Un grito en Palau-sator

Esta es la pequeña y dramática historia de un mural, quizá atrevido, de un cura entre utópico y confiado, y de un artista con ideas claras, cultas y comprometidas. De un pueblo humillado y de un país destrozado por unos bribones que ostentaban el poder de las armas. Pero el grito del Cristo del ábside de la pequeña iglesia de Palau, y el de todo aquel que desea un nuevo estilo de sociedad, resuena y resonará a través de los años y de los pueblos humillados. Nuestro país ha levantado cabeza y puede respirar más o menos, pero quedan otros pueblos, otros países donde conviene que resuene un nuevo grito mucho más fuerte y mucho más vivaz. Ayer, éramos nosotros; hoy, quedan muchos países en América central, en Asia y en África, donde las botas de las hordas imperan con alevosía y despotismo, anulando a personas, a culturas, y conculcando toda clase de derechos. En el mundo y también en Europa, el continente civilizado por excelencia, se respira un aire cargado de malos agüeros. Ojalá que no se levanten los 'guerrilleros' entre nosotros con pretensiones de dominio y devastación. Es por esto que queremos que se oiga otra vez ese gran grito.


Mural del ábside de Sant Pere de Palau-sator

Nicolau Moncunill y Cirac. Un crit a Palau-sator. Publicacions Alt Camp, 1994.


Más allá de la anécdota

Más allá de la anécdota del mural de Palau-sator, presa fácil para buscadores de sensacionalismos, está el sentido último de la obra que Bosch Martí ha realizado con un acierto artístico discutible, pero con una innegable oportunidad histórico-sociológica.

Con un acusado rigor testimonial, con un estilo deliberadamente o involuntariamente 'naïf', Bosch Martí ha escrito sobre el ábside de la pequeña iglesia un vasto resumen histórico y a la vez una objetiva crónica del tiempo en que vivimos. Más que el estilo nos interesa el tono de esta obra. Podía ser tendenciosa, partidista, panfletaria, y sin duda habrá quien la interprete así. Podía reflejar también el compromiso, la ideología personal de su autor. Pero Bosch Martí se ha volcado en un trabajo de honestidad y de transparencia, y se ha instalado voluntariamente en una línea objetiva, de sencillo reportaje popular, con deseo desmitificador y autocrítico, pero con una postura de comprensión que hace de su mural una obra abierta, de significado plural, capaz de cualquier interpretación cristiana y humana. Se pueden distinguir sin esfuerzo en la pintura dos significados: uno inmediato y casi periodístico; y otro, alegórico, enriquecido con una simbología universal. Los dos significados se mezclan.

croquis

1. Cristo - 2. La fuente de Palau-sator - 3. La sardana - 4. Payeses del Empordanet - 5. El abad Oliva - 6. Wifredo el Belloso - 7. Ramon Llull (Raimundo Lulio) - 8. Mn. Jacinto Verdaguer - 9. Salvador Espriu - 10. Pompeu Fabra - 11. Cardenal Vidal y Barraquer - 12. Abad Escarré - 13. Theilard de Chardin - 14. Aristóteles - 15. Galileo Galilei - 16. Santo Tomás de Aquino - 17. El Santo Oficio - 18. Condorcet - 19. Pasteur - 20. Juan XXIII - 21. Hitler - 22. Reyes y personajes absolutistas - 23. John F. Kennedy - 24. Martin L. King - 25. Gandhi - 26. Camilo Torres - 27. 'Che' Guevara - 28. Fidel Castro - 29. Mujeres del Tercer Mundo.

Alrededor del altar, sobre unos ocres deslumbrantes, se abre el panorama del Empordanet (Bajo Ampurdán): presencia del paisaje, del pueblo que trabaja, de los payeses que siegan los campos con el sudor de su frente. Enmedio, al lado de la fuente de la plaza, símbolo de la riqueza del pueblo, la sardana dibuja con su redonda la solidaridad de un país que 'Ama y avanza dándose las manos'.

En la parte superior del ábside, sobre los azules siderales, la sardana se repite en una teoría de rostros ilustres, hechos importantes de la historia del país, desde el Abad Oliba hasta el Abad Escarré, presididos en el centro por la figura todavía viva y ya simbólica de Salvador Espriu.

A derecha e izquierda, los dos núcleos del retablo. A la izquierda, como en un comic, el perfil y la mano de Teilhard de Chardin explican sin palabras la evolución humana a través de la historia. Aristóteles, pensativo, representa al mundo de la antigüedad y tiene como contrapunto, frente a frente, a Santo Tomás de Aquino. Encima de la oscuridad de la Edad Media, una figura episcopal evoca al Santo Oficio, el jerarquismo, el poder temporal de la iglesia... Delante, Galileo levanta la bola del mundo en un gesto triunfante de hombre del Renacimiento. A su lado, el enciclopedista Condorcet proclama los Derechos de la Revolución Francesa. Las columnas de Grecia caen y se rompen en mil pedazos: pronto serán polvo y átomos sobre la cabeza de Pasteur, en quién se resume el progreso de la técnica de la ciencia y la investigación. Y Juan XXIII, finalmente, abre sus brazos y mira a Cristo asumiendo con su gesto inmortal toda la historia humana.

Por el otro lado, la silueta de Hitler nos introduce de golpe en la visión de la injusticia, de la violencia y de la opresión. Sobre el círculo, se levantan las águilas del imperialismo, los cuervos de la represión, las cabezas con sombrero o coronadas de los grandes absolutistas. Dentro, los desdichados pasan su calvario. John F. Kennedy y Martin L. King mueren con un gesto idéntico de brazos abiertos, mientras se adivina al fondo la sombra de una nueva víctima: Gandhi. Después de los pacifistas vienen los que se ha defendido y que, no obstante, también han muerto en la lucha: 'Che' Guevara y Camilo Torres. Encima de ellos, Fidel Castro, única figura viva de la escena, levanta la gran piedra de la revolución. Y unas mujeres, con sus hijos hambrientos en brazos, lanzan al Cristo el grito desesperado del Tercer Mundo.

Los dos laterales, pues, confluyen en el Cristo que, de pie sobre el paisaje del pueblo, constituye el centro de la obra. No está clavado, sino que se apoya en la cruz como en el trono de su fuerza; este Cristo con pantalones de pana y cuerpo de leñador del Empordanet levanta los brazos y responde con una imprecación al espectáculo que le rodea. Lejos de la tradición iconográfica de los Cristos pacientes, éste es el Cristo que reclama la justicia de su Padre y de los hombres.

La mirada del espectador queda finalmente sorprendida por la fuerza de esta imagen: es el impacto definitivo y, a la vez, la gran incomodidad del mural de Palau-sator. Hasta aquí, cada cual puede interpretarlo como quiera y darle el sentido que más le plazca. Sin embargo, en este punto parece romperse inevitablemente la deseada objetividad del artista. Más allá de la anécdota, nos quedará en la memoria aquella boca abierta, aquel gran grito.


NARCÍS-JORDI ARAGÓ. Revista 'Presència', 2 de agosto de 1969.


Los hechos del 4 de febrero de 1969

No es necesario decir que fuímos, tanto el pintor como yo, estrechamente vigilados, con toda seguridad, por la policía secreta, a requerimiento de Pérez Viñeta, Capitán General de Barcelona por aquellos tiempos. También las voces de la ultraderecha nos hicieron ver a través de 'Fuerza Nueva', 'Qué pasa' y 'El Cruzado Español', que urgían la rápida e inmediata desaparición del mural.

Dos o tres días antes de los dramáticos hechos recibí una comunicación telefónica por la cual se nos pedía que, el día 4 de febrero, el pintor y yo nos dignáramos enseñar y explicar el contenido del mural a un grupo de estudiantes de Bellas Artes de Barcelona, interesados en todo lo que fuera innovador. No sospechamos, ni Lluís ni yo, de la más que normal y lógica propuesta, ni que, por detrás, se nos preparase la trampa de la agresión. Contentos, preparamos el 'feliz' acontecimiento. A media tarde del día fatal, Lluís estaba ya en Palau. Era un día gélido, la tramontana soplaba fuerte y un cielo liso y claro daba la luminosidad diáfana, tan característica del Ampurdán. El pueblo estaba desierto, ya que, por el frío intenso, nadie se atrevía a rondar por las calles, sacudidas por el viento. Pasaban las horas y nunca llegaban los visitantes anunciados. Un pequeño vapor se escapaba de la rugiente fuente del medio de la plaza y desaparecía rápidamente por el impulso del fuerte viento. Empezaba a oscurecer, alguna vaca iba a beber antes de ser ordeñada. Poco després, todo quedaba en la máxima soledad, sólo los golpes y largos silbidos de la tramontana acompañaban a los últimos rayos solares. Casi de noche, decidimos ir a La Bisbal con el 2 CV para poderlos guiar, en caso que se hubieran extraviado. De vuelta, ya completamente en la oscuridad, hacia Palau, vimos ya cerca de Canapost, tres coches, uno de ellos un Dophine con matrícula de SS, que se dirigían al pueblo. Convencidos que los habíamos localizado, los seguimos y llegamos conjuntamente hacia las siete. Las luces de las calles eran parcas y daban una luz triste. Sólo se oían los golpes y los sucesivos bufidos del aire enfurecido que levantaba el polvo de las calles sin asfaltar. Aparcamos al lado mismo de la iglesia, los tres coches de los visitantes y el mío.

En la puerta, me di cuenta que me faltaba la llave para poder abrir. Observé, al mismo tiempo, a los individuos que nos rodeaban a punto de entrar. Vi que no todos eran jóvenes y, sin desconfiar, lo atribuí al hecho que podían ser algunos profesores o parientes de los estudiantes. Uno de ellos llevaba un escudo con las cuatro barras en la solapa, cosa que me dió cierta confianza y deducí, erróneamente, que eran gente del país. Al volver de la rectoría, donde tenía la llave, vi que uno de ellos estaba dentro de mi coche registrándolo con una linterna. A pesar de esto no desconfié, pero sí que me sorprendió. Una vez abierta la puerta del templo, nos introducimos en la nave y Bosch Martí empezó su versión del mural, el cual, confiado y con la buena fe que eran gente joven y comprometida con el mundo del arte, les glosó el mural con una interpretación bastante progresista por aquellos tiempos. Nos pidieron si podían fumar, cosa bastante fuera de lugar, pero dados los aires progresistas que nosotros interpretábamos de sus propuestas, los dejamos en libertad para que hicieran lo que les pareciese. Durante la explicación, algunos de ellos simulaban que tomaban apuntes con unos folios que tenían en mano, esto nos dio todavía más confianza. Yo estaba al lado del Evangelio y Lluís en el de la Epístola, cuando, enmedio de su perorata, se escuchó una voz fuerte y grave que gritó 'A ellos'. Entonces lo vi todo claro, las fuerzas de la represión más brutas, más bárbaras y más incultas de la España negra y carca, nos rodeaban y nos agredían. Tuve miedo, no deseo a nadie que pase en la vida por un trago semejante. He odiado a la violencia, pero nunca nadie puede hacerse una idea real de una cosa hasta que no la sufre en la propia carne.

Cuatro o cinco se me echaron encima, me golpearon, me rompieron las gafas y me lanzaron al suelo delante mismo del altar mayor. Mi reacción en ese momento fue de recriminación del hecho, y les dije textualmente que 'con hechos de esa índol no convencerían a nadie'. Me amenazaron con una pistola y con un cigarrillo encendido dirigido a los ojos, me dijeron que si decía algo más o si gritaba me los quemarían. Entonces, intimidado, me quedé quieto. Me taparon los ojos y la boca con un esparadrapo amplio dando dos vueltas a la cabeza. Me levantaron y me hicieron sentar en el primer banco y me ataron allí, no muy fuerte. Mientras, un fuerte olor como de tinta de imprenta, muy conocido para mí, impregnaba mi olfato. Gritos de 'Viva Cristo Rey', 'Kaput', 'Abajo los herejes' se sucedieron en el transcurso de los hechos. Los golpes siguieron; a pesar que es digno de destacar que uno de ellos me decía de vez en cuando: 'Padre, yo he venido a la fuerza, a mí me han obligado'. Verdaderamente me dio mucha pena, a pesar que no le di ninguna señal de agradecimiento o de comprensión. Me consta que poco después, un guardia civil de Barcelona fue atendido por un cura amigo mío, de una fuerte crisis, y que dijo que lo forzaron a ir a Palau 'a agredir al cura'.

No tengo ni la menor idea del tiempo que transcurrió durante todo el dramático suceso. Al final, me golpearon fuertemente a modo de despedida y sentí como si se juntaran al fondo de la iglesia, y entonces gritaron unas consignas rituales, y la misma voz que había dicho 'a ellos' se expresó en voz alta, no sé si dirigida a nosotros o a alguien de los asaltantes: 'Ahora avisad a la guardia civil'. Rompieron la cerradura de la vieja y gruesa puerta de entrada al templo y se esfumaron.

Todo quedó en silencio. Nomás el fuerte olor de tinta y el barullo de la tramontana daban la alerta que estaba vivo, y que la tempestad ya había pasado. No tenía ningún hueso roto, el cuello y la cabeza me dolían, sangraba por la nariz, las cuerdas estaban flojas y fácilmente pude desatarme. Me quité, como pude, el esparadrapo de los ojos y la boca, y pude contemplar la obra definitiva de los 'Guerrilleros de Cristo Rey': unas largas manchas negras y rojas ensuciaban el ábside; el libro de los documentos del Vaticano II, que tenía siempre sobre el altar, no estaba; allí a la derecha, vi a Lluís, medio echado sobre el banco, le habían hecho más daño que a mí. Se ve que todavía había privilegios con el clero. Tenía muchas marcas ensangrentadas alrededor de la cabeza, y estaba semiinconsciente. Le cogí como pude, le quité los esparadrapos, lo desaté y lo saqué de la iglesia sin darle tiempo para contemplar la obra vandálica.

Después de la desgracia

Me di cuenta que me faltaba la cartera con todos los documentos: documento de identidad, carnet de conducir, unas pesetas y tarjetas de amigos conocidos en el País Vasco. Después Lluís me dijo que a él también se la habían robado. La bufanda rojiza se ve que a alguien de ellos le gustó, y las gafas estaban bien rotas. El coche me lo respetaron. Cosa importante, ya que para mí era un medio de transporte completamente imprescindible.

Una vez al aire libre, nos dirigimos a la primera casa de confianza, y que tanto nos habían acogido. En casa de los Riembau estaban cenando tranquilamente sin sospechar, ni lo más mínimo, el drama que a pocos metros se estaba desarrollando. El susto que se llevaron fue indescriptible. Todavía hoy recuerdan el escalofrío de hace veinticinco años, sobretodo el abuelo, hoy ya fallecido. Tuvieron trabajo para que volviera en si. Nos asistieron con amabilidad y cordialidad admirables.

Nicolau Moncunill y Cirac. Un crit a Palau-sator, Publicacions Alt Camp, 1994.


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