La batalla de Adrianópolis (378 d.C.)

Autor: Miguel Fajardo


ANTECEDENTES

Los antecedentes recientes del desastre romano de Adrianópolis hay que buscarlos en el año 376.

Hacía poco tiempo que el gran Valentiniano, Augusto senior de Occidente acababa de fallecer dejando como sucesores a su hermano Valente en Oriente y a su joven hijo Graciano en Occidente. Valente, nuevo Augusto Senior, no poseía las cualidades militares ni de gobernante del difunto emperador y este fue uno de los factores que jugaron en su contra durante la campaña contra los godos y en su desastrosa conclusión.

Un segundo factor lo constituyen los movimientos migratorios de los hunos, que en esa fecha se hicieron especialmente intensos y empujaron a los visigodos, entonces establecidos al otro lado del Danubio de la provincia romana de Tracia, a solicitar asilo dentro de las fronteras del Imperio Romano. Con este fin sus dos jefes Alavivus y Fritigern enviaron una embajada a Valente que entonces se encontraba a muchos kilómetros de allí -en Antioquía de Siria-, centrado en su campaña contra los persas. Dicha embajada ofrecía, a cambio de tierras, hombres para el servicio en el ejército imperial. Esto era en principio algo tradicional durante el Bajo Imperio ("receptio"), y suponía el establecimiento de los bárbaros en tierras fronterizas abandonadas como cultivadores, su romanización progresiva y la contrapartida de la defensa del Imperio.

Las dudas de Valente eran comprensibles. A la dificultad de calibrar las consecuencias de cualquier decisión desde la lejanía de Siria, se unía la sensación de que el empuje que movía a los godos a solicitar asilo (los hunos) era algo distinto a lo que se había visto hasta el momento, y que una negativa podría originar un desbordamientogeneralizado del limes danubiano. Apenas había fuerzas para repelerlo y la inestabilidad del frente persa impedía el envío de tropas. Así que aceptó el trato siguiendo la opinión de sus consejeros: paz, nuevos reclutas y rehenes por tierras de cultivo. La fe arriana de los bárbaros, que compartía el propio Valente, facilitaría además su asimilación.

Sin embargo, la complejidad logística del cruce del río -era un pueblo entero el que penetraba en el Imperio, para el que no había alojamiento ni alimentos- unido a la corrupción de los funcionarios romanos dirigidos por el conde Lupicinus, que aprovecharon la situación para especular con la necesidad de los godos, ocasionó una situación límite que tuvo como consecuencia un gran malestar entre los bárbaros. Nuevos engaños del tal Lupicinus se saldaron con un primer combate en que las tropas romanas fueron derrotadas. A partir de este momento, considerándose libre de cualquier compromiso, la horda de Fritigern comenzó a vivir sobre el terreno del saqueo de las provincias de Tracia y Mesia.
 

LA BATALLA

La situación se había pues complicado de forma extraordinaria para los romanos, con  los godos dentro del imperio saqueando las provincias y sin apenas fuerzas que oponerles. Ante ello Valente comenzó el traslado de tropas desde Oriente al nuevo frente del Danubio y solicitó la ayuda de su sobrino Graciano que se puso en camino en 378.

Al mismo tiempo los generales de Valente habían obtenido algunas ventajas menores sobre los godos, lo que llevó al emperador oriental a pensar que podría arreglárselas solo sin esperar a la tropas de su colega. De hecho Valente consiguió reunir el mayor ejército que Tracia había visto en los últimos años, mientras que Fritigern se preparaba para la guerra.

Valente estableció su cuartel general en Adrianópolis y en un primer consejo de guerra sus generales Ricimer y Víctor le recomendaron esperar a las tropas de Graciano mientras que otro, Sebastián, le incitó al ataque inmediato. No hizo ninguna de las dos cosas, sino que se dejó enredar por una petición de paz de Fritigern.

Después, Valente avanzó con sus tropas y a unos kilómetros de Adrianópolis se encontró con el "laager" (campamento de carros) de los visigodos. De nuevo Fritigern pidió parlamentar, pero un encuentro fortuito de las caballerías desencadenó el combate en el peor momento para los romanos, desconcertados ante las dudas de su jefe y agobiados por el calor (era el 9 de agosto de 378) mientras que los ostrogodos y alanos convocados por Fritigern se incorporaban a la batalla. La caballería romana fue dispersada y su infantería fue rodeada tan estrechamente por las tropas bárbaras que apenas tenía sitio para maniobrar.

Según Ammiano Marcelino, el escritor romano a quien debemos una descripción casi contemporánea de los hechos, las tropas romanas dieron muestra de su valor hasta que pasadas unas horas cedieron.

Aproximadamente unos 20.000 hombres del ejército oriental con su jefes murieron en el desastre. El propio Valente pereció en el combate (desde Decio, también combatiendo contra los godos, ningún otro emperador había muerto en el campo de batalla) cuando, al parecer, los enemigos incendiaron una casa donde se había refugiado con algunos de sus guardias.

Alrededor de una tercera parte del ejército romano consiguió huir del desastre, mientras que los godos se dirigían a sitiar Adrianópolis donde permanecía el tesoro imperial. Sin embargo al carecer de conocimientos de cómo sitiar una ciudad protegida por murallas fueron rechazados por la pequeña guarnición, tras lo cual se retiraron y continuaron la devastación de las provincias.
 

ALGUNAS CONCLUSIONES

En todo caso, Adrianóplis no es sino una muestra más del mayor problema que el imperio venía arrastrando desde la grave crisis del s. III y que finalmente ocasionaría su ruína, esto es, el equilibrio inestable entre recursos y tareas necesarias para sostener la organización imperial. Mientras los problemas fueran localizados o no muy serios, la maquinaria del imperio era capaz de resolverlos con mayor o menor fortuna. Desgraciadamente el conjunto de factores que se dieron en vísperas de Adrianópolis desbordaron por completo a Valente y sus colaboradores.

Tras Adrianópolis, 2/3 del ejército oriental se perdieron, el emperador Valente resultó muerto y Graciano, en plena situación de crisis desesperada, eligió un nuevo colega, el hispano de Cauca (Segovia) Flavio Teodosio.

Teodosio, el último de los grandes emperadores romanos y origen de una dinastía que sería la última en gobernar el Imperio en su totalidad, reorganizó el último ejército romano en Oriente, que tras la masacre debió incluir un porcentaje elevado de los propios godos. Tras una serie de campañas en las que la diplomacia y el pragmatismo del nuevo emperador jugaron un papel muy destacado, en 382 se firmó la paz entre romanos y godos. Paz muy diferente a otras anteriores, ya que los visigodos permanecieron como pueblo autónomo dentro del Imperio sin posibilidad de asimilación en lugar de integrarse dentro del mundo romano. Probablemente no podría haberse hecho otra cosa, y así las correrías de los godos dentro del Imperio, al mando de sus propios reyes y en cualidad de "foederati" culminarían pocos años después en el saqueo de Roma por Alarico y la invasión de Italia e Hispania. Pero esto es, en efecto, otra historia.
 
 

© Miguel Fajardo, 2001
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