IV

AL GOLPE DE VUESTRAS PISADAS


Allí donde el mundo alcanza sus confines te detendrás tú
Paul Claudel
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1. LOURDES, 11 DE DICIEMBRE DE 1937

Don Josemaría Escrivá está celebrando misa en un altar lateral de la cripta de la basílica, a pocos metros de la gruta en que, unos ochenta años antes, la Inmaculada se había aparecido a una muchachita de catorce años. Allí renueva las intenciones de las misas que ha celebrado durante los meses precedentes, en condiciones difíciles o dramáticas: la Iglesia, el Papa, la paz para España y para el mundo, la expansión de la Obra... Hace unas horas que se encuentra en tierra francesa, a unos cientos de kilómetros de París, donde sigue pensando en establecer un Centro del Opus Dei en cuanto sea posible.
El día es frío. Las cumbres de los Pirineos están cubiertas de nieve. Copiosas nevadas han impedido que pasaran antes la frontera. Por fin, un automóvil que José María Albareda había obtenido por mediación de su hermano, telefoneándolo a San Juan de Luz, había llevado al Padre y a sus compañeros a Saint Gaudens, donde habían pasado la noche.
Unas horas después de celebrar y oír la Santa Misa, siguen viaje a España y entran en la zona nacional. Inmediatamente, don Josemaría telefonea a los obispos de Vitoria y de Pamplona, que son amigos suyos.
En San Sebastián, Juan, Francisco y Pedro se presentan a las autoridades militares, que destinan al primero al frente de Teruel y a los otros dos a Pamplona. El Padre se queda solo.
El 17 de diciembre se traslada a Pamplona, invitado por el obispo, Mons. Olaechea, que le alberga en el palacio episcopal y le facilita prendas sacerdotales. Enseguida, se recoge varios días en completo silencio, algo que no había podido hacer desde hacía mucho tiempo. Pedro y Francisco aprovechan la menor ocasión de salir del cuartel para pasar unos minutos con él.
Pasadas las Navidades, se traslada a Burgos, capital de la zona nacional por entonces. Piensa que, desde allí, sede del Obispo de Madrid, de quien depende, podrá relacionarse más fácilmente con unos y otros.

La vida en Burgos

En una pensión de la calle de Santa Clara, el Padre vuelve a encontrarse con José María Albareda, a quien le han encomendado funciones asesoras en la Dirección General de Enseñanza Media. A finales de enero se les une Francisco y a comienzos de marzo Pedro.
El 29 de marzo se instalan los cuatro en el Hotel Sabadell; ocupan una habitación grande, que dividen en tres partes: la sala, donde dormirán Pedro, Francisco y José María; la alcoba –separada por una cortina de la sala–, donde dormirá el Padre; y el mirador, que hará de sala de visitas.
La modesta «suite» pronto se convierte en un centro muy animado. El Padre recibe allí infinidad de personas que van a hablar con él o a confesarse. Su actividad es tan intensa como siempre, sin hacer caso de una faringitis aguda que le ha atacado nada más llegar a Burgos.
Un día, observa que escupe sangre. Piensa que tal vez esté tuberculoso y decide consultar a un médico, pues, en caso de estarlo, tendría que aislarse, para no contagiar a sus hijos. Afortunadamente, después de bastantes días de padecer ese mal, sin que los médicos sepan diagnosticar el motivo ni la enfermedad, desaparece. Verdaderamente el Padre es como la sombra de sí mismo tras tantos padecimientos. Al gran agotamiento físico, se une el esfuerzo durísimo del paso de los Pirineos. Sin olvidar los ayunos que ha empezado a imponerse de nuevo...
Cuando Pedro y Francisco vuelven al Hotel, después de su jornada de trabajo, el Padre les ayuda con un ambiente de familia entrañable, y todos recuerdan a los que están dispersos.
Tienen muy poco dinero, incluso contando con lo que gana José María Albareda. Por eso, se privan hasta de lo necesario. Además, don Josemaría ha resuelto poner en práctica, precisamente en esos momentos, una decisión heroica que había tomado en 1930: no percibir ningún estipendio –ni él, ni los futuros sacerdotes de la Obra– por la predicación, la Misa y los demás servicios religiosos. Lo cual supone una gran limitación, sobre todo en sus circunstancias. Es duro, muy duro, sí, pero don Josemaría repite una y otra vez, con convicción; unas palabras del salmista: «Arroja en el seno del Señor tus ansiedades y El te sustentará» (Ps. LIV, 23).
Tal carencia de medios materiales no le impide buscar las direcciones de todos los estudiantes que había conocido antes de la guerra, con objeto de ir a verlos en cuanto le sea posible. Y pone en práctica sus proyectos.
Un día, viaja hasta Córdoba en condiciones dificilísimas, pues las líneas férreas con Andalucía están cortadas y hay que dar mil rodeos. Cuando quiere regresar a Burgos, no le quedan más que unas cuantas monedas, que deposita en la ventanilla de la estación:
Con esto, ¿hasta dónde puedo ir? –pregunta.
El empleado menciona el nombre de un pueblo próximo a Salamanca.
Pues vamos para allá; después, Dios proveerá.
Y se queda sin nada para comer.
Escribe a todas partes, estimulando a unos y a otros y animándoles a no abandonarse en la vida interior y a practicar la fraternidad con todos. Las cartas llegan con dificultad, a trancas y barrancas. Por eso, se alegra tanto cuando recibe respuestas que le muestran hasta qué punto su apostolado epistolar mantiene la moral de sus corresponsales.
«La carta me cogió en unos días tristes, sin motivo alguno, y me animó extraordinariamente su lectura, sintiendo cómo trabajan los demás...»
«Me ayudan sus cartas y las noticias de mis hermanos, como un sueño feliz ante la realidad de todo lo que palpamos... »
«¡Qué alegría recibir esas cartas y saberme amigo de esos amigos!»
Y esta otra: «Recibí carta de X. y me avergüenza pensar en mi falta de espíritu comparado con ellos».
–¿Verdad que es eficaz el «apostolado epistolar»?

Para mantener ese esfuerzo, don Josemaría vuelve a poner en marcha el envío de unas hojas con noticias en multicopista. Como en los tiempos de la Academia DYA, recrea así el ambiente de familia y de fraternidad cristiana que impregnaba los primeros Centros del Opus Dei. El Padre adjunta una cuartilla con unas palabras más personales, escritas de su puño y letra.
Pide a todos y a cada uno –en especial a los que están en el frente– que no se abandonen, que aprovechen las ocasiones que se les brindan de acercar a Dios a quienes les rodean.
Y, en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, ¿no parecerá postiza mi naturalidad?, me preguntas. –Y te contesto: Chocará, sin duda, la vida tuya con la de ellos; y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido.
Las respuestas llegan en gran número. Quienes le responden, le dan las gracias por haberles reconfortado en circunstancias propicias al abandono o a verlo todo negro; por animarles a no olvidar la lucha en las cosas pequeñas cuando tantos sólo piensan en actos espectaculares de heroísmo.
A quienes vienen a verle a Burgos, con permiso, suele llevarles a lo alto de la catedral. Desde allí, les enseña las gárgolas y los pináculos, esculpidos con primor, cuyos detalles no se aprecian desde abajo. ¡Eso –les dice– es el trabajo de Dios, la Obra de Dios!, acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra (...). Los que gastaron sus energías, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad, nadie apreciaría su esfuerzo: era sólo para Dios.
Les aconseja, también, que sepan sacar provecho de las circunstancias especialmente duras en que se encuentran. ¡La guerra! –La guerra tiene una finalidad sobrenatural –me dices–, desconocida para el mundo: la guerra ha sido para nosotros... –La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas.

Prosigue el trabajo apostólico

El trágico período que está atravesando España no disminuye el celo apostólico de los miembros de la Obra.
En varias ocasiones, durante estos meses de guerra, el Padre ha visto que apuntan nuevas vocaciones, masculinas o femeninas. Sin embargo, no deja por eso de desear ardientemente que vuelva la paz, para reanudar, con nuevos bríos, la expansión de la Obra. A tal efecto, ofrece constantemente su oración y mortificación generosas.
Desde su llegada a Burgos, ha procurado establecer contacto con todos los conocidos de la Academia DYA que están en esa zona. Busca además, incansablemente, nuevas ocasiones de hacer apostolado. Se pone en contacto con familias amigas, hace nuevas amistades, habla del Opus Dei con algunos obispos, y de la nueva espiritualidad que aporta a la Iglesia; da cursos de retiro; ayuda, procurando adaptarse a su espiritualidad, a comunidades de religiosas, y también a las Teresianas, cuyo Fundador, su amigo el Padre Poveda, ha sido asesinado.
Como si esta actividad desbordante no le bastara, dedica también algunos ratos a trabajar en su tesis doctoral de Derecho. Su documentación, ya bastante avanzada, sobre «La ordenación sacerdotal de mestizos y cuarterones en el siglo XVI», se ha quedado en Madrid y, seguramente, ha desaparecido. Pero el vecino monasterio de Santa María de las Huelgas le proporciona un nuevo tema de investigación, sobre los problemas canónico–teológicos que plantea la jurisdicción de las abadesas de dicho monasterio, durante la Edad Media.
Trabaja, igualmente, en una nueva edición, aumentada, de Consideraciones Espirituales. Pero ya antes de que el libro aparezca con el título de Camino, utiliza en su predicación los originales mecanografiados. También se los da a leer a algunos amigos, entre ellos a Mons. Lauzurica, Administrador apostólico de Vitoria, quien queda tan entusiasmado que se ofrece a prologar la obra. Por delicadeza hacia don Josemaría, fechará el prólogo el día de su santo: 19 de marzo, 1939.
«... En estas páginas aletea el espíritu de Dios... Las frases quedan entrecortadas, para que tú las completes con tu conducta... Si estas máximas las conviertes en vida propia, serás un imitador perfecto de Jesucristo...».
Pero el Padre, de momento, carece de dinero para editar el libro. Habrá que esperar mejores tiempos.
Los avatares de la guerra, para el Fundador del Opus Dei, son otras tantas llamadas a intensificar su oración y a mortificarse más y más. A menudo, deja de comer, de beber agua y de dormir para ofrecer tales renuncias por la paz, por la Iglesia y por la Obra, que tiene que desarrollarse cueste lo que cueste, superando los obstáculos.
Tales inquietudes le llevan a postrarse, el 1.° de junio de 1938, a los pies de la Virgen del Pilar, en Zaragoza, y a trasladarse el 17 de julio a Santiago de Compostela. Estas y otras peregrinaciones alimentan su oración, así como los ejercicios espirituales que hace, en solitario, en el Monasterio de Santo Domingo de Silos, del 25 de septiembre al 1.° de octubre.
El Padre reza intensamente para que Dios libre de la muerte a sus hijos que luchan en el frente, pues alguno de ellos ya ha caído en combate. Otro, Ricardo Fernández Vallespín, ha sido herido, el 7 de junio de 1938, cerca de Madrid, por una bomba que un artificiero trataba de desactivar. Don Josemaría ha ido a verle en cuanto ha podido.
Isidoro, con más o menos regularidad, le hace llegar noticias de los que han quedado en la zona republicana. Se las envía a través de Francia y el Padre responde por la misma vía.
El 12 de octubre, fiesta del Pilar, tres miembros de la Obra, entre ellos Álvaro del Portillo, logran pasar a la zona nacional por el frente de Guadalajara. El Padre, que había presentido en la oración este acontecimiento, los recibe con inmenso gozo. Pronto, los tres quedan adscritos a distintas unidades del Ejército.
Todos los que están movilizados van a visitarle en cuanto pueden. El Padre los anima, les habla del futuro de la Obra, les confía sus proyectos.
En el otoño de 1938, las tropas nacionalistas, tras reñir una cruenta batalla en el Ebro, se disponen a avanzar sobre Cataluña. Los movimientos de tropas llevan a Pedro Casciaro al frente de Levante y a Álvaro del Portillo a Valladolid, en enero de 1939. El Padre sigue en Burgos, acompañado tan sólo por Francisco Botella. Para economizar todavía más, han dejado el hotel Sabadell y se han instalado, antes de la Navidad, en una pensión muy modesta.
El 26 de enero de 1939, los nacionales entran en Barcelona. La resistencia en Cataluña se derrumba. El siguiente objetivo es Madrid. Todos presienten que el final de la guerra se acerca. Los que se han refugiado en Burgos se preparan para regresar a la capital.
El 27 de marzo, don Josemaría se dispone a partir. Va al cuartel donde presta sus servicios Francisco Botella y se lo comunica.
Mientras viaja hacia Madrid, el Padre recuerda lo que ha visto, ayudado con unos gemelos de campaña que le había prestado un oficial, cuando, el año anterior, había estado en el frente para visitar a Ricardo. Don Josemaría se había echado a reír y el oficial le había preguntado por qué.
Es que estoy viendo mi casa en ruinas, había respondido el Padre. El oficial no se había atrevido a preguntarle nada más.