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La sociedad de la información es un fenómeno de causas múltiples,
dentro de las que se encuentran el desarrollo de las tecnologías de la
información, profundos cambios en el papel del Estado —que se describirán
más adelante— y la globalización económica, por mencionar algunas de las
más importantes. Por ello, es imposible describir este nuevo tipo de
sociedad refiriéndonos únicamente a la parte tecnológica; si lo hiciéramos
as,í la explicación resultaría incompleta. En cambio, trataremos de
describir el perfil de la sociedad de la información atendiendo a sus
diferentes causas y destacando el papel específico de las tecnologías de
la información, cuando así sea conveniente.

El Estado benefactor. Durante la mayor parte del
siglo XX el Estado jugó un papel destacado en lo económico al planificar,
alentar y conducir el crecimiento de la producción y los servicios; y en
lo social, al ofrecer una red de instituciones de seguridad en beneficio
de la población: sistemas de educación y salud, políticas de subsidios a
la alimentación y los servicios, seguros de desempleo y de retiro,
etcétera. A este tipo de Estado se le conoció como el Estado benefactor.
Su meta era alcanzar el progreso para los ciudadanos.
Su fin llegó con la década de los años ochenta, cuando una crisis en
los precios del petróleo hizo evidente que se necesitaban nuevas
estrategias para garantizar el crecimiento económico de los países ricos y
la bonanza de sus empresas. Especialmente con los gobiernos de Ronald
Reagan en Estados Unidos y Margaret Tatcher en Inglaterra, se impuso una
corriente de pensamiento económico conocida como neoliberalismo,
que posteriormente se extendió a casi todos los países, consistente en
reducir el tamaño y las tareas del Estado en favor de una mayor libertad
de acción de las empresas. Así, la mayoría de las compañías que se
encontraban en manos de los gobiernos se vendieron a la iniciativa
privada; una cantidad importante de los servicios públicos se privatizaron
(como los sistemas de ahorro para el retiro, los servicios de salud, la
distribución del agua o la energía eléctrica, etc.); los presupuestos
sociales se recortaron e incluso, muchos programas de beneficio social
desaparecieron.
Al mismo tiempo que se daba el nacimiento de este nuevo modelo
de Estado, la globalización se colocaba como la forma dominante de la
economía a nivel internacional, haciendo que los países fueran cada vez
más interdependientes económicamente. Hoy, gracias a las
redes informáticas y al uso que hacen de ellas los intereses económicos,
lo que sucede en un lado del mundo repercute inmediatamente en el otro:
las noticias y los flujos de dinero están integrados electrónicamente y de
manera instantánea, haciendo del planeta un gran mercado.
Es precisamente por este gran mercado que un día favorece a una nación
y al siguiente la condena, que la globalización ha disminuido el margen de
acción de los estados al interior de sus propios territorios, quitándoles
, a tal punto que vemos
grandes uniones de países como estrategia para enfrentar la nueva
competencia económica mundial. Ejemplos claros de esto son la Unión
Europea o el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica.

Vacíos en el poder del Estado. Lo que hay detrás
del adelgazamiento del Estado y la disminución de su soberanía es una
pérdida de poder que se ha distribuido entre otros actores sociales:
Las grandes empresas. En buena medida, el vacío dejado tras el
adelgazamiento del Estado ha puesto en manos de la iniciativa privada la
responsabilidad del crecimiento económico. Así, las grandes empresas han
alcanzado un lugar importante en el mundo: según datos del diario mexicano
La Jornada, a inicios del año 2000, de las 100 entidades económicas
más grandes del mundo, 51 eran corporaciones (medidas por su ingreso) y 41
eran naciones (medidas por su producto interno bruto), lo que quiere decir
que hoy existen compañías que son más grandes que la mayor parte de los
países.
Las organizaciones no gubernamentales. Muchas de
las actividades de seguridad social que estaban bajo el control del Estado
han pasado a la iniciativa de las personas, en un tipo de organizaciones
conocidas como No gubernamentales, entidades de carácter no lucrativo
creadas por particulares, que tienen como finalidad el bien de la
comunidad en un campo de acción determinado, como la lucha contra las
adicciones, la disminución de la corrupción, la conservación de los
recursos naturales, la vigilancia del Estado o la defensa de los derechos
humanos.
Los poderes locales. El debilitamiento de los
estados nacionales ha permitido que se revigoricen los poderes locales. A
la sombra de este fenómeno, viejos movimientos de separación, como el de
los vascos o los irlandeses, que quisieran formar una nación distinta e
independiente de España e Inglaterra respectivamente, han tomado nuevas
fuerzas, e incluso el racismo ha vuelto a aparecer como una gran amenaza
dejada tras del fin del Estado benefactor. Ejemplos de esto último son los
brotes de violencia contra los inmigrantes de países pobres en Austria o
la matanza desatada entre serbios y croatas en la ex Yugoslavia. Suena
extraño, pero en este entorno global, hay quienes quieren formar pequeños
grupos…
Los organismos internacionales. Finalmente, en la política
exterior, las instituciones internacionales cobran una mayor influencia,
principalmente las de apoyo financiero como el Fondo Monetario
Internacional o el Banco Mundial, que prestan dinero a las naciones,
condicionado a la aplicación de una serie de medidas económicas que ellos
imponen, y las de acción política y militar, como el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas, en el que se toman decisiones para intervenir
militarmente en países con conflictos; este Consejo es dominado por los
cinco mayores países del mundo.
Es curioso, las tecnologías de la información no juegan un papel
directo en la transformación del Estado, sin embargo, el Estado
delgado es el de la sociedad de la información.

Con la disminución del Estado y la redistribución de muchas de sus
atribuciones y de los poderes asociados a ellas, en los países se empieza
a tejer una red de actores en permanente movimiento, de tal forma que el
poder específico de cada uno de ellos varía de acuerdo a la circunstancia
y el momento.
La imagen por encima de los programas políticos.
Por ejemplo, en muchos lugares, los partidos políticos tradicionales
han tenido que enfrentar la competencia de nuevos organismos, como los
partidos ecologistas en las elecciones, o las organizaciones no
gubernamentales en la defensa de los derechos de los ciudadanos, de hecho,
en circunstancias especiales como las campañas electorales, se han visto
opacados e incluso suplantados, por la personalidad de algunos de sus
líderes o de sus candidatos.
Hoy la política se hace en los medios de comunicación
masiva. En efecto, la política de la sociedad de la información
atiende más al manejo de personalidades y de mensajes publicitarios que a
las ideas: sin importar cuál sea su programa de acción y sus propuestas,
un partido puede perder las elecciones si su candidato no sabe manejarse
adecuadamente ante los medios de comunicación o si es sospechoso de un
escándalo sexual o cosa por el estilo. Gracias a la potencia, la rapidez y
la enorme presencia de la televisión, la radio y las redes informáticas y
de telecomunicaciones por una parte, y al vacío dejado por el Estado
benefactor por la otra, las estrategias específicas de comunicación para
medios masivos y la personalidad carsimática de los líderes sustituyen al
partido político, a su declaración de principios y su programa de acción,
elementos clásicos de la sociedad industrial.
Internet en la política. En el terreno político
Internet ha permitido dos tipos de fenómenos que pueden considerarse
nuevos. El primero de ellos es la posibilidad de lograr una gran
resonancia aun cuando sea pequeño o desconocido. Para ilustrarla qué mejor
que un ejemplo mexicano: el 1 de enero de 1994 las agencias
internacionales recibieron la noticia de la toma de San Cristóbal de las
Casas vía Internet; así, el movimiento zapatista chiapaneco fue el primer
conflicto on-line de la sociedad de la información, ya que implicó
más palabras y declaraciones por vías electrónicas que balazos. Sin
Internet, es probable que el movimiento de los zapatistas no hubiera
tenido la resonancia que todos conocemos.
El segundo es la ampliación a nivel internacional de las comunidades de
interés específico, como los grupos de apoyo para infectados de SIDA o los
militantes del neonazismo, todos ellos con importantes páginas en la red.
Sin la participación de Internet, la expansión de sus actividades a varios
países hubiera sido más difícil y lenta. Además, el servicio permite la
formación de grupos de interés transitorios, orientados a un fin
específico, como lo ejemplifica lo sucedido con la Ley de Decencia
propuesta por el Partido Republicano de los Estados Unidos, que pretendía
castigar a quienes difundieran pornografía por Internet. Fue aprobada por
el congreso norteamericano a inicios de 1998 y la reacción fue inmediata:
las organizaciones de derechos humanos y civiles se movilizaron, y en todo
el mundo comenzó un luto simbólico en Internet: miles de sitios
aparecieron con fondo negro (páginas de gigantes como Microsoft, Apple,
Macromedia, Netscape, incluidas). Uno de los argumentos que más se
esgrimieron fue la naturaleza extraterritorial del mandato del congreso,
además de los consabidos alegatos en favor de la democracia y la libertad
de expresión. No pasó un mes antes de que la Ley quedara derogada.

Por siglos y siglos, las diferentes formas de ver el mundo y entender
la vida, es decir, las culturas, fueron generadas por gentes que
compartían un mismo espacio, el lugar de residencia de sus
comunidades.
Con los medios de comunicación masiva y las redes informáticas de la
sociedad de la información las cosas han cambiado, porque de manera
cotidiana, las personas se ven expuestas a símbolos e imágenes que fueron
generados en lugares y circunstancias distintas. De hecho, la mayor parte
de la comunicación de masas no fue creada en los lugares hasta los que
llega y, en muchos casos es de esta red global de símbolos de donde
obtenemos las imágenes que determinan nuestra conducta, nos inducen al
consumo, nutren nuestros sueños y alimentan nuestras pesadillas.
Pensemos, por ejemplo, en los cines que existen en las comunidades
rurales de los países pobres; a muchos de ellos llegan las películas
norteamericanas que fueron éxito de taquilla en las grandes ciudades, no
sin cierto retraso. ¿Qué tiene que ver Silvester Stallone combatiendo
contra el terrorismo internacional con una población pobre que se dedica
al cultivo de alimentos y la cría de ganado?

Y es que en verdad estamos rodeados por el entorno de los medios de
comunicación, y una buena parte del día somos receptores de sus mensajes,
sin importar en dónde vivamos. Detengámonos por un momento en el caso de
México. Para 1999, 99% de los hogares mexicanos contaban por lo menos con
un aparato de radio; en 1998 los niños mexicanos veían un promedio de 20
mil anuncios comerciales por televisión al año, y 97% de las películas que
se exhibían en las salas cinematográficas del país eran extranjeras, con
una abrumadora mayoría estadounidense.
Con el poder y la penetración de los medios de comunicación de la
sociedad de la información, nos encontramos una manera de forjar las
identidades culturales que a diferencia del pasado, incluye una cantidad
cada vez más grande de ideas e imágenes que no pertenecen al lugar en el
que habita la comunidad. Se trata de un fenómeno nuevo y en formación, del
que desconocemos todavía sus alcances, pero que afecta y afectará sin duda
al ideal de vida y a los deseos de las personas. Esto se nota, en cierta
medida, en los movimientos migratorios de los países pobres a los países
ricos: lo que expulsa a los pobres de sus lugares de nacimiento son las
difíciles circunstancias económicas en las que viven, pero lo que los
atrae a los países ricos son las expectativas que se han formado a través
de los medios de comunicación.

La familia es importante para la sociedad,
porque es en ella en la que se forman los individuos y se aprenden las
normas de conducta. Por varios siglos, el ideal fue la familia nuclear,
formada por un padre, una madre y uno o más hijos. Dentro de este grupo,
el padre era la autoridad más importante, que se proyectaba a una sociedad
llamada por ello mismo patriarcal, en la que las casi todas las
posiciones de poder eran ocupadas por varones. Se educaba a los hijos
siguiendo un modelo de roles sociales en los que el mundo del trabajo
pertenecía a los hombres y el del hogar a las mujeres; los hombres debían
ser fuertes, valientes y rudos; las mujeres, delicadas, femeninas,
discretas y obedientes.
Gracias al crecimiento de los movimientos feministas y a la inclusión
masiva de la mujer en el trabajo durante el siglo XX, la familia nuclear y
el patriarcado entraron en crisis. Durante las últimas décadas se vio un
aumento espectacular en el número de divorcios, y con él, un incremento en
el número de hogares de mujeres solas viviendo con sus hijos.
GRANT WOOD/American Gothic (1930) The Art Institute of
Chicago

Fuente: Castells, Manuel. La era de la información.
México, Siglo XXI Editores, 1999. Vol. II, p. 165.
Todo parece indicar que en la sociedad de la información, el
patriarcado no tendrá lugar más que dentro de los gobierno autoritarios o
fanáticamente religiosos, y que nos dirigimos hacia un tipo de familias
más abiertas, que encuentran apoyo emocional en redes de personas externas
al hogar, tales como las terapias psicológicas, los grupos de autoayuda o
hasta los programas de televisión y radio en los que se analizan casos de
la vida real (conocidos como talk shows).
Por otra parte, si el modelo de familia está en crisis, es natural que
la formación de la personalidad que se da en su seno también lo esté. De
hecho, estamos viviendo tiempos en los que la gente está dejando atrás la
adaptación a los roles sociales de mujer y hombre para
construir la personalidad con base en sus propias experiencias. Ideas como
dejar salir el lado femenino para los hombres, aprender a
ejercer el poder sin parecer masculina para las mujeres, o construir
relaciones de pareja con igualdad de oportunidades para ambos sexos, están
de moda en estos días.

Para terminar esta sección, inspeccionemos qué sucede en la periferia
de la sociedad de la información. En un mundo en el que 80% de la
población vive con menos de 3 dólares al día, la mayor parte de las
personas económicamente activas —es decir, con una actividad que le
produce ingresos— se ocupa en tareas que están en la parte más baja de la
escala de puestos de la economía global o, de plano, se dedica a
ocupaciones no directamente relacionadas a la globalización. Es entre
estos 4 mil 800 millones de personas que vemos a los trabajadores
genéricos e intercambiables que se describieron en el capítulo
anterior, a la mayor parte de los habitantes de las naciones pobres y
medias, a la casi totalidad de la población rural y a los más pobres de
las economías ricas del planeta.
En la era industrial, cuando la población mundial era menor, estos
pobres eran una fuente permanente de mano de obra barata y, en muchas
ocasiones, los recursos naturales de sus lugares de residencia podían
proporcionar materias primas necesarias a la producción industrial. ¿Qué
papel juegan hoy para el sistema económico global? La novedad es que no
juegan ninguno: la mayor parte de ellos no son importantes para el
capitalismo moderno ni como consumidores ni como trabajadores, e incluso
gravitan como una amenaza para la conservación del equilibrio ecológico,
ya que consumen recursos naturales sin control alguno: tala de árboles
para conseguir leña con la que cocinar sus alimentos; producción de basura
en los cinturones de miseria de las ciudades; agotamiento de la tierra
debido a prácticas de cultivo rudimentarias, etcétera.
Son la herencia de exclusión proveniente de la era industrial, pero
ahora con las barreras adicionales debidas al difícil acceso a las
tecnologías de la información. Encontrar la forma de incluirlos en el
desarrollo es uno de los retos más importantes para la humanidad, en el
presente y en el futuro inmediato. La sociedad de la información nació con
una población cercana a los 6 mil millones; tan sólo dentro de 25 años se
agregarán 2 mil millones de personas más al planeta, para alcanzar una
población de 8 mil millones en el 2025. La tarea es descomunal.
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