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HÉCUBA:
No te cuides, ¡oh, hija! de la muerte de Héctor, que
no le devolverán la vida tus lágrimas; respeta ahora
a tu señor, y sedúcelo con los dulces atractivos de tu
cariñoso trato. Y si lo hicieres, llenarás de alegrías
a
tus amigos, y podrás educar a tu hijo que fue del
mío, última esperanza de Troya, para que tus des-cendientes
reedifiquen Ilión y vuelva a existir nues-tra
ciudad.
TALTIBIO:
Tú que fuiste en otro tiempo esposa de Héctor, el
más esforzado de los frigios, no me aborrezcas, que
contra mi voluntad vengo a anunciarte los públicos
decretos.
ANDRÓMACA:
¿Qué sucede? Tus palabras me anuncian nuevos
males.
HÉCUBA:
Han decretado que al niño... tu hijo... ¿cómo decirlo?
ANDRÓMACA:
¿Que no sea el mismo su dueño y el mío?
TALTIBIO:
No será esclavo de ningún griego.
ANDRÓMACA:
¿Dejan aquí al único frigio que sobrevive?
TALTIBIO:
No sé como dulcificar la pena que voy a causarte.
ANDRÓMACA:
Alabo tu temor, a no ser que me participes faustas
nuevas. |
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TALTIBIO:
Matarán a tu hijo; tal es la terrible desdicha que te
amenaza.
ANDRÓMACA:
¡Ay de mí! ¡Cuanto peor es esto que un matrimonio!
TALTIBIO:
El parecer de Ulises triunfó en la asamblea de los
griegos, sosteniendo que no debía vivir el hijo de
tan esforzado guerrero. Será arrojado de las altas
torres de Troya. No creas que, siendo impotente
para oponerte a sus órdenes, conseguirás nada; nadie
te socorrerá. Recuerda que pereció tu ciudad y tu
esposo, que tú eres esclava y nosotros bastante
fuertes para dominar a una sola mujer. Porque si tus
palabras excitan el furor del general, ni tu hijo será
sepultado, ni podrás llorarlo; pero si callas y te resignas,
no quedará insepulto su cadáver y los griegos
serán contigo más complacientes.
ANDRÓMACA:
¡Oh hijo de mis entrañas, oh hijo muy querido, morirás
por mano de tus enemigos, abandonando a tu
mísera madre! La nobleza de tu padre, fuente de
salvación para otros, es causa de tu muerte, y su
valor te es funesto. ¡Oh griegos, autores de bárbaros
males!, ¿Por qué matar a mi niño inocente? Sea
pues, llévenlo, precipítenlo, si quieren; devoren sus
carnes; mátannos los dioses, y no podremos librar a
mi hijo de la muerte. Oculten mi cuerpo miserable y
llévenme a la nave. ¡Feliz matrimonio el mío, perdiendo
antes a mi hijo!
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