Reflexión
EL DIOS OCULTO HABLA EN EL SILENCIO
Por: Ernesto Balducci, filósofo y teólogo italiano.
Todo en las condiciones actuales de nuestra existencia aparece como establecido a imposibilitar el silencio, que está también lleno de reclamo.Sólo en la oración el hombre se arriesga y logra escuchar y descifrar el secreto de las cosas y abrirse totalmente al ser.
Hay silencio y silencio. Hay un silencio que es pura ausencia del espíritu, inerte achatamiento del ritmo biopsíquico que está primero del despertar de la conciencia.
Y hay un silencio que es plenitud, apertura total al Ser, que aparece en la multiplicidad de las cosas.
Más allá de esta multiplicidad, la palabra se disuelve en el silencio contemplativo: es lo que nos han enseñado los místicos de todas las religiones.
Pero, ¿qué relación existe entre la palabra y ser consciente?
La conciencia se separa- se diferencia de las cosas que no hablan? Sólo hoy sabemos que hay una palabra que es anterior a la conciencia. El análisis del mecanismo biopsíquico del hombre ha conducido a reconocer que la facultad del lenguaje está ya inscrita en nuestro código genético, como una estructura a priori lista a reimplantarse de la lengua particular inculcada durante el proceso de adiestramiento de la fase evolutiva.
Se podría también decir que hay en nosotros la palabra no dicha que gobierna la palabra dicha, aquella de la lengua materna que puede ser recambiada con otra de otra lengua.
Este delicado mecanismo es el producto de innumerables transformaciones producidas por la evolución, que va desde el estado primordial o primitivo, indiferenciado, a lo más sofisticado e individual, proceso que en cada uno de nosotros está condensado en una forma extrema de individuación.
Pero permanecería latente en nosotros el estado primordial, aquel que tenía el hombre antes de aparecer la conciencia, el homo sapiens (en nuestro inconsciente individual o en el "inconsciente colectivo").
Este proceso evolutivo ha estado gobernado por una especie de gramática, la cual apretaba entre ellos las innumerables formas en las cuales se daba la evolución, antes de que apareciera con el homo sapiens, el despertar de la conciencia.
EL MITO DE LA REENCARNACION
La ontogénesis (desarrollo y evolución del embrión) reproduce la filogénesis (desarrollo evolutivo de las especies vivas), es más la cosmogénesis (evolución del cosmos).
Así por ejemplo el embrión humano in utero se parece al de un pez a los tantos días, a un pollito a los tantos días, etc.
En resumen, hay una lengua que es precedente. Cada una de nuestras palabras se libra sobre "un abismo de pasado". (Scheeling).
En cada una de ellas hay como la condensación de la historia entera que va del big bang a la pulsión psíquica que yo traduzco en la palabra dicha a mis mismo o a mi igual.
Probablemente el mito antiquísimo de la reencarnación refleja esta oscura memoria de innumerables experiencias vitales de la cual la última determinación es nuestra estructura individual. Es por esto que el silencio está pleno de potencia.
Si apenas lo dejamos reavivar de esta simpatía cósmica de la que se origina, puede sucedernos de escuchar el lenguaje de las cosas, como le sucedía a San Francisco de Asís, del cual su primer biógrafo Tommaso da Celano dice que "conocía el secreto de las cosas".
Si las cosas en torno a nosotros están mudas, es porque nosotros las estorbamos con nuestros rumores y porque nos acercamos a ellas con afán de dominio: por ello las cosas se retraen, y cierran los labios en casi un instinto de defensa.
Si nuestro silencio es la expresión de una actitud de escucha entonces viene a nosotros un mensaje coral y lo podemos acoger aunque no seamos capaces de traducirlo en palabras.
"La vía o camino que se puede nombrar, no es la verdadera vía", escribía Lao Tse. En forma equivalente se podría decir que la palabra que se puede pronunciar no es la verdadera palabra. En efecto, nuestras palabras han sido formadas durante la época de rivalidad entre los hombres y entre éstos y las cosas.
Según el mito medieval del pecado original, esto es, antes de que el hombre cayese en tentación de dominar, como un dios, sobre todas las cosas, todos los seres vivientes hablaban y se entendían: había un lenguaje universal.
Después del pecado la palabra se ha vuelto ambigua: ella trasmite la voluntad de dominio y sólo raramente el ansia de comunión.
A causa del pecado del hombre, los animales no tienen ya capacidad de expresarse, más allá del sonido particular propio de su especie, como el trinar de los pájaros o el ladrido de los perros.
Y nosotros hemos empezado a delegar la palabra a los instrumentos que hemos creado; en los spots televisivos la palabra pasa al robot, a los electrodomésticos, etc.
Las cajas registradoras o expendedores automáticos de productos consignan las palabras amables que el hombre de carne y hueso no sabe más decir.
Probablemente muchos disturbios psicológicos nacen del hecho de que es siempre menos posible al hombre de la edad electrónica, el reposado coloquio, corazón a corazón con el amigo o con la mujer amada.
Se rompe una tradición coloquial comenzada en el periodo más antiguo-paleolítico.
Todo parece ordenado a impedir el silencio, aún como momento físico. Si no fuera así esto podría ser peligroso, porque el silencio podría dejar renacer de lo más profundo la nostalgia por la palabra.
Si deveras pudiéramos superar el pecado podríamos recuperar la gramática universal perdida y podríamos aún, hablar con los pájaros y el lobo como hacía San Francisco.
EL Sermón de la Flor.
Le ha sucedido alguna vez encontrarse en aquel momento de gracia, en el cual estando en el profundo silencio, se advierte una especie de sinfonía o de coro de innumerables voces?
Los antiguos pitagóricos creían que de las estrellas descendía una música: sólo los contemplativos podían escucharla.
El silencio no es siempre como parece, una ausencia de expresión, podría ser también un modo de acoger mediante las vibraciones de nuestra estructura humana y por consiguiente del microcosmos que nosotros somos, las voces del infinito cosmos.
"Queremos que nos des un discurso", dicen un día a Buda sus discípulos. Buda <BUDDHA> coge una flor y se levanta tomándola en la mano en silencio. Fue aquel el famoso Sermón de la Flor, del cual se origina el Budismo Zen, esta grande escuela del silencio, que primero o después, en una forma o en otra, el hombre occidental deberá decidirse a frecuentar.
La palabra que ilumina nace del silencio como el rayo nace de la nube.
El sentido de la palabra en efecto, es de trasmitir y comunicar, pero no puede revelar aquello que está más allá de la palabra.
La flor que yo te ofrezco estaba hace poco en el negocio del florista: era la misma flor pero no comunicaba nada. Ahora ella es el signo de algo que tu puedes acoger, en la medida en que tu espíritu esté preparado.
Las palabras ocultan o develan, trasmiten comandos o comunican amor. Ellas tienen una historia en la cual se refleja la ambivalencia del hombre gobernado de dos pulsiones, aquella de la agresividad y aquella de la comunión: la primera nace del silencio en el cual el poder ordena su trama, la segunda nace y permanece en el silencio que es sobreabundancia de lo indecible de lo cual la palabra es apenas un signo: es a la misma vez un velo que cubre y un velo que se alza.
Para quién como yo ha hecho (o hace) un uso incontinente de la palabra, el silencio querría ser una tranquila inmersión en la verdad que está primero o después de la palabra.
"De aquello que no se puede hablar se debe callar", escribe Wittgenstein. Pero ¿de qué se puede verdaderamente hablar?
La pregunta no contiene ningún escepticismo, como aquel de Cratilo, maestro de Platón, que pensando que cada palabra era un embrollo, se decide a expresarse por medio de gestos, sin usar palabras como un sordomudo.
Las palabras son necesarias y nos dan si son exactas, la conciencia de la cual tenemos necesidad para operar y para entenderse. Sin embargo las palabras obvian el sentido de la situación en la cual vienen pronunciadas: si es una situación dirigida a la acción, entonces toda su verdad está en la ejecución de aquello que esté designado. Pero si la situación es aquella de comunicación desinteresada, entonces su sentido comienza cuando estas han terminado de pronunciarse: su verdad es ALETHEIA, es desvelamiento. Estas son como una escalera, cuando uno por medio de ella ha subido al máximo nivel, debe traspasar el último peldaño y abandonarlo, habitar en el silencio pleno en el cual se esconde su verdad.
Nuestra actual condición existencial es ya de por sí lesiva de la ley de la comunicación de la verdad, porque esta condición existencial no prevé el silencio, lo ocupa totalmente generando la necesidad de siempre nuevas palabras y de nuevas imágenes, como el cigarrillo genera necesidad de nicotina.
Aquello que no está dicho, no está en nuestro acopio de información donde nuestra memoria, por usar el lenguaje de la computación, es como una memoria secundaria inscrita en aquella en aquella primaria construida por otros. Es así que nuestra memoria orgánica, aquella que nos une a la entera línea evolutiva y por su intermedio a la naturaleza total, permanece limitada y recortada afuera y con esta permanece impedida nuestra familiaridad con el universo de las cosas.
La doble identidad del hombre
"En el principio era el LOGOS la palabra", está escrito.
Mas se podría decir también que en el principio era la Sigué, el silencio, que es el otro nombre de Dios.
Solo si son entendidos como los dos aspectos indisociables de la verdad que está desde el principio, estos nombres pueden ser usados correctamente.
Igualmente hablando del hombre se puede decir que en él, al principio está junto con la palabra, esto es la conciencia que se expresa a sí misma determinándose en su objeto, está el silencio, y por tanto la conciencia que se refleja a sí misma en su totalidad. (*)
"Nosotros somos dobles en nuestro sí mismo", escribe Montaige, en el sentido en que portamos en nosotros mismos una doble identidad; somos como yo amo decir, éditos e inéditos.
EL hombre inédito es el hombre como conjunto de posibilidades que hurgan en espera de actualizarse y cumplirse, de transformarse por consiguiente en realidad, viniendo a ser comunicables a todos.
"Mas aún no está manifestado aquello que seremos", como dice un estupendo párrafo de la I Carta de Juan, "más sabemos que cuando aquello se manifieste, seremos semejantes a El porque lo veremos tal como es "( I Jn 3,2).
Porque como Dios es un DEUS ABSCONDITUS, así también el hombre es a sí mismo oculto.
Escondido pero no del todo porque como dice etimológicamente la palabra conciencia (con-ciencia), existe una presencia del yo a sí mismo que tiene el único límite de no poderse expresar con palabras, precisamente porque las palabras son el instrumento forjado del hombre edito. El hombre edito es aquel cuya identidad se encuadra en la cultura en la que se ha desarrollado su formación, que es siempre una cultura gobernada de la exigencia del grupo de pertenencia.
Una cultura es un sistema de correlaciones en el cual el sentido del vivir y del hacer está preestablecido de normas inspiradas de la necesidad vital del grupo social.
Por esto las palabras están controladas por el principio de identidad: estas presuponen ser el equivalente de la cosa que nominan. Pero en su origen primero, las palabras no son mas que símbolos. Símbolo viene de SYNBALLEIN, poner juntas dos cosas, aquella de que se habla y aquella de la que no se puede hablar, aquella que se define en el sonido y aquella que se define en el silencio, aquella que se reinserta en la gramática convencional y aquella que permanece en la gramática generativa, anterior al despertar del habla.
El hombre inédito privilegia el silencio y aún cuando habla sus palabras están cargadas de la inspiración a la totalidad, es decir a un mundo que no es aquel de la cultura expresada con vocabulario, y a la verdadera patria del Ser.
Asimismo decía Montaige, que por cuanto el hombre contacta su perímetro "no se da comunicación al ser". Y en efecto si se mantiene al nivel de la cultura edita, se podrán escuchar o leer palabras sublimes sobre el ser o sobre esto o aquello de sus atributos trascendentales como la belleza, la bondad y la verdad; más en cuanto la mente se mueve entorno de esta región descrita por la palabra, permanece dentro de lo existente, prisionera de la proyección sujeto que es nunca capaz de verificar su propio confín.
Pero el hombre inédito habita en el silencio y es capaz sólo de reconocerse en la palabra que mantiene su raíz en el silencio.
Precisamente por esto él es capaz de comunicar cuanto ha percibido y aprendido en su convivencia con el ser, que no es nunca un objeto, es un horizonte en el cual el yo se dilata y del cual retorna a sí con la tranquilidad del respiro.
Si me preguntan quien es Dios, decía San Agustín, no lo sé, pero sino me lo preguntan, lo sé.
Permanecer fiel a esta vertiente inédita de nuestra realidad humana, es decir, saber entrar en la conversación de los hombres sin altanería, con humildad, aceptando las reglas pero permaneciendo en cualquier forma (extranjero) extrañado, capaz precisamente por esto de despertar en los demás la secreta afinidad electiva y esto es, la dimensión inédita que permanece reprimida y sofocada en la rumorosa convivencia de la Plaza.
EL "DEUS ABSCONDITUS"
A un hombre común, se refería el anónimo inglés del trescientos, el autor de la "Nube de la inocencia" cuando escribía:
"Una simple palabra de tu boca contiene un mundo de sabiduría
siendo que parece locura a aquellos que se fían de la facultad natural.
Tu silencio es suave, tu hablar oportuno, tu oración secreta, la conciencia de aquello que vale del todo verdadera;
tus maneras son humildes, tu alegría contenida
y es tu deseo aquel de jugar amablemente como un niño.
(Anónimo inglés, La Nube del No Conocer, Ed.Ancora, Milán).
La palabra verdaderamente comunicativa florece en el horizonte del hombre escondido, como la flor en el fondo del agua del arroyo.
Solo quien tiene oídos de entender, entiende, y tiene oídos de entender a su vez quien habita en el silencio.
Como en el sueño vienen a la superficie las imágenes ocultas que pueblan el soñar, así en el silencio florecen las imágenes en las cuales se reflejan nuestras posibilidades, que no tienen ni pueden tener ciudadanía en la ciudad común, cuya ley más severa es la discriminación entre lo posible y lo imposible.
El sueño a ojos cerrados nos restituye el simulacro de las impresiones y de los deseos que han permanecido expresados: son larvas de aquel pasado que en nosotros sobrevive como acumulación de los cambios del día; el sueño a ojos abiertos, aquel que nace en el silencio en el cual el espíritu se concentra al máximo en sí mismo, es en vez del primero, la traducción imaginativa de las posibilidades que fervorosamente esperamos arriben a cumplirse.
Mantenerlos vivos es una tensión que nos recorre y que se orienta a una totalidad posible que puede ser llamada con muchos nombres. Dios es uno de estos nombres. Mas también Dios es a su vez edito e inédito, conocido y desconocido.
El Dios edito se reinserta en la cultura, es más, es uno de sus ingredientes.
A los antiguos hebreos resultaba un hecho prohibido el nombrarlo porque cuando su nombre entra a ser parte del vocabulario de que se compone el discurso del hombre, entonces se concentra en eso y en medida absoluta, aquella voluntad de potencia que es el impulso que gobierna la palabra apenas emerge del seno del silencio.
Ningún nombre es mas funesto que el de "Dios" cuando se convierte en un "Dios-edito", el dios del grupo, de la ciudad, emblema y garantía de todo poder.
El hombre inédito lo sabe y no ama nombrarlo. El verdadero Dios es un DEUS ABSCONDITUS, el extremo correspectivo del hombre inédito.
La oración es un su íntima esencia, una silenciosa correspondencia, entre le hombre desconocido y el Dios desconocido.
Y aunque la oración haga uso de palabras, en realidad las palabras son circunscritas en el silencio, es decir que su determinación está estructuralmente imbuida en la indeterminación.
"Por cuanto el alma conoce a un Dios, tiene la noción de un Dios está aún lejana de Dios... en efecto depende de la voluntad de la criatura si Dios es llamado Dios... Y el más grande honor que el alma puede hacer a Dios es abandonarlo a sí mismo y librarse de ÉL" (M. Eckhart, Traités et sermons, a cargo de F. Aubier, París).
No se habla de Dios, por tanto se habla a Dios y hablando a Él las palabras son balbuceos. "Cualquier cosa que yo me diga, me parece casi blasfemar" escribía Agnola da Foligno.
Nombrar es poseer y un Dios poseído es un ídolo hecho a imagen y semejanza del hombre.
Y en la práctica del silencio como concentración sobre mi núcleo constitutivo que yo soy escondido a mí mismo así como Dios a mí permanece escondido.
Yo no sé quien soy, y no sé quien es Dios, pero sé que cuando nos veamos cara a cara me conoceré a mí mismo y lo conoceré a Él porque nuestra verdad es recíproca.
Los ateos no lo saben, pero su negación era ya conocida por mí silencio porque ellos no hacen más que destruir fragorosamente los ídolos que también yo en mi silencio destruyo.
La limitación de estos ateos es la de ser a su manera, del todo conforme a la medida del hombre edito, el correspectivo dialéctico del monagillo o del clericalista que hacen de Dios un punto de sostén de su seguridad pública y de su expectativa madurada sobre las pulsiones de la sociedad en la cual están integrados.
La oración del fanático me disturba como la negación del ateo.
Quien grita en la plaza pública que Dios existe me roba como quien en la plaza pública lo niega.
Sólo quien ora lo conoce, más la oración no está en el sonido de la palabra, es la tensión de mi escondido hacia El que está escondido.
La religión es locuaz y escribe sobre los muros el nombre de Dios, la fe silenciosa lo cancela: la verdad de Dios es en el momento en que su nombre se cancela.
A quien preguntaba si Dios existía, Buddha responde la que misma pregunta era señal de esclavitud porque revelaba un deseo.
El hombre libre del deseo de potencia no formula semejante pregunta. Yo soy escondido a mí así como Dios es escondido a mí. Mi verdad está primero que la palabra, antes que ella y está más allá.
La oración es el respiro del hombre escondido que se dirige hacia El que está escondido: el encuentro si se da, no es comunicable en palabras.
Dios no se demuestra, Dios se muestra y se muestra a quien renunciando a aquella sutil forma de poder que es la palabra, se muestra a su vez, y de esta forma se abre inerme al horizonte del posible que engloba en sí mismo aquella infinitesimal porción que es lo real.
La muerte se inserta en esta porción de lo real. De un lado ésta es el silencio como consumación entrópica, como el precipitarse en el "hueco negro" en el cual se anulan las medidas del espacio-tiempo, es puro no-ser, mas de otro lado, es como el triunfo del silencio al despertar último de su plenitud.
No me pregunten cuál de las dos posibilidades es la verdadera. Depende de una decisión cuyo motor está en la raíz del hombre escondido y precisamente por esto no puede entrar jamás en el código de la palabra.
También a quien como yo ha pasado una vida leyendo, debatiendo, predicando, el tratar de demostrar el arcano sentido de la muerte resulta difícil de responder porque la imagen de la muerte evoca en algunos el momento de un encuentro por siempre esperado. No queda sino responder que es por gracia de Dios, pero la respuesta tiene el límite plenamente legítimo de no ser racionalmente significativa.
Los requerimientos del Dios escondido, esto es, de la gracia, pasan a través de la trama, por decir, del caso.
Mas el caso no podría ser la cara, el rostro banal de la estrategia de Dios?
Y en aquella estrategia no podría ser que quien en el plano de la profesión pública se declara ateo, sea en realidad cómplice del Dios escondido, un instrumento suyo inconsciente dado que cada hombre está en realidad escondido a sí mismo?
¿Y no podría ser que la oración con la cual yo que me digo creyente y busco el contacto con el Dios escondido, sea nada más que la frustración de circunstancias que han marcado los primeros momentos de mi vida?
Testimonio Personal
Me he preguntado muchas veces que hubiera sido de mi vida si hubiera nacido en una ciudad ruidosa e iluminada, en una tranquila familia burguesa. Pero he nacido en el silencio de un "país" medieval ("paese"-región, pueblito), sobre la falda de un volcán apagado y en un agrupamiento humano en que era difícil discernir el confín entre la realidad y el ensueño.
He crecido en un silencio que me espantaba y me hacía cercano al misterio. Ha sido esto una gracia? Ha sido una circunstancia casual que ha condicionado mi libertad por siempre?
Estas preguntas se apagan en el silencio, es decir, en su correcta ubicación. Permaneciendo en el ámbito del testimonio personal, quisiera mostrar como mejor puedo la reconstrucción de las primeras señales de la gracia con la cual el Dios escondido me ha capturado. Lo hago citando una entrevista que me hicieron hace un tiempo en mi autobiografía (Ernesto Balducci, "Il cerchio che si chiude", Marietti, Génova):
"La habitación en la que dormía de pequeño tenía una ventana que daba sobre un patio (la casa está aún allí, apoyada sobre muros medievales).
Al lado de este patio, un antiguo convento de Clarisas. De noche, muy tarde, la campana llamaba a las monjas a ´matinare lo sposo´ en italiano, ´dar la mañana al esposo´, o ´maitines´ en latín.
De tanto en tanto me ocurría de salir de mi cama al sonido de la campana para observar en la oscuridad encenderse una después de la otra, las minúsculas ventanas de las celdas y después apagarse.
Ahora me explico la fascinación de aquel espectáculo nocturno que me gozaba solo , casi furtivamente.
Era como si diera la cara al otro versante de la vida, donde el tiempo tiene un ritmo diverso al nuestro, es un tiempo inútil, el tiempo del Ser, el tiempo que gira sobre sí mismo, con paso de danza, y no se preocupa del nuestro que es el tiempo del existir. Podría decir que yo, de la ventana no me alejé jamás."
Ernesto Balducci, "Il Dio nascosto parla nel silenzio".
Traducción de Miguel Molla