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Caracas, martes 22 de septiembre, 1998
eco

The Moody's Mother


Alcides Villalba

Especial/El Universal

Caracas.- Al principio creí que la denuncia del doctor Petkoff sobre un supuesto forjamiento informativo no era una más de esas declaraciones distraccionistas, si se quiere normales, en quien siente el peso de la responsabilidad en la conducción de la política económica, pero resulta que las clasificadoras ya tienen el rabo largo en esto de desestabilizar gobiernos y países con sus consabidas evaluaciones.

Por supuesto que su trabajo aparece como más profesional y no conlleva la chocancia en el resentimiento que producen las llamadas certificaciones en materia de drogas pero, de 'alguna manera', (perdóname Ibsen por este pecado) ambos procesos se parecen, al menos en la arrogancia, y también en la alta subjetividad de quienes los adelantan.

En primer término, hay que subrayar que las clasificadoras de riesgo no son entidades tan independientes como suelen cacarear y en segundo término, hay que decir que en más de una ocasión han sido objetos de extremos escándalos en los centros financieros internacionales por sus inocultables vínculos con casas de corretaje cuyos intereses tienden a proteger, si es que no a favorecer.

Por otra parte, ellas han creado una matriz de opinión, aun en los altos niveles de gerencia financiera y, por supuesto, de allí para abajo en el resto de la percepción pública, de cómo sus clasificaciones o evaluaciones provienen de una serie de parámetros objetivos elaborados a partir de indicadores estadístico-contables del sistema financiero y de la gestión fiscal del Estado. Esto es una media verdad porque, si bien es cierto que tales evaluaciones intentan afincarse en parámetros cuantitativos, al final de la charada las expectativas de políticas monetarias, cambiarias o financieras, tienen que obtenerlas de su propia percepción del ambiente y ello es tan subjetivo como cualquier otro juicio en cualquier otra materia.

Pero lo que realmente es preocupante no es el grado de subjetividad de las opiniones de los clasificadores de riesgo, sino los vínculos que éstas crean con sus clientes naturales y hasta qué punto esos nexos pudieran ser utilizados para montar manipulaciones, no sólo contra el tipo de cambio de un país, sino también contra el valor internacional de los papeles de deuda pública o de valores privados de esa nacionalidad, que se coticen internacionalmente.

Hace ya varios años que hice despojo de mis paranoias estratégicas, pero creo que sería bien ingenuo pensar que los especuladores internacionales se chupan los dedos y que están dispuestos a seguir las reglas de caballería y fiducía, las cuales deberían prevalecer. De allí que no me parecería impertinente que el Gobierno intentara investigar, realmente, hasta qué punto existen vínculos entre los diversos agentes informativos, las clasificadoras de riesgo, y algunas casas de corretaje o particulares que pudieron haber participado en el desaguisado.

Alcides Villalba es economista



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