La doma y castración de Galicia
La doma y castración de Galicia

Autor: Xoâo de Golmar


Con la llegada de los Reyes, que luego se llamaron Católicos, en el año 1474, al trono de Castilla, se formaron dos bandos en Galicia. Uno que amparaba los derechos al trono de doña Juana, que llamaban la Beltraneja, supuesta hija de Enrique IV y cuyo abanderado en Galicia fue don Pedro Álvarez de Sotomayor, Conde de Camiña, con el apoyo del rey de Portugal, don Alfonso; y otro que seguía a doña Isabel, hermanastra del rey Enrique IV, entre los que estaban el Mariscal don Pedro Pardo de Cela, el Arzobispo de Santiago don Alonso de Fonseca, el Conde de Lemos don Pedro Álvarez Osorio, el Conde de Ribadavia don Bernardino Pérez Sarmiento, el Conde de Monterrey don Sancho Sánchez de Ulloa y don Diego de Andrade. Otros linajes se mostraban renuentes a pronunciarse a favor de uno u otro pretendiente, como el Mariscal don Suero Gómez de Sotomayor y el Conde de Altamira don Lope Sánchez Moscoso.

En las Cortes de Madrigal, de 1476, fue constituida la Santa Hermandad de los pueblos, integrada como una milicia civil, que se reclutaba por villas y aldeas. Estaba destinada a conservar la paz y el orden en los caminos del reino, pero en la realidad se vino a utilizar en Galicia, como el tiempo demostró, para dar cumplimiento a los intereses de los reyes. En tierras gallegas inició su andadura en 1480 y estaba regida por el Arcediano de Camaces, don Antón de Paz y comenzó a actuar bajo la protección de don Diego de Andrade y del Conde de Lemos. A finales de dicho año entraron en Galicia fuerzas de invasión castellanas, al mando de don Fernando de Acuña, hijo del Conde de Buendía, como Gobernador del Reino y Justicia Mayor, integradas por más de trescientas lanzas a caballo y algunos miles de infantes, todos mercenarios, y de la que era Capitán un sanguinario morisco, que se hacía llamar Mossen Luis Mudarra. Como Alcalde Mayor del reino vino el Licenciado don García López de Chinchilla.

Tanto la Santa Hermandad, o Hermandad Nueva como también se le llamaba, como las tropas de invasión, tenían la misión de lo que pasó a denominarse la doma y castración de Galicia. En verdad la situación gallega, en aquél entonces, era de anarquía producto de los continuos choques, dialécticos y armados, que entre sí mantenían los principales señores.
Galicia, pocos años atrás, había padecido una cruenta guerra civil, la gran guerra  irmandiña que tuvo lugar entre los años 1467-69, en la que campesinos y villanos, armados, formando Hermandad y dirigidos por algunos hidalgos: Alonso de Lanzós, señor de Louriña; Pedro Álvarez Osorio, señor de Navia, Burón y Valle de Lorenzana, hijo del Conde de Trastámara; y Diego de Lemos, señor de Sóber y Amarante, arrasaron los castillos y fortalezas de la nobleza, que huyó del desastre refugiándose, los más, en Castilla, pero pudieron reponerse y capitaneados por Gómez Pérez das Mariñas, Fernán Pérez de Andrade, O Mozo, el Mariscal Pardo de Cela, el Conde de Monterrey, el Conde de Lemos y, como principal de todos ellos, el Conde de Camiña, les derrotaron en varias batallas, siendo las más importante ante el castillo de La Framela (cerca de Tuy); en Balmalige (próximo a Compostela); y en el castro de Gundián, y más tarde, les obligaron a levantar de nuevo los castillos derrocados. Pedro Osorio murió prisionero en las mazmorras de don Diego de Andrade –hijo y heredero de Fernán Pérez de Andrade–, quien también ordenó ahorcar a Alonso de Lanzos y se apoderó de todos sus bienes. Diego de Lemos parece que pudo huir de la quema.

La nobleza gallega, en aquellos años, estaba agrupada en bandos irreconciliables y se combatían encarnizadamente unos con otros, en una permanente guerra. De un lado, estaban el Arzobispo Fonseca, apoyado por el Conde de Monterrey y el Mariscal Pardo de Cela, que combatían contra el Conde de Altamira, sostenido por don Diego de Andrade. Por otra parte, el Conde de Camiña, con la colaboración del Mariscal Suero Gómez de Sotomayor y el Conde de Altamira y el Andrade, atacaba los intereses del Arzobispo. Además el Conde de Lemos tenía su guerra particular contra el Conde de Benavente y el Marqués de Astorga. Pero estas enemistades no son más que una regla general, pues a las veces vemos al Altamira combatiendo contra el Conde de Camiña y otras, el Lemos, juntamente con el de Camiña, ayudando al Conde de Benavente a conquistar La Coruña, defendida por el Andrade. Era aquella una maraña de batallas, tomas de tierras y fortalezas, matanzas de vasallos y destrucciones masivas de bienes sin fin. Se unían unos con otros para seguidamente enemistarse y luchar entre ellos.

Señoreaba una nobleza compuesta de hombres fieros y belicosos, que a la sazón estaban más levantiscos que nunca. La tierra era poca y las rentas escaseaban por lo que, a título de encomienda, se apoderaban de bienes de los monasterios y de la mitra compostelana. En aquella época podemos decir que todos, en mayor o menor medida, estaban en guerra. Esta guerra no había cesado desde el último levantamiento de las Hermandades de villanos y campesinos, que había resultado aplastada por esos mismos señores que ahora combatían ente sí. Contra aquel desorden, y con el fin de acabar con la nobleza gallega, combatió Fernando de Acuña y sus mercenarios, hasta aniquilarlos.

El que ofreció más resistencia fue Pardo de Cela, yerno del Conde de Lemos, al estar casado con su hija, doña Isabel de Castro, que se había convertido en un poderoso y temerario noble con importantes posesiones en tierra gallega y, lo que aún lo hacía más temible, heredero natural del estado del Conde de Lemos, a la muerte de éste en 1482, que no dejaba más heredero varón que un nieto bastardo, lo que le convertiría en el amo y señor de Galicia.

El día 17 de diciembre de 1483, rodaba en la Plaza, ante la Iglesia Mayor catedral de Villamayor de Mondoñedo, (Galicia) la cabeza del Mariscal don Pedro Pardo de Cela y dos de los hidalgos que le apoyaban.

Como consecuencia de estos acontecimientos, pasado un tiempo, empezó a divulgarse entre los moradores de Galicia un bello "romance popular" que se hizo llamar O lamento da Frouxeira , para una muerte tan injusta que, más o menos, decía así:

Por treisón tamén vindido
Xesús nosso Redentor,
e por aquestes treidores
Pedro Pardo, meu Señor.

Vinte e dois foron chamados
os que vindido o han
non por fame de sustentos,
de carne, viño nen pan.

Nen por outro minister
que falezcan de bondá,
senón por sua vilaicía
e mais por má intençán.

Eles quedan por treidores
e seu amo por leal,
por os reys a sua filla
sendas terras mandan dare.

A Deus darán conta delo
que lles queira perdoar.
Aquí acabou a Frouxeira
e a vida do Mariscal.

Hoy la figura del Mariscal, en Galicia, es reivindicada y monopolizada por un determinado ideario político y vilipendiada y desdeñada desde la otra ideología contraria. Y ello es injusto, pues ni fue un héroe de la independencia de Galicia frente al trono de Castilla, como pretenden algunos –lo que era incomprensible en aquella época, en el sentido que hoy concebimos la independencia–, ni un asaltador de caminos que se dedicaba a ahorcar a los vasallos como desearían otros, simplemente fue un noble fiel a la reina Isabel de Castilla, y uno de sus principales valedores en Galicia, que se enfrentó al Gobernador Fernando de Acuña y la Hermandad y tropas mercenarias castellanas que dirigía, para doblegar a la nobleza gallega, y perdió la partida después de una resistencia heroica. Por ello la figura del Mariscal debe de ser ajena a las batallas entre los políticos y patrimonio de todos los gallegos sin distinción de credos.

A pesar de los notables esfuerzos realizados por los historiadores Mayán y Lence-Santar, echo de menos hasta la fecha -al menos que yo sepa no existe-, un estudio actualizado, tal como se merece, sobre el Mariscal, cuya andadura tuvo lugar cuando muere la Edad Media y un mundo de mitos y héroes se derrumba y comienza impetuosa una nueva era, la Moderna. Afloraba el Renacimiento, caía el imperio Bizantino, nacía la imprenta, se descubría el Nuevo Mundo y se gestaba el imperio español. Pardo de Cela es una de los héroes más fascinantes y entrañables, principalmente por su trágico final, de nuestro brillante y épico pasado histórico. Creo que ya es hora de que se debata en profundidad su trayectoria vital que, en mi opinión, ha sido machacada por una leyenda negra fruto tanto de los cronistas castellanos al servicio de la Corte –Hernando del Pulgar y el inquisidor Jerónimo Zurita– como los gallegos sumisos a los dictados de la Casa de Andrade  –Vasco da Ponte– llegando hasta tal punto las falsedades sobre su persona que llegó a decirse que había sido ejecutado en la Plaza Mayor de Mondoñedo a medio de “garrote”, como si fuera un vulgar ladrón, lo que es insostenible, pues sabemos que, por aquel entonces, nobles e hidalgos no podían sufrir torturas ni penas infamantes. Hay que resaltar que, como siempre, la historia la escribieron, acomodándola a sus propios intereses, los vencedores.

Desgraciadamente hasta hoy la mayoría de los estudiosos de la historia gallega, y los hay ilustres, como García Oro y Pardo de Guevara, siguen bebiendo de esas fuentes como si fueran artículos de fe, con olvido de que la verdadera, la auténtica Historia (con mayúscula) la escriben los poetas, la imaginación de los pueblos –que solemos denominar el inconsciente colectivo– que levanta mitos y héroes en los cuales se apoya ese pueblo para hacer cristalizar una tradición y seguir avanzando. Y clara prueba de ello es el romance O Lamento da Frouxeira. Creo que toda obra que refleja el pensar y el sentir del pueblo va construyendo los cimientos, los arcos, las dovelas y la bóveda del complejo edificio nacional y puede ser un testimonio definitivo y de valor incalculable.

El Mariscal fue un paladín de la resistencia gallega, junto con otro caballero contemporáneo suyo, el Conde de Camiña don. Pedro Alvarez de Sotomayor, también llamado Pedro Madruga, frente al trono de Castilla y los nobles que apoyaban el poder absoluto y centralizador de los Reyes Católicos. Ambos lucharon contra las tropas castellanas de invasión mandadas por Fernando de Acuña y ambos murieron ejecutados por orden de los reyes: el Mariscal en Mondoñedo y Pedro Madruga en Alba de Tormes, unos pocos años más tarde. Los demás nobles gallegos de aquella época salvaron el pellejo al replegarse a los dictados de la Corte castellana. Si la nobleza gallega del s. XV se hubiese unido contra la invasión castellana de la denominada doma de Galicia sin duda hubiera vencido y entonces la Historia de Galicia, y aun la de España, hubiera sido muy diferente. Cada uno puede sacar sus propias conclusiones.

Y con esa ejecución acabó la Historia de Galicia como reino autárquico que siempre había sido, para pasar a ser y formar parte de una región o provincia más de España. A partir de entonces la nobleza gallega se fue a servir y a morar en Castilla (no debemos olvidar que quien ostenta hoy los mas ilustres títulos nobiliarios gallegos como son los Condados de Andrade, de Villalba, de Lemos, de Monterrey y de Salvatierra es Dª Cayetana, la actual Duquesa de Alba) y el idioma gallego fue decayendo aun más y poco a poco se desterró su uso, sirviendo tan solo para comunicarse entre sí los campesinos.

Los gallegos ignoramos casi por completo nuestra grandiosa Historia y tan solo poseemos un somero conocimiento de la más reciente, de los sucesos menos importantes, lo que supone un pobre bagaje cultural que nos distancia de otros pueblos de España como los catalanes, vascos o andaluces que propagan a diario, en letra impresa y por medios audiovisuales, su pasado, las más de las veces ficticio o inventado, ensalzando sucesos y héroes.

La Historia es la memoria de un pueblo. Es el orgullo de ese pasado común lo que sirve como elemento aglutinador, lo que nos hace participar y compartir un sentimiento uniforme a la pluralidad de gentes que habita en Galicia y nos identifica de los demás –nunca frente a los demás–. Sus hombres bravos o depravados los hacemos propios, porque fueron nuestros ancestros, nuestros padres, que han conformado los vicios y virtudes que hoy poseemos. Un pueblo que desconoce su pasado histórico está destinado a extinguirse y es como un expósito que ignora de donde procede y quienes fueron sus padres.

Debemos recuperar la memoria.
  


© Xoâo de Golmar, 2001
xoaodegolmar@terra.es



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