Ismael G. Fuentes
propiedad familiar

 

 

 

 

 

Biografía escrita en Marzo de 1934,
en Santa Tecla (El Salvador),
por el historiador D. Roberto Molina Morales.

 

 

 

 

 

Biografía Artículo

Cuentos:

Después de la Orgía
  Zaira,
  La última carta

 

     Vió la primera luz don Ismael Gómez Fuentes, en San Salvador, el 14 de julio de 1878. Siendo aun muy niño, tuvo el dolor de perder a sus padres, y muy joven todavía ingresó en la recién fundada Escuela Politécnica, dirigida por el General don José María Francés y Roselló, en donde siguió sus estudios principiados brillantemente y de donde fue enviado a Alemania, a perfeccionarlos, en unión de otros dos compañeros suyos, permaneciendo en la capital de aquel país, cerca de tres años.

     A su regreso de Alemania, permaneció durante algunos años en Guatemala y Costa Rica, actuando en este último país como Secretario del Consulado de El Salvador, en la misma época en que estaba allí, encargado del Consulado, don Alberto Masferrer. En Costa Rica, no sólo inició su carrera diplomática, sino que al dedicarse a escribir en periódicos y revistas, sentó buen nombre como escritor, culto y castizo, continuando su labor periodística en El Salvador, cuando regresó a él, en el periódico "Diario de El Salvador", de don Román Mayorga Rivas, formando parte del trío de periodistas de los que la patria se enorgullece, formado por él, Arturo Ambrogi y Luis Lagos y Lagos.

     Desde los comienzos de su vida mostró vocación por las letras, en las cuales resplandecía con gran acopio de erudición y abriéndose paso a un porvenir verdaderamente fecundo en triunfos de saber y de la intesligencia.

     Por su sagacidad, brillante preparación y despejada inteligencia, el Supremo Gobierno lo nombró Secretario Particular del señor Ministro de la Guerra, General Fernando Figueroa.

     Habiendo estallado la guerra entre El Salvador y Guatemala en 1906, don Ismael G. Fuentes, marcha, como buen salvadoreño, a la defensa de su Patria, y por su comportamiento y valor, es ascendido ese mismo año al Grado de Teniente Coronel.

     En 1907, contrae matrimonio en Santa Tecla, con la estimada señorita María Castellanos Palomo, hija del ilustre hombre público salvadoreño, don Jacinto Castellanos Rivas.

     Desde su matrimonio, hasta mediados de 1918, se dedica a los negocios y durante ese tiempo demostró tanto tino en el comercio, que fue nombrado por la casa constructora de las máquinas "Singer", Gerente General de ella en El Salvador, pero a mediados del 1918, abandona dicho empleo para dedicarse por completo a la política, tomando parte muy activa, en la lucha electoral pro-Quiñonez, como Secretario General del Partido Nacional Democrático.

     En marzo de 1919, sube don Jorge Meléndez a la Presidencia de la República y el Supremo Gobierno, nombra a don Ismael Fuentes, Secretario de la Legación acreditada en España e Italia. A fines del mismo año, es nombrado Encargado de Negocios ad interim, en España, y demostró tales talentos en la diplomacia, que el año siguiente, el Supremo Gobierno lo nombra Delegado Especial de El Salvador, al Congreso Postal Universal celebrado en Madrid.

     Fue don Ismael Gómez Fuentes político preparado, un escritor brillante, un diplomáatico nato y de vastísimo saber, aprestando los servicios de su talento y coadyuvando con sus ideas a la reorganización de la diplomacia salvadoreña. Fue un hombre que aportó a su país, grandes conocimientos y conceptos de ciudadano ilustrado, halagado por una brillente actuación y El Salvador estuvo notablemente representado por él, pues fueron muchos los honores que sabía captar su espíritu caballeresco y gentil.

      Por ello, pero más que todo por su preparación diplomática ya probada, en 1923, fue nombrado Encargado de Negocios, en propiedad, ante la Corte de España , y un año después, negocia, como Plenipotenciario, un Tratado de Arbitraje entre El Salvador y la República Suramericana del Uruguay.

     El Salvador es notablemente representado en España, durante años, por don Ismael, hasta que a fines del año 1925, ocupa su lugar el doctor don Rodolfo Schonemberg.

     Desde ese año, hasta en junio de 1927, fue nombrado Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de El Salvador en Alemania, en unión de su esposa y de sus hijos, recorre media Europa, captándose entre todos los grandes hombres del Viejo Continente, amigos notables y desinteresados.

     Permanece en Berlín (Alemania), todo el tiempo que representó a El Salvador ante aquel Gobierno, hasta el mes de mayo de 1931, año que regresa definitivamente al país, dejando en aquel Continente un gran número de amigos notables, contándose entre ellos: don Antonio Maura, el general Primo de Rivera, don José Francos Rodríguez, don José María de Ortega Morejón, el Vizconde de Fontenay, Gustavo Stresemann; el hoy Secretario de Estado de su Santidad, Monseñor Pacelli(1) y tantos otros cuyos nombres no recuerdo por ahora.

     Ya en Santa Tecla, lugar en que volvió a residir, dedícase nuevamente al periodismo y en la Capital, se pone al frente del Diario "El Día", como Director, hasta pocos meses antes de morir, del que se retiró a causa del mal estado de su salud.

     Murió en Santa Tecla, el 16 de mayo de 1934, a consecuencia de una enfermedad del corazón, de la que venía padeciendo desde hacía varios años.

 

     Don Ismael Gómez Fuentes, era una persona de cultura refinada y trato exquisito. Historiador brillante y estudioso, en la Madre Patria buscó en los incunables del Archivo de Indias, documentos que dieran más luz a nuestra historia patria.

     Dotado de verdadero don de gentes y de una sagacidad admirable, supo mantener en Europa, los prestigios de El Salvador, en esta época de grendes evoluciones, que por desgracia no ha terminado todavía. Los viajes acrecentaron el caudal de sus conocimientos y su espíritu abriole un camino entre los principales historiadores y escritores, tanto españoles, como franceses y alemanes.

     Fue una figura de relieve excepcional, de profundos conocimientos, que prestó a las letras patrias todo el resplandor de sus talentos, todo el calor de sus anhelos.

     Tuvo enemigos, como los tiene todo hombre grande, casi siempre discutido, pero el que escribe estas lineas, que lo conoció, que lo apreció, que comprendió todo lo que valía, y que aunque quisiera no podría ser su historiador, porque no ha llegado la hora de serlo ni el que escribe competente para ello, puede decir que: fue un hombre ilustre, de méritos indiscutibles y todo un diplomático que laboró por el buen nombre de su país.

     En prueba de ésto, es que los Gobiernos Europeos, lo condecoraron repetidas veces.

     Poseía las siguientes condecoraciones:

Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden de Isabel la Católica
Gran Cruz Roja Alemana
Comendador de la Real y Distinguida Orden de Carlos III
Comendador de la Real Orden de Isabel la Católica
Gran Cruz de la Sociedad de Heráldica Hispano-Americana.

     Fue miembro de la Real Academia de Ciencias de Cádiz, Académico de número de la Academia Salvadoreña de la Historia, Doctor Honorario del Colegio de Doctores de Madrid, y ya en el ataud, su cadaver recibió de manos de su Excelencia, el Nuncio de Su Santidad en El Salvador, Monseñor Alberto Levame, la

Artículo aparecido en "CENTROAMÉRICA 21, EDIC.24 - LUN 24 - DOM 30 DE SEPT San Salvador, 24 septiembre"


"Ismael G. Fuentes
En la memoria de Ricardo Lindo:
La escuela de San Salvador y los modernistas

Debo volver sobre el artículo dedicado a don Francisco Gavidia a raíz de un trabajo aun inédito, del cual me han llegado ecos. Se trata de una Antología del modernismo en El Salvador (1880-1910) realizada por Ricardo Roque Baldovinos, jefe del Departamento de Letras de la UCA. Ya había recibido por intermedio de mi hermana Astrid algunos textos encontrados por Roque.


Lunes 24 de septiembre de 2007
Ricardo Lindo
redaccion@centroamerica21.com

Sombras devueltas a la memoria

Pues bien. Resulta que don Francisco Gavidia siempre insistió en que el Modernismo, la gran revolución literaria guiada por Rubén Darío, verdadero Bolívar de las letras de América, debiera ser llamado Escuela de San Salvador. Los críticos, y yo los seguí sin cuestionarlos, han insistido en cambio en que sólo la innovación métrica hallada por don Francisco y transmitida a Rubén es rescatable para la historia del Modernismo.

Pero Roque Baldovinos indaga y ve que el asunto va mucho más lejos. Una generación de escritores nacientes sigue en San Salvador las amables locuras de Gavidia y Darío, en cuenta Rafaelita Contreras, la joven salvadoreña que fuera primera esposa de Darío y de la cual enviudó. Y en San Salvador surge la primera generación de poetas modernistas y la estética misma del Modernismo.

Ricardo Roque revisa olvidadas fuentes, El Fígaro (1894-1895, cincuenta y un números) La Juventud Salvadoreña (1889-1897) y La Quincena (1903-1907). Ya están ahí las princesas vagorosas, los exotismos orientales, los cisnes cuyos curvados cuellos interrogan el horizonte, y muy pronto cuatrocientos elefantes caminarán a la orilla de la mar.

Entre esas sombras que Roque Baldovinos devuelve a la memoria se encuentra Ismael G. Fuentes. No lo conocí, pero debí conocerlo, pues se trata de mi abuelo materno, pero murió sin llegar a envejecer. Un ataque cardíaco se lo llevó tempranamente. Había nacido en 1878 y se iba en 1934. El Papa le envió una condecoración póstuma. Hasta poco antes de su fallecimiento dirigía un periódico y una vez un escritor novato, llamado Hugo Lindo, llegó a ver al director por un asunto de poca monta. Fue la única vez que se vieron.

Hugo ignoraba que estaba ante su futuro suegro, don Ismael que ante su yerno póstumo. En el colegio, la muchacha Carmencita Fuentes ni siquiera sabía que Hugo existiera. Hugo Lindo se hubiera emocionado de haber sabido que el director era compañero de primera hora de Rubén y el Maestro Gavidia. Del segundo alcanzó a ser amigo y lo admiró hasta la muerte. Pero la misteriosa vida se reservó todo eso.


Después de la orgía

(Fantasía negra), A Isaías Gamboa
De Ismael G. Fuentes


(…) Había pasado ya el festín; las ricas lámparas despedían luces mortecinas color azulado; sobre las mesas rodaban en horrible confusión las bruñidas copas teñidas con las heces del licor, las músicas habían apagado ya sus sonidos, y a las alegres carcajadas habían sustituido silencio y somnolencia.
Aquella multitud de jóvenes que acaba de dejar el salón hastiada de placer, había sido el galeote de la infamia.

Elma, mi linda prometida, mi musa soñadora, había sido la víctima escogida por mi loca fantasía, y sobre su límpida copa, escancié el amargo licor del primer desengaño, la infidelidad de su adorado Amed.
Era Dioscelinda la culpable de aquel negro crimen; con su boca de labios frescos que repartían impúdicos besos, con sus ojos que eran una llamarada de amor y con sus olímpicas formas que parecían haber brotado del mármol pentélico, al impulso creador del cincel, había fascinado mis sentidos, y ebrio, loco con la belleza de aquella mujer irresistible, había cometido el delito de ser infiel a Elma mi linda prometida.
Sí! yo fui el culpable; yo fui quien la mató.

Y aquella noche al apagarse el último sonido de la morisca guzla de Dioscelinda, cuando ya las ricas lámparas despedían luces mortecinas color azulado, se oyó en el salón un grito de muerte; Elma, la virgen de mis sueños que había expiado mis locuras escondida tras una de las ricas tapicerías de la estancia, había sepultado en su pecho el yatagán que Dioscelinda dejara olvidado en la mesa del festín… ¡Oh Elma, mi linda prometida, vuelve a la vida, ven!

Y Amed, soltando una nerviosa carcajada, tomó de una vez todo el rico chipre que en su copa rebosaba, y una lágrima pura como un diamante líquido rodó en la copa y la bebió también.


La Juventud Salvadoreña
T. VI, N. 1, enero de 1895. p. 26-27.


“Los amigos de papá”

El paso de Ismael por la poesía fue breve, pero no es poca cosa contarse entre los iniciadores del modernismo, y su aporte a la cultura nacional fue grande. Diplomático, historiador y periodista, nunca estuvo lejos de las letras y las artes, si bien su formación tuvo lugar en el distante campo de la milicia. (Estudió en Alemania y, andando el tiempo, otro militar de la escuela, Paul von Hindenburg, presidente de la república de Weimar, recibió al embajador Fuentes tratándolo de “colega”. Entonces, por cierto, no se decía embajador sino ministro de la legación de El Salvador).

Antes de ser nombrado en Alemania fue encargado de negocios de nuestro país en España, donde se codeó con diversos intelectuales.

Recuerdo una tarde en que caminaba en Madrid con mi tía Nora, su hija mayor. Llegamos a la calle Ortega y Gasset y ella dijo:-¡Ah, sí! Aquí vivía. Era amigo de papá.

Varios “amigos de papá” entraron honrosamente en la Historia además del filósofo español, en cuenta el polígrafo mexicano Alfonso Reyes.

Años después de la muerte del Rey Alfonso XIII, otro diplomático, el poeta Raúl Contreras, tuvo ocasión de conversar en Suiza con su viuda, y la reina depuesta le preguntó:

-¿Y Fuentes?

La Academia Salvadoreña de Historia: su legado

Desde Madrid, a iniciativa del abuelo, se fundó la Academia Salvadoreña de la Historia. Era la cuarta en América.

Era conocido su amor por el arte, y por ello el presidente Alfonso Quiñones le pidió comisionar las esculturas de Colón e Isabel que ornan nuestro palacio nacional a un gran escultor español. El abuelo escogió a Coullat Valera, el mismo de la estatua a Cervantes de la plaza España, en Madrid, y del gran monumento a Bécquer en Sevilla. Más tarde, en Alemania, a pedido de monseñor Dueñas, escogió los hermosos vitrales de la catedral de San Miguel.

Como investigador histórico, El Salvador y Guatemala tienen con él una impagable deuda. Él descubrió la crónica del obispo Cortez y Larraz, pieza fundamental para el estudio de nuestro período colonial, como consta en la primera edición del documento.

Una vez lo vi, vivo aunque incorporal. A sus noventa y seis años, estaba falleciendo mi abuela. Los ojos del retrato al óleo en que aparece el abuelo con su uniforme de ministro se iluminaron y sonrió. A muchas décadas de distancia la estaba esperando con ansiedad de novio, y me lo hizo saber de esa manera.

Conservo de él algunos objetos, en cuenta el sombrero de copa y la maleta con que aparezco en una foto reciente que me tomó Sandro Stivella, y que ha tenido un éxito considerable. Los recibí por medio de mi tía Margarita Fuentes de Altschul, a quien quisiera dedicar estas líneas. "

Hasta aquí, el artículo aparecido en "CENTROAMÉRICA 21, EDIC.24 - LUN 24 - DOM 30 DE SEPT San Salvador, 24 septiembre"

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Ahora, unos cuentos modernistas de su juventud, que proximamente serán publicados por Concultura, y aportados para esta página por Astrid Lindo.

Ismael G. Fuentes (1878-1934)

        Huérfano de padre y madre desde niño, recibiría, sin embargo, una esmerada educación. Hacia 1894 colabora con Arturo Ambrogi y Víctor Jérez en la redacción de El fígaro. Activo en el periodismo y la vida política, tuvo una distinguida carrera diplomática que lo hizo viajar por muchos países de América y Europa. Entre 1925 y 1931, funge como Ministro de El Salvador (embajador) en Berlín. Fue fundador de la Academia Salvadoreña de Historia. No se sabe que reuniera sus escritos en libro alguno.

  

Zaira (leyenda de Oriente)

A doña Vicenta Laparra de la Cerda, homenaje de mi admiración

por Ismael G. Fuentes

Hace algunos días que me preguntáis por qué voy siempre a la caída de la tarde a la vecina mezquita a elevar mis preces a Allah, y al fin [voy] a satisfacer vuestra curiosidad.

Esto decía el hijo de un Cadí, que arrodillado sobre una hermosa piel de tigre manchada a trechos, tañía pausadamente un gongo hecho de cobre, mientras que un grupo de jóvenes sumisos y atentos, se preparaban para oir su relación.

Fue allá en Bagdad donde tuvo lugar el sangriente drama que os voy a referir; allá donde bajo un cielo siempre puro y siempre azul se siente expandirse el alma y llenarse de gozo al contemplar a alguna de aquellas divinas odaliscas.

Zaíra era sublime; era el tipo clásico de la belleza mora; era la más pura personificación del idealismo oriental.

Había nacido en el rico país del Cairo, arrullada por el suave murmurio del Nilo y por el monótono rumor de las palmeras que a sus orillas cabecean cual si quisieran ver retratadas en las ondas los abanicos verdes de sus copas.

Una cajita hecha de conchas del mar, cerrada por un broche de zafiros y amatistas, llena de perlas de Bassora y diamante de Golconda, trájole Alí a Zaíra de la última feria de Esmirna.

Aquella cajita hecha de conchas del mar, cerrada por un broche de zafiros y amatistas, traía también entre las perlas y diamantes una amarillenta y perfumada hoja de papiro.

Alí era un moro mercader en ricas telas, que viajaba de contínuo, y en busca de ellas iba siempre de feria en feria, de Damasco a Esmirna y de Bagdad a Bassora. Durante una feria en Bagdad conoció el mercader a la hermosa Zaíra, y al punto quedó prendado de su belleza irresistible. Y ella ¡ay! ella también, al vez los ojos fulgurantes que la miraban con insistencia, sintió algo así como una llamarada dentro del corazón. Y llegaron a amarse.

Y después, en aquella hoja amarillenta y perfumada, se firmó una recíproca pormesa de matrimonio, ante el viejo Cadí del lugar, promesa en que se aplazaba la boda para después de dos años, cuando se verificara la primera feria de Esmirna.

El marchó lleno de gozo a las ferias, y con la esperanza de hacer acopio de ricas y brillantes telas, para ofrecerlas a su linda prometida; fue a Damasco y allí realizó grandes negocios que le hicieron acreedor a ser llamado el más rico comerciante de Bagdad; fue a Bassora y allí también. Alah siguió dispensándole sus favores, y llegó a Esmirna, feliz porque ya veía cercana la realización de sus sueños.

Y llegó el gran día cuya sola perspectiva llenaba de goces infinitos el corazón de Alí.

Abrióse la vieja mezquita de Bagdad para recibir a los novios, y el viejo Cadí los esperaba para bendecirlos en nombre de Alah.

Alí llevaba un turbante blanco como la nieve, bodando con riquísimas piedras, y una chaquetilla color grana salpicada de lentejuelas de oro. Pendiente de un rico cinturón llevaba un puñal damasquino de puño esquisitamente cincelado, obsequio de un viejo judío de Damasco. Ella llevaba su tocado blanco como las alas de los cisnes, y ricas pedrerías adornaban el cuello y la cabeza de la virgen.

La concurrencia se agolpó en torno de la amante pareja. Había un joven moro que clavaba sus pupilas centellantes y negras en el rostro de la bella Zaíra. Era Ben-Amed, antiguo rival de Alí. Este se apercibió de esa mirada tenaz y fija en su novia, y desgracidamente débil ante la fascinación, ella también llegó a mirarlo. El viejo Cadí seguía leyendo pausadamente los versículos del Corán, el sagrado libro. La llama de los celos ardía en el pecho del fiero y noble Alí.

Concluída la ceremonia, fuéronse a su casa, donde al compás de alegres músicas se bailaba y se bebían ricos vinos de Chipre y de Falerno. Durante la fiesta, Alí, estaba inquieto; sentía en el alma, como dos puñales, aquellos ojos negros que se habían posado en la mezquita sobre la frente de Zaíra, y un negro pensamiento turbó su cerebro.

La noche tenía ya su negro manto de sombras, cuando la concurrencia abandonó la casa de los desposados.

Y más tarde, allá en la alcoba blanca, tibia y perfumada, Alí al dar el primer beso nupcial a su joven esposa, sepultó en su seno blanco y turgente la finísima hoja del puñal damsquino; y la vida se le escapó a Zaíra en un beso de amor…

–––

Desde aquel día voy todas las tardes a la vecina mezquita, a elevar mis preces a Alah por el descanso del alma de Zaíra.

Y el hijo del Cadí, con los ojos arrasados en lágrimas y arrodillado sobre una hermosa piel de tigre manchada a trechos, seguía tañendo triste y pausadamente su gongo hecho de cobre.

Marzo–1895

(La Juventud Salvadoreña, T. VI. N.6, junio 1895, p. 179-181)

  

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La última carta
por Ismael G. Fuentes
A Isaías Gamboa

Fue la víspera de la boda; habíanse dado ya los últimos toques al salón donde tendría lugar la fiesta; la modista había llevado los trajes a la novia y el sastre por última vez probaba a su dueño el frac nuevo, para ver que no quedara en él ninguna arruga. El salón despedía un agradable y penetrante olor a rosas y azucenas frescas, como si en él se quemaran en orientales pebeteros ricas esencias de Damasco.

Allá en el fondo del salón se oyó un adiós, débil como el suspiro de una virgen, y un beso que era una llamarada de amor. Los novios se despedían, y de sus labios, como el rumor de una música divina, se escapó esa nota que dice: “hasta mañana, hasta mañana, amor”.

Y, más tarde, allá en el fondo de su cuartito de artista y de soltero, a la luz opaca de una lámpara, y en su escritorio, él nervioso febriexitado recorre una a una las cartas que de un pequeño paquete atado con un listón azul va sacando; en el sobre del paquete se lee esta sola palabra: Margarita.

Saca una a una las cartas, y rápido, lee y en sus facciones se retrata la honda impresión que le causan, y suspirando da un beso a una flor ajada y marchita.

De una caja saca un pliego de papel fino y perfumado, en uno de cuyos ángulos a guisa de blasón se encuentra su monograma en caracteres azules, y luego escribe una carta con mano temblorosa, en la que pone con nerviosos caracteres todo su corazón, todo el amor que yacía adormecido en aquel pecho que encerraba una hoguera. Aquella carta dice así:

Margarita:

Es la víspera de mi boda, y estoy triste. Tú, tal vez extrañes que te escriba esta carta en este momento que es uno de los más solemnes de mi vida, pero qué se ha de hacer: así es mi corazón y es a ti a quien se sabe abrir para que como en otro tiempo leas lo que hay escrito en él, pues fuiste tú quien con sus virtudes y sus gracias recogió la primera flor que en mi pecho creció llena de fragancia y lozanía, esa gardenia pura, inmaculada que se llama “amor”.

Voy a unir para siempre mi suerte a la de un ángel, y sin embargo sufro y temo tanto!

Yo te amaba como se ama sólo una vez, como se ama a los quince años y tú, débil, oíste mis ruegos y me amaste, y mi corazón que era muy niño se abrió a ti y te tributó su culto, y el idilio principió en una noche de amor y de luz, –lo recuerdas? Esa noche eras tú un ángel y me hiciste volverme soñador, y al escuchar las armonías celestes de tu voz, creí llegar a una felicidad; pero ¡ay! esa felicidad era un sueño, esa felicidad era imposible!

Después del sueño vino la realidad y con ella los sufrimientos y fue tanto lo que sufrí, que es imposible describir las amarguras de esa hiel que en nuestro pecho dejan las primeras decepciones. En el cielo límpido, azul de nuestras ilusiones se atraviesa fatídica y sombria la primera nube negra, y la desilusión, la incertidumbre, la duda traen a nuestro pecho la desconfianza, donde estuvo la fe. Y todo, todo cambia aquel color azul por ese negro color del mañana, “porque la dicha es de ayer y que mañana es la obscuridad, la muerte”. Oh! qué terrible es la duda, que terrible es el mañana!

Para el amor la felicidad es de hoy, para mañana las decepciones y los desengaños.

Nuestro amor fue muy puro. Yo había creído encontrar en ti la virgen de Ossián tanto tiempo soñada por mi loca fantasía; mas la fatalidad se interpuso entre los dos,, y un día, cual nuevo Polifemo, sorpendí a Accis en los brazos de Galatea.

Los recuerdos y las esperanzas son fuentes divinas donde alguna vez en nuestra desesperación saboreamos la indecible felicidad de los sueños que vienen a ser verdaderos sueños azules y fantásticos. La felicidad muchas veces con la agitación de sus alas impalpables sobre nuestras frentes, nos deja sumidos en una somnolencia mística que nos hace llegar a soñar con verdaderos imposibles. Así he gozado yo con los recuerdos y las esperanzas porque los recuerdos son algo así como misterioso bálsamo que calma las heridas que en nuestro pecho dejan las primeras decepciones.

¡Cómo lo recuerdo! Fue aquella una noche de amor; la noche en que sin pensarlo te di un beso: ¿te acuerdas? Estabas divina, sideral; el viento llevaba como en perfumadas ondas las notas vagas y cadenciosas de un piano que al contacto de tus purísimas manos dejaba escapar las notas tristes, dolientes, de la serenata de ese mago del pentagrama, de ese Schubert melancólico a quien la bruma pesada y fría de su país le hacía arrancar del piano gemidos llenos de melancólica ternura. Y en el ambiente y en todo Felicidad.

Y, después… el idilio se hundió por completo en las sombras del desencanto.

Basta ya de recuerdos.

Voy a unir mi suerte a la de un ángel capaz de hacer la felicidad de un hombre; pero ¡ay! ese hombre no soy yo. En el cielo de mi ideal la única mujer eras tú.

Adiós, y que por última vez te lleve esta carta con mis besos los pedazos de un corazón que todo es tuyo.

Fausto

La carta llegó a manos de Margarita aquella misma noche. Y al día siguiente en el momento en que el sacerdote daba a los novios la bendición nupcial, el joven, pálido, echó una mirada por entre la multitud; y halló unos ojos negros clavados en él.

El sonrió amargamente. En los labios fríos, marmóreos, de ella se dibujo una sonrisa impregnada de honda tristeza; envidiaba los azahares de la desposada. Él, la pureza de su frente.

(La Juventud Salvadoreña, T. VI. N. 12, diciembre 1895, p. 336-338)

 

Visitas recomendadas: http://www.historia.org.sv/Breve_historia.htm
http://archive.laprensa.com.sv/20020907/opinion/opinion.asp

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Dedicado con todo cariño a tía Margoth, guardiana de la historia de la familia Fuentes-Castellanos.

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