Hombre perfecto

 

CAPÍTULO II
 LA FAMOSA “LISTA”

  (Tokyo, Japón)

 Todos los viernes, Akane y tres amigas de la Corporación Mayol, dónde trabajaban, se reunían después del trabajo en el Nekohanten, un bar restaurante de la zona, para tomar una copa de vino, comer un plato de ramen y charlar cosas de chicas. Después de pasarse la semana trabajando en un ambiente dominado por hombres, necesitaban de verdad aquella conversación entre mujeres.

La Corporación Mayol era una empresa que contenía un lote de arquitectos e ingenieros que se encargaban de elaborar los planos y construir los edificios más importantes del lugar; y los planos eran todavía un terreno masculino en gran medida. Además la empresa era bastante grande, lo cual quería decir general era un poco raro, con aquella mezcla, en ocasiones incómoda, de hombres de gran mundo que se creen que lo tienen todo bajo su control por ser tan intelectuales y las habituales mujeres de oficina. Si ella hubiese sido alguna de esos grandes arquitectos, nadie habría notado su retraso en la mañana. Por desgracia, ella era la encargada del departamento de nóminas, y su inmediato superior era un auténtico fanático de la puntualidad. Así que, como tenía que compensar el tiempo que había trabajado de menos aquélla mañana, llegó casi con 15 minutos de retraso al Nekohanten, pero las otras tres amigas ya habían ocupado una mesa. El local se estaba llenando, tal como sucedía siempre las noches de fines de semana, y a Akane no le gustaba esperar en la barra a tener mesa, ni siquiera cuando estaba de buen humor, lo cual no era ahora el caso.

 –Menudo día –dijo al tiempo que se dejaba caer en la cuarta silla que estaba desocupada; y mientras daba gracias por ser viernes. Había sido un asco de día, pero era el último, por lo menos hasta el Lunes siguiente.

 –Dímelo a mí –murmuró  Kodachi mientras apagaba un cigarrillo y se apresuraba a encender otro–. Últimamente Taro está insoportable. ¿Es posible que los hombres sufran de síndrome premenstrual?

 –Ellos no lo necesitan –dijo Akane, pensando en el tipejo que tenía como vecino... un tipejo policía–. Nacen envenenados por la testosterona.

 –Oh, ¿es eso lo que les pasa? –Kodachi puso los ojos en blanco–. Yo creía que era por la Luna llena o algo así. Nunca se sabe. Hoy Gosonkugi me ha tocado.

 –¿Gosonkugi? –gritaron las otras tres al unísono, atónitas, atrayendo la atención de todos los que las rodeaban. Rompieron a reír, pues de todos los posibles acosadores, aquél era el menos probable.

Hikaru Gosonkugi, de veintitrés años, era la definición personificada del tipo insignificante y distraído. Era un individuo alto y desgarbado, y se movía con la gracia de una cigüeña borracha. Tenía  su manzana de Adán tan prominente en medio de aquél cuello flaco, que daba la sensación de que se hubiera tragado un limón y se le hubiera quedado atascado para siempre en la garganta. Su cabellera no conocía el cepillo. Pero era un genio absoluto en cuanto al trazado de planos se trataba, y de hecho les caía bien a todas ellas, de una forma protectora.  Era tímido, torpe y totalmente despistado. En la oficina se rumoraba que él había oído decir que existían dos clases de sexo diferentes, pero no estaba comprobado eso del rumor. Gosonkugi era la última persona de la que alguien sospecharía que tocara a nadie.

 –No me lo creo –dijo Shampoo.

 –Te lo estás inventando –acusó Ukyo.

 Kodachi rió.

 –Juro por dios que es verdad. Lo único que hice fue cruzarme con él en el pasillo. Lo siguiente que recuerdo es que me agarro con las dos manos y se quedó allí sin más, sosteniéndome el trasero como si fuera una pelota de baloncesto y estuviera a punto de ponerse a hacer una canasta.

 Aquella imagen mental las hizo reír a todas de nuevo.

 –¿Y qué hiciste? –preguntó Akane.

 –Pues nada –admitió Kodachi–. El problema es que Konatsu estaba mirando, el muy cabrón.

 Todas gimieron. A  Kunoichi Konatsu le gustaba mucho meterse con quienes él consideraba que eran sus subordinados, y el pobre de Gosonkugi era su blanco favorito.

 –¿Qué iba a hacer? –preguntó Kodachi, sacudiendo la cabeza en un gesto negativo–. De ningún modo iba yo a proporcionarle más munición a ese estúpido para que la usara contra ese pobrecillo. De modo que le di a Gosonkugi una palmadita en la mejilla y le dije algo en plan coqueto, algo así como: “No sabía que te gustara”. Gosonkugi se puso más colorado u se escabulló al servicio de caballeros.

 –¿Qué hizo Konatsu? –preguntó  Shampoo.

 –Puso un gesto de sonrisa satisfecha en la cara y dijo que de haber sabido que yo estaba tan necesitada como para conformarme con Gosonkugi, como acto de caridad hace ya mucho tiempo que me había ofrecido sus servicios.

 Aquello provocó una epidemia de ojos en blanco.

 –Dicho de otro modo, estuvo tan cabrón como siempre– dijo Akane con asco.

 Por un lado existía lo de ser políticamente correcto, y por el otro la realidad, y la realidad era  que las personas eran personas. Algunos tipos con los que habían trabajado en la Corporación Mayol eran unos asquerosos libertinos, y aquello no iba a cambiar por mucho que quisieran inculcarles sensibilidad. Sin embargo, la mayor parte de los hombres eran aceptables, y todo se compensaba porque algunas de las mujeres, eran auténticas brujas con escoba.  Akane había dejado de buscar la perfección, en el trabajo y en todas partes. Shampoo opinaba que era demasiado desconfiada, pero es que Shampoo era la más joven del grupo y su ingenuidad se mantenía prácticamente intacta.

 Aparentemente, las cuatro amigas no tenían más en común que el lugar donde trabajaban. Kodachi Kuno, la jefa de contabilidad, tenía 31 años, la mayor de todas. Se había casado y divorciado tres veces, y desde la última visita que hizo a los tribunales, prefería relaciones menos formales. Llevaba el cabello en una coleta atada con una cinta y la ropa que vestía siempre le quedaba un”poquito ajustada”. Le gustaba la bebida, los hombres poco refinados y el sexo loco.  El novio actual de Kodachi era un tipo llamado Taro, un patán grandote y musculoso que no gustaba a ninguna de las otras tres, aunque no se podía negar que era algo guapo.

Shampoo, tenía 28 años y era la octava maravilla de la división de ventas. Era alta, esbelta y poseía la gracia y cautivación de un  gato. Su cutis y cuerpo curveado eran perfectos; tenía la voz suave y lírica, y los hombres caían como moscas a sus pies. Casi nunca se enfadaba. La única vez que la vieron así fue cuando alguien se atrevió a decirle Coreana.

 –Soy China –replicaba ella.

 En la actualidad estaba saliendo con el integrante del equipo de fútbol de Japón, pero por desgracia, todos sabían que Mousse se relacionaba con otras mujeres en todos los distritos en los que había un encuentro.  Con demasiada frecuencia, los ojos de Shampoo mostraban una expresión afligida, pero ella se negaba a dejarlo.

 Ukyo trabajaba de secretaria en una oficina y era la más tradicional de las cuatro. Era de la edad de Akane, 27 años, y llevaba cinco años casada con su novio del instituto. Ambos vivían en una agradable casa de las afueras en compañía de dos gatos, un loro y un cocker spaniel. La única mancha en medio de aquella felicidad era que Ukyo deseaba tener hijos y su marido Ryoga no.  Akane pensaba que Ukyo podría ser un poco más independiente. Aunque Ryoga trabajaba como director en una agencia de viajes, en el turno de 3 a 11 y no estaba en casa, Ukyo siempre estaba consultando el reloj, como si tuviera que estar en casa a determinada hora. Por lo que Akane pudo deducir que Ryoga no aprobaba aquellas reuniones de los viernes por la noche. 

Bueno, no había nadie que tuviera una vida perfecta, pensó Akane. Ella misma no tenía grandes cosas que contar en cuanto a lo amoroso se trataba. Estuvo comprometida en tres ocasiones, pero todavía no había pisado el altar.  Después de la tercera ruptura, decidió darse un descanso en cuanto a lo de salir con hombres y concentrarse en su carrera. Y Ahí estaba  4 años después todavía concentrándose. Contaba con un buen historial de méritos, una cuenta bancaria saludable, y acababa de comprarse su propia casa, si bien no estaba disfrutando tanto de ella como habría creído en un principio, con aquel cretino inconsiderado que tenía por vecino. Puede que fuera policía, pero de todas formas la seguía poniendo nerviosa, porque, policía o no, tenía todo el aspecto de ser un tipo capaz de prender fuego a tu casa con una mirada.

 –Esta mañana he tenido otro incidente con mi vecino –dijo Akane con un suspiro al tiempo que apoyaba los codos sobre la mesa y la barbilla entre los dedos entrelazados.

 –¿Qué ha hecho esta vez? –Ukyo era comprensiva porque, como todas sabían, Akane estaba atrapada y los malos vecinos bien podían amargarle a uno la existencia.

 –Iba con prisa, y al dar marcha atrás choqué con el cubo de la basura. Ya saben lo que ocurre cuando uno va con prisas, que siempre hace cosas que si fuera más despacio nunca haría. Armé todo un barullo  y él salió por la puerta principal diciendo que yo era la persona más ruidosa del mundo.

 –Deberías haberle volcado el cubo de basura encima –dijo Kodachi, que no creía en lo de ofrecer la otra mejilla.

 –Me habría detenido por alterar el orden público –replicó Akane en tono dolido–. Es policía.

 –¡No es cierto! –Todas parecían incrédulas, pero es que la descripción que Akane les había hecho del individuo, ojos enrojecidos, barba desaliñada y ropa sucia, no sonaba muy propia de un policía [NdA: Bueno, eso sin tomar en cuenta los de aquí de México ¬_¬.]

 –Supongo que los polis pueden ser tan borrachos como cualquiera –dijo Ukyo. 

–Ahora que lo pienso, no olía a nada. Tenía todo el aspecto de llevar tres días borracho, pero no olía a alcohol. Mierda, no quiero pensar que pueda tener ese mal humor cuando ni siquiera está con resaca.

 –A pagar –dijo Kodachi.

 –¡Maldita sea! Exclamó Akane exasperada consigo misma. Había hecho el trato con ellas de que pagaría a cada una la módica cantidad de $10.00 cada vez que soltara una grosería, en la suposición de que eso le proporcionaría un incentivo para dejar de hablar mal.

 –A pagar otra vez –rió Ukyo extendiendo la mano.

 Gruñendo, pero teniendo cuidado de no maldecir, Akane extrajo $20.00 para cada una de sus amigas. Últimamente se aseguraba de llevar abundante cambio encima.

 –Por lo menos no es más que un vecino –dijo Shampoo en tono consolador–. Puedes evitarlo.

 –Hasta el momento no se me está dando demasiado bien –reconoció Akane, mirando la mesa con el ceño fruncido. Entonces se irguió, decidida a no seguir permitiendo que aquél tipejo dominase su vida y sus pensamientos como los había dominado durante las dos últimas semanas–. Ya basta de hablar de él. ¿Tienen algo interesante que contar, chicas?

 Shampoo se mordió el labio y una sombra de aflicción cruzó por su rostro.

 –Anoche llamé a Mousse, y contestó una mujer.

 –¡Oh, maldición! –Kodachi se inclinó por encima de la mesa para acariciarle la mano a Shampoo.

 El camarero escogió aquel momento para distribuir unos menús que no necesitaban porque se sabían de memoria todo lo que había. Hicieron los correspondientes pedidos, él recogió los menús sin abrir, y cuando se alejó todas se acercaron más a la mesa.

 –¿Qué vas a hacer? –preguntó Akane. Era una experta en romper relaciones, así como en ser abandonada. Su segundo prometido, el muy cabrón, había esperado hasta la noche anterior a la boda, para decirle que no podía continuar adelante. A Akane le costó cierto tiempo superar aquello… y no estaba dispuesta a pagar dinero por groserías que había pensado pero no había llegado a pronunciar en voz alta.

Shampoo se encogió de hombros. Estaba a punto de echarse a llorar y procuraba parecer indiferente.

 –No estamos prometidos, ni siquiera nos vemos de manera exclusiva. No tengo ningún derecho de quejarme.

 –No, pero puedes protegerte y dejar de verlo –replicó Ukyo con suavidad–. ¿Merece la pena sufrir así por él?

 –Ningún hombre lo merece –refunfuño Kodachi.

 Shampoo pellizcó nerviosamente su servilleta con sus dedos largos y esbeltos.

 –Pero cuando estamos juntos, él... actúa como si le importara de verdad. Es dulce y cariñoso, y muy considerado... 

–Todos lo son, hasta que consiguen lo que quieren. –Kodachi apagó su tercer cigarrillo–. Hablo por experiencia personal, como puedes comprender. Diviértete con él, pero no esperes que cambie.

 –Ésa es la verdad –dijo Ukyo con tristeza–. Nunca cambian. Es posible que finjan durante un tiempo, pero cuando calculan que ya te tienen enganchada y bien atada, se relajan y sale de nuevo la cara del  mal oculto.

 –¿De modo que debería aguantar formar parte del rebaño, o bien dejar de verlo?

 –Pues.. sí.

–¡Pero no debería ser así!  Si yo le importo, ¿cómo pueden interesarle todas esas otras mujeres?

 –Cariño –dijo Kodachi en el tono más amable que pudo–, si estás buscando al hombre perfecto, vas a pasarte la vida entera desilusionada, porque no existe. Tienes que conseguir lo mejor que puedas, pero siempre habrá problemas.

 –Ya sé que no es perfecto, pero...

 –Pero tú quieres que lo sea –terminó Ukyo.

 Akane sacudió la cabeza en un gesto negativo. 

–Eso no va a suceder –anunció–. El hombre perfecto es pura ciencia-ficción. Claro que nosotras tampoco somos perfectas –añadió–, pero la mayoría de las mujeres por lo menos lo intentamos. A mí simplemente no me han funcionado las relaciones. –Calló durante unos instantes y luego dijo en tono desconsolado–: Aunque  no me importaría tener un esclavo sexual.

 Las otras tres estallaron en risas, incluso Shampoo.

 –A mí tampoco me importaría –dijo Kodachi–. ¿Dónde puedo conseguir uno?

 –Seguro que existe una página web –dijo Shampoo.

 –Pues claro que existe. –Akane mostraba un semblante totalmente inexpresivo–. La tengo incluida en mi lista de Favoritos: www.esclavossexuales.com.

 –No tienes más que indicar los requisitos y podrá alquilar al hombre perfecto por horas o días. –Ukyo agitó su vaso de cerveza dejándose llevar por el entusiasmo.

 –¿Un día? Seamos realistas. –Akane lanzó un silbido–. Una hora es pedir un milagro.

 –Además, el hombre perfecto no existe, ¿no se acuerdan? –dijo Kodachi.

 –Uno de verdad, no; pero un esclavo sexual tendría que fingir ser exactamente lo que una desee, ¿no?

 Kodachi no iba a ninguna parte sin su bolso de cuero. Lo abrió y extrajo un cuaderno y un bolígrafo que dejó de golpe sobre la mesa.

 –Con toda seguridad, sí. Veamos, ¿cómo sería el hombre perfecto?

 –Tendría que lavar los platos la mitad de las veces sin que nadie le pidiera que lo hiciera –dijo Ukyo poniendo una mano encima de la mesa y atrayendo miradas de curiosidad. Cuando todas lograron dejar de reír el tiempo suficiente para hablar con coherencia, Kodachi se puso a garabatear en el cuaderno.

 –Muy bien, número uno: lavar los platos.

 –No, oye, lavar los platos no puede ser la primera condición –protestó Akane–. Antes que eso tenemos otras cosas más importantes.

 –Ya –dijo Shampoo–. Hablando en serio, ¿cómo creemos que debería ser un hombre perfecto? Yo nunca lo he pensado de esa forma. Tal vez me resultara más fácil si tuviera claro lo que me gusta de un hombre.

 Todas hicieron una pausa.

 –¿El hombre perfecto? ¿En serio? –Akane arrugó la nariz.

 –En serio.

 –Esto va a requerir pensar un poco –declaró Kodachi.

 –Para mí no –dijo Ukyo al tiempo que la risa desapareció de su rostro–. Lo más importante es que quiera en la vida lo mismo que quieres tú.

 Todas se sumieron en un pozo de silencio. La atención que habían suscitado sus risas en las mesas de alrededor se desplazó hacia otros blancos más prometedores.

 –Que quiera en la vida lo mismo que tú –repitió Kodachi al tiempo que lo escribía–. ¿Ésta es la primera condición? ¿Estamos todas de acuerdo?

 –Esa condición es importante –dijo Akane–. Pero no estoy segura de que sea la primera.

 –Entonces, ¿cuál es la primera para ti?

 –La fidelidad. –Pensó  en su segundo prometido, el muy cabrón–. La vida es demasiado corta para malgastarla con una persona de la que no te puedes fiar. Una debería poder confiar en que el hombre al que ama no va a mentirle ni engañarla. Si se tiene eso como base, se puede trabajar en lo demás.

 –Para mí, eso es lo primero –dijo Shampoo en voz baja.

 Ukyo reflexionó un momento.

 –De acuerdo –dijo por fin–. Si Ryoga no fuera fiel, yo no querría tener un hijo con él.

 –Número uno: que sea fiel. Que no mienta ni engañe –declaró Kodachi. Todas asintieron.

 –¿Qué más? –Permaneció con el bolígrafo apoyado en el cuaderno.

–Ha de ser agradable –sugirió Ukyo.

 –¿Agradable? –preguntó Kodachi incrédula.

 –Sí, agradable. ¿Quién desea pasar toda la vida con un tipo antipático?

 –¿O ser vecina suya? –musitó Akane, y asintió para indicar que estaba de acuerdo–. Me parece bien. No suena muy emocionante, pero piensen en ello. Yo creo que el hombre perfecto debe ser amable con los niños y con los animales, ayudar a las viejecitas a cruzar la calle, no insultarte cuando tu opinión sea diferente de la suya. Ser agradable es tan importante que bien podría ser la condición número uno. Shampoo afirmó con la cabeza.

 Shampoo afirmó con la cabeza.

 –Muy bien –dijo Kodachi–. Demonios, hasta me han convencido. Yo creo que  no he conocido nunca a un tipo agradable. Número dos: agradable. –Lo anotó–. ¿Número tres? Aquí tengo mi propia idea al respecto. Quiero un hombre que sea de fiar. Si dice que va a hacer algo, que lo haga. ¿Estamos todas de acuerdo?

 Las cuatro levantaron la mano en voto afirmativo, y la condición “de fiar” pasó a ocupar el puesto número tres.  

–¿Número cuatro?

 –Lo evidente –dijo Akane–. Un trabajo estable.

 –Estoy de acuerdo, es importante. Mantener un empleo estable es señal de madurez y de sentido de la responsabilidad –dijo Ukyo.

 –Un trabajo estable –apuntó Kodachi.

 –Debe tener sentido del humor –dijo Shampoo.

 –Número cinco sentido del humor –rió Kodachi escribiendo–. Para ser honrada, no creo que podamos decir que tipo de humor debe tener, así lo dejamos.

 –Número seis. –Kodachi las llamó a ordenarse con un golpecito del bolígrafo contra el borde de la mesa–. ¿Cuál es la condición número seis?

 –El dinero no está mal –sugirió Ukyo–. No es una condición imprescindible, pero el hombre perfecto debe tener dinero. 

–¿Tiene que ser asquerosamente rico o simplemente gozar de buena economía?

 –A mí, particularmente, me gusta que sea asquerosamente rico –dijo Kodachi.

 –Pero si fuera tan rico, quería ser él quien mandara en todo. Estaría acostumbrado a ello.

 –Eso no va a suceder de ninguna manera. De acuerdo, que tenga dinero está bien, pero no demasiado dinero. El hombre perfecto debe tener holgura económica.

 Cuatro manos se alzaron en el aire y la palabra “dinero” quedó escrita en la casilla número seis.

 –Como es una fantasía debe ser guapo –dijo Akane–. No un David de Miguel Ángel para caerse muerta, porque eso supondría un problema. Shampoo es la única de nosotras que es lo bastante guapa para mantener el tipo al lado  de un hombre atractivo.

 –No se me está dando muy bien, creo yo –dijo Shampoo con un deje de amargura–. Pero sí, para que el hombre perfecto sea perfecto de verdad, tiene que dar gusto mirarlo.

 –Muy bien, pues la condición número siete es: qué dé gusto mirarlo. –Cuando hubo terminado de escribir, Kodachi levantó la vista sonriente–. Voy a ser yo la que diga lo que todas estamos pensando. Ha de ser estupendo en la cama. No basta con que sea bueno; tiene que ser estupendo. Ha de ser capaz de ponerme el bello de punta y volverme loca. Debe tener la resistencia de un purasangre de carreras y el entusiasmo de un muchacho de 17 años.

 Todas reían a carcajadas cuando el camarero dejó los platos sobre la mesa, cuando se fue Kodachi se inclinó sobre la mesa.

 –Y antes de que se me olvide, ¡quiero que mi hombre perfecto tenga unas medidas de 25 centímetros!

 –¡Dios Santo! –Ukyo fingió desmayarse y se abanicó con la mano–, ¡qué no podría hacer yo con 25 centímetros! O más bien, ¡lo que podría hacer yo con 25 centímetros!

 Akane estaba riendo tan fuerte que tenía que apretarse las costillas. Le costó mucho mantener bajo el tono de voz, y dijo entre risas:

 –¡Vamos! Cualquier cosa que esté por encima de los 25 centímetros es pura exhibición. Existe, pero no se puede usar. Es posible que esté bien para verlo en un aparador, pero afrontémoslo; esos 5 centímetros de más son sobras.

 –¡Sobras! –exclamó Shampoo apretándose el estómago y partiéndose de risa–. ¡Dice que son sobras!

 –¡Oh, Dios mío!. –Kodachi se secó los ojos al tiempo que escribía rápidamente–. Esto marcha. ¿Qué más debe tener nuestro hombre perfecto? 

Ukyo agitó la mano débilmente.

 –A mí –sugirió entre risitas–. Puede tenerme a mí.

 –Si no te amarramos a esa silla para que no lo alcances primero –dijo Akane, y levantó su vaso. Las otras tres levantaron el suyo, y entrechocaron los cristales con un alegre sonido–. ¡Por el hombre perfecto, dondequiera que se encuentre!

  Aún les quedaba largo rato para seguir decidiendo sobre más cualidades.

      Continuará...

28/Mayo/03

Hombres, muchachos, amigos: ¿Tomaron nota de este capítulo? Yo que ustedes lo haría, para que den una hojeada de lo que nos gusta a las mujeres de un hombre, créanme que más del 60% de las mujeres piensa igual que yo. Dedicado principalmente para aquellos que nos hacen sufrir con su incomprensión; los hombres jaja. Jordi y Johann_Rex, (muchos besos mexicanos para ambos); Iory, Carlos, Val Nyra, Chris-kun, pero sobre todo a ti J, que logré comprender cuanto te quería un poquito tarde L. Y no puedo olvidarme de Manolo y Ricardo. También una dedicatoria especial para Carla... tú ya sabes quién eres ¿verdad?, muchas gracias por tus comentarios y como prometí aquí está este capítulo ˆ-ˆ.

Para cualquier comentario enviadme un correo a: CandyApril_17@yahoo.com

     Abril-chan

  Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi y a las Clamp; a excepción de los inventados por mí. No pretendo ganar nada con escribir esto, más que el agrado del lector. Así que no me demanden por favor.

 

 

Basada en The Perfect Man, de Linda Howard.

 


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