La historia de Seyf ad-Dawlah

Autor: Hilario Gómez


En general, la historia del Próximo Oriente islámico medieval es desconocida para el público no especializado. Los manuales de historia de nuestros bachilleres suelen hablar someramente de la aparición del Islam en el siglo VII, de su expansión por los territorios de Bizancio, Persia, África del Norte e Hispania, del surgimiento del Imperio Omeya, de su sustitución a mediados del VIII por el Califato de los Abbásidas y, a lo más, mencionan la posterior desintegración de éste en diferentes estados musulmanes independientes (eso siendo muy optimistas). Un par de brochazos sobre las Cruzadas y unas cuantas nociones sobre la historia del Islam en España completan el cuadro, con lo que no es de extrañar que los personajes musulmanes más conocidos por estos pagos sean Mahoma, Almanzor, algún Abderraman, quizás Saladino, y -por supuesto- Boabdil y sus lágrimas.

Una pena, porque basta con investigar un poco para descubrir la existencia de figuras históricas de primer orden en el mundo islámico. Uno de estos personajes vivió en el siglo X y fue uno de los más feroces enemigos del entonces cada vez más poderoso y agresivo Imperio Bizantino: Seyf ad-Dawlah (916-967), el miembro más renombrado de la dinastía hamdanita.

Vamos a dedicar a este personaje y a su época un breve estudio que esperamos que el lector encuentre interesante. De paso, conoceremos también a los estrategas bizantinos que, como Juan Curcuas o Bardas Focas, fueron los antagonistas de  Sayf ad-Dawlah. La historia del enfrentamiento entre hamdanitas y bizantinos es la crónica de una lucha por la supervivencia y la hegemonía, un relato épico en el que lo mejor y lo peor del ser humano trazan los surcos de la Historia.
 

CONTEXTO HISTÓRICO

El mundo musulmán

Tras la destrucción del califato Omeya en 750, con la dinastía Abbasí el mundo islámico entra en una nueva etapa. El apogeo de este período se corresponde con el califato del famoso Harum al-Raschid (766-809), cuyos dominios se extendían desde África del Norte hasta la Transoxiana. Pero a la muerte de Harum se inicia un período de conflictos internos, políticos y religiosos cuyo resultado es el debilitamiento del Imperio de Bagdad y su paulatina disgregación en principados independientes. En el siglo X el papel del califa se ve relegado al de una mera dignidad religiosa, mientras el poder real pasa a manos del Amir al-Umara ("Emir de Emires"), título por el que competirán los jefes militares.

La situación en los principales territorios del califato en este período es más o menos la siguiente: en el Norte de África, los fatimíes (909-1171) logran someter a las dinastías locales a lo largo del siglo X, fundan un poderoso califato y en 969 conquistan Egipto. En las tierras asiáticas de Transoxiana reinan los semeníes, mientras que una poderosa dinastía iraní, la de los buyíes (932-1055), se hace con el control de Bagdad en torno a 945. Por su parte, y como ya veremos, el norte de Mesopotamia y Siria caen bajo el dominio de los hamdanitas (890-1003). Mientras tanto, en Al-Andalus gobiernan los califas omeyas. Esta situación se mantendrá hasta mediados del siglo XI, momento en el que los turcos asumen el control político del mundo islámico, tras haber formado durante mucho tiempo la espina dorsal de sus ejércitos.

Bizancio

En cuanto al Imperio Romano de Oriente, la segunda mitad del siglo X contempla el apogeo de la dinastía Macedónica (867-1056), que llegará a su culminación bajo el reinado de Basilio II (976-1025). Superada la crisis iconoclasta, reorganizado el Imperio y temporalmente pacificado el frente búlgaro, durante los reinados de Romano I Lecapeno (920-944),  Constantino VII (913-959), Romano II (959-963) Nicéforo Focas (963-969) y Juan Zimiskés (969-976), se produce una constante e imparable expansión hacia el Oriente: Creta, Cilicia, la Alta Mesopotamia y el norte de Siria serán los objetivos del empuje militar bizantino. Lógicamente, los gobernantes hamdanitas veían con mucha preocupación el avance bizantino, por lo que se opusieron a él con todas sus fuerzas.







LOS HAMDANITAS. SEYF AD-DAWLAH.

La familia de los hamdanitas pertenecía a la tribu árabe de los Taglib, establecida desde tiempo atrás en Djazira o Al-Jazirah (norte de Irak). Su importancia comienza a crecer con Hamdan ibn Hamdum, quien participó en las crisis políticas del califato del último tercio del siglo IX. Sus hijos tuvieron altos cargos en el régimen abbasí y uno de ellos, Abu al-Hayja Abd Allah (Abu-Jaidj en algunos textos), fue a ser nombrado en 905 gobernador de Mosúl. A su muerte (929), el poder pasó a manos de su hijo Josan (929-969). Es este otro importante personaje de la dinastía, pues, como consecuencia de la participación de los hamdanitas en las guerras civiles que siguieron a la muerte del califa al-Radi (934-940), Josan llegó a hacerse temporalmente con el control de Bagdad (940-942). Ascendió así al emirato supremo, pasando a ser conocido desde entonces como Nasir ad-Dawlah al-Hasan, aunque sólo pudo mantenerse un año en el poder y terminó por retirarse a Mosúl, que gobernó hasta 969.

Sin embargo, quien nos interesa realmente es su hermano Alí, también conocido como Seyf ad-Dawlah Abu al-Hasan Ibn Hamdam (916-967). Alí había recibido una esmerada educación, que se tradujo posteriormente en la protección y patronazgo que ofreció en su corte a prestigiosos intelectuales del momento, como el filósofo al-Farabi y el poeta al-Mutanabbi (del que hablaremos más adelante). Pero también se convirtió en el más enconado enemigo que conociese Bizancio en Oriente en mucho tiempo.
 

EL CONFLICTO CON BIZANCIO. SEYF AD-DAWLAH CONTRA JUAN CURCUAS

Aunque se ha especulado mucho con las motivaciones del imperialismo bizantino del siglo X, hoy parece claro que, más que anexionar nuevos territorios o reconquistar las provincias perdidas ante los musulmanes, el objetivo de la dinastía macedónica que regía los destinos de Bizancio desde el siglo IX, era crear unas amplias marcas fronterizas que alejasen el peligro de Asia Menor. Y para ello era preciso dominar la Alta Mesopotamia, Cilicia y Siria.

La paz con Bulgaria tras la muerte de Simeón en 927, permitió al emperador Romano Lecapeno dedicar sus esfuerzos a la reorganización de las fronteras orientales y a aprovechar la debilidad del califato de Bagdad para asentar la hegemonía de Bizancio en la zona. Con este objetivo, el general bizantino Juan Curcuas (de origen armenio, como el mismo emperador) inició una brillante serie de campañas en la Alta Mesopotamia y la Armenia árabe, que se prolongaron a lo largo de once años (927-938). Uno de los éxitos más sonados de los bizantinos durante esos años fue la toma de la gran ciudad de Melitene (934), cuyo dominio había sido fieramente disputado por los hamdanitas.

Pero en 938 las cosas se torcieron para Bizancio: Seyf ad-Dawlah tomó la iniciativa y avanzó con sus tropas sobre las guarniciones romano-orientales del Alto Éufrates. Juan Curcuas lanzó a su ejército en persecución de los atacantes, ante lo que Seyf se retiró, pero sólo para detenerse en una posición favorable, volverse contra sus perseguidores, e infligir una tremenda derrota a los bizantinos. Con esta victoria, Seyf extendió los dominios hamdanitas desde Mosul hasta Armenia. Sólo los problemas internos del mundo musulmán, donde Seyf tenía numerosos enemigos, impidieron que los hamdanitas penetrasen más profundamente en territorio bizantino.

Consciente de la magnitud del peligro, Romano Lecapeno se apresuró a firmar una tregua con Bagdad que incluyó un intercambio de prisioneros (julio de 938), pero Seyf la rompió por su cuenta al año siguiente, avanzó sobre Armenia, asoló el thema de Armeniakos y dio inicio a un estado de guerra casi permanente. Afortunadamente para Bizancio, la disputas internas del califato tras la muerte de al-Radi desviaron la atención de los hamdanitas hacia Bagdad durante 940-942 (ver arriba), lo que permitió al Imperio recuperarse y organizar una nueva serie de campañas en el Este: en noviembre de 942 Juan Curcuas invadió Armenia y a lo largo del año siguiente atacó las plazas fuertes de la Alta Mesopotamia (Dara, Nísibe, Germanicia, Edesa, etc.), logrando restablecer el prestigio imperial en la zona. Por desgracia, Curcuas fue víctima de una conjura de los hijos de Romano Lecapeno y cayó en desgracia (944), siendo sustituido por un tal Panterios, que no tardaría en ser derrotado por Seyf ad-Dawlah.

Sin embargo, Seyf no sólo se enfrentaba a los bizantinos; desde 936 estos mantenían una alianza anti-hamdanita con los ikshidas de Egipto, que también controlaban Siria. No dispuesto a facilitar la vida a sus enemigos, y consciente de la importancia estratégica de las tierras sirias, Seyf se lanzó sobre ellas, conquistó Alepo en 945, se hizo con Antioquía y Emesa, y al año siguiente tomó Damasco. Acto seguido atacó Egipto, aunque esta vez no pudo hacer grandes avances y terminó por negociar un tratado de paz. Poco después Seyf amplió sus dominios al convertirse en emir de Tarso.
 

EL CONFLICTO CON BIZANCIO. SEYF AD-DAWLAH CONTRA NICÉFORO FOCAS

La consecuencia más importante de la crisis política desatada por las ambiciones de poder de los hijos de Romano Lecapeno fue su abdicación y la plena asunción de poderes por parte de Constantino VII (919-959), hasta entonces eclipsado por la poderosa personalidad del co-emperador Romano. Sin embargo, el cambio en la cima del poder bizantino no supuso freno alguno a las operaciones militares en Oriente. Todo lo contrario; desde 945 el Imperio inicia un período de imparable expansión que lo convertirá en el poder hegemónico del Mediteráneo Oriental por más de un siglo.

Seyf ad-Dawlah pronto tuvo ocasión de comprobar los nuevos ímpetus bizantinos. En 948-949, un ejército al mando de Bardas Focas (padre de Nicéforo, el futuro emperador) fue enviado a Mesopotamia con la misión de recuperar las posiciones perdidas ante Seyf. Se reconquistaron así Germanicia y Erzerum, ante la impotencia del emir de Alepo, que por esas fechas bastante tenía con ocuparse de los problemas internos que el asesinato de uno de sus hijos había puesto de manifiesto. En cuanto pudo, Seyf pasó a la ofensiva y en agosto de 950 invadió Capadocia con la intención de llegar hasta Constantinopla, pero la llegada del invierno y el abandono de parte de sus aliados, le forzaron a emprender una retirada que terminó en desastre: el 26 de octubre, Seyf cayó en una emboscada tendida por las tropas de Bardas Focas y buena parte de su ejército fue destruído o hecho prisionero. Inasequible al desaliento, el emir volvió a intentar la invasión al año siguiente, pero fue nuevamente derrotado.

En los años que siguieron, la guerra se desarrolló sobre todo en Cilicia y Mesopotamia, sonriendo la fortuna alternativamente a romanos y a musulmanes. Pero en 958 se produjo una importante inflexión al apoderarse Juan Zimiskés (el futuro emperador) de las ciudades de la Alta Mesopotamia e infligir una gran derrota a Seyf ad-Dawlah en el campo de batalla. La consecuencia más importante de esa derrota fue la formación del thema de Mesopotamia.

La estrella de Seyf comenzaba a declinar; en noviembre de 960, mientras regresaba con su ejército de una razzia en el thema de Carsianon (Anatolia central) en la que había obtenido un gran botín, el ejército del emir cayó nuevamente en una emboscada tendida por León Focas (hermano de Nicéforo) en los desfiladeros de los montes Tauro (Cilicia). Fue un desastre: la mayor parte del ejército de Seyf fue aniquilado y él mismo tuvo que huir a la carrera hasta Alepo. Pero lo peor no había llegado aún.

Tras cubrirse de gloria reconquistando Creta en 961, Nicéforo Focas fue despachado al año siguiente a Oriente con la misión de reconquistar Cilicia, el territorio del que partían la mayoría de las expediciones musulmanas contra Anatolia. Dicho y hecho, entre enero y febrero de 962 Nicéforo conquistó medio centenar de plazas fuertes y castillos. Poca resistencia podía ofrecer Seyf con las escasas fuerzas a su disposición y nada pudo impedir que Nicéforo se apoderase de la estratégica Anazarba y de otras poblaciones. A finales de diciembre de 962 la misma Alepo fue tomada tras un sitio de once días, aunque Nicéforo no pudo ocupar su ciudadela y terminó por retirarse, llevandose consigo multitud de prisioneros y un gran botín. En el viaje de regreso le llegó la noticia de la muerte del emperador Romano II (959-963); dejaba dos hijos, Basilio y Constantino, aún niños, y Nicéforo decidió no desaprovechar la oportunidad: contando con la colaboración de la emperatriz Teófano, y tras sortear la feroz oposición de sus enemigos, el ejército le proclamó emperador en julio de 963. Un mes después era coronado por el Patriarca en Santa Sofía y en septiembre se casaba con Teófano.

Seyf se aprovechó de los conflictos sucesorios en Constantinopla para reconstruir Alepo y recuperar algunas plazas, pero ya poco podía hacer para frenar la reconquista de Cilicia por los bizantinos: la ofensiva cristiana se reanudó en la primavera de 964, bajo la dirección personal de Nicéforo Focas, y concluyó en el verano de 965, con la caída de Tarso. Después de casi tres siglos, Cilicia volvía a ser "romana". Chipre cayó también pocos meses después.

Seyf ad-Dawlah Abu al-Hasan Ibn Hamdam murió en Alepo en febrero de 967, a los 52 años de edad. Había pasado toda su vida luchando contra el Imperio, pero al final sólo la muerte le evitó caer en las manos de sus enemigos. Nicéforo invadió la Siria septentrional al año siguiente, ocupó Emesa, incendió su mezquita, se apoderó de Cesarea del Líbano y puso sitio a Antioquía, ciudad en la que entró en octubre de 969. En diciembre, su sobrino Pedro hizo capitular Alepo, que quedó convertida en un reino vasallo de Constantinopla.

Desde ese momento, sólo los fatimíes de Egipto estaban en condiciones de hacer frente a Bizancio. Pero ni siquiera ellos pudieron impedir que el dominio bizantino se consolidase en el norte de Siria y que Juan Zimiskés, el sucesor de Nicéforo, se pasease a sus anchas por Mesopotamia (974), obligando al emir hamdanita de Mosúl a firmar un tratado por el que se reconocía vasallo del Imperio. Y tampoco pudieron evitar que, al año siguiente, este mismo emperador realizase una exitosa expedición a Palestina. Seguramente, sólo su temprana muerte impidió nuevos disgustos al mundo musulmán.

El último cuarto del siglo X contempló la rápida extinción de lo que quedaba de los dominios hamdanitas. En  979 los buyíes se hicieron con Mosúl, mientras que los fatimíes ponían los ojos en Siria meridional. Los dos últimos representantes de la dinastía hamdanita, Alí II y Sharif II, vieron como Alepo quedaba reducido nuevamente a la condición de estado vasallo, esta vez de los fatimíes, en 1002.
 

EL GOBIERNO DE SEYF AD-DAWLAH Y LA CULTURA ISLÁMICA DEL SIGLO X

Básicamente, Seyf ad-Dawlah era un soldado que encabezaba un régimen militar. En palabras de Robert Fossier:

«[...] el caso de los hamdaníes ilustra admirablemente las características del emirato: un poder exclusivamente militar que segrega sus propios órganos de gobierno, su propio visirato, per también un poder faccional, cuya supervivencia procede únicamente del "sentido de solidaridad" tribal y familiar [...]»

La vida de Seyf estuvo marcada principalmente por el enfrentamiento con Bizancio. La guerra estaba siempre presente, pero -sorprendentemente- ello no impidió que en la corte de Seyf floreciese la cultura. Como ya hemos comentado, Alí había recibido una esmerada educación que se tradujo más tarde en la protección y patronazgo que ofreció a destacados intelectuales musulmanes de la época. El más importante de todos fue Abu-I-Tayyib al-Mutanabbi, considerado como el más genial de los poetas árabes Residió en la corte hamdanita entre 948 y 957, y dedicó ese período a escribir floridos panegíricos en honor de su protector, Seyf ad-Dawlah. Aquí tenemos un ejemplo de los versos que le dedicaba:

Cuando hiciste alarde, tú mismo eras el esplendor de tus tropas;
tú mismo, que, al pasar a caballo, dejabas flotar el cabo de tu turbante.
Árabes, como sus linajes, eran sus banderas y sus blasones,
y sus arneses y sus armas...

Aquí tenemos otro ejemplo:

Ardía mi corazón por quien tiene un corazón helado
y, por su causa, mi cuerpo y mi estado eran los de un enfermo.
¿Qué he de hacer? ¿he de ocultar un cariño que debilita mi cuerpo
mientras las naciones pretenden amar a Seyf al-Dawlah?
si el amor nos unía por su misma fuerza,
ojalá que por el poder del amor nos conjuremos (contra todos).
Le visité, y las espadas indias estaban envainadas,
pero al mirarle, vi que chorreaban sangre.
El es la mejor de las criaturas todas de Dios
y el mejor de los mejores en un ataque.
Muere el enemigo al que tú persigues victorioso,
mientras escondes tu aflicción y tu misericordia...

Si os interesa, podéis leer el poema completo (traducido por la profesora Montserrrat Abumalham) en la siguiente dirección:

http://www.ull.es/congresos/conmirel/ABUMALHA.htm#N_10

 

© Hilario Gómez Saafigueroa, 2000
hgomez@inicia.es


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