Fotografías de algunos de nuestros viajes: Familia Mena

río Salzach a su paso por Salzburgo (Austria), 1990

Nada más coger el tren para salir de Suiza, empecé a sentir un fuerte dolor de tripa y supe enseguida lo que me sucedía. Tenía una gastroenterítis. Pasé gran parte del trayecto sentado en el váter.

El siguiente destino era Austria. Llegué en tren siguiendo el viejo recorrido del Orient Express que unía Paris con Estambul. Pero Estambul aún tendría que esperar, mi llegada a la antigua Constantinopla se produciría años después y sería por vía aérea.

Debido a las turbulencias intestinales que padecí, parte del viaje no pude observar el paisaje de la forma que hubiese querido. Pero si lo suficiente como para apreciar que era una continuación del suizo. Se podría definir con tres palabras: agua, verde y montaña.

Las montañas seguían y siguen llamándome mucho la atención, no tanto el verde, lógico para quien su tierra natal es verde y llana, con apenas suaves ondulaciones.

En estos tiempos y tratándose de tierras austríacas surge una obligada reflexión. Que la desarrollada Europa vive una crisis de identidad es algo más que evidente. Un lugar donde se sanciona a una azafata de la British Airways por llevar una cruz colgada de una cadenita. O bien, inmigrantes pidiendo que se retiren crucifijos u otros símbolos que no son de su agrado. Ante esto y lo que se avecinaAlejandro, Salzburgo (Austria), 1990 es conveniente recordar que fue en estas tierras austríacas donde el ejercito musulmán otomano mordió el polvo. De no haber sido así, Austria y gran parte de Europa no sería ese espacio de libertad, prosperidad e igualdad que es hoy en día. A buen seguro hubiésemos tenido el mismo final que Bizancio.

En Austria esperaba encontrar una ciudad imperial, Viena. Y la encontré. Pero también encontré una ciudad de cuento, Salzburgo.

De Salzburgo cuna de Mozart, a quien se respiraba por todos lados, me llevé sus bellos palacios, sus cúpulas, y esa subida tortuosa al castillo. Allí tuve un pequeño disgusto, se estropeó el muelle del disparador de mi cámara de fotos, mi vieja Yashica J, pero encontré un comercio especializado y subsanaron el problema estupendamente.

De Viena me llevé aún más, verdaderamente era la capital de un pasado Imperio y emporio de cultura. Varias visitas entretuvieron nuestro tiempo en esta ciudad y a cual más interesante: museos, la ópera, palacios, la catedral.... Pero un recuerdo imborrable perdura en mí, la degustación de sus típicas salchichas.

Su ingestión sólo sería comparable a la de una hamburguesa de Burger King. Se podrían definir con pocas palabras, nauseabundas y vomitivas. Este manjar vienés era servido en una bandejita de cartón gris acompañado de un buen chorretón de mostaza, colocado estratégicamente a un lado de la bandeja. Eso sí, la variedad de salchichas era enorme, y la gente se arremolinaba alrededor de las casetas instaladas en la acera en donde se despachaban. En fin, para gustos los colores... y los sabores.

Nos alojamos en un albergue de verano que durante el resto del año era una residencia de estudiantes de música. El sitio estaba muy bien y se encontraba en pleno centro de Viena, muy cerquita de la catedral de San Esteban. Por cierto, magnífica catedral gótica con su gran torre de más de 130 metros de altura, a destacar también su famosa campana, Pummerin.palacio de Belvedere, Viena (Austria), 1990

Ya paseando por la calle recuerdo algo que me llamó la atención, fue el ver de paseo a alguna familia joven andando todos descalzos, los adultos y los niños. Desde luego no se trataba de gente indigente, más bien parecía ser una costumbre veraniega de estos curiosos personajes. Si ya me parece asqueroso ver a la gente joven con esos pantalanos de camal ancho arrastrándolos por la acera, ni que decir lo repugnante que debe ser el pisar uno de esos purulentos esputos matinales que siembran las calles. Hay que ver, tan escrupulosa que es la gente para ciertas cosas y tan asquerosa para otras. Ver para creer.

Una visita obligada era el palacio de Belvedere. En sus cercanías vimos a decenas de polacos o más bien centenares de polacos, gentes que charlaban en las aceras y repartían propaganda de Solidaridad. Ello me convenció de que algo importante estaba ocurriendo en la Europa del Este. Y qué era solidaridad se preguntará alguien.
¨Solidaridad, fue el movimiento sindical que derrotó al totalitarismo polaco e impulsó la caída del comunismo en Europa. Sin el movimiento social de Solidaridad y sin la participación del Papa polaco en el proceso de liberación de Polonia, el muro de Berlín no hubiera caído y no hubieran sido liberados los países del antiguo bloque comunista. Solidaridad y el mensaje de Juan Pablo II trajeron la libertad a Polonia, iniciaron una reacción en cadena en los países limítrofes, favorecieron cambios en la Unión Soviética, la unificación de Alemania y, como consecuencia, hicieron posible la construcción de una Europa unida¨.Alejandro en la Ópera, Viena (Austria), 1990

Otra visita obligada estando en Viena era a la Ópera, pero claro, la mochila no era el sitio adecuado para llevar la indumentaria acorde para tal evento. Por lo cual me tuve que conformar con una visita guiada. Recuerdo que había visitas guiadas en varias lenguas. Como se nos pasó la hora para la visita en español, entonces nos quedaban dos posibilidades. Una visita en francés o en ... catalán. No se froten los ojos, leyeron bien. Había visitas en las lenguas de Cervantes, Shakespeare, Moliere, y ... en la de Carod. Un cartón mugriento señalaba el horario de visitas en dicha lengua, lo cual daba la impresión de que la habían colado de rondón. Bueno, ni que decir tiene que por supuesto me decanté por el francés. Tampoco faltó la visita a la Escuela Española de Equitación para ver los caballos Lipizzanos. Reconozco que me pareció un tostón. Realizadas las típicas visitas y excursiones, llegó el tipo de visita que más me gusta, y fue en esta ocasión al Naturhistorischen Museums. El Museo de Historia Natural de Viena, es una de las instituciones más importantes del mundo de su categoría. Nadie debería perderse este museo, al igual que ocurre con el Louvre aunque lo visitásemos miles de veces siempre habría algo interesante por descubrir. Entre sus ¨joyas¨destaca la Venus de Willendorf, que es una diminuta figura de mujer desnuda de 11 centímetros de alto y 22.000 años de antigüedad. Y para joyas-joyas la sala de piedras preciosas, ¡vaya tela! Recuerdo que me llamó la atención, por lo curioso, una sala en que sobre un gran mapa, se clasificaba a la especie humana en sus distintas razas. La mayor parte de la Península Ibérica al igual que todo el Magreb era englobado dentro de la raza bereber. Es uno de los típicos estudios realizados entre finales del XIX y principios del XX en la Europa Central y del Norte. Los interesados por este tema pueden conocer más pulsando aquí.

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Página creada por Alejandro Mena y Linares en marzo de 2004
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