V

VULTUM TUUM, DOMINE, REQUIRAM!


¡Buscaré, Señor, tu rostro!
Salmo XXVI,8

Si muero,
sabed que es de pasión
por la Iglesia
Santa Catalina de Siena
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1. COUVRELLES, 30 DE AGOSTO DE 1966

Rodeado de sus hijos, sentados en la doble escalera de piedra que da acceso a una noble casona situada en los alrededores de Soissons, el Padre abre su corazón. Es media tarde y ya empieza a refrescar, a causa de la proximidad de un estanque y del vecino bosque.
Desde hace algunos días, el Fundador de la Obra está trabajando en Avrainville, un pueblo cercano a Etampes, y ha venido desde allí para estar un rato en familia con algunos de sus hijos, que han interrumpido sus actividades profesionales para convivir unos días en el Centro Internacional de Encuentros de Couvrelles.
La casa, adquirida por un grupo de cooperadores y amigos de la Obra con objeto de que puedan organizarse en ella actividades espirituales y de formación, no es excesivamente grande, pero sí armoniosa, con sus fachadas del siglo XVII y un pequeño parque siempre verde. A los miembros de la Obra de nacionalidad francesa han venido a unirse otros de los países vecinos: Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza, Italia y España.
Haciendo alusión a la labor que allí se desarrolla a lo largo del año –coloquios culturales, cursos de formación doctrinal intensiva, convivencias, retiros, etc.–, el Padre recuerda lo importante que es disponer de medios materiales y de lugares apropiados para desarrollar los apostolados de la Obra, aunque buscarlos y encontrarlos suponga esforzarse mucho, pues así ha ocurrido siempre desde los comienzos.
Un Centro como el de Couvrelles, una residencia de estudiantes o un club juvenil no interesan sólo por su misión específica; deben servir también para elevar el nivel espiritual y la formación humana de las muchas personas que encontrarán allí una oportunidad de acercarse a Cristo y de quererle más.
El Opus Dei es pobre y lo será siempre, pero las almas valen mucho y merecen que, para servirlas, se utilicen instrumentos adecuados, puestos a disposición de la Obra por personas que colaboran en sus labores apostólicas. Instrumentos que, por otra parte, no serán nunca tan caros como los que se utilizan hoy en la sociedad para otros fines: el deporte, las distracciones, por ejemplo.
El tono de las palabras del Padre se hace más vibrante cuando habla de que nadie puede guardarse para uno mismo el tesoro de la fe y de la vocación; tiene que llevar a cabo un intenso apostolado en su propio ambiente. Por eso, es necesario formarse, tanto profesionalmente como desde el punto de vista religioso. Ese «diálogo» del que tanto se habla, sin que casi nadie lo practique, debe fundarse en la apertura al prójimo, sí, pero también en el conocimiento de la verdad unido a una clara competencia profesional.

Preocupación por la Iglesia

El Padre está visiblemente cansado, pero se esfuerza por manifestarse con el vigor y el arrastre espiritual de siempre.
También se le nota preocupado por ciertas posturas eclesiales debidas a una mala interpretación del Concilio; infidelidades y desobediencias que, para él, sin juzgar a las personas, revelan una disminución de la fe que ha de tener lamentables consecuencias para las almas.
Pocos cristianos habrá que se hayan alegrado tanto como él al conocer los textos elaborados por el Concilio, promulgados solemnemente por el Papa Pablo VI el 7 de diciembre de 1965. Algunos puntos le han conmovido especialmente, porque expresan, a través del Magisterio de la Iglesia, verdades que él venía predicando desde 1928.
En un documento que, por su carácter, tiene especial autoridad –la Constitución Dogmática «Lumen Gentium»–, se proclama solemnemente la llamada universal a la santidad y al apostolado: «Es propio de los laicos, por vocación propia, buscar el reino de Dios a través de la gestión, ordenada según Dios, de los asuntos temporales. Viven en medio del mundo, es decir, en todas y cada una de las tareas y actividades del mundo y en las habituales circunstancias de la vida familiar y social, en las que se entreteje su propia existencia».
«Es, pues, evidente para todos que los cristianos de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad».
En otros textos consagrados al apostolado de los laicos, el Concilio afirma que éstos, cuando vivan una vida contemplativa en medio del mundo, «no separen de su vida la unión con Cristo; antes bien, realizando su trabajo según la voluntad de Dios, crezcan en esa unión».
Oración, oración, oración, sacrificio, y luego, acción... El «secreto» que Mons. Escrivá de Balaguer se esforzaba en transmitir al mayor número posible de personas desde 1928.
La vida contemplativa es tanto más necesaria cuanto más inmerso se está en el mundo. Ordenar las estructuras seculares según el querer divino: sí, pero primero han de estar ellos bien ordenados por dentro. Animar cristianamente el mundo para transformarlo: sin duda, pero, para lograrlo, los laicos deben tener un alma contemplativa... Es lo que manifestaba, con vigor, a un grupo de obispos y de expertos conciliares que había recibido en Villa Tévere cuando se estaban elaborando los textos del Vaticano II: Si no, no transformarán nada; más bien serán ellos los transformados; en vez de cristianizar el mundo, se mundanizarán los cristianos.
«Esta espiritualidad de los laicos –añadía. el Concilio– debe recibir una nota peculiar del estado de matrimonio y de familia, de celibato o de viudez, de la circunstancia de enfermedad, de la actividad profesional y social».
«Pues los hombres y las mujeres que, al mismo tiempo que adquieren los medios de vida para sí mismos y para la familia, llevan a cabo sus actividades de modo que sirven adecuadamente a la sociedad, pueden con razón pensar que con su trabajo están prolongando la obra del Creador, colaboran al bienestar de los hermanos y contribuyen con su aportación personal a que se realicen en la historia los designios divinos».
¡Qué lejos están los tiempos en los que, por haber afirmado que los laicos estaban llamados a santificarse en medio del mundo, como los sacerdotes y los religiosos en su estado, le habían acusado de hereje!
Por su parte, el Decreto Presbyterorum ordinis, elaborado por una comisión cuyo secretario era don Álvaro del Portillo, había establecido que los sacerdotes tenían derecho a asociarse para ayudarse mutuamente y mejorar su vida espiritual.
Mons. Escrivá de Balaguer, como buen jurista, se había alegrado mucho, ya que con ello se reconocía un derecho natural de la persona: el de asociación.

Firmeza en la fe

Si quedaba claro que el Espíritu Santo había estado presente en la labor del Concilio, como sus documentos lo acreditaban, también era evidente que los remolinos que algunos habían provocado con ocasión del Concilio iban a durar mucho.
Los presentimientos del Padre se habían confirmado. A un conocedor de la historia como él, no se le ocultaba que un Concilio marca un hito en el Magisterio de la Iglesia, pero indirectamente puede abrir también una etapa de desconcierto. Algo parecido a lo que sucede cuando se remueven las aguas de un estanque: el limo sube a la superficie en seguida, pero tarda bastante en volver al fondo.
Nada más concluir el Concilio, Pablo VI había empezado a expresar, en términos cada vez más claros, su inquietud ante ciertas interpretaciones abusivas, teóricas y prácticas, de los documentos conciliares. El Padre Santo había hablado a menudo del tema, llegando a referirse a una «descomposición de la Iglesia».
El Fundador del Opus Dei es consciente de que tiene una especial responsabilidad de cara a los miembros de la Obra, pues no en vano es el Presidente General. Por eso, pone un especial empeño en orientar a sus hijos e hijas en unos momentos especialmente difíciles para la Iglesia. Así, pues, al tiempo que toma las medidas necesarias para que se apliquen las disposiciones del Vaticano II, sobre todo en materia de liturgia, procura evitar, con medidas de prudencia, que la desorientación que reina en algunos ámbitos eclesiales se apodere, como por «ósmosis», del «pequeño rebaño» que tiene a su cargo. Incita a sus hijos a mejorar su formación doctrinal, a ser más piadosos, sin merma del tiempo que dedican a sus obligaciones familiares, profesionales y sociales.
Este empeño por profundizar en la fe y en la vida de piedad llevará a cada uno a intensificar el apostolado en su propio ambiente. Sobre todo ese apostolado doctrinal que él realizaba y hacía realizar a quienes le rodeaban ya en los años 30 y que siempre ha sido la médula de la labor apostólica de la Obra. Ahora –si cabe expresarse así– ve con más fuerza el Opus Dei como una gran catequesis, porque está cada vez más convencido de que la ignorancia es el mayor enemigo de nuestra fe. Como decía Tertuliano, «se deja de odiar cuando se deja de ignorar».
En Roma, son cada vez más numerosas las personas que le visitan y él se esfuerza en darles buena doctrina.
Al comienzo de la segunda mitad de la década de los años 60, grupos de estudiantes alemanes empiezan a acudir a Roma, en la Pascua de Resurrección, para recibir la bendición de Su Santidad el Papa y ver al Padre. Pronto, estudiantes de otros países empiezan a hacer lo mismo.Con estudiantes en Roma
El Padre los recibe a todos y, de pie en medio de ellos, o apoyado en el brazo de un sillón, responde a bote pronto a sus preguntas, les anima, les estimula y satisface la inquietud espiritual que muchos muestran.
Los rostros se serenan o se abren en sonrisa cuando el Padre tiene una de esas respuestas tan suyas que evitan que sus palabras se conviertan en «sermón». Quienes le escuchan no olvidarán fácilmente lo esencial del mensaje: ¡Cada uno en su sitio, en medio del mundo, a hacerse santo!. Muchos «buenos deseos» se convierten en decisiones que comprometen para toda la vida. El Padre, sin embargo, no se atribuye el mérito cuando le informan de que, al calor de sus palabras, han surgido vocaciones. Para él, es Cristo el que actúa, Cristo, que sigue pasando por las calles y por las plazas del mundo, a través de sus discípulos, los cristianos.

Intensificar la formación doctrinal

La tormenta que empieza a sacudir el árbol multisecular de la Iglesia no logra quebrantar el optimismo sobrenatural del Fundador del Opus Dei ni frenar en absoluto sus iniciativas. Precisamente en estas circunstancias ha decidido llevar a cabo un proyecto que viene madurando desde hace años y que será, como él dice, su penúltima locura.
Aunque la estructura de la Obra es y será siempre ligera, con el desarrollo de sus apostolados en el mundo entero se hace necesario reforzar los órganos de dirección. Por otra parte, son cada vez más los miembros de la Obra –estudiantes y hombres maduros con años de ejercicio profesional a sus espaldas– que acuden a Roma para recibir de manera intensiva, durante períodos más o menos largos, parte de esa formación doctrinal y espiritual que todos reciben a lo largo de su vida.
Como pensaba el Padre, Villa Tévere, habilitada en parte para cumplir esta finalidad, se ha quedado pequeña.
Por eso, el Padre ha resuelto construir cuanto antes una residencia amplia que sirva de sede definitiva al Colegio Romano de la Santa Cruz, el centro internacional de formación para la Sección de varones de la Obra.
Tras largas gestiones, se han adquirido unos terrenos cerca de la Vía Flaminia, que enlaza Roma con la Umbría. Así pues, a finales de 1967 el Padre encarga que se elabore rápidamente un proyecto para que, a continuación, puedan iniciarse las obras de Cavabianca, que así se llamará el nuevo centro.

Un gesto de agradecimiento

La urgente necesidad de reanimar espiritualmente un mundo que, al perder el sentido de Dios, se va deshumanizando progresivamente, incita al Fundador del Opus Dei a poner en práctica otra locura. Se trata de un viejo sueño que lo retrotrae con el pensamiento a un lugar cercano a Barbastro, su ciudad natal, adonde en 1904 ó 1905 le habían llevado sus padres, a lomos de mula, para agradecer a la Santísima Virgen el haberle curado de una grave enfermedad: la ermita de Nuestra Señora de Torreciudad.
SantuarioDesde 1940, o tal vez antes, el Padre venía soñando con fundar unos cuantos santuarios marianos repartidos por el mundo o revitalizar algunos de los ya existentes. Con el paso de los años, había ido percibiendo, cada vez con mayor claridad, que Dios le pedía que el primero de esos lugares de peregrinación fuese Torreciudad.
Hacia 1962, estando ya la Obra bastante desarrollada en Aragón y Cataluña, un grupo de personas que conocían sus deseos habían decidido adquirir de la diócesis de Barbastro los derechos sobre la antigua ermita y sobre los terrenos colindantes. Poco después, se habían comenzado obras de mejora y ampliación.
ImagenEn 1967, Mons. Escrivá de Balaguer recibe en Roma a un hijo suyo que es arquitecto, Heliodoro Dols. El Padre ha decidido llevar a cabo un proyecto de mayor envergadura que permita a un gran número de peregrinos ir a rezar a la Virgen y tener ocasión, al mismo tiempo, de mejorar su vida espiritual. A tal efecto, se construirá un santuario de nueva planta, digno y capaz, y un complejo de edificios para organizar en ellos cursos de retiro, convivencias, etc. y establecer un centro de formación profesional que influirá positivamente en el medio rural circundante.
En 1966 se había constituido el Patronato de Torreciudad con objeto de que personas de todas las regiones españolas y de otros países contribuyeran, con su ayuda, a la construcción de los nuevos edificios.
El Padre describe así a sus hijos los beneficios que espera de este centro de peregrinación:
Un derroche de gracias espirituales espero, que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesonarios, para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y –renovadas las almas– confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y a amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo.