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Juntamente
con el, invaden el palacio y arrojan sus teas incendiarias hasta los techos
el corpulento Perfante y Automedonte, escudero y auriga de Aquiles, y toda la
juventud esciria.
A su frente, Pirro, blandiendo un hacha de dos filos, hace pedazos los duros
dinteles, arranca de sus quicios las ferradas puertas, y rajando los robustos
robles y haciendolos astillas abre una anchisima brecha.
Aparecen entonces el interior del palacio y sus dilatadas galerias; aparece
la morada de Priamo y de nuestros antiguos reyes, y se ve en el recien abierto
portillo gente armada. |
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Entre
tanto en el interior del palacio todo es tumulto y miserables lamentos; resuenan
las bovedas con llorosos alaridos de mujeres, que llegan hasta las aureas estrellas.
Despavoridas las madres, vagan por las espaciosas estancias, se abrazan a las
puertas y estampan en ellas sus labios.
Con su heredado brio arremete Pirro; ni barreras ni las guardias mismas bastan
a atajarle el paso; titubean las puertas al continuo empuje del arieta y caen
arrancadas de sus goznes. |
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La
fuerza se abre camino, no hay entrada que no se rompa; los griegos invasores
acuchillan a los primeros que se les ponen delante y ocupan con su gente todo
el palacio; no con tal violencia, cuando se desborda, rotos los diques, espumoso
rio, y cubre con sus raudales los opuestos collados, se derrama furioso y
soberbio en su crecida por los campos, arrastrando en sus olas los ganados
con sus rediles.
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Alrededor
de los altares morían mis hermanos,
y en los aposentos destinados al sueño, y en el
silencio de la noche, nos arrebataban nuestros esposos,
y nos vencía la Grecia, madre de jóvenes guerreros...
Las
Troyanas, Euripides
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