las especies más raras son las que más corren peligro de extinción, entre ellas: la comadreja pigmea de las montañas de Australia, la perdiz blanca y el pinzón de las nieves de la Gran Bretaña, los mandriles gelada de Etiopía y la mariposa monarca de México.

El cambio climático y los pobladores de las montañas

Para los pobladores de las montañas, que habitan paisajes alpinos en lugares extremos del mundo cada día es una prueba de supervivencia. Pero hoy, que el cambio climático mundial amenaza con modificar el medio ambiente de las zonas de montaña, la vida se hará aún más difícil para la mayoría de esas personas. Por ejemplo, así como el calentamiento obliga a muchas especies animales a migrar montaña arriba en busca de un hábitat adecuado, los pobladores de las montañas también tendrán que adaptarse a los cambios o abandonar sus hogares al escasear sus fuentes tradicionales de alimentos y combustible. A la vez, las montañas serán más peligrosas al acelerarse la erosión del suelo cuando se vaya derritiendo la capa de hielo que lo cubre permanentemente y con el escurrimiento de los glaciares, además habrá más derrumbes, deslaves, inundaciones y avalanchas. El calentamiento también repercutirá en la irrigación, primero por las inundaciones, pero luego por la sequía, lo que hará más difícil la vida de los campesinos de subsistencia y de los que producen cultivos comerciales. Es probable que disminuyan casi todas las actividades comerciales, como la producción maderera y el turismo por el cambio irrevocable de los ecosistemas.

Una de las consecuencias indirectas del calentamiento del planeta en las zonas de montaña es el peligro de que proliferen las enfermedades infecciosas. Los científicos han informado que los mosquitos que transmiten la malaria, el dengue y la fiebre amarilla están invadiendo zonas más altas de acuerdo al aumento de las temperaturas. Los pobladores de las montañas son de los ciudadanos más pobres del planeta, tienen pocos recursos para protegerse de las enfermedades infecciosas y por lo tanto es probable que serían las principales víctimas del calentamiento del planeta, si no se cambian rápidamente las actividades humanas que contribuyen a este fenómeno.

Vigilancia de las montañas

Las montañas son un barómetro del cambio climático del planeta. No sólo estos frágiles ecosistemas son muy sensibles a los cambios de la temperatura, sino que están en todos los continentes. En efecto, muchos climatólogos consideran que las montañas ofrecen un panorama anticipado de lo que podría suceder en otras regiones. Por este motivo, es vital que los elementos biológicos y físicos de las montañas se sometan a una rigurosa vigilancia y estudio. La información del estado de los ambientes montañosos sin duda ayudará a los gobiernos y a las organizaciones internacionales en la elaboración de estrategias de gestión y a organizar vigorosas campañas para invertir las actuales tendencias del cambio climático.

Fuente  http://www.montanas2002.org/home.html

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