Carta de renuncia  
Caracas, 21 de Octubre de 2003.
 
Ingeniero José Luis Pacheco
Presidente
Fundación Teresa Carreño

Apreciado Ingeniero,

            Me dirijo a usted en la oportunidad de presentarle mi renuncia al cargo de Gerente de Producción que he venido desempeñando en la Fundación Teresa Carreño.

Sólo puedo entender el despido injustificado e inconsulto de dos de mis más valiosos colaboradores, Carolina Puig y Rafael Ramírez, como la expresión de su desconfianza en mi gestión. Entiendo que las diferencias políticas me han puesto en una posición en la que ya ni mis conocimientos ni mi talento tienen valor alguno para la institución y mi posición de gerente es cada vez más incómoda. Sólo así me puedo explicar por qué he sido puesto sistemáticamente al margen de la toma de decisiones en la institución. Durante meses me he mantenido en mi cargo por fidelidad a este teatro, en el que me inicié como guía de sala y que me permitió formarme como técnico y artista, dentro y fuera del país, durante casi 20 años. Ya no es posible permanecer en esta situación de marginación sin sacrificar mi dignidad personal.

Como un aporte final a su gestión, y para que quede constancia en la memoria siempre frágil del teatro, me permito remitirle algunos apuntes sobre la preocupante situación del teatro.

Lamento que el clima de confrontación política e intolerancia que vive el país, y que algunos se han empeñado en traer al teatro, nos haya colocado momentáneamente en aceras opuestas. En lo personal, le reitero mi aprecio y respeto. 

Atentamente,

Edwin Erminy 
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Caracas 21 de Octubre de 2003.

APUNTES SOBRE LA PROBLEMÁTICA ACTUAL DEL TEATRO TERESA CARREÑO.

Ingeniero
José Luis Pacheco,
Presidente
Fundación Teresa Carreño.

Apreciado Ingeniero,

Fue un honor formar parte del Teatro Teresa Carreño. Ya no es posible. El lema de su gestión es “Ahora el Teresa Carreño es de todos”. La realidad de los hechos es que bajo su mandato el Teresa Carreño ha dejado de ser un teatro y sirve cada vez a menos venezolanos.

1.      Un teatro medio muerto.

No puede ser de todos un teatro cuyas puertas están cerradas, cuyas salas están vacías. Celebramos los 150 años de Teresa Carreño y los 20 del complejo cultural que lleva su nombre cancelando la programación de ópera (incluyendo la suspensión en el último minuto de la última producción que nos quedaba, la ópera venezolana “Los Martirios de Colón”, por imprevisión financiera y una insólita incapacidad para negociar con los artistas), reduciendo al mínimo las funciones y eliminando los estrenos del Ballet Nacional de Caracas, compañía que fuera orgullo del país. El teatro no ha estrenado ni una sola producción, ni se ha planteado en concreto proyecto artístico alguno, durante su administración. En el campo de los espectáculos populares y folclóricos el balance es igualmente sombrío: solo dos espectáculos de música venezolana, el merecido y muy esperado homenaje al Carrao de Palmarito, convertido inexplicablemente en un evento cerrado al público, con la sala a medio llenar de funcionarios del CONAC obligados a asistir mediante circulares a sus jefes y activistas políticos que aplastaron con sus consignas el canto y el recuerdo del maestro; y el mitín político “Barrio Adentro”, organizado por la Embajada de Cuba, con la participación del grupo Madera, contraviniendo una norma dictada por usted mismo en contra de las actividades de proselitismo político en nuestras salas. Los  pequeños y medianos empresarios, que tradicionalmente alimentaban con su trabajo nuestra programación, han desaparecido paulatinamente, llevándose su experiencia y contactos artísticos de años, sin que pudieran llegar a ningún tipo de convenio con el teatro. Ya es normal ver pasar fines de semana sucesivos sin actividades en la Sala Ríos Reyna.

Los planes educativos, que permitieron unir el esfuerzo de artistas, empresas privadas y el teatro para traer a decenas de miles de niños de escasos recursos a nuestras salas, y nos merecieron el reconocimiento de la UNESCO, mueren hoy de mengua. Apenas sobrevive, sin continuidad, orientación pedagógica ni apoyo financiero, el programa Ballet para las Escuelas: una iniciativa aislada de algunos empleados del teatro.

Hoy en este teatro no se canta, no se baila, no se actúa, no se produce y no se educa. El teatro ni siquiera cumple con su misión de colaborar con quienes si lo hacen: los teatros y agrupaciones culturales del área metropolitana. Siguiendo sus órdenes, de nuestros inmensos depósitos no ha salido ni un traje, ni una peluca, un par de zapatos o una tarima para apoyar la gestión de artistas profesionales ni aficionados que luchan por expresarse y servir a sus comunidades, pese a las dificultades del momento. De nada han valido las proposiciones de intercambio ni los proyectos de  reglamentos que hemos elaborado para garantizar el uso adecuado y responsable de esos recursos. Para el “teatro de todos” no existe la solidaridad ni la responsabilidad social.

La pretensión de cobrar alquileres por igual a todos los que solicitan nuestra colaboración, incluyendo ahora el uso de espacios de ensayo que durante años han estado a disposición de los mejores artistas del país, no solo huele a neo-liberalismo del más salvaje sino que resulta francamente insensata y discriminatoria. Nadie alquila nada. Nadie tiene real. No se puede aplicar el mismo rasero a una gran empresa publicitaria que a cualquiera de nuestros principales grupos de teatro y danza, actualmente en peligro de extinción. Su gestión está colaborando con esa extinción. En el futuro será difícil recuperar el tiempo, e imposible recuperar los talentos, que hoy estamos perdiendo.

2. Un teatro que ya no es teatro.

Lo que ahora sustituye al ballet, la ópera, el folclor y los espectáculos populares en nuestra programación son las múltiples presentaciones personales del Señor Presidente de la República.

La relación de este teatro con el poder ha sido siempre difícil y desigual. El ego de los gobernantes ansía el espacio de los artistas por lo que tiene de grande y glorioso. Aunque sea solo en apariencia. Todos recordamos la mudanza del Congreso Nacional al teatro para celebrar la pavosísima coronación de Pérez II. Poco ha cambiado en estos tiempos, quizás más bien se han profundizado esas tendencias.

Nadie puede negar el derecho, nacido del poder y no de la razón, que se abroga el primer mandatario de utilizar a su libre albedrío los espacios del teatro. Lo que si podemos es argumentar que convertir una sala de espectáculos de nivel internacional en una sala de audiencias implica una sub-utilización irracional de los recursos técnicos y artísticos de la institución y un atentado contra la vocación del edificio.

¿De qué sirven la tramoya computarizada, las plataformas móviles de uso variable, los controles de iluminación, el acondicionamiento acústico, el personal altamente especializado, para que el Señor Presidente pueda, por ejemplo, repartir uno a uno, durante horas sin fin, cheques a  atletas de mérito?  ¿No valdría la pena sugerirle al Señor Presidente que utilizara respectivamente la habilitaduría del IND, allá en Montalbán, o los gimnasios de ese organismo o, para mayor gloria deportiva, el Estado Olímpico de la UCV?

El Teatro Teresa Carreño es más o menos bueno para las artes escénicas, la música, el cine y algunas pocas cosas más. Eso ya es bastante. Al menos para los que creemos en el valor civilizador de las artes y en el derecho del pueblo a acceder a sus expresiones. ¿Para qué forzar la barra?

Cada edificio tiene su vocación: su ubicación, su forma arquitectónica, sus recursos técnicos y su historia los hacen adecuados para un determinado fin. El Aula Magna de la UCV, o la Sala Plenaria de Parque Central o el Auditorio de la Casa Sindical de El Paraíso, son buenos ámbitos para las asambleas. El hermoso espacio cívico de la Plaza Bicentenaria, Premio Nacional de Arquitectura, o la Plaza Caracas del Centro Simón Bolívar (si reubicamos a los buhoneros) son ideales para los grandes encuentros colectivos. Los estudios abandonados de VTV (si contratan algún escenógrafo con criterio) son ideales para las alocuciones mediáticas.

Uno no oye noticias como “el Presidente Bush declara la guerra a Irak desde el Radio City Music Hall”, o “Fidel condena a muerte a los disidentes desde el histórico cabaret Tropicana en La Habana”. ¿No podemos esperar de nuestros gobernantes un poco de respeto por la misión cultural de nuestra institución?

 3. Dos visiones diferentes del teatro.

No se trata solo del desuso, el mal uso y el sub-uso de los espacios y recursos del teatro. Más grave aun es el choque de dos maneras de entender el trabajo del teatro, reflejo de dos éticas diferentes.

En el teatro sabemos que lo que no se planifica con tiempo y no se ensaya no sale. Un teatro decente en cualquier parte civilizada del mundo es programado por expertos con un año de antelación. Aunque usted no lo crea, eso ocurría en el Teatro Teresa Carreño hasta hace muy poco. Para la gente de teatro hay dos mandamientos universales: que el escenario es un lugar sagrado y que el público merece siempre el mayor respeto. Si no que le pregunten en el más allá a los difuntos Elías Pérez Borjas, Carlos Giménez y Vicente Nebrada cuyas iras incontenibles lograron grabarnos en el código genético que nada que no sea perfecto debe presentarse al público desde un escenario. Para cumplir con esa visión y ese nivel de exigencia nos hemos formado durante 20 años de vida institucional, tanto en la práctica del teatro como en pasantías, talleres, cursos y postgrados, tanto en el país como en el exterior.

Usted y yo hemos sido testigos de cómo para el Señor Presidente y quienes “organizan” sus eventos, estos valores son intrascendentes. La revolución es otra cosa. “Cuando lo extraordinario se convierte en cotidiano”, como decía el Che Guevara, ¿qué importa poner a activistas incompetentes o militares autoritarios, sin la menor noción de organización de eventos, a cargo de nuestra sala? ¿Qué importa traer en autobuses del interior a más gente de la que cabe en la sala, para hacerla esperar 5 horas por la llegada del Señor Presidente, pasando hambre y orinándose? ¿Qué importa improvisar el programa de un evento y utilizar recursos técnicos sin tiempo para instalarlos debidamente, y mucho menos para ensayar nada? ¿Qué importa llenar el escenario y la sala de pancartas mal pegadas con alambre y tirro?

Mi respuesta, ingeniero, es que si importa. Lo que la retórica del político llama “amor al pueblo” es lo que nosotros llamamos “respeto por el público” y nos debería obligar a atender con cortesía a todos los que entran a nuestro teatro, a comenzar las funciones con puntualidad, a exigir que la factura técnica y estética de lo que se presenta sea óptima. No hacerlo revela un profundo desprecio por el pueblo, esa gente que en las reuniones con la Casa Militar del Señor Presidente llaman “pueblo en general” como si se tratara de una masa amorfa que solo sirve para llenar el fondo de una toma de televisión.

4. Un equipo desmoralizado y desmembrado.

El efecto más grave de la imposición de esta visión de la vida del teatro ha sido la desmoralización, y ahora, el desmembramiento del equipo humano que durante 20 años se ha formado en este teatro, para sustituirlo por uno que sea cómplice de esta aberración. Su gestión necesita militantes que obedezcan la línea que baja del Señor Presidente, no tolera artistas y técnicos creativos, independientes y críticos.

El primer paso de esta estrategia ha sido neutralizar los niveles gerenciales, en los que por razones estrictamente partidistas usted no confía. Para ello ha centralizado en sus manos la totalidad de las decisiones técnicas, artísticas y administrativas, eliminando todos los mecanismos de consulta a los gerentes profesionales. Como resultado, las gestiones más sencillas se han hecho infinitamente lentas e ineficientes y la parálisis del teatro se ha agravado. Los gerentes han demostrado una y otra vez su disposición a trabajar con usted por la institución y se han topado una y otra vez con su puerta cerrada.

No parece coherente esta manía centralizadora y autocrática con los principios de la “democracia participativa” que supuestamente orientan “el proceso”. Esta contradicción la pretende resolver su gestión apelando al asambleismo.

Permítame una disgresión. En el teatro, en los teatros en general, no existe una jerarquía única e inamovible. Lo que hay es una estructura de mandos dinámicos y alternantes, en la que el tramoyista manda a la hora del montaje, el coordinador de escenario a la hora de la función, el jefe de sala justo antes y después, el director de escena (o de orquesta, o el coreógrafo) durante el ensayo, y así sucesivamente. Para el observador neófito el teatro parece funcionar sólo pero lo que realmente ocurre es que los diversos mandos actúan de manera orgánica y las jerarquías, aún siendo abiertas, son conocidas y respetadas por todos. No es un mal modelo para una república.

 

Lo que resulta francamente inaceptable es que se haga creer al personal que son ellos, en pleno, reunidos en asamblea, los que tienen la potestad de decidir en áreas tan especializadas como la programación artística o la distribución del presupuesto.

Primero porque conceptual y políticamente la idea es un esperpento sobreviviente de los años 60 del siglo pasado. Poner a la burocracia interna de las instituciones del estado como el centro de la gestión cultural no tiene sentido. ¿Es que acaso los espectadores, tanto los existentes como los potenciales, no tienen derecho a opinar sobre el destino de un teatro que debería ser su espacio de encuentro? ¿Es que acaso los artistas, los intelectuales, los creadores, no valen nada para un teatro que debería ser su espacio para la creación?

Y en segundo lugar, es inaceptable porque es mentira. Las decisiones no las toma nunca la asamblea. Están cocinadas antes y se presentan solo para informar al personal, con énfasis en la distribución de prebendas que acallen las conciencias. No hay debate. Hay, como en las asambleas de Stalin, aclamación.

Mucho me temo que lo que está detrás de esta visión infantil, sectaria y burocrática es la desmedida ambición política de un personaje que se ha convertido en el verdadero factor de poder en el teatro y que lo está utilizando, a usted y al teatro, como un trampolín para metas personales más altas. El jefe de un sindicato ilegítimo que despide empleados y hace nombramientos sin consultarlo a usted y mucho menos a las bases que lo eligieron. El jefe de un sindicato que, al igual que usted, es testigo silencioso de las limitaciones al derecho al trabajo, los maltratos y las amenazas, tanto veladas como directas, a los que han sido sometidos nuestros compañeros de sala y de escenario por parte de funcionarios armados de la Casa Militar del  Señor Presidente, la DISIP y hasta los Tupamaros, que asumen el mando de nuestros escenarios durante las frecuentes visitas del primer mandatario. El jefe de un sindicato que ahora, casualmente, asume la “coordinación” de las presentaciones del Señor Presidente en el teatro, aparentemente con la potestad de hacer contrataciones millonarias de alquiler de equipos y servicios.

5. ¿Perspectivas?

Mientras el teatro esté en manos de un sindicalero convertido en pequeño emperador y de los colaboradores de un Presidente que no entiende la verdadera utilidad de un teatro, mientras estén marginados los gerentes y jefes de unidad profesionales, las perspectivas son sombrías. Continuarán los abusos, se reducirá cada vez más la producción, bajará la calidad. Serviremos cada vez peor a cada vez menos venezolanos.

Está usted equivocado en su decisión de comprar tecnología audiovisual de punta para mejorar la calidad de las presentaciones del Señor Presidente. Esos equipos se llevarán una inmensa tajada de un presupuesto que estaría mejor invertido en hacer teatro para la gente de Caracas. La tecnología se hará obsoleta en poco tiempo, la burocracia se abultará con los operadores de las nuevas máquinas, y las presentaciones del Señor Presidente seguirán siendo improvisadas, mal diseñadas, porque el rancho, proverbialmente, está en la cabeza de quienes “crean” esos eventos. Porque la ética que los orienta no está del lado de la calidad en el servicio a la comunidad.

En todo caso, ingeniero, volviendo a lo de la tecnología de punta, lo sensato sería mantener buenas relaciones con proveedores de servicios confiables, negociando condiciones favorables para la institución. Las empresas especializadas están dispuestas a hablar, pero su gestión no ha mostrado interés alguno en oírlas.

No bote los reales en equipos que nunca podrán cubrir las exigencias siempre cambiantes de los creativos del espectáculo. El Teresa Carreño necesita urgentes inversiones en mantenimiento y en el rescate de su programación artística y educativa. No hacerlo llevará al cierre del teatro, simplemente porque se nos caerá encima o porque dejará de tener razón de ser.

Si su gestión realmente quisiera hacer de este un “teatro de todos”, la función educativa no estaría eliminada. Sólo podremos ampliar el acceso de los caraqueños al teatro si sembramos hoy en los niños y jóvenes de todas las clases el conocimiento y la sensibilidad por lo que hacemos aquí, y la conciencia de que esta casa les pertenece. Esta es una tarea urgente. Mientras tanto, suena a retórica hueca la letanía sobre abrir el teatro a los excluidos. ¿Cómo piensa usted lograr que ese 80% de venezolanos que se acuestan hoy sin saber si van a comer mañana, aparten Bs. 50.000 de su presupuesto de actividades de ocio y tiempo libre para comprar los boletos subsidiados, por ejemplo, de Olga Tañón? ¿Cuál es su plan para que los caraqueños desempleados, o sub-empleados, o informales, encuentren la disposición física y emocional, no estén demasiado desinformados, desmotivados, cansados, inseguros o hambrientos para pasar una velada en el teatro? ¿Existen espectáculos elitescos, como se ha repetido hasta la saciedad, o es elitista la falta de estrategias realistas, efectivas y concretas para garantizar el acceso de todos a todos los productos del espíritu humano?

 En cuanto a nosotros, los artistas y técnicos marginados por su gestión, sólo me queda confiar en las habilidades que hemos desarrollado durante siglos para lograr que la creatividad florezca en los momentos más oscuros. Seguiremos trabajando y luego, cuando pase este accidente, volveremos a entregar nuestro trabajo a nuestra comunidad en estos espacios. En el camino, trágicamente, quedarán las voces de cantantes que se perderán sin haber cantado, los cuerpos de bailarines que nunca bailaron, y la ausencia de tantos y tantos artistas, diseñadores y técnicos que perdimos a la diáspora del talento venezolano.

Atentamente,

Edwin Erminy,

Arquitecto Escenógrafo.
 
 

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