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Dicho
esto, me cubro los anchos hombros y el cuello con la piel de un rojo leon, y
me bajo para cargar con mi padre; el pequeño Iulo ase mi diestra y sigue
a su padre con desiguales pasos; detras viene mi esposa.
Asi cruzamos las oscuras calles, y a mi, que poco antes arrostraba impavido
los dardos de los griegos y sus apiñadas huestes, me espanta ahora el
menor soplo del viento; cualquier ruido me hace estremecer; apenas acierto a
respirar, temblando igualmente por los que van conmigo y por la carga que llevo
sobre mis hombros. |
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Proximo
ya a la puerta, y cuando me figuraba haber salvado todos los peligros, pareciome
oir un ruido como de muchas pisadas; entonces mi padre, tendiendo la vista por
las sombras: "¡Huye", exclama, "huye, hijo mio! por alli
se acercan; ya diviso los relucientes broqueles, ya veo centellear las espadas".
En esto, no se cual numen adverso ofusco mi confusa razon, dejandome sin sentido;
porque mientras corro de aqui para alli sin direccion fija por sitios extraviados,
ya fuese que me arrebatasen los hados, ya por haber perdido el camino, ya rendida
del cansancio, mi Creusa ¡ay! mi infeliz esposa se nos quedo atras, y
desde entonces no le he vuelto a ver; ni siquiera adverti su perdida ni reflexione
en ella hasta que llegamos al cerro y al sagrado templo de Ceres; reunidos alli
todos, en fin, la echamos de menos; ella sola faltaba a sus compañeros
de fuga, a su hijo, a su esposo.
Fuera de mi, ¿a cual de los dioses o de los hombres no acuse entonces?
¿cual trance mas cruel habia visto en la asolada ciudad?
Confio a mis compañeros la custodia de Ascanio, de mi padre Anquises
y de los penates teucros, a quienes dejo escondidos en lo mas hondo del valle,
y ciñendo mis fulgentes armas, vuelvo a la ciudad, decidido a correr
de nuevo todos los azares, a recorrer toda Troya y a ofrecer segunda vez mi
cabeza a todos los peligros. |
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Vuelvo
primeramente a las murallas y a los oscuros umbrales de la puerta por donde
habiamos salido, y siguiendo a la escasa claridad de la noche las huellas
de nuestras pisadas, registro todos los contornos.
Todo es horror, un silencio universal aterra el corazon.
De alli me dirijo a nuestra morada, por si acaso (¿quien sabe?) ha
dirigido alli su planta.
Los griegos la habian asaltado y la ocupaban toda entera; un voraz incendio,
atizado por el viento, la envolvia hasta los tejados, coronados por las llamas,
que furiosas se alzaban al firmamento.
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Adiós, pues, ciudad feliz en otro tiempo. Si no te hubiera derrotado
Atenea, aún subsistirías en tus cimientos...
Las
Troyanas, Euripides
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