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Mariano Picón Salas y su casa de infancia

Si nos aventuráramos a esbozar una tipología de los lugares, la casa de infancia ocuparía un puesto primordial. La casa de infancia refugia y aprisiona. Refugia, en el sentido de constituirse como útero materno, que abriga y forma, y que se vuelve en nuestra memoria pasión; "pasión –según Bachelard– de nuestro cuerpo que no olvida la casa inolvidable". Aprisiona, en tanto moldea la territorialidad existencial del individuo y lo disuelve en la uniforme humanidad.

Si hablamos de arte, la casa de infancia representa el símbolo revelador del recuerdo y "la necesidad –para decirlo con palabras de Milagros Mata Gil– de establecer una identidad frente a las transformaciones".

En la obra de Mariano Picón Salas se observa ese continuo oficio de la añoranza, el permanente deseo de regresar a la casa de infancia, al origen:

Acaso me duele todavía haber dejado de ser aquel adolescente, vestido de provinciano dril, sobre un caballo blanco, por esos campos de los Andes de Venezuela (...)

Y para la sabiduría secular era más sensato quedarse con la porción de suelo, el manso caballo de paso y el oficio que heredamos, que salir por el mundo en desordenado y absurdo afán. ‘¿Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, son de alguna utilidad?’, se preguntaba una de las fábulas escolares que leía en mi infancia. Pero acaso, diabólicamente, desde jóvenes estábamos tentados de romper esos límites de conformidad o seguridad que nos daban la familia, o las cosas conocidas. Con frecuencia trocamos lo firme y permanente por lo incierto y azaroso (Regreso de tres mundos).

Esa conseja cándida de cultivar nuestro jardín, de invocar las añorantes moradas, vertebra la obra autobiográfica de Mariano Picón Salas. En Viaje al amanecer, Regreso de tres mundos, Odisea de Tierra Firme, entre otras obras, el merideño errante ("Por más que anduve muchas tierras no perdí la costumbre de ser merideño entrañable", dijo) recrea la Mérida de su infancia y coloca como centro de su mundo a la casa de su niñez:

La casa de mi abuelo coronó sus dos pisos en 1899, y desde entonces, cima del esfuerzo familiar, no sufriría más transformaciones. Continuaba empinándose orgullosamente sobre las otras casas de [Mérida]: el ancho portón era catedralicio, y en el piso bajo, las puertas de la tienda "Las Novedades", ahora en las manos del hijo mayor de mi abuelo, se abrían hacia dos calles: la de Los Libertadores y la de La Igualdad (Odisea de tierra firme).

Al hablar de la casa, Mariano Picón Salas menciona a fantasmas luminosos y parlanchines, solares para expediciones magallanescas, de "entierros" o tesoros nunca encontrados ("(...) a fines del siglo XIX mi abuelo adquirió aquella casa de la calle Bolívar con la leyenda del cuantioso entierro" [Viaje al amanecer]).

No imagino mejor homenaje para centenario del nacimiento de Mariano Picón Salas, y lo digo en tono de ruego y a la vez de protesta, que rescatar la casa de la esquina de la torre de la Iglesia Catedral de Mérida, casa de infancia de Picón Salas de la que hemos estado refiriéndonos. Imagino allí una especie de museo "marianista" en el que se adorne sus habitaciones y demás zonas de la casa con las descripciones que de ellas hizo el escritor. Propongo además que allí, en la medida de lo posible, se establezca una biblioteca de escritores merideños, homenaje fundamental para todo creador.

Con mi propuesta creo que ayudaríamos a revocar la eterna errancia a la que estuvo condenado Mariano Picón Salas y cumpliríamos así su deseo secular:

Desde donde la ruta vuelve a subir, tengo la última visión de mi ciudad y de su sosegado caserío blanco, de las torres de sus iglesias, de los árboles que despuntan tras del tapial de sus solares. ¡Adiós Mocho Rafael, adiós Teresita, adiós Catire Bravo! Otros muchachos –como lo impone la cambiante civilización– escucharán otros cuentos y tratarán otros personajes; no conocerán el miedo al diablo, a la próxima visita al Cometa Halley, a las señales del fin del mundo, pero siempre habrán de gozar –¿por qué no?– con las mariposas, los pájaros y la luz de Mérida. Para entonces yo estaré muerto y me gustaría que me recordasen (Viaje al amanecer).

Emilio Centeno

Ensayos

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