ANTONIO MACIAS LUNA

I

Incansable volaba el autobús.
Se explayaba mi vista sobre montes
en moribunda luz;
en la marea de onduladas cumbres,
mis ojos delineaban horizontes
encrespados de lumbres
que, en tembloroso juego,
ardían contra el brillo del ocaso
con impotente fuego.

Vuelta de espaldas súbito la vi,
sentada a pocos metros de distancia.
Su ademán era quieto
contra el celaje en tenue carmesí;
su actitud inspirábame respeto;
irradiaba elegancia
el tono de su pelo rubicundo.
¡Qué virginal belleza!
Sus anillos dorados,
desordenado mundo,
luchaban por huir de su cabeza;
sueltos y rítmicos enmadejados
de seda le caían por los hombros.

En la modorra insulsa
de mi cómodo asiento
ensoñé cómo, en volantín convulsa,
su cabellera combatía al viento.
Complacido pensé: "Melena de oro,
considerable tesoro
de hilos, distingue a la mujer hermosa".

En el rúbeo paisaje,
tras el cristal sepulta,
permanecía su mirada oculta,
fija en los árboles de oscuro anclaje.
Quedaban invisibles sus facciones,
veladas a la luz de mis sentidos,
que ansiaban ver sus atractivos dones,
prebenda de elegidos.

Pendiente de ella, labrantíos rojos
me reclamaban tras la ventanilla.
Iban, milla tras milla,
albergando mis ojos
éxtasis puro y muda admiración,
sin ver otro autocar ni otra estación.




II

Lo que intuí barbilla sin igual,
de improviso, giró hacia la derecha,
se tornó en pico de halcón que acecha.
Vi el rostro dueño del feliz cendal;
lucía una frente abovedada, en arco,
como la proa de un barco,
que nace, en curva, de invertida quilla.
Vi el soñado semblante de la diosa;
sus labios de morcilla
preguntaron con voz estropajosa,
bajo picudo narigón de urraca:
--¿Sabe si está lejos
San Blas de Castillejos?
"¿Es posible, Señor? ¡Mi asombro aplaca!"
Humos negros cruzaron por mi mente,
se unieron al paisaje.
Yo le repuse distraídamente
y me centré en el viaje.