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EL MARCO TEÓRICO DE LA INVESTIGACIÓN DE LAS HABLAS EXTREMEÑAS

(Continuación)

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(Cartografía lingüística de Extremadura. Origen y distribución del léxico extremeño, vol. I, págs. 8-41)

 

Hispanoamérica no ha permanecido ajena a los espectaculares avances de la geografía lingüística, aunque teniendo en cuenta la vastedad del territorio y el número de estudios cartográficos terminados, se siente cierto desequilibrio del que resulta la insuficiencia en el conocimiento de las áreas. A la tardía llegada del método de los atlas lingüísticos a tierras del nuevo mundo (hasta 1948 no se publicó el primero), hay que unir el período de más de 30 años salpicado de noticias sobre proyectos que no han llegado a materializarse. No obstante, en los últimos veinte años el panorama ha cambiado sustancialmente y la geografía lingüística ha tomado nuevos rumbos que van permitiendo, poco a poco, conocer el complejo dialectal de las hablas americanas (56).

El Atlas Lingüístico de Puerto Rico es el estudio pionero de tipo cartográfico en Hispanoamérica (57). Tomás Navarro Tomás recogió en esta pequeña isla, con un cuestionario de 445 preguntas, los fenómenos fonéticos, morfológicos, sintácticos y léxicos de 43 localidades, expuestos en 73 mapas.

El Atlas Lingüístico-Etnográfico de Colombia (ALEC), dirigido por Luis Flórez; el polimórfico Atlas Lingüístico de México (ALM), de Lope Blanch; el Atlas Lingüístico-Etnográfico del Sur de Chile (ALESUCH), de Guillermo Araya; y la Muestra cartográfica y glosario léxico del Salitre (ALENOCH), de Ángel Araya, son, hasta el momento, los documentos publicados que atienden, de forma nacional o regional, a la distribución lingüística hispanoamericana desde el punto de vista geográfico (58).

En cuanto al proyecto de un Atlas lingüístico de Hispanoamérica, presente en la mente de los investigadores desde que Navarro Tomás publicó su posible cuestionario en 1943 (59), hoy se puede decir que es una realidad: las encuestas están totalmente acabadas en unos territorios y muy avanzadas en el resto. La cuarta etapa de la geografía lingüística -tal como la ha definido Manuel Alvar- comienza a dar frutos: en Europa, el Atlas Linguarum Europae, al que España ha contribuido con 250 puntos; en América, este macroatlas del español, la empresa más abarcadora de cuantas se han proyectado en el marco de la geografía lingüística.

El Atlas de Hispanoamérica supondrá el esclarecimiento definitivo de las áreas lingüísticas del continente y abrirá caminos insospechados a la investigación dialectal. En palabras de Manuel Alvar, la realización de la empresa significará:

1. Caracterizar la vinculación peninsular de las zonas que suelen establecerse para el estudio del español de América.
2. Establecer los resultados lingüísticos de la hispanización.
3. Determinar la función ejercida por el castellano al transmitir el léxico amerindio por zonas imprevistas.
4. Establecer la estructura sincrónica que el español tiene en cada país.
5. Conocer la persistencia y vitalidad de los indigenismos.
6. Colaborar para la formación de la koiné del mundo hispánico.
7. Iluminar con nueva luz las tesis del
                    a) Andalucismo del español de América.
                    b) Español de América y latín vulgar.
                    c) Carácter vulgar o no, rural o no, del español americano.
                    d) Proceso nivelador de la lengua sobre las variedades regionales. (60)

En el mundo no románico, los resultados de la geografía lingüística son muy desiguales. Hay atlas repartidos por todo el mundo, pero en ningún lugar han tenido la proyección que se ha dado en los países románicos. En Estados Unidos la finalización del atlas lleva esperando desde que se emprendió en 1930 (61), y no creemos que el problema sea -como quieren Chambers y Trudgill- la falta de atracción de los jóvenes hacia esta disciplina (62), sino, más bien, la falta de motivación ejercida desde instancias superiores.

De todas formas, ahí están los atlas de Inglaterra, Polonia, Siria y Rusia, por poner unos cuantos ejemplos representativos de diversas realidades, que dan fe del desarrollo y atención prestada a la cartografía lingüística (63).

LA INTERPRETACIÓN DE LOS DATOS CARTOGRAFIADOS.

Los atlas lingüísticos se han definido tradicionalmente como colecciones cartográficas de material lingüístico (64), definición que, si bien es válida desde el punto de vista formal, resulta insatisfactoria para valorar objetivamente el verdadero motivo por el que los atlas tienen razón de ser. Porque, antes de nada, el atlas es un instrumento de investigación; de poco servirían esas colecciones ingentes de datos si después no se estudia su distribución y no se profundiza en el conocimiento de las variedades determinadas en los mapas.

El Atlas lingüístico es un instrumento de investigación que presenta una serie de materiales lingüísticos cartografiados, que posteriormente se elaborarán según la naturaleza del trabajo (65).

Sin embargo, al tratar estos materiales en estudios posteriores hay que tener especial cuidado, ya que el método de la geografía lingüística presenta un buen número de imprecisiones que es necesario no pasar por alto.

Las limitaciones del atlas están motivadas, fundamentalmente, por el método de recolección de los datos, pero son el justo precio que hay que pagar a cambio de conseguir una visión de conjunto de las hablas sobre las que se proyecta la investigación. Los dialectólogos han sido conscientes siempre de esta realidad y no por ello se ha dejado de aplicar la metodología ni se ha dudado de su eficacia. Veamos algunas opiniones a este respecto:

Le but d´un atlas linguistique n´est pas de renseigner sur tous les détails de la répartition des phénomènes linguistiques; il ne veut en donner qu´une esquisse, laissant à des enquêtes particulières (...) le soin de remplir les lacunes (K. Jaberg, «Reseña al ALC de Griera», Romania, L, 1924, p. 288).

Los mapas, como ya lo señalaba el mismo Gilliéron, no reflejan todo el hablar correspondiente a una lengua. Y esto, no sólo por el contacto algo artificial que se establece entre hablante e investigador por medio de un cuestionario fijado de antemano, ni sólo por las inevitables limitaciones materiales (sería imposible investigar todos los puntos de un territorio y a todos los hablantes en cada punto y ningún cuestionario puede ser jamás 'completo'), sino también porque se investiga sólo un determinado momento histórico y, en cada caso, sólo un determinado momento de hablar (Coseriu: «La geografía lingüística», op. cit., pp. 155-156).

Pero no debemos caer en un falso espejismo: un Atlas no es una panacea universal. Es, simplemente, un espléndido instrumento de trabajo; no hay que pedirle lo que no puede dar. El Atlas es una obra limitada: investiga -sólo- unos cuantos puntos y pregunta -sólo- unas cuantas cuestiones. El director de la obra elige los lugares que se van a investigar y, previamente, ordena el cuestionario común que estima más conveniente. A pesar de estas limitaciones, los frutos son generosos (M. Alvar: «Proyecto del Atlas Lingüístico y Etnográfico de las Islas Canarias», RFE, XLVI, 1963, p. 324).

Los atlas lingüísticos presentan una serie de ventajas y permiten el estudio de determinados hechos que, de otra manera, serían imposibles de establecer.

En primer lugar, y por encima de todo, «el atlas permite comprobar la existencia misma de una forma, hecho que se considera particularmente importante si se trata de la persistencia de una forma antigua, sustituida por formas más recientes en la mayoría de los hablares investigados» (66). Pero este inventario de formas no es exclusivo de los atlas lingüísticos: también forma parte de los trabajos monográficos y de los glosarios dialectales, aunque sólo en los mapas se descubren las relaciones que manifiestan las distintas formas entre sí, aplicadas al mismo concepto, o si una misma forma convive al lado de otras más antiguas (innovadora) o de otras más modernas (conservadora).

La fijación de isoglosas -sobre todo fonéticas- y áreas -particularmente léxicas- constituye un objeto primordial en la confección de los atlas lingüísticos, por eso los estudios monográficos deben realizarse después, y no antes, -o, por lo menos, no necesariamente antees- que la investigación geolingüística. Sólo cuando tengamos una visión de conjunto de las hablas que conforman el mosaico dialectal de una región, estaremos en condiciones óptimas de proceder al estudio minucioso de localidades concretas. Además, contar con un atlas en una comarca determinada, en el momento de recoger los datos monográficos, proporciona materiales que pueden ser puestos en relación con los que nos presenta el estudio (67).

La experiencia extremeña nos enseña que las monografías -en la mayoría de los casos- no sirven ni siquiera para perfilar un cuestionario, porque son estudios sin conexión, cada uno aborda un problema distinto y se limitan a una recogida sesgada de material lexicográfico, difícil de documentar en otros lugares. La falta de rigor científico y metodológico no hace sino entorpecer el camino de la investigación.

Otra ventaja que presenta el atlas es el estudio de las palabras en relación con los objetos a los que representan. El atlas no es sólo un instrumento de investigación lingüística, sino que se combina con los aspectos materiales (sobre todo los tradicionales) para arrojar luz sobre determinados conceptos y sobre los cambios que se han producido en las palabras motivados por los cambios en los objetos. De hecho, todos los atlas regionales proyectados y publicados en España -a excepción del ALBI- llevan el apellido de etnográficos, lo que demuestra la importancia que se concede a este asunto.

Las formas recogidas en los mapas permiten, además, obtener resultados, con su estudio, en otros campos de investigación distintos (68). Es lugar común en los manuales de geografía lingüística hacer referencia a los principios esenciales de la doctrina de Gilliéron, basados fundamentalmente en sus trabajos sobre los mapas del ALF dedicados a la abeja y al gallo (69), principios que no son sino resultado de las ventajas que proporciona el atlas de claridad y abundante acopio de material estructurado: patología y terapéutica lingüísticas (homonimia, etimología popular, mutilados fonéticos, sustitutos léxicos, etc.) y estratigrafía lingüística (la presencia esporádica de ciertas formas antiguas puede constituir un estrato anterior en la evolución del idioma) (70). Para Pilar García Moutón «los mapas señalan el avance o el retroceso de las palabras, las fórmulas de compromiso a las que lleva la convivencia y ofrecen la posibilidad de aventurar previsiones, al tiempo que informan sobre los caminos de adopción o rechazo de préstamos» (71).

Los atlas también han contribuido a fortalecer el principio de las normas areales, desarrollada a partir de la teoría de Bartoli sobre lingüística espacial (72). Este autor distingue cinco normas que establecen las relaciones cronológicas entre las palabras: del área aislada (que conserva una fase anterior por estar menos expuesta a las comunicaciones), de las áreas laterales (que presenta una fase más antigua que las áreas intermedias), del área mayor (que conserva una fase anterior a causa de su gran extensión), del área posterior (que conserva una fase anterior por ser de tardía colonización) y norma de la fase desaparecida (que suele ser la más antigua) (73).

Todos los atlas lingüísticos, tarde o temprano, se convierten en valiosísimos documentos para el estudio de la historia de la lengua. Si las formas recogidas en los mapas nos muestran un estado concreto de la evolución (el momento de la recolección), con el paso del tiempo, al revisar esos materiales mediante nuevas encuestas, se pueden descubrir los cambios que se han producido en ellos, a la vez que se podrán determinar las causas que los han favorecido.

En resumen, la geografía lingüística es el método más adecuado para estudiar grandes zonas dialectales, porque permite reunir una cantidad de materiales que, de otra forma, sería imposible obtener, al menos en su dimensión de homogeneidad y claridad (74).

 

NOTAS

56 Véase H. Thun, «Atlanti Linguistici dell´America Latina», en G. Ruffino (ed.), op. cit., pp. 231-273.

57 T. Navarro Tomás, El español en Puerto Rico, contribución a la geografía lingüística hispanoamericana, Río Pedras PR, Universidad de Puerto Rico, 1948.

58 L. Flórez, Atlas Lingüístico-Etnográfico de Colombia, 6 vols., Bogotá, 1981-1983.

J. M. Lope Blanch, Atlas Lingüístico de México, 3 vols., México, El Colegio de México y Fondo de Cultura Económica, 1990.

G. Araya, C. Wagner, C. Contreras y M. Bernales, Atlas Lingüístico-Etnográfico del Sur de Chile, vol. I, Valdivia, Instituto de Filología, 1973.

A. Araya, ALENOCH. Muestra cartográfica y glosario léxico del salitre, Antofagasta, Universidad del Norte, 1982.

59 T. Navarro Tomás, Cuestionario lingüístico hispano-americano, Reed., Buenos Aires, Instituto de Filología, 1945.

60 M. Alvar, «Proyecto de un atlas lingüístico de Hispanoamerica», Cuadernos Hispanoamericanos, 409, 1984, pp. 43-68.

61 Se han publicado dos atlas regionales que se encuadrarían dentro del Atlas de Estados Unidos y Canadá. Nos referimos a las obras de H. Kurath et al., The Linguistic Atlas of New England, 3 vols., Providence, Rhode Island, Brown University, 1939; y H. B. Allen, The Linguistic Atlas of the Upper Midwest, 3 vols., University of Minnesota Press, 1973-1976.

62 J. K. Chambers y P. Trudgill, La Dialectología, Madrid, Visor Libros, 1994, p. 43.

63 H. Orton, S. Sanderson, J. Widdowson (eds.), The Linguistic Atlas of England, Croom Helm, 1978.

M. Malecki, K. Nitsch, Atlas jezykowy Polskiego Podkarpacia, 2 vols., Krakôw, Nakladem Polskiej Akademij umiejetnosci, 1934.

G. Bergsträsser, «Sprachatlas von Syrien und Palästina», en Zeitschrift des deutschen Palästina-Vereins, XXXVIII, Helf 3, 1915, pp. 169-222.

R. I. Avanesov, Atlas russkij narodnij govorov tsentral´nij oblastei k vostoku ot Moskvi, Moskvi, 1957.

64 E. Coseriu, «La geografía lingüística», en El hombre y su lenguaje, Madrid, Gredos, 1985, p. 112; F. Gimeno Menéndez, op. cit., p. 81.

65 Según Pilar García Moutón, «los mapas proporcionarán materiales 'en bruto', que luego podrán elaborarse según lo que se busque en ellos» («El estudio del léxico en los mapas lingüísticos», en F. Moreno Fernández (recop.), Estudios sobre variación lingüística, Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá, 1990, p. 29).

66 E. Coseriu, op. cit., p. 128.

67 El punto de vista contrario es defendido, entre otros, por R. I. Avanesov y J. J. Montes Giraldo (véase J. J. Montes Giraldo, Dialectología y geografía lingüística, Bogotá, ICC, 1970, p. 82).

68 Véase B. E. Vidos, Manual de lingüística románica, Madrid, Aguilar, 1973, pp. 42-85.

69 J. Gilliéron, Étude de géographie linguistique: Pathologie et thérapeutique verbales, 3 vols., Neuveville-Paris, 1915-1921.

J. Gilliéron et M. Roques, «Études de géographie linguistique (Plumer = peler. Mirages phonétiques)», Revue de philologie française et de la litteratura, XXI, 1907, pp. 107-149.

J. Gilliéron, Généalogie des mots qui désignent l´abeille d´après l´Atlas linguistique de la France, Paris, 1918.

70 Véase J. Jud, «Probleme der altromanischen Wort-geographie», ZrPh, XXXVIII, 1917, pp. 1-75.

71 P. García Moutón, «El estudio del léxico en los atlas lingüísticos», op. cit., p. 40.

72 M. Bartoli, Introduzione alla Neolinguistica, Ginebra, 1925. Ídem, Saggi di linguistica spaziale, Bond, 1945.

73 Para una revisión crítica de la lingüística espacial, véase E. Coseriu, op. cit., pp. 147-153.

74 Según Gregorio Salvador, «la geografía lingüística ofrece mayor posibilidad que ninguna otra rama del estudio de la lengua en orden a la comparación de lenguas funcionales en número muy amplio, y brinda así un excelente campo de observación a la semántica estructural» (G. Salvador, «Estructuralismo lingüístico e investigación dialectal», en Estudios dialectológicos, Madrid, Paraninfo, 1987, p. 29).

Según Eugenio Coseriu, «el único método enteramente adecuado para la dialectología es la geografía lingüística, que encara directa e inmediatamente la variedad idiomática» (E. Coseriu, «Los conceptos de 'dialecto', 'nivel' y 'estilo de lengua' y el sentido propio de la dialectología», LEA, III/1, 1981, pp. 18-19).

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