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CORO
1:
¡Infelices troyanas! Vengan y sabrán los trabajos
que les esperan: los argivos se preparan a navegar.
HÉCUBA:
¿Ay de ti, mísera Troya! ¡Pereciste con los desdichados
que te abandonan, vivos y muertos!
CORO
2:
Temblando oiré de tus labios, ¡oh reina!, si los argivos
me han condenado a muerte o los marineros se
aprestan a agitar en la popa los remos. ¿Ha venido
algún heraldo de los griegos? ¿Quién será el dueño
de esta mísera esclava?
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HÉCUBA:
¿A quién serviré yo, infeliz anciana, después de
disfrutar
en Troya de los mas altos honores?
CORO:
¿Qué lamentos bastarán para deplorar tu indigna
suerte? Por última vez saludo los cuerpos de mis
hijos, por última vez; más graves será mis trabajos
en el lecho de los griegos. (Maldita noche, funesto
destino).
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TALTIBIO:
Te acordarás, ¡oh Hécuba! de haberme visto en
Troya en distintas ocasiones de heraldo del ejército
aqueo; yo, Taltibio, vengo a anunciarte una ley sancionada
por todos los griegos: ya han sido sorteadas,
si tal es la causa de vuestros temores. Cada cual
ha tocado a distinto dueño; una sola suerte no ha
decidido a la vez de todas.
HÉCUBA:
¿Y a quién servirá cada una? ¿Quién será
el dueño
de mi hija? Di, ¿quién será el dueño de la mísera
Casandra?
TALTIBIO:
La eligió para sí el rey Agamenón.
HÉCUBA:
¿Para ser esclava de su esposa?
TALTIBIO:
No; ocultamente lo acompañará en su lecho. |
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