Hay cosas que se quedan inmóviles. Un tren detenido. Un hombre suicida arrepentido a punto de botarse de un precipio. Una lágrima en un rostro desolado. Hay cosas en la vida que no cambian. Que lo acompañan a uno hasta la puerta del cementerio. Por ejemplo, el equipo del que uno se hace hincha en algún momento lejano de la infancia y que lo marca para siempre. Por ejemplo, el deporte que le roba el alma. No hay plata, poder humano, guerra, campaña, técnico, fracaso que haga cambiar a un hincha de verdad el amor que siente por su camiseta. La sangre se negocia pero el equipo no. La vida se pone en duda. Suicidas en potencia, pero el fútbol no. De él no se blasfema, no se hacen burlas. Es sagrado. Es fidelidad y entrega. Es parte esencial de la vida. Siempre se debe desconfiar de ese individuo que no lo juega, que lo odia, que lo mira con rencor y que asegura orgulloso que no le interesa. Ese hombre, así sea Jorge Luis Borges o tanto otro intelectual, es un ser humano sospechoso. Un anarquista. Un demente. Odiar al fútbol es síntoma de enfermedad. De odio a la humanidad. Nadie con un poco de locura, de paraíso y de infierno, nadie con un dolor en la cabeza, con una vida común y corriente, con un trabajo de seis a seis y una fábrica en la vida, puede no emocionarse con el recorrido hermoso de un balón al área de gol. Nadie puede no ser feliz cuando un desconocido, cuando un transeúnte de la existencia, toma un balón en sus pies, se acerca a otro desconocido, dribla al arquero y emboca un buen gol. Nadie no puede alegrarse con la felicidad ajena de celebrar una anotación en el que uno no tiene parte. Cómo cuando se va por la calle, por la avenida, por la rutina y de repente, sin anuncio, sin tocar a la puerta, sin estirar la mano, aparece un partido de anónimos, de obreros, de niños y la vida lo detiene a uno un segundo para verlos jugar. Cuántas veces la envidia no lo asalta a uno mientras va al trabajo o a el estudio, y ve a alguien con un balón pateando a la felicidad que lo invita a uno, pero la vida no lo deja. La mayor alegría posible es sin duda jugar al fútbol. Ya sea como hincha o como parte de un equipo. Sentir el balón en los pies, en el alma, no es comparable ni con un buen sexo. Ver ganar al equipo del alma con un estadio lleno paga mil derrotas. Uno allí como parte de la masa, del todo, del universo de cemento. Uno allí en un rincón de asfalto, en un laberinto de gradas, contagiándose de un sólo y sincero amor. Esa es la hermosura del fútbol. Ese es el salvavidas que lanza cuando el agua ya bordea la garganta. Y eso que a veces desilusiona, que a veces fracasa, que a veces produce lamento. Por eso y por mil razones más uno no se cansa de seguir por los estadios, por las calles, por los parques a los equipos. Por eso uno no cambia de camiseta. El fútbol confirma lo que el hombre y la mujer no han podido hacer nunca, y es que la fidelidad si existe. Entonces cuando ya se ha encontrado el amor no hay ojos sinceros para otras, ni cafés ni camas que inviten a otra religión. El fútbol es la trinchera en la que el hombre se resguarda. Y el equipo del que uno se hace hincha es el predicador al que uno sigue, aunque a veces el tren parta con la ilusión y coja otra camino, aunque el suicida decida botarse al vació y acabe con la esperanza de vida. Aunque a veces la lágrima abandone el rostro... Por: Andrés Gómez V. |