Diversidad en la sexualidad, conflicto y paz

 

Ponencia elaborada con base en el discurso de Gaeds – UN para el Encuentro Género y Sexualidad: otras perspectivas de la paz y el conflicto por:

Hernando Escobar (nandoev@yahoo.es)

Sebastián Romero (jserleal@yahoo.com)

Edwar Hernández (fagwc@eudoramail.com)

Arturo Sanjuán (chuchuarquiz@hotmail.com)

 

12 de septiembre de 2001

 

Entendiendo que la sexualidad en sí misma es diversa y mutable, hablar de diversidad en la sexualidad sería redundante; sin embargo, es un énfasis relevante puesto que tradicionalmente la sexualidad ha sido restringida a ciertas prácticas que recibirían el certificado moral de ‘socialmente aceptadas’, quedando excluidas las demás prácticas que también hacen parte de la sexualidad y su diversidad inherente.

La diversidad, además, da relieve a un componente primordial de la vida. Enriquece las especies y los ecosistemas. Se dice que un ecosistema es más rico cuando es más biodiverso y que una especie es menos viable cuando sus individuos poseen la misma información genética, de hecho, un criterio, para considerar que una especie está en vía de extinción, al margen del número de sus individuos, es la homogeneidad de su información genética.

De la misma forma, entre los humanos, la diversidad y la mutabilidad son las que han permitido la adaptación de la especie, su enriquecimiento tanto biológico, como cultural y racial. Sin hablar de que es gracias a la capacidad de mutar, de adaptarse, que existe la vida como la conocemos. Sin diversidad, seríamos fragmentos de carbono, a lo sumo proteínas. Y, sin embargo, tememos a lo nuevo y a lo diferente, lo excluimos, lo anulamos.

En esta ponencia se intentará mostrar cómo esa restricción en particular y, en general, cómo varios grupos de convenciones que normalizan el comportamiento humano (aparatos económicos, sistemas políticos, escalas morales), fuerzan o, más claramente, escorzan la naturaleza humana, es decir, la hacen aparecer en posiciones casi dislocadas, artificiosas, como una suerte de manierismo que en lugar de manipular las formas hacia la belleza, las invierte hacia la mueca.

La guerra, por ejemplo, es tan solo un síntoma de un conflicto social y ético más profundo. Podría firmarse mañana mismo la paz, ¿y ese sería el final del conflicto, del malestar social?

Por su puesto que el alivio de los síntomas facilita las cosas, pero mientras no se cure la enfermedad, se corre el riesgo de que ésta se siga agravando.

Y la enfermedad, a nuestro juicio, consiste en el malestar del individuo en la cultura vigente, una cultura de la amputación del ser. Una cultura que espera de los individuos que sean unívocos, coherentes y consecuentes con algo externo y artificial, con una normativa que es muy arbitraria porque desconoce la naturaleza humana, si es que hay una ‘naturaleza humana’. Niega, por ejemplo, el componente instintivo de la sexualidad.

Y, al decir que desconoce, nos referimos a dos cosas: a la mera ignorancia y a la omisión dolosa: por ejemplo, para facilitar el control y mantener el status quo. Esto se ilustra en la norma del celibato, que surge como una necesidad de la Iglesia para evitar que sus bienes se distribuyan entre las familias de sus ministros.

Y esta normativa se sostiene sobre la ley del más fuerte: el poder basado en la ley del más fuerte. Pero la fuerza y el poder ya no consisten tan solo en la fuerza física, la de los músculos; sino en el poder económico, el poder político y moral, el dominio de la ciencia, la tecnología y la información. También, en una de sus manifestaciones más pedestres y básicas, el poder reside en la fuerza de las armas, mediante las cuales se genera miedo y se manipula a quien lo padece.

La misma manipulación a través del miedo que se ejerce desde las llamadas violencias estructurales, más solapadas pero igualmente efectivas. Y en gran medida, es desde alguna de estas manifestaciones violentas del poder, que se fijan normas que resultan más arbitrarias e inadecuadas porque no se construyen desde una ética de la convivencia sino desde la lógica de la ley del más fuerte.

En este orden de ideas, la sexualidad, inherente a todos los seres humanos, también está sujeta a toda esta normativa que se consolidó a través de la historia de la humanidad y que, en particular, en las culturas influenciadas por el judeocristianismo, es coercitiva. Se ha tratado de una normativa homogeneizante (que aniquila lo diferente), machista, patriarcal, heterosexista, bipolar (con una polaridad moralista maniquea, que reduce las opciones a dos: la buena y la mala, y la ‘mala’ se excluye y anula sistemáticamente, como se mostrará más adelante).

A priori de que la naturaleza de la sexualidad humana se desconoce a fondo y a priori de que los instintos están ahí con cierta evidencia, la expresión de la sexualidad se reduce a un deber ser sesgado. Entonces, de la misma forma que la diversidad en la sexualidad empieza a esbozarse en sus diferentes esferas de expresión, se empieza a reprimir mediante la discriminación, la negación, la exclusión.

Una primera esfera de expresión de la sexualidad (aunque la numeración, en este caso, no significa orden de prioridad o cronológico, solamente orden de enunciación) es la instalación sexuada: el cuerpo con el que nacemos y que se sigue formando a lo largo de nuestra vida, frente al cual podemos sentirnos adecuados, resignados o inspirados a modificarlo para que cumplan nuestras expectativas con respecto a nosotros mismos y a nuestra interacción social.

Pero la norma dictamina que el cuerpo debe ser de hombre o de mujer, para siempre, si es hermafrodita, amputar, cercenar. Dictamina que al cuerpo pueden modificársele algunas cosas, pero otras no: Una mujer puede ponerse o quitarse senos para sentirse mejor con su cuerpo, pero la misma mujer, para adecuar su instalación sexuada a otras expectativas de vida (como querer ser un hombre), no puede hacerlo con igual libertad. Primera posibilidad de diversidad y primera esfera de exclusión: se niegan la transexualidad y el hermafroditismo como opción permanente.

En la segunda esfera, cada individuo enfrenta su instalación sexuada, y sus expectativas de interacción a través de su cuerpo tal como quiere construirlo, con el paradigma bipolar social de masculino - femenino. Si es hombre debe ser masculino y si es mujer debe ser femenina, con todas las connotaciones y aperos que eso entraña. Se les niegan al hombre la feminidad y a la mujer la masculinidad (si es que la masculinidad y la feminidad realmente existen como noción inherente al ser humano). Se niegan, de paso, la androginia, el transgenerismo, el travestismo o la posibilidad de asumir la existencia al margen de la cuestión de género. Se sigue forzando la naturaleza de cada persona, su libertad para optar (puesto que no hay equidad entre las opciones: cumplir el paradigma es la opción sobre la que se informa desde que nacemos, con ese paradigma somos moldeados; cualquier otra opción, es la mala, la perversa, la enferma).

En la tercera esfera, se desarrolla el erotismo y aparece una nueva casilla estanca para diferenciar lo bueno de lo malo: lo heterosexual y lo homosexual, como si el erotismo se redujera a eso. Lo heterosexual y lo homosexual, así de diferenciados e inamovibles; y lo homosexual, de nuevo, se discrimina. Pero, incluso dentro de lo heterosexual, se fijan límites: ciertas prácticas, ciertas posiciones, para ciertos fines, en ciertos estados civiles, a ciertas edades (a los más jóvenes y los adultos mayores se les niega el erotismo de plano).

Veamos un ejemplo de cómo se ejerce coerción en cada esfera de expresión de la sexualidad a través de la fuerza en dos niveles: uno micro (el de la familia) y otro macro (la sociedad y el conflicto armado):

En la esfera micro, pensemos en una familia en la que se impone la voz del que hable más fuerte: el padre dice a su hijo: "se me corta el pelo, se me quita el arete y punto. Se acabó la discusión"

Entre tanto, en la esfera macro estarían los medios de comunicación que tienden hacia el monopolio y la concentración: ¿quién habla más duro hoy?, los canales privados. Y ¿qué dicen los canales privados sobre la diversidad en la sexualidad?, ¿acaso no refuerzan el estereotipo del padre de familia antes citado?

Pero si no es suficiente hablar más fuerte que los demás para imponerse, al padre le queda otra opción: "si no estás de acuerdo con cortarte el pelo, te vas, dejo de mantenerte"; aparece el poder económico.

También cabe imponerse mediante la violencia sobre el cuerpo, que en la versión macro equivaldría a la violencia a través de las armas. La violencia sobre el cuerpo que ejercen los actores armados:

Sin perjuicio de la gravedad de las manifestaciones violentas más difundidas (como tomas, secuestros, desapariciones y masacres), que evidentemente atentan contra la diversidad humana, existen otras violencias sobre el cuerpo específicamente dirigidas a anular la diversidad en la sexualidad. Prácticas violentas enmarcadas en la lógica de eliminar aquello que aparentemente es diferente a mí en algún aspecto. Así como anulo (y una forma de anular es asesinar) a mi enemigo político porque piensa diferente a mí, porque pone en peligro mi sistema de ideas; anulo al que expresa su sexualidad de una manera diferente a las ‘socialmente aceptadas’, porque cuestiona mi esquema machista, patriarcal, heterosexista y bipolar maniqueo.

Entonces, así como algún padre se permite gobernar sobre la esfera íntima de su hija: cómo debe llevar su cabello, el largo de sus faldas, con quién puede relacionarse, incluso, cómo, cuándo y con quién puede tener relaciones sexuales, en fin, cómo ser mujer de acuerdo a la visión estereotípica del padre en cuestión; así mismo, en las fuerzas militares y la policía, las mujeres no llegan a ocupar los cargos de más alta jerarquía y se les imponen aperos, formas de vestir y de llevar el cabello y, más allá, se les restringen sus posibilidades eróticas. Es el caso de una mujer policía en Bogotá que este año fue destituida por su orientación sexual, caso que afortunadamente llegó a los tribunales y fue fallado a favor de ella.

Pero, la policía también ejerce controles similares sobre la población civil. Por ejemplo, se les da un tratamiento particularmente violento a las parejas que expresan homoafectividad en la calle.

Igualmente, las guerrillas y paramilitares, ejercen poder sobre la intimidad de sus militantes y en las comunidades en las que se comportan como Estado por las vías de hecho. Así, entre otros ejemplos, pretenden imponer la equidad de género en las familias, amenazando de muerte a los hombres que golpean a su pareja. Con lo que solamente logran sembrar terror, sin generar una verdadera consciencia de respeto.

También obligan a desplazarse a transgeneristas, travestis, homosexuales y personas seropositivas, etc.

Como se ve, esa violencia evidente en los tres actores armados del conflicto, está sostenida en nuestra cultura: en los mismos esquemas y paradigmas que atraviesan todas las esferas sociales: la familia, la escuela, los medios de comunicación, el sistema de salud, etc. La guerra es un síntoma que evidencia la enfermedad social, el malestar en la cultura que se enunció al principio de esta ponencia.

Pero hasta aquí se ha hablado tan solo de una de las características de la sexualidad: la diversidad, y se ha omitido la otra, la que causa la diversidad y permite la sexualidad y permite de hecho, la vida, la cultura, la evolución: hasta ahora no se ha abordado la mutabilidad.

Hasta el momento, la ponencia quizás ha dejado la impresión de que lo que se discrimina les pasa a unas minorías muy específicas; cuando en realidad lo que se ha excluido nos discrimina a todos por igual, a todos nos ha amputado la posibilidad de vivir la sexualidad como vaya fluyendo, la posibilidad de mutar. La bipolaridad nos dice en cada esfera de expresión de la sexualidad que debemos asumir una de las opciones, y que esa elección (si es que realmente hay una elección) será para siempre: se nos amputa la posibilidad de experimentar, de reflexionar, de cambiar en el tiempo, de evolucionar como se supone que evolucionan otros componentes de la personalidad a través de la vida.

La sexualidad que se nos impone es una, unívoca, coherente y consecuente con algo externo y artificial que NO con nuestra propia naturaleza, de hecho la violenta. "Debes ser mujer, femenina, heterosexual, casada y mamá o monja y no debes sobrepasar los límites de la exploración erótica. Ojalá así puedas ser feliz…

Pero, por su puesto, el instinto humano no se queda inerme frente a la crasa arbitrariedad de la norma. La naturaleza estancada por la norma, busca su manera de desbordarse, a veces con violencia y estrépito, a veces de forma menos perceptible:

El individuo puede reaccionar autorreprimiéndose y sublimando su sexualidad, reprimiéndose parcialmente y asumiendo una doble vida (una para complacer la moral social y otra para satisfacer su sexualidad), asumiendo sus opciones en la sexualidad con atrición (es decir, pena o culpa por haber pecado), asumiéndolas con distonía por la discriminación en su entorno o asumiéndolas con consciencia de su naturalidad y legitimidad, es decir, en forma armónica.

¿En cuál de esas opciones creen ustedes que se puede ser más feliz? ¿Qué podemos hacer para que cada individuo tenga la libertad de elegir o asumir lo que le dará mayor calidad a su vida, que lo hará más feliz y que, por la suma de felicidades, ayudará a que ese componente de la convivencia no sea causa del conflicto?

¿Queremos una sociedad homogénea, ordenada y obediente de la norma irreflexiva, pero infeliz? ¿O nos arriesgamos a reconocer la complejidad que la diversidad implica? Esto exigiría, procesos de reflexión igualmente profundos para normalizar la convivencia con equidad y democracia, propendiendo por seres humanos que se puedan construir en todas sus dimensiones con calidad de vida y dignidad.

En Colombia ya es un lugar común decir que "la paz empieza por uno mismo", pero es un lugar común tan solo en el terreno de la enunciación, un lugar común de dientes para fuera, porque en la vida diaria nuestras prácticas repiten y refuerzan la normativa homogeneizante, patriarcal, machista, bipolar maniquea que se impone por la fuerza. También hablamos de diálogo, pero el diálogo lo entendemos como escuchar sin atender, como paso previo a imponer lo que creemos.

La propuesta de Gaeds – UN es vivir la diversidad en la sexualidad, desde sus integrantes, a través de su discurso, constituyendo sus servicios y actividades en laboratorios de convivencia que cumplan un efecto multiplicador de ese ejercicio de interactuar con quien es diferente, aceptándolo como un interlocutor válido y quizás más válido justamente porque es diferente, piensa diferente, vive diferente y, en esa medida, nos puede aportar a nuestra propia vida desde unas experiencias nuevas para nosotros.

La propuesta de paz y solución del conflicto de Gaeds – UN es "convivamos en la diversidad con respeto y tolerancia", reconociendo, si es posible, que al aceptar la diferencia del otro, lo reconozco como humano, y al reconocerlo como humano, reconozco mi propia humanidad.

Al evidenciar la diferencia y asumirla en la cotidianidad, ayudamos a cambiar los imaginarios colectivos que favorecen la guerra: el hombre restringido a ser guerrero, violento y dueño solamente de lo público, y la mujer restringida a la sumisión y dueña solo de lo privado. Así, desde la propia cultura se desarraigan y deslegitiman las pretensiones homogeneizantes de los violentos.

Somos diferentes, es cierto. Pero no solo somos diferentes los heterosexuales de los homosexuales, o los hombres de las mujeres, o los niños de los ancianos. NO.

No somos diferentes tan solo en la bipolaridad; lo somos en la multiplicidad de opciones. Somos diferentes todos. Cada cual es único y su sexualidad y su erotismo son únicos, eso tenemos en común, ese debería ser nuestro punto de convergencia y punto de partida para dialogar y solucionar el conflicto. Somos diferentes, pero la diferencia nos une.

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