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Los
troyanos, animados con alegres cánticos, se precipitaron ciegos
al abismo que había de perderlos, pensando que
era un presente grato a la virgen inmortal que desconoce
el matrimonio; ciñéronlo con lazos de retorcido
lino, como si fuese el negro casco de una nave,
y arrastrándolo se encaminaron hacia la morada de
Atenea funesta enemiga de mi patria. Apenas había
terminado esta fiesta nos envolvieron las tinieblas
de la noche, y en toda ella no dejaron de oírse la
flauta y los alegres cánticos al compás de las danzas.
Yo, entonces, formando coros celebraba en mi albergue a la virgen que habita
en los montes.
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