Introducción a la Dinamosofía La dinamosofía es la Asabiduría del movimiento, la ciencia del flujo. Ya lo establecía la filosofía del viejo Heráclito: ATodo fluye. El movimiento, el flujo, es la realidad última de las cosas. Penetrar en sus secretos constituye la finalidad de la dinamosofía. Claro está que ésta no es una ciencia, por ello hemos obviado el sufijo de logos. Las ciencias modernas son campos de saberes harto específico. Ellas se definen por objetivos muy delineados y un método muy característico. Nada de ello podríamos hallar en la dinamosofía. Más bien, nuestro campo de estudio, nuestra metodología, y los objetivos que perseguimos dan cuenta de un arte más que de una ciencia. Hay un cierto talento que cultivar, más allá de todo conocimiento, para el trabajo dinámico-operativo que demanda la dinamosofía. Ese talento no viene dado tanto por el conocimiento cuanto como por la capacidad del individuo de Aconocerse a sí mismo, y a través del conocimiento de sí conocer el funcionamiento del mundo (la ley del cosmos, la naturaleza) y conocer también a los demás. La dinamosofía es una Atécnica de sí@ o de Aaccesis al yo@. Un conjunto de ideas dispuestas al autoconocimiento, o a la exploración de las así llamadas Amotivaciones inconscientes@ con el objeto de enriquecer la vida psíquica y el funcionamiento de uno mismo como sujeto social. A través de estas ideas y de las técnicas que la vuelven operativa el individuo gana en autenticidad, expande sus horizontes psíquicos, cobra poder sobre sí mismo y fortalece su autonomía respecto de los demás. Así, con la dinamosofía, se pretende no sólo dar cumplimiento a ese imperativo griego que es el Aconócete a ti mismo@, sino, además, Aconquista tu propia libertad@. En ese sentido, la dinamosofía no sólo supone un dominio teórico. El objetivo último de todas estas ideas es la Atransformación@ práctico-operativa del individuo. Cabe destacar, eso sí, la diferencia que existe en la dinamosofía entre las palabras Atransformación@ o Atransfiguración@ y las palabras Acura@ o Aterapia@. El objetivo de la dinamosofía no es Acurar@, no es Amejorar@ a nadie. Las palabras transformación o transfiguración apuntan más bien a lo que se espera de uno una vez que se ha provocado el autoconocimiento. La idea es que cada cual llegue a ser quien es; y por ello el trabajo de autoconocimiento se vuelve indispensable. En la dinamosofía el conocimiento esencial es aquel que se tiene respecto a la naturaleza arquetípica de la psique. Gran parte de nuestro trabajo se mueve en el dominio teórico de la psicología profunda. La psique -que hemos de llamar indistintamente alma o espíritu- es dinámica; y ese dinamismo nos es dado reconocerlo en la forma del símbolo arquetípico. Por ello, el primer paso a dar en la dinamosofía impone familiarizarnos con los símbolos arquetipos. Pero antes de esto es preciso contar con las algunas ideas sobre el funcionamiento psíquico según lo propone la dinamosofía. He aquí algunas ideas fuerzas que nos permitirán organizar después nuestro conocimiento sobre los símbolos arquetipos.
Primera idea: AHay un sentido de la vida. Ese sentido es la Evolución@
Esta cuestión parece indicárnoslo la experiencia de las cosas. El fluir es la imagen icónica de la evolución y la evolución supone siempre movimiento y cambio. Todo cambia, todo evoluciona, todo está en movimiento. Pero )qué nos hace, a nivel humano, evolucionar? )Qué es lo que nos pone en marcha? )Qué es aquello, en nosotros, que nos pone a la altura de las exigencias de la vida? En rigor, esta cuestión podría ser para nosotros un misterio. Pero tentados como estamos a penetrar en los secretos de la vida se nos ocurre formular una que otra tentativa de explicación. Se nos ocurre que existe en todo ser humano un impulso evolutivo que va más allá del instinto, una pulsión que habría que situar necesariamente en el dominio de lo psíquico. Sólo a modo de tanteo, para iniciar nuestra investigación, digamos que esa pulsión o impulso evolutivo tiene que ver con el Adeseo@. El Adeseo@ no es cualquier cosa. En principio, es una categoría psíquica harto compleja, en torno de la cual vendrá a determinarse luego todo nuestro funcionamiento anímico. Todas las funciones de la psique humana pueden reducirse al Adeseo@. El deseo humano es una forma evolucionada del deseo biológico elemental (instinto) que anima toda la vida. La alegría es la satisfacción de los deseos elementales no sublimados. Cuando la satisfacción del deseo lleva a la Aculpa@, ya no buscamos satisfacerlos, por lo que nos excusamos de la alegría, la armonía y la vida. Reemplazamos los deseos verdaderos por sustitutos imaginarios. La vida se empobrece. Terminamos conformándonos con una familia, una profesión, un empleo monótono y una tarde de domingo frente al televisor. Cuando mucho, una escapadita al Mall constituye el gran panorama semanal que alegra nuestras tristes existencias. De todo ello hemos hecho el Asentido de nuestras vidas@. La ignorancia del impulso evolutivo fundamental nos impone como única vía de escape la Asublimación@, esto es, la atemperación de las exigencias de dicha o sustitución de las metas nuestros deseos por otras. El sentido evolutivo de las cosas trasciende el dominio psíquico y está en concomitancia con lo que parece ser la esencia de todas las cosas. Una cosa curiosa es que ese sentido evolutivo es cíclico, circular, no lineal. Ello es de una gran importancia, pues marcará el derrotero por el que debe conducirse, más adelante, el trabajo dinámico de introspección psíquica. Con todo, el sentido evolutivo alcanza de igual modo la naturaleza de lo psíquico, imponiendo en ella su sentido dinámico. Del principio de la Aevolución@ o sentido Aevolutivo@ de las cosas se desprende la naturaleza dinámica de la vida psíquica. La psique es dinámica. De allí se sigue que la salud mental es aquello que coincide con el flujo o dinámica psíquica. Lo contrario es la puesta en marcha de lo patógeno. Ambas opiniones nos instalan ya en la segunda idea que pasamos a describir del modo que sigue.
Segunda idea: ASi el sentido de la vida es la Evolución, ésta debiera definir también a la salud mental@
En la vida todo fluye. El flujo es sinónimo de salud; el estancamiento es sinónimo de enfermedad. El flujo evolutivo, en sentido psíquico, es sinónimo de espontaneidad. La espontaneidad es así la clave maestra de la salud mental. Esta coincide con el sentido evolutivo de la vida. Lo contrario de la espontaneidad es la maquinación, en el sentido no sólo de un comportamiento mecanicista, reiterativo y autómata (comportamiento característico de la trivialidad), sino, también, y muy especialmente, en el sentido de una conducta que no fluye con libertad desde el sí-mismo, sino que se adecua a los patrones que por convención se han establecido en la sociedad. Esa maquinación alcanza su cumbre en la conducta Amanipuladora@ consigo mismo y con los demás. La tendencia psicológica a manipular las cosas ha de ser puesta también en la otra orilla para diferenciarla y contrastarla de la espontaneidad.
La espontaneidad tiene que ver con el Adeseo@. Nada más auténtico hay en un ser humano que el Adeseo@. Saberse conducir en relación con él marca la diferencia entre un tipo psicológicamente sano (auténtico) y otro que no lo es. Ese saberse conducir supone conducirse espontáneamente. Bajo el yugo de la educación cristiana no hay nada más difícil y extraño que conducirse espontáneamente. El grado de deterioro de la vida psíquica puesta en marcha por la macabra obra cristiana es prácticamente irreparable, aunque uno no pierde las esperanzas, pese a que es sabido que el daño se perpetua incluso filogenéticamente. Ese juego de permisiones y prohibiciones con respecto al deseo, que los postestructuralistas franceses de la década del sesenta llamaban Aeconomía libidinal@, es de lo más interesante que hay. Es en función a ese límite que demarca el deseo que comenzaremos a discernir la dinamosofía. El deseo es la forma del espíritu. Ello es lo que lo motiva, lo que lo vuelve dinámico y móvil. Si no fuera por el deseo el espíritu se estancaría. El deseo es lo que pone en movimiento al espíritu. La espontaneidad supone dejar fluir libre al deseo. El deseo humano es una forma evolucionada del deseo biológico elemental que anima toda la vida. Como ya bien dijimos, la alegría es la satisfacción de los deseos elementales no sublimados. El sufrimiento tiene su causa en el deseo insatisfecho. La evolución es la legalidad del deseo, su fluir, su espontaneidad. Todo esfuerzo evolutivo tiene por objeto la realización de los deseos. Pese a esto, existe en la constitución de la psique una función parasitaria que se opone al esfuerzo evolutivo.
La primera idea fuerza es, entonces, que Ala salud mental es evolución@. El viaje del autoconocimiento no es en una línea recta hacia afuera, sino, siguiendo el eje reflexivo, eje circular, es un viaje hacia adentro. Es revertir la mirada vuelta hacia el exterior, hacia el interior. De lo que se trata es de adquirir la clarividencia, el único estado de conciencia con capacidad de penetrar en el self o sí mismo, y comprender el sentido evolutivo-involutivo que impone la legalidad del alma. No estaría demás, en este sentido, revisar los cuatro estados de conciencia por lo que es posible atravesar en el trabajo dinámico, sin olvidar nunca que ellos no son más que una tentativa de explicación de la vida psíquica, y en modo alguno entidades con existencia real. En ese orden de ideas nos persigue la presunción de que en la vida psíquica hay diversas capas o estados de conciencia. Para poder discernir cada una de ellas partamos por decir que en un sentido muy general el flujo psíquico se nos revela en su mayoría como inconsciente. Esto quiere decir que en casi su totalidad no somos plenamente conscientes de las diversas operaciones de nuestra vida psíquica. En ese sentido hablamos de Aconciente@ o Aconciencia@ únicamente para referir un estado psíquico en el que un escaso número de fenómenos son advertidos o fijados por el flujo anímico. Es el Adarse cuenta@ o Acaer en la cuenta@ de las cosas, lo que marcaría la primera escisión en el flujo psíquico. Hay que hacer notar que esta escisión es artificial, que no existe entitativamente en la realidad, y que sólo sirve a modo de un principio explicativo. Que haya cosas que podamos fijar o de las que podamos tomar nota (darnos cuenta) no modifica en nada la naturaleza dinámica de la psique. El flujo continuo dinámico inconsciente sigue siendo la única realidad psíquica existente, con breves lapsus en el que ciertas cosas logran fijarse dando lugar a la ilusión de un otro estado psíquico. Para hablar en términos estrictamente rigurosos la frágil capa de Alo consciente@ no existe al modo de una entidad, y el escaso número de fenómenos que logran ser fijados suponen siempre un estado discontinuo, con permanentes baches, fugas o interrupciones que irrumpen permanentemente en él y se entremezclan con los fenómenos fijados, determinandolos a veces, o dejándolos diluir en el flujo del olvido. Ello nos hace pensar que en el flujo psíquico se pueden distinguir, de un modo algo difuso, tres funciones anímicas. La primera de ellas, la única original, que nos permitiremos llamar el Aself@, o Así-mismo@, en el que residiría el dominio de la autenticidad. Una función intermedia que guarda los Acontenidos fijados@, que los hace retornar de la memoria, a veces, o irrumpir en la forma de sueños, ideas obsesivas, disparates o intuiciones, mezclados siempre con contenidos psíquicos auténticos (esto es, que responden al flujo psíquico original también llamado Aself@) y que de un modo provisorio podríamos llamarle Asubconsciente@, vendría a marcar la segunda característica del flujo psíquico. La tercera función psíquica es la del Adarse cuenta@, esto es, la de fijar ciertos fenómenos de la realidad exterior. Esta última función es adiestrada progresivamente desde la más prístina infancia hasta bastante avanzada la vida adulta. En términos estrictamente rigurosos nada malo habría en que esa función particular del psiquismo fuera adiestrada en pro de un enriquecimiento de nuestra vida anímica. Pues más allá de todo esfuerzo interpretativo el Adarse cuenta@ no es más que una alta función de nuestro psiquismo, y en nada sustancial se diferencia del flujo psíquico en sí. Más todavía, sin él ninguna forma humana de vida sería posible. El problema se presenta entonces en el tipo de educación de esta Aalta función@. Históricamente hablando ella ha propendido hacia un desarraigo absoluto de sus raíces psíquicas originales. La Afijación@ ha sido conducida hacia un dominio de lo mecánico que milita en contra de su naturaleza dinámica, transformando de este modo toda función psíquica subconsciente en un terreno amplio para el cultivo de la formación psíquica malsana, para los llamados complejos o síntomas psíquicos patógenos. A nivel del flujo psíquico, toda esta cuestión es interpretada como Aestancamiento@ o Afijación@. Ya tendremos ocasión de hablar de ello. Sólo permítasenos agregar, en este sentido, que el trabajo dinámico se conduce en el sentido de desarrollar una cuarta función, la función clarividente. La clarividencia es una función de la vida consciente desarrollada sobre la base de un conocimiento de la vida psíquica inconsciente (self o sí mismo). Volverse clarividente significa saber sobre sí, en un sentido tan profundo que propicie la trasformación, el poder llegar a ser quienes somos. Ese saber sobre sí no es cualquier cosa. Supone, por ejemplo, comprender los propios sueños, y gran parte de todas nuestras motivaciones inconscientes. Pero (cuidado! No hay nada más difícil que volver consciente lo inconsciente. Ya lo decía el viejo Heráclito: A@ (No llegarás a encontrar en tu camino los límites del alma, ni aun recorriendo todos los caminos: tan profunda dimensión tiene). Por ello es que reservaremos este tema para más adelante, cuando nos sea oportuno desplegar las claves de la dinamosofía.
Tercera idea: La dinámica patológica, al nivel del flujo psíquico, comienza con la colisión entre los contenidos de conciencia y el impulso evolutivo.
Existe en la psique humana una función parasitaria que se opone al esfuerzo evolutivo. Esa función está caracterizada por hábitos ilógicos e ideas obsesivas. Cuánto influye ella en nuestra capacidad para Afijar fenómenos@ o Aponer atención@, no lo sabemos. Ni siquiera sabemos si tiene alguna relación con nuestra función psíquica consciente. Sólo suponemos que existe y que puja permanentemente en contra del impulso evolutivo. De esa situación psíquica concreta son muchas las hipótesis que podrían derivarse. La más relevante de todas ellas dice relación con lo que podríamos llamar el Acomplejo de inhibición primario@, o el Asentido de culpa inhibitorio@. Es con este complejo psíquico que se pone en marcha la dinámica de lo patológico. Veamos en qué consiste él.
Habíamos marcado ya que la salud mental es sinónimo de flujo psíquico. La enfermedad comienza cuando este flujo se estanca. El modo académico de nominar el estancamiento al nivel psíquico se conoce como Ainhibición@. La principal función psíquica que lo gatilla se conoce como Aculpa@. La culpa es, en este sentido, el complejo psíquico que provoca el estancamiento, la inhibición del flujo. En algunos casos paraliza al sujeto, en otros contribuye a su enajenación (lo aparta de sí), etc. La culpa es el resultado de una colisión entre los contenidos de conciencia y el impulso evolutivo. Cuanto éstos no coinciden, chocan. Mientras menor es la coincidencia, mayor es la culpa. Si la culpa es muy grande la tendencia es siempre a cancelar el impulso evolutivo en favor de los contenidos de conciencia. )Cómo es que puede suceder que los contenidos de conciencia no coincidan con el impulso evolutivo? La explicación más plausible es la siguiente: en primer lugar la conciencia no es nada en-sí. Llamamos conciencia simplemente a la función psíquica que se encarga de fijar fenómenos sobre la base del Acaer en la cuenta@ o el Adarse cuenta@. Esa función psíquica es educada con el propósito de la supervivencia. Esa educación, con el tiempo, llega a formar un depósito de elementos o contenidos de conciencia que, o bien, se hallan relativamente presentes siempre a la conciencia en la forma de Avalores@, Aprincipios@, Acreencias@, o bien, han pasado a formar parte del subconsciente, dormitando allí por tiempos prolongados, emergiendo a ratos en la forma de Arecuerdos intempestivos@, Aideas obsesivas@, Asueños relevantes@, Acoincidencias significativas@, pero, también, en la forma de Atemores ocultos@, Atendencias maniaco-depresivas@, Amotivaciones irracionales@, Aimpulsos agresivos@, Ahostiles@, Aafectivos@, etc.
Cuando la educación de la función conciente milita en contra del impulso evolutivo, los contenidos de conciencia que se derivarán de allí no harán otra cosa que colisionar con el deseo fundamental que emana del self. Esa no coincidencia es lo que provoca la culpa. Cuando, por el contrario, la educación de la función conciente se halla armonizada con el self, y tiende en la misma dirección que éste, ninguna colisión se produce al nivel psíquico, y, por lo tanto, ningún sentido de culpa inhibitorio se origina. El individuo se halla psíquicamente integrado. Todas las funciones del flujo psíquico se encuentran armonizadas. Su alma no es ya el campo de batalla entre lo que tendía a fluir espontáneamente desde dentro de sí y los contenidos de su conciencia. La culpa se cancela y el individuo es ahora libre. Los deseos fluyen espontáneamente y es también la espontaneidad la característica más clásica de su condición. El tipo psíquicamente sano es también el prototipo del sujeto auténtico. La inautenticidad es, por tanto, indicio de insalubridad mental.
Cuarta Idea: el flujo de psíquico colisiona con los contenidos de conciencia únicamente cuando éstos últimos son el producto de un proceso de aculturación.
Como pocas la educación judeo-cristiana milita en contra del impulso evolutivo. Pero en este punto quizá sea preciso dilucidar bien esta cuestión. Nos anima la idea de que el sustrato psíquico más íntimo, ese flujo anímico continuo del que antes hablábamos y que llamamos self, tiene en el núcleo de su ser más profundo, un carácter colectivo y filogenético. La psicología moderna ignora casi por completo este hecho, en parte, fruto de un prejuicio ampliamente extendido y que en nada tiene que ver con la ciencia. Ese prejuicio dice relación con la idea de que podría existir una psicología universal, válida para todo hombre en cualquier lugar del planeta en el que se encuentre, y cualquiera sea la cultura a la que pertenece. Incluso, para esas pocas psicologías que se han atrevido a establecer unas cuantas diferencias entre la diversidad de seres humanos que pueblan el planeta, esas diferencias sólo han atendido a las disimilitudes en el plano cultural, habida cuenta de que si dos sujetos han sido educados en complejos culturales distintos, distinta tendría que ser también su constitución espiritual. Ese aspecto sociológico de la psicología es sin duda un aporte significativo, pero no borra el hecho esencial de una diferencia tan real como la que prescribe el medio social circundante, la diferencia que viene dada desde el nacimiento por nuestra constitución racial. En términos muy generales podríamos hablar de seis grandes familias raciales, cada una de ellas con sus especificidades. Las familias raciales serían la blanca (europea), la negra (africana), la amarilla (asiática), la cobriza (indo-americana), la mestiza (latino-americana), la semítica (medio-oriental). De cada una de estas familias raciales podría derivarse ciertas especificidades, como las que se dan al interior de la raza mestiza entre los que descienden del mestizaje entre blancos y cobrizos (europeos e indios, pieles blancas y pieles rojas) y los que lo hacen de blancos y negros, llamados, por lo general, mulatos. A nosotros nos persigue la idea de que el contenido genético racial determina la constitución psicológica del individuo. Esto es tan evidente que sería un despropósito absoluto negarlo. Ahora bien, de este presupuesto surge la tan afamada idea del inconsciente colectivo. Bajo la superficie de nuestra especificidad individual subyacería un sustrato psíquico heredado filogenéticamente que comportaría todo un contenido genético que en último término haría referencia a la raza de cada cual. Ignorar ese hecho sólo nos pondría en la situación de ser una psicología incompleta, y en nada aportaría a la comprensión de nuestro sustrato más íntimo. Somos racialmente distintos, de ello se deriva que en nuestros contenidos psíquicos más íntimos también lo seamos. De allí se sigue la siguiente pregunta. )Cuál podría ser la educación de nuestra función conciente más ad hoc al impulso evolutivo que demanda nuestra constitución psicológica? Decíamos, al iniciar este párrafo, que la educación judeo-cristiana, como pocas, militaba en contra del impulso evolutivo. Ello es ciento por ciento verdad, y ciento por ciento incorrecto. Todo depende del grupo humano al que esté dirigida esa educación de la función consciente. Por ejemplo, es probable que entre gente de raza semítica la educación cristiana se encuentre en armonía con la forma que cobra el impulso evolutivo entre las gentes de esa raza. Después de todo, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo se parecen-todas éstas han surgido en el medio oriente y son características del perfil psicológico semítico. Ahora bien, la misma educación judeo-cristiana, pero ahora entre gente de raza blanca, provoca estragos inconmensurables. Conocidísima es la condición deplorable en que se hallaba la salud mental de la gente europea en el siglo diecinueve a causa de la ideología victoriana, de connotación cristiana. Los desórdenes psíquicos, las parálisis cerebrales, las apoplejías estaban a la orden del día. Europa llegó a enfermarse de judeo-cristianismo. Y ha costado todavía más de un siglo en exorcisarlos de ese demonio. Ello fue así, en parte, porque la educación judeo-cristiana, y fundamentalmente la que brotaba de esa rama protestante que es el calvinismo, respondía a una ideología completamente ajena y distinta a lo que tendía a fluir desde adentro del inconsciente colectivo europeo, según el impulso evolutivo que emanaba de su constitución psicológica. Para corroborarlo piénsese en qué cosa eran los europeos antes de la llegada del cristianismo y ya podrán tener una idea de la diferencia y el abismo inconmensurable que separa su espíritu, el espíritu europeo (su perfil psicológico) de la ideología cristiana que culminará imponiéndose y educando los contenidos de su conciencia. Es curioso que lo diga, pero ya el judío Freud asociaba la ideología del progreso moderno con un acrecentamiento del sentido de culpa. Mientras más grande es el progreso, decía él, más se acentúa la culpa. En el corazón de la cultura europea, pensaba el judío Freud, la culpa ocupa el lugar preponderante. Si ello es así, uno podría preguntarse por qué. Y quizá, después de todo, Freud tenga razón en este punto. Pues la colisión de conciencia que supuso la adopción del judeo-cristianismo tiene que haber generado, entre los europeos, un sentido de culpa de la envergadura de este contrasentido. Pero ciertamente un análisis de ello nos conduciría por otros derroteros, y nos apartaría un poco de los contenidos de esta investigación. En suma, la culpa provoca inhibición del impulso evolutivo. Esta inhibición supone un estancamiento del flujo psíquico. Toda formación malsana del psiquismo deriva en su origen de allí. Esta culpa es, en principio, el resultado de una colisión entre lo que tiende a fluir espontáneamente desde adentro de-si y lo que son nuestros contenidos de conciencia. Cuando uno y otro no coinciden en absoluto, más todavía, cuando ambos son por completo incompatibles (como es el caso de la educación judeo-cristiana y el perfil psicológico europeo) la culpa brota por todas partes como el agua de las fuentes. Cuando la educación que se recibe se halla en armonía con el impulso evolutivo que prescribe nuestro perfil psicológico, entonces se cancela la culpa y hay integración psíquica. Cuando la culpa surge, la tendencia más clásica es a cancelar el impulso evolutivo en favor de los contenidos de conciencia. Esto último puede, en ciertos casos, conducir a una forma harto extraña, pero eficaz, de integración psíquica. Es la conocidísima función de sublimación. Una forma peculiar de estar en paz con su conciencia. Ahora, la cancelación del impulso evolutivo en favor de los contenidos de conciencia, puede también llevar a causar una desintegración psíquica que colinde con las formas extremas del nerviosismo, léase la histeria y la psicosis. Quinta Idea: Según que la energía psíquica del sujeto sea alta o baja la colisión provocará trastornos psicológico de distinta naturaleza. La dinámica patológica se pone en marcha allí donde se ha detenido el impulso evolutivo. Pero ella comienza centralmente cuando los deseos no pueden ser realizados ni sublimados. Para discernir bien esta cuestión comencemos por decir que el Adeseo@ constituye una categoría psíquica harto compleja. Él define lo humano más que ninguna otra cosa. El deseo supone una instancia evolutiva superior a la del instinto, pues mientras uno responde al universo de lo puramente biológico (el instinto), el otro ya supone una instancia psíquica (el deseo). En el juego con el deseo son múltiples las posibilidades que se despliegan. Pero a nosotros se nos ocurre agruparlas todas sólo en tres clases o categorías. Al deseo se le puede decir sí absolutamente, en el sentido de dar rienda suelta a todos nuestros deseos. En este primer caso hablaríamos de Apermisión de los deseos@, categoría que da lugar al primer grupo o primera posibilidad. Pero también podemos atrincherarnos en la orilla completamente opuesta, y reprimir a destajo todos nuestros deseos o la mayoría de ellos. En tal caso damos lugar a la segunda posibilidad, la de la Arepresión de los deseos@. Una tercera posibilidad radica en Apotenciar los deseos@. Sólo esta última coincidiría en nosotros con un modelo de salud mental. La primera y la segunda posibilidad dan lugar a dos complejos psicológicos diferenciados. En el caso de la permisión de los deseos el flujo psíquico desarrolla lo que podríamos llamar el Acomplejo de la trivialidad@; la represión del impulso evolutivo da lugar al nerviosismo en sus formas de neurosis, histeria y psicosis. Sobre el complejo trivial y el complejo neurótico nos ocuparemos más adelante. En este acápite quisiéramos tratar únicamente de la posibilidad que conduce a la integración psíquica o salud mental, esto es, a la posibilidad que hemos llamado la Apotenciación de los deseos@. La potenciación de los deseos tiene que ver centralmente con la posibilidad superconsciente de sublimar los deseos, o llevarlos a la plenitud de una realización. Sublimar o realizar son las dos únicas posibilidades que contempla la potenciación de los deseos. Rigurosamente hablando sólo la Arealización@ integral de los deseos podría ofrecernos un modelo de salud mental. Pero bajo ciertos complejos psíquicos la realización podría tornarse un remedio peor aun que la enfermedad. Tal vendría a ser el caso de un complejo trivial extremadamente acentuado. Lo contrario podría decirse de las personas que padecen el complejo neurótico. En tal caso nada podría hacerles peor que la sublimación de los deseos. Es por ello que para poder interpretar con justicia el material del flujo psíquico preciso es tener una idea relativamente clara de si la formación cultural ha conducido al individuo hacia un tipo de persona trivial o uno neurótico. En tal caso la conjunción o cohabitación, en un mismo arquetipo, de materiales relativamente similares del flujo psíquico podrán suponer, en cada caso, una significación distinta. Por ejemplo, no podría ser lo mismo el que un neurótico soñara con que se hunde en un pantano, a que el mismo material psíquico apareciera en el sueño de un sujeto trivial. En el primer caso, el sueño podría estarnos hablando de la necesidad de poner en marcha la realización de ciertos deseos reprimidos; en el segundo, el mismo símbolo podría interpretarse precisamente en el sentido contrario, esto es, en el de la necesidad de sublimar ciertos deseos apremiantes. No estaría demás, a estas alturas, precisar ciertos conceptos con el propósito de profundizar aún más en esta cuestión. Sabido es que la formación malsana del psiquismo comienza allí donde choca lo que tiende a fluir de manera espontánea desde lo más profundo del ser y los contenidos de conciencia o la educación específica que se nos ha inculcado. Ese choque provoca la culpa que inmoviliza o inhibe, en un caso, o cancela el flujo espontáneo de la psique, en el otro. En el segundo caso, esa cancelación va en favor de los contenidos de conciencia del individuo; es la autenticidad o self lo que ha salido perdiendo allí. Cualquiera sea la dirección en que la culpa mueva al sujeto ella supone ya un desvío de la legalidad psíquica que impone el impulso evolutivo. La inhibición conduce a ese complejo psíquico que llamamos Aneurosis@, la cancelación es la muerte del alma, forma icónica en que nos preciso reconocer bajo la figura del complejo Atrivial@. El complejo neurótico: El complejo neurótico se forma sobre la base de una regimentación represiva del impulso evolutivo. Cuando esa represión es exógena el individuo desarrolla complejos psíquicos neuróticos de una muy variada naturaleza; aunque siempre es posible reconocer en todos ellos el patrón de la Amanía@ como índice más característico de esta forma de padecimiento. El neurótico es una Avíctima social@ y su impulso evolutivo suele estar en contradicción con los valores y las opiniones más generales de la gente. Por ello el neurótico suele ser más inteligente que los demás; y casi por regla acostumbra desempeñarse en ese tipo de labores que no suponen compromiso de horario alguno, o la sujeción a un régimen de normas demasiado estrictas. El neurótico detesta los convencionalismos sociales, o las normas de grupo; y casi por lo general tiene una muy alta opinión de sí mismo. Suele ser creativo, dinámico, agresivo, pasional, megalómano, visceral, etc.; y tiene grados de tolerancia muy bajos para con la rutina o la mediocridad. Es activo y sufre con igual intensidad el que la sociedad no esté a su altura y le impida poner en marcha su impulso evolutivo. Sentimentalmente es inestable. Le costará mucho sobrellevar una relación de pareja duradera. Suele tener ideas sobre sí que no coinciden mucho con la realidad. Siempre se tiene en más o en menos de lo que realmente es. Su sentido de culpa lo conduce a la inhibición de su impulso evolutivo. Ello se traduce en manías de diversa índole: la manía de mentir, por ejemplo, o la de apropiarse de lo ajeno en sus múltiples facetas -como la de sindicar como propias ideas que son ajenas-; también los trastornos maníaco-depresivos son síntomas neuróticos. Cada una de estas particularidades forma parte del complejo neurótico en la medida en que constituyen una Amanía@, esto es, una tendencia más o menos reiterada e irresistible. Todo el mundo ha mentido alguna vez, o más de alguna vez, pero nada de ello podría convertirlo en neurótico. El neurótico miente a diario y siente una compulsión irresistible a hacerlo. No puede dejar de mentir, al punto que uno podría llegar a establecer que dicha conducta es, en gran medida, inconsciente. El neurótico se da cuenta, eso sí, que está mintiendo, pero casi por lo general cae en la conciencia de ello cuando ya ha comenzado a hacerlo. El neurótico rara vez pierde su contacto con la realidad. Casi por regla general el neurótico es plenamente consciente de su neurosis. Uno de los aspectos más notables de su compulsión a la mentira tiene que ver centralmente con esa capacidad de mentir sin mentir, esto es, con esa habilidad de mentir pero no en el sentido de decir mentiras, sino en el sentido de mentir con la actitud, con los gestos, con la conducta. Su gran capacidad intelectual lo lleva a manifestar esta forma de mentir intelectualizando todo. El neurótico, cuando no miente con sus palabras, miente con su actitud: es más atento, más cortés, más agresivo, más interesado, etc., de lo que realmente le demanda su principio de autenticidad. Lo mismo vale para cuando el neurótico se comporta siguiendo el patrón del Amenos@: menos atento, menos cortés, etc. La otra manía según la cual el neurótico tiende a apropiarse de lo ajeno es tan compleja como la anterior y reviste muchas aristas. Una de esas aristas supone no estar nunca conforme con lo propio y desear permanentemente lo ajeno. Cuando ese deseo se da en el plano material el neurótico suele satisfacer su ansia adquiriendo el mismo objeto u objetos similares o de más valor que el objeto que provocó su celo. En cada caso opera casi siempre el mismo principio de no admitir a nadie por sobre sí. Pero cuando ese deseo se da en el plano de las relaciones interpersonales el neurótico sólo puede satisfacer sus ansias logrando asegurar para así el amor o la amistad de la persona que motivó su celo. Es un roba-amigos o un roba-parejas. Nada lo excita más que emparentarse con la pareja del amigo (o la amiga), llegando a preferirle, en ciertos ocasiones, más que a u propia pareja. Es el caso típico del tipo que le presenta su pareja a un amigo, y al cabo de un tiempo, éste termina quedándose con ella. Lo mismo vale para el caso de las amistades. El otro complejo psíquico que caracteriza al neurótico es el trastorno maniaco-depresivo. Este se deriva de una insatisfacción general respecto a si mismo que por lo común es inconsciente. Es el caso típico del neurótico que siente que haga lo que haga siempre hace falta algo. El general este es un sentimiento que tienen casi todos los neuróticos, más allá de si su complejo específico sea o no el del maniaco depresivo. Pero cierto es que sólo en el caso de este último la depresión marca una tendencia característica. La conducta más común del maníaco-depresivo suelen ser los vicios (alcohol, tabaquismo, drogadicción), pero también -y en este punto suelen confundirse con el tipo del complejo trivial- las adicciones al trabajo, o a ver televisión, etc. Por último, el caso más extremo y raro, eso sí, de la sintomatología neurótica lo constituye el de los transtornos obsesivos-compulsivos. La complejidad de esta constelación psíquica es de tal naturaleza que haría falta escribir un capítulo enteramente aparte para poder dar realmente cuenta de todos sus aspectos. Por de pronto anotemos que la nomenclatura del complejo obsesivo-compulsivo supone la fijación en la conciencia de una idea cualquiera a la que se asocia una consecuencia y una actuación rituálico-compulsiva. Por ejemplo, un individuo cualquiera al que se le mete en la cabeza que si no se come una manzana todos los días a eso de las 16.43 hrs. algo muy terrible le va a suceder, y, para que no le suceda, se siente compulsivamente llevado a realizar un pequeño ritual que, por lo general, nada tiene que ver con la idea fija que motivó la compulsión -en casi todos los casos el ritual más común consiste en lavarse las manos, pero sorprendería saber la multiplicidad y elasticidad de formas que podría llegar a asumir este ritual. Con todo, cualquiera sea la forma maniática que pudiera asumir el complejo neurótico, queda establecido que todas estas perturbaciones psíquicas hallan su origen en la represión exógena del impulso evolutivo. El neurótico es el tipo psicológico que menos filtra la educación y los valores transmitidos por la sociedad y por ello su self o sí-mismo se halla máximamente presente al nivel de sus contenidos de conciencia. Son las restricciones sociales las que lo enferman, haciendo que toda su natural autenticidad devenga en formas artificiales e inauténticas. Su trabajo dinámico debiera consistir en autocomprenderse para conocer así la real naturaleza de sus deseos, y ser capaz, de ese modo, de poner en marcha la dinámica de la Arealización@, única forma que podría cobrar el imperativo de su autenticidad. Por último, cabe hacer mención de que el neurótico rara vez reprime por sí mismo su impulso evolutivo, y que dicha cuestión es llevada a cabo más bien por la sociedad. El neurótico suele ser un tipo muy consciente de sus impulsos evolutivos, en el sentido de verse casi siempre muy sobrepasado por sus múltiples deseos. Ello hace que cada restricción impuesta desde el medio circundante la padezca mucho más profundamente que un sujeto cualquiera del perfil psicológico del trivial. El neurótico sufre como nadie las restricciones impuestas desde afuera a sus impulsos evolutivos. De hecho, es precisamente ese sufrimiento el que, al nivel del flujo psíquico, se transmuta en neurosis. Las diversas manías no son más que formas inconscientes en las que el flujo psíquico reacciona y responde a los desequilibrios causados por la regimentación represiva de sus deseos. De ello tendremos ya ocasión de hablar cuando pasemos revista a la serie de simbolismos y arquetipos inconscientes a que dan lugar los complejos psíquicos. Por ahora, nos resulta suficiente con lo que hemos dicho hasta aquí. La histeria y la psicosis: Conviene hacer notar que cuando la represión del impulso evolutivo del neurótico viene desde adentro la neurosis común se transmuta en histeria o en psicosis. La psicosis es el grado extremo al que puede llegar la neurosis común, la pérdida de contacto absoluto con la realidad. Es lo que de común podríamos llamar locura, esquizofrenia. La histeria, en cambio, es una forma de neurosis más acentuada cuyo rasgo más característico es la introyección de la estructura represiva adquirida del medio circundante. El histérico introyecta los mandatos del mundo exterior y los hace suyos. Merced a un mecanismo inconsciente opera un cambio en la estructura de la represión cuyo eje más notable es que ahora es él el que se reprime a si mismo y se reprime inconscientemente. Las fobias, algunos tipos de manía, y los transtornos del sueño, la alimentación, el humor (estados de ánimo), etc., son algunas de las manifestaciones más clásicas de la histeria. El histérico es extremadamente trabajólico, ordenado, limpio, hiperactivo, agresivo, responsable en sus deberes domésticos, etc. Es hipersensible, su humor suele cambiar con una facilidad asombrosa. Suele ser de contextura delgada. Y padece con frecuencia de males asociados al estómago, gastritis, por ejemplo, o problemas relativos al colon. Es, por ejemplo, la clásica niñita bulímica. El histérico suele tener problemas generales para disfrutar de la vida. Todo a su ojos pasa tan rápido que no logra tomarle asunto a las cosas. No es un gozador de los placeres posibles (los placeres permitidos) como sí lo es, por ejemplo, el sujeto trivial. El histérico ni siquiera disfruta del sueño, pues suele dormir mal. Y esta sintomatología se hace extensiva a todo el orden de los placeres, por lo que el histérico suele encajar a la perfección en el orden religioso. El placer suele sentirlo como pecado, esto es, como algo demoniaco que pertenece al universo del mal. Y aun cuando en su fuero intelectual él lograra convencerse de lo contrario, todavía seguiría sintiendo el placer como pecado, pues todo en él sucede en el orden de las capas más profundas del flujo psíquico. Otra característica relevante del histérico es que o sueña mucho o no sueña nada. Es extremista. Para el trabajo dinámico ciertamente que un histérico que sueña mucho está en condiciones mejores que aquel que no sueña nada. De esta peculiaridad de la función onírica nos ocuparemos más adelante. Pero por lo que respecta al histérico cabría hacer mención que su situación psíquica quizá sea la más compleja desde el punto de vista del trabajo dinámico. Pues en él las resistencias suelen operar al nivel más profundo del flujo psíquico, llegando a ser tan inconsciente como su propia constelación psíquica. En el histérico el trabajo dinámico debiera comenzar por reconocer las resistencias. En el sueño, los simbolismo más característico de las resistencias están marcados por la imagen de vencer el peligro con el arma equivocada, o aparecer escapando al peligro con síntomas visibles de agotamiento, como por ejemplo, cuando uno sueña que alguien le persigue y uno arranca, pero se agota rápido y ya no le quedan fuerzas para seguir, y cada paso cuesta un mundo darlo. Hay que reconocer en los sueños los símbolos de la resistencia, luego aceptar que son resistencia, y sobre la base de un trabajo prolongado en esta dirección, continuar más adelante por un reconocimiento, también en el sueño, de los símbolos más característicos de su impulso evolutivo. El trabajo en el caso del histérico es muy largo, más complejo que en el caso del neurótico, pero menos difícil que en el caso del trivial. Pues la gran diferencia entre los neuróticos y los histéricos, respecto a los triviales, es que los primeros sufren, mientras que los segundos están como aletargados. Los neuróticos y los histéricos todavía sienten fluir la sangre por sus venas, mientras que los triviales corresponden al complejo psíquico de la muerte del alma. En el caso del histérico, el trabajo dinámico debe propender, en los casos más extremos, a la sublimación del impulso evolutivo. Todo eso depende, eso sí, de los grados de autoconocimiento que eventualmente pudiera lograr el histérico. Pero siendo casi todo inconsciente en él, el camino más recomendado debiera coincidir con la sublimación. La realización del impulso evolutivo es desaconsejable en el histérico pues podría ocasionar un sufrimiento todavía mayor que el que padece por su histeria. El histérico debe saber de sus impulsos evolutivos, pero mejor todavía debe tomar nota de sus resistencias y mecanismos inconscientes. Sublimar los deseos es lo que mejor que le vendría, hasta no haber alcanzado un estado de autocomprensión supremo (clarividencia), única constelación psíquica que podría armonizarle con su impulso evolutivo, minimizando la culpa y las motivaciones inconscientes. Quizá no haya trabajo más difícil que éste para el histérico. Sólo después de esto puede estar en paz y en equilibrio consigo mismo y poner en marcha la plenitud y realización de sus deseos. El otro caso extremo, el caso del psicótico, no cuenta para la dinamosofía. El psicótico es ya objeto de la Acura@ y la Aterapia@. Su grado de deterioro psíquico está fuera del alcance de esta disciplina. Es más bien el objeto de interés de la psiquiatría. Por ello no nos extenderemos sobre una descripción de este sujeto psicológico y cerraremos aquí nuestra exposición sobre el complejo neurótico. El complejo trivial: La trivialidad es la muerte del alma y su constelación psíquica se forma sobre la base de una permisividad a destajo del impulso evolutivo. Esa indiferenciación del deseo es lo que provoca el complejo de trivialidad. A diferencia del complejo neurótico, que sólo afecta a un reducido número de la población, no hay nada más común que el complejo trivial. Tan común es éste que si se asumiera como problema psicológico las consultas del psicólogo no darían a basto con tantos pacientes. Y, sin embargo, el complejo trivial supone un problema psicológico. Su frecuencia es del orden del noventa por ciento, lo que equivale prácticamente a toda la población. Por ello es que nadie es enviado al psicólogo, aunque debiera serlo, por padecer del complejo trivial. Hay personas cuya única rutina, durante la semana, consiste en trabajar y ver televisión. Nadie le encara por ello que padece de un problema psicológico y que precisa ver al psicólogo. La razón es muy simple. Esa rutina parecen llevarla a cabo más del cincuenta por ciento de la población. Además, está el hecho de que con ello estas personas no molestan a nadie. Razón suficiente esta última para comprobar cómo, la psicología del último tiempo, se ha transformado más bien en un mecanismo de control de la población, antes que en una ciencia. Si un sujeto cualquiera molesta con su conducta a los demás, o interfiere con los procesos de producción, en todo orden, entonces (y sólo entonces) precisa de un psicólogo. Mientras se encuentre confinado con su locura a sí mismo y no moleste a nadie, ninguna persona sospechará siquiera de su necesidad de transformación, y le dejarán morir de pena, como suele sucederle a muchas personas hoy por hoy. Lo cierto es que es preciso recuperar la psicología para las personas y volver a centrar el interés de esta ciencia en procurar la integridad psicológica de la gente y su felicidad. El trivial es el más inauténtico de todos. Es el clásico sujeto vulgar lleno de temores, inseguridades y complejos de inferioridad. El trivial abunda por todas partes. Sus placeres son siempre muy poquita cosa. Un poco de esto y otro poco de aquello y ya se halla satisfecho. No aspira nunca a más. Sabe tan poco de sus propios deseos que suele confundirlos a éstos con los deseos más generales del grupo o la sociedad. Y cuando suele suceder que su complejo de inferioridad es más acentuado, entonces procura asirse de un empleo más o menos rentable, de una buena casa, un buen auto, y una suculenta cuenta bancaria, para suplir de ese modo las insuficiencias naturales que padece, el oculto vacío de un alma que, por esencia, no puede ser más. Ha reemplazado su ser por el tener. El tener cosas, el rodearse de objetos, viene a darle esa seguridad que por naturaleza no tiene, pues su alma se halla vacía, y su ser es un puro parecer. Él trivial suele aparentar. La naturaleza del trivial es la de la impotencia; su principio de organización vital es el temor generalizado que le provoca su impulso evolutivo. El trivial suele adecuar sus opiniones a las opiniones de los demás, y en consenso con la mayoría es quien ha dado origen a la sociedad. Pero la trivialidad es un complejo psíquico. La culpa ha sido en él transmutada en miedo. El trivial suele llenarse de miedos y de sustos. Cada cosa constituye para él un potencial peligro, una virtual amenaza. El miedo es la emoción más presente del sujeto trivial; y el miedo más acusado en él es el miedo a cambiar. No hay nada que le provoque más espanto, más horror, al sujeto trivial, que tener que verse envuelto en una situación de cambio. A diferencia del neurótico que podría vivenciar una separación amorosa con gusto, el trivial tendería a vivenciarla con dolor. El trivial se siente cómodo en un empleo estable. Es el clásico funcionario público que recibe su sueldo mensual y que no espera dejar su trabajo sino hasta jubilar. El trivial es el típico hombre corriente, el hombre-masa, el sujeto del montón. Pero la trivialidad nos depara todavía una sorpresa. Su constelación psíquica es todavía más compleja de lo que hemos anotado hasta aquí. No hay una única forma de trivialidad. Un empresario, por ejemplo, que en esencia es todo lo contrario de un funcionario público, también podría responder al complejo trivial. Y de hecho no hay tipo humano más sujeto a la trivialidad que el empresario. Lo que al empresario lo lleva a asumir riesgos que no son característicos del perfil trivial no es otra cosa más que la de suplir por medios artificiales lo que de natural le ha sido vedado, el alma. Pero el empresario es en sí un tipo tan corriente como lo es el funcionario público. Son personas que fuera de su dinero y sus posesiones materiales no tienen mucho más que ofrecernos. Es en ellos la muerte del alma, lo mismo que en los funcionarios públicos, su elemento más característico. Esta cuestión podría motivar más de una preocupación. En un mundo como el nuestro en el que los empresarios se han convertido en una especie de Ahéroes@, un modelo de hombres del todo digno seguir, resulta preocupante el que en el trabajo dinámico éstos aparezcan bajo la figura de un complejo psíquico que supone un empobrecimiento del espíritu, una muerte del alma. Esta cuestión se verá todavía mejor cuando acometamos en un análisis más específico del simbolismo arquetípico. Por ahora bástenos con describir de un modo relativamente general los caracteres más típicos del perfil psicológico trivial. El trivial suele ser un tipo pacífico, adaptado, poco interesante. Sólo es agresivo cuando se trata de dinero, cuando está en juego alguna posesión material. En ello nunca cede. Por eso es que no es incompatible la figura del empresario con la del trivial descrito como un sujeto con complejo de inferioridad, inseguro, satisfecho con poco, etc. Y ello hay que marcarlo de manera muy especial, porque suele representarse la figura del empresario como la de un tipo muy seguro de sí mismo, superior en muchos aspectos a los demás (corre riesgos), y difícilmente satisfecho con lo que hace feliz a todos. Pero lo cierto es algo absolutamente contrario a esta representación. La insaciabilidad del empresario en relación con el dinero debe ser muy bien entendida. Mientras más acentuado es su complejo de inferioridad mayor es la necesidad de dinero (o de objetos materiales) que tiene. Es la única forma que tiene de aplacar los inmensos sustos que le provoca la vida. Por ello es que el empresario suele correr riesgos sólo y exclusivamente en lo que dice relación con el dinero. Y siempre todos estos riesgos son calculados. Una cosa curiosa que va en defensa de estas ideas es que el empresario, casi sin excepción, suele ser un tipo religioso. La religiosidad común y vivenciada sólo como un fenómeno exterior, suele ser territorio fértil para la trivialidad. El empresario es un tipo religioso, pero como todo tipo trivial, religioso de la boca para afuera. Inauténtico. La religión, como el dinero, operan en él al modo de un factor artificial al que aferrarse para aplacar los temores que le provoca la vida. Si sólo el dinero y la forma exterior y puramente rituálica de la religión logran, en alguna medida, suplir los vacíos consustanciales de su alma, ello es porque su grado de satisfacción es a la medida del oculto desprecio que siente por si mismo. De allí que digamos que se satisface con muy poco, pues qué clase de satisfacción puede ser el dinero o la forma exterior de una religiosidad, para alguien que ha penetrado en el verdadero sentido de la vida. Ciertamente que la trivialidad es de interés psicológico, más todavía cuánto que ella define el perfil psíquico de la gran mayoría de la población. El mecanismo trivial es de la misma naturaleza que el mecanismo histérico. Se trata allí de un introyección. El trivial introyecta los temores del grupo y los hace suyos, esto es, los confunde con sus propios temores. Es probable que el nivel energético del trivial sea infinitamente menor que el del neurótico. Ello lo predispone a filtrar más y a responder menos. Su baja energética -hablando en un sentido no material y, por tanto, no cuantitativo, sino cualitativo- podría ser la causa esencial de su connatural complejo de inferioridad, y éste, a su vez, la causa de su absoluta predisposición a filtrar. El trivial filtra todo lo que viene de afuera. Su complejo de inferioridad lo lleva a sentir lo ajeno como algo más valioso que lo propio. Ello provoca que el trivial relegue su self hacia el sitial más recóndito del flujo psíquico y a partir de entonces comience a tomar por suyas opiniones que son de los demás. Por ello es que todo trivial piensa siempre del mismo modo, hace su vida del mismo modo, y llega incluso a amar (si es que efectivamente ama) del mismo modo. Estudia porque todos estudian, trabaja porque todos trabajan, se casa porque todos se casan, etc. Si pusiéramos al trivial en una sociedad donde nadie hiciera estas cosas, él tampoco las haría. El trivial es, en suma, el hombre común. Pero todavía resta decir una cosa más. En el trivial, como en ningún otro complejo psíquico, el sujeto se halla extraviado de su impulso evolutivo. Dado que su complejo de inferioridad lo lleva a filtrar todo de afuera, relegando su ser auténtico a las regiones más profunda del flujo psíquico, en el trivial se forma una capa o estado subconsciente plagado de falsos deseos y falsas aspiraciones. Ello es lo que lo lleva a no disfrutar plenamente de la realización de sus deseos (pues lo que satisface no es su impulso evolutivo, sino un pálido y menoscabado sustituto) -y lo que, por cierto, lo vuelve un tipo insaciable. De allí que el trivial quiera siempre más, sin hallar nunca satisfacción plena en la realización de su impulso evolutivo. Es curioso, pero es este mismo mecanismo psicológico el que lleva a algunos triviales a dar rienda suelta a todos sus deseos (o falsos deseos) -como en el caso del empresario en relación con el dinero, o el obeso en relación con la comida- y el que, por otros caminos, puede conducir también, a otros triviales, a sublimarlos todos llegándose a conformar con un placer poco, pero seguro. El trivial puede ser tanto uno como el otro. La cuestión central allí que los definirá como triviales son las falsas motivaciones, los falsos deseos, que se descubrirán como falsos, en uno y otro caso, por la insaciabilidad o el conformismo que gatillan ambos, como expresión de una falta de plenitud, o la sensación de un vacío existencial generalizado. Bajo ese predicamento el trivial no podrá ser nunca feliz. Podrá tener una profesión, una casa, una familia, un buen trabajo, etc., pero siempre y ocultamente sentirá que le hace falta algo. Eso que le hace falta es realizar sus verdaderos deseos, los cuales no conoce en absoluto, pues lo ha relegado a la zona más profunda del flujo psíquico. De allí no salen ni siquiera en la forma de sueños, pues tal es la profundidad en que se hallan sumergidos. Por ello es que incluso los sueños del trivial suelen ser falsos e inauténticos. El trivial no sueña más que con lo que le pasa de día. En sus sueños reproduce las preocupaciones de la vida diario. En él el material onírico no brota del self, y, por tanto, no es arquetípico. Sus sueños, lo mismo que sus deseos y aspiraciones son fruto del subconsciente, o sea, de esa zona psíquica que supone la formación malsana. Por ello es que en el trivial nada, o muy pocas cosas auténticas, acontecen. El siguiente esquema resume esta cuestión. 1