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¡Mísera
Troya: por una mujer, por odiosas nupcias
murieron innumerables guerreros!
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MENELAO:
Sol, que difundes la hermosa luz en este día en que
recuperaré a mi esposa Helena; yo soy ese Menelao
que sufrió infinitos males. Vine a Troya, no tanto,
según piensan, por mi esposa, cuanto por vengarme
del hombre que, engañando a los que le daban hos-pitalidad,
robó a Helena de mi palacio. Pero con el
favor de los dioses pagó su delito, y él y su patria
cayeron al empuje de las armas griegas. Yo he resuelto
no sacrificar a Helena en Troya, sino conducirla
a la Hélade en mi nave para darle allí muerte y
vengar a los amigos que han perecido en esta guerra.
HÉCUBA:
Te alabaré, Menelao, si matas a tu esposa. Pero cuida
al verla, que el amor no te ciegue, que sus ojos
deslumbran los ojos de los mortales, que sus ojos
derriban las ciudades e incendia los palacios. ¡Tales
son sus atractivos! Yo la conozco bien, y tú y los
que sufrieron tantas desdichas deben también conocerla. |
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HELENA:
¡Oh Menelao! A la fuerza me arrastraron hasta aquí
tus siervos.
MENELAO:
Todo el ejército te odia y te pone en mis manos,
para que yo te quite la vida.
HELENA:
¿Puedo yo responderte que, si muero, será injustamente?
MENELAO:
No vengo a disputar contigo, sino a matarte.
HÉCUBA:
Óyela, Menelao, para que no muera sin defensa, y
nosotras, si lo permites, le replicaremos: tú ignoras
las faltas que cometió en Troya, y todas juntas serán
bastantes para perderla y condenarla a muerte sin
demora.
MENELAO:
Si quiere hablar, que hable. Sepa, sin embargo, que a
tu intercesión lo debe, no a sus méritos.
HELENA:
Responderé anticipadamente a tu acusación, oponiendo
mis cargos a los tuyos. Lo que contribuyó a
la dicha de la Grecia fue fatal para mí: me perdió mi
belleza y me acusan de infame, cuando debía ceñir
mis sienes una corona. Dirás que ni siquiera he aludido
a la huida de tu palacio. Vino protegido por
Afrodita (deidad no despreciable) mi mal genio: Paris,
el cual tú, el mas descuidado de los hombres,
dejaste conmigo en tu palacio mientras navegabas
de Esparta a Creta y me raptó a la fuerza. Me acusarás,
también, porque después de muerto Paris y de
descender al seno oscuro de la tierra, hubiera yo
debido, no ligándome a mi lecho ninguna ley divina,
dejar estos palacios y encaminarme hacia Argos. En
efecto, intenté hacerlo; testigos son los centinelas de
las torres y los espías de los muros, que muchas ve-ces
me sorprendieron en las fortificaciones descol-gándome
con cuerdas. ¿Cómo, pues, Menelao,
moriré justamente, y sobre todo por tu mano, ya
que esta belleza mía, en vez darme la palma de la
victoria, me ha condenado a dura esclavitud? |
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CORO:
Defiende, reina, a tus hijos y a tu patria, refutando
sus elocuentes palabras; habla bien, a pesar de sus
maldades, don en verdad amargo.
HÉCUBA:
Fue mi hijo de notabilísima hermosura, y tú, al verle,
la verdadera Afrodita. A todas sus locuras llaman
Afrodita los mortales, y el nombre de esta diosa tiene
en ellas sus raíz, y tú, al admirarlo con sus lujosas
galas y vestido de oro resplandeciente, sentiste arder
en tu pecho el fuego de la lujuria. Pocas riquezas
poseías en Argos, y al dejar Esparta esperabas que la
opulenta ciudad de los frigios soportaría tus excesos,
no satisfaciendo tus placeres en el palacio de
Menelao. ¡Te atreves a decir que mi hijo te robó a la
fuerza! ¡Qué espartano podrá asegurarlo! Sólo te
cuidas de la fortuna, sólo a ella sigues, no a la virtud.
¿Y añades que quisiste descolgarte con cuerdas des-de las torres,
indicando quizá que permanecías en
ella contra tu voluntad? ¿Cuándo te sorprendieron
preparando fatales lazos? Hubiéralo hecho mujer
noble, sensible a la pérdida de su anterior esposo.
Yo, incluso, te aconsejé así muchas veces: "Vete,
mis hijos contraerán matrimonio con otras, yo te
llevaré a las naves griegas, y te ayudaré en tu oculta
huida; pon término a la guerra entre griegos y tro-yanos".
Pero esto te desagradaba, y a pesar de todo,
sales tan galana y contemplas junto a tu marido el
mismo cielo, cuando debías aparecer humilde y de-saliñada en tu
traje, temblando de horror, con la
cabeza afeitada y fingiendo modestia en vez de im-prudencia, en expiación
de tus anteriores faltas.
¡Oh, Menelao! no es otro mi objeto sino que honres
a la Grecia dándole merecida muerte, como corres-ponde a tu dignidad. |
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CORO:
¡Oh, Menelao! Acuérdate de tus nobles abuelos y de
tu linaje. ¡Castiga a Helena!
MENELAO:
Creo, como tú, que esta huyó voluntariamente de
mi palacio y que sólo invoca a Afrodita para coho-nestar su delito. Anda,
ve a buscar a los que han de
apedrearte, y que tu pronta muerte expíe los pro-longados padecimientos
de los griegos, para que
aprendas a no deshonrarme.
HELENA:
¡Oh, no; de rodillas te ruego que no me mates, imputándome un crimen,
obra de los dioses! ¡Perdóname!
HÉCUBA:
No te olvides de los aliados, que por Helena murieron:
por ellos y por mis hijos te lo pido.
MENELAO:
Déjame, anciana; Helena sólo merece mi desprecio.
Que mis servidores la arrastren a las naves para ser
llevada a Grecia.
HÉCUBA:
Que no vaya en la tuya.
MENELAO:
¿Por que, pues? ¿Pesa ahora más que antes?
HÉCUBA:
No hay enamorado que no ame siempre, piense
como quiera la mujer amada.
MENELAO:
Se hará lo que deseas: no entrará en la nave que yo
vaya, que no es despreciable tu consejo. Cuando
llegue a Argos morirá indignamente como merece. |
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