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EL FENÓMENO POLÍTICO

La fisonomía y definición de un cuadro político dependen de la forma que, en cada caso, adopta la interdependencia de tres factores: el individuo, la colectividad y el Estado.

El remoto origen de esa interdependencia reside en el hecho de que, al despuntar la aurora de su existencia sobre el planeta, el hombre, el "animal político" de que hablara ^Aristóteles; encontró indispensable asociarse con sus semejantes para hacer frente a la lucha por la vida.

En concordancia con sus necesidades y aspiraciones crecientes, desde lo simple y rudimentario de la prehistoria hasta lo complejo y sutil de nuestros días, el hombre fue adoptando diferentes normas de convivencia, dentro de la cual surgió el concepto de autoridad como complemento ineludible. Lo que da identidad propia a un orden político es el carácter de esas normas: su inspiración, sus fines, el radio de acción que tienen y el papel más o menos preponderante que, alternativamente, desempeñan el individuo, la colectividad o el Estado. .'

Concretamos este análisis al mundo moderno, que empezará a tomar su forma actual con el liberalismo, cuando van desapareciendo de Europa los últimos vestigios del sistema feudal.

El individualismo, cuya expresión contemporánea es la democracia liberal, tiene como finalidad, en lo filosófico, salvaguardar los derechos "inherentes" a la personalidad, humana, encarnados en el individuo:

la vida, la libertad, la felicidad. En lo material, garantizar la propiedad privada, con sus complementos inseparables, la iniciativa y la empresa también privadas.

La colectividad debe estar organizada de modo que permita y asegure el ejercicio de aquellos "derechos inalienables". Sólo hay un límite para el desarrollo de la actividad individual, y es el que señalan los derechos de los demás. El orden jurídico y ético debe estar establecido en forma tal que asegure la coexistencia pacífica y armónica de las prerrogativas individúales.

El Estado no hace otra cosa que supervigilar y garantizar el desenvolvimiento de aquellas relaciones. Tanto mejor desempeña su papel cuanto menor es su intromisión en el libre juego de las llamadas "leyes naturales" de la economía. El Estado es un "gendarme" necesario pero incómodo, y por tanto su presencia debe reducirse al mínimo indispensable.

El individuo es, pues, instrumento, protagonista y fin de este orden político económico. La colectividad lo sirve; el Estado lo protege.

Una forma extrema de individualismo es el anarquismo individualista que prescinde totalmente del Estado y apenas admite la "necesidad limitada" de la actividad colectiva para fines de carácter material, tales como la producción cooperativa de los artículos de subsistencia.

Dentro de las concepciones colectivistas, que incluyen las diversas formas del socialismo, el individuo deja de ser un fin en sí mismo; lo es, solamente, en la medida en que forma parte de la colectividad entera. La meta de la felicidad individual queda sustituida por la de la felicidad colectiva. Al hacerse evidente el hecho de que las prerrogativas individuales no siempre se quedan dentro de sus límites sino que, por su misma dinámica, tienden a invadir el campo de las prerrogativas ajenas y a servirse de ellas para beneficio propio, surge el nuevo concepto: quien sirve no es la colectividad al individuo, sino éste a aquélla. Y, al contribuir a la felicidad colectiva, el individuo se hace acreedor a la justa parte que, como a miembro integrante de la sociedad, le corresponde. A eso y nada más.

La propiedad privada pierde el carácter casi sagrado que le asignan las teorías individualistas. Y, de^ aquel plano de preeminencia en que había sido colocada, desciende bruscamente al banquillo del acusado. No solamente los socialistas marxistas, sino aun los utopistas, le atribuyen la mayor parte de los males que engendró la sociedad individualista.

La única propiedad respetable, por consiguiente, es la que cumple una "función social". La propiedad de las fuentes de riqueza (o instrumentos de producción) debe transferirse a la colectividad, de manera que la riqueza producida pase a ser colectiva en vez dé individual.

Cada una de estas teorías socialistas asigna un papel diferente al Estado. De acuerdo con unas el Estado fue un simple cómplice del la acumulación de privilegios en un sector minoritario de la sociedad; puede redimirse si pasa a servir temporalmente los intereses de la mayoría, con el nombre de dictadura del proletariado, para morir después, cuando su presencia sea innecesaria. Otras (socialismo de Estado), propugnan la existencia permanente del Estado, a condición de que cumpla funciones activa y directamente reguladoras del orden, no sólo jurídico y político de la sociedad, sino también —y principalmente— del económico. Si es necesario, debe competir con el individuo en este campo para mantener el equilibrio colectivo.

•Ha desaparecido el individuo como héroe del drama social, y también desaparecen los grupos o conjuntos de individuos que, por razón de su desigual participación"en" los fenómenos de la producción y la distribución de la riqueza, acabaron por dividir a la sociedad en "clases"; clase de poseedores la una y de desposeídos la otra, con escasa gradación intermedia.

La colectividad entera ocupa el primer plano. El individuo y el Estado la sirven sin reservas, desempeñando funciones coadyuvantes. Si para los fines de ese servicio debe, en un momento dado, desaparecer el Estado, éste desaparecerá. Si para realizar los fines supremos de la colectividad el individuo debe sacrificar temporal o permanentemente, parte de sus prerrogativas o la totalidad de ellas y aun la vida misma (eso depende del tipo de socialismo que se propugne), "el fin habrá justificado los medios".

Pero no sólo el individuo o la colectividad protagonizan en un momento determinado la escena del ideario político moderno. Él Estado tiene también su turno.

Pasemos por alto las monarquías absolutas, que identifican al Estado con el soberano las primitivas teocracias— para referirnos a la época en que entra en funciones el nuevo concepto jurídico- del Estado, en un mundo en que el liberalismo señala rumbos en medio de la tempestad creada por la Revolución Industrial.

Poco a poco, y;.confiarme ¡el mi? uvi<mátísloio liberal sin freno demuestra su incapacidad para encarar los problemas que plantea el complejo desarrollo de la sociedad moderna, el intervencionismo estatal gana terreno. No se desea, pero tampoco se puede evitar. Ya se había hecho indispensable como fuente de autoridad en el orden social, y su avance en el campó de la actividad económica es más producto de la necesidad que de la doctrina. Al sobrevenir, las depresiones o crisis que, periódicamente, marcan el cursó del fenómeno capitalista, el Estado tiene que desempeñar una función cada vez más activa. Llega, inclusive, a crear fuentes de trabajo en gran escala, cuando la desocupación amenaza con el hambre a millones de hombres. El ejemplo típico en está materia es la política del New Deal del presidente Roosvelt falsamente interpretada como un paso hacia el socialismo cuando en realidad fue un recurso extremo para salvar al capitalismo norteamericano después de la crisis de 1929.

Y, aun superadas las situaciones de emergencia, el Estado ya no puede excluirse de las relaciones normales del capital con el trabajo, por lo que entra a regular el mercado laboral forzando la ley de la oferta y la demanda de trabajo, o dirimiendo con su autoridad los conflictos creados por las peticiones de los obreros. El "mal" de la intervención del Estado es preferible a los que ocasionaría una guerra de huelgas y Con criterio preventivo respecto a estos problemas, el Estado legisla en materia social, señalando salarios mínimos y estableciendo un sistema más o menos completo de medidas de protección para el trabajador.

Por supuesto, la guerra moderna, que se libra tanto en los campos de producción como en los de batalla, impone la intervención del Estado en éstos como en aquéllos.

Ni uno solo de esos pasos deja de ser resistido por los obcecados partidarios del liberalismo puro;

particularmente, por los grandes representantes del capitalismo que ven en el Estado a un intruso agresivo qué tiende a despojarlos de sus prerrogativas. Lo que esos liberales no ven es que el Estado (el "Estado burgués", como lo llamaría Marx), no hace sino liberarlos de conflictos mayores y, en último análisis, de la ruina. Cegados por el odio al Estado, enemigo teórico de la libre empresa, no ven al Estado como aliado, en la práctica.

Hay, empero, un punto en que este género de intervención más o menos indirecta es insuficiente, y se piensa en otro Estado que ya no se limite a desempeñar funciones de supervigilancia, de mediación o de rescate, en último trance, respecto al individuo. Y es entonces cuando nace la idea del Estado socialista. Dicho de una vez, el Estado que ya no servirá al individuo sino a la colectividad.

Se socializan los instrumentos de producción. Dependiendo esto del grado de avance del socialismo en nombre del cuál actúe el Estado, la socialización abarca solamente las grandes fuentes de producción, aquellas que constituyen el núcleo mismo de la vida económica del país, o se aplica con carácter más o menos general. Este proceso se inicia generalmente con las minas y los yacimientos de petróleo, pasa por la industria siderúrgica y llega a los ferrocarriles y otros medios de transporte. Sólo en casos extremos toca a la industria manufacturera. Suecia constituye uno de los ejemplos típicos de socialismo de Estado, con la circunstancia, muy especialmente digna de anotarse, de que ese hecho económico no afecta al sistema político, que se mantiene invariable dentro del marco de la democracia liberal. Sólo en condiciones sumamente anormales, como las que se derivan de una guerra, la intervención del E&tado llega, en este cuadro político, a regular la distribución y el consumo de artículos, mediante el racionamiento y las "congelaciones" de precios, salarios, alquileres de viviendas, etcétera.

Hay, más allá, otro tipo de Estado: el que, con carácter "temporal", propugna el comunismo, para ponerlo en manos de la dictadura del proletariado, como instrumento político destinado a realizar la transformación de la sociedad burguesa en la sociedad comunista, sin clases, del futuro. Lo qué, en concepto de los comunistas marxistas, justifica a este Estado absorbente y dictatorial es su necesidad "transitoria", ya que, en la otra sociedad hipotética del futuro, el Estado habrá desaparecido también, total y definitivamente.

Por su parte, los anarquistas individualistas prescinden del Estado y de la colectividad para dejar al individuo solo, libre y voluntariamente asociado en pequeñas agrupaciones constituidas con fines de servicio mutuo; mientras que los anarquistas comunistas eliminan al Estado y al individuo y dejan á la colectividad sola.

La carrera del Estado no ha concluido todavía. Falta la última etapa, aquella en que, imperativamente, lo reclama todo para sí.

Ya no es el Estado el que sirve al individuo, dentro de las teorías "demo-liberales", ni el que sirve a la colectividad en el socialismo; tampoco se hace perdonar su presencia en función de los altos intereses individuales o colectivos a los que consagra su existencia, ni ofrece humildemente que desaparecerá cuando no se lo necesite.

Éste, el Estado fascista o nazi, es un fin permanente en sí mismo. Nacido de concepciones filosóficas como la de Hegel, alcanza su identidad plena en la Alemania nazi y la Italia fascista. La totalidad de la vida colectiva gira en tomo a su servicio, y él individuo convierte ese servicio en una verdadera mística. Aquella parte de la colectividad que se consagra absolutamente al Estado se hace, por ello, acreedora a todos los privilegios y se considera a sí misma la minoría selecta, la élite. El resto no tiene "derechos" propios, sino los que el Estado, por autodeterminación, le "concede".

Es importante observar que, mientras las doctrinas democráticas liberales, así como las socialistas, cifran su validez en el hecho de que expresan la voluntad de la mayoría y justifican sus fines en razón del beneficio de la mayoría de la colectividad, el nazifascismo niega esas concepciones mayoritarias y sólo reconoce a la minoría como fuente de poder, como instrumento de realización política y aun como objetivo, en cüátítO esa minoría tiene identificado su destino con los destinos supremos del Estado.

En lo económico, el Estado nazifascista toma el control directo de las industrias capitales (sobre todo aquellas que tienen estrecha relación con los programas de preparación militar de la nación), y se sirve de la empresa privada, dejando a los propietarios a la cabeza de sus negocios, bajo una estrecha dirección y vigilancia estatales. En otras palabras, el Estado quiere tener a alguien que sea personalmente responsable de las fallas que pudieran ocurrir; pero ese alguien no tiene la verdadera conducción de la empresa. Las relaciones entre el capital y el trabajo están absolutamente supeditadas a los intereses del Estado.

Y este Estado, ampliando su acción integral (por eso se llama Estado "totalitario") a todos los ámbitos de la vida colectiva, imprime también una dirección inflexible a la educación, la literatura, el arte y aun la ciencia.

De este modo hemos recorrido, en forma sucinta, toda la gama de relaciones políticas entre el individuo, la colectividad y el Estado, desde el momento en que el individuo se asocia con sus semejantes para la satisfacción de sus necesidades inmediatas y elementales, hasta que el Estado se convierte en un ente semidivino.

Es de advertir que el individuo empieza por aceptar y considerar útil el imperio de la autoridad encamada en el Estado. El jefe primitivo (mezcla de caudillo y sacerdote) funda su derecho en la fuerza y en la habilidad para conducir a los demás, y alega poderes sobrenaturales para justificar sus prerrogativas; más tarde los reyes dicen derivar su poder de Dios. Finalmente, surge el concepto jurídico-político del Estado (la Ciudad Estado o,el Estado Nación), con su atributo esencial de soberanía. El individuo, decíamos, acepta todo esto; primero porque se lo imponen a la fuerza, y no le queda otro remedio;

segundo, porque la presencia de la autoridad le es útil para el resguardo, siquiera relativo, de su seguridad y sus intereses (por pequeños, que éstos sean). Pero, invariablemente, acaba por rebelarse contra la autoridad. La expresión extrema de esa rebelión es la anarquía; las formas menos radicales incluyen todas las teorías y toda la acción desarrolladas por el individuo en defensa de su "libertad" política y económica. El capitalista quiere librarse del Estado;

el proletario quiere librarse del Estado capitalista. El hombre quiere librarse de toda forma de opresión.

No es aventurado afirmar que gran parte del problema político gira describiendo un círculo permanente, en torno a este problema: el individuo desearía la libertad absoluta; pero como todos los individuos la desean también, simultáneamente, llega un momento en que surge el conflicto de libertades que se expanden unas a costa de las otras; entonces se hace indispensable un sistema de regulación de la libertad por un procedimiento autoritario; en cuanto esa regulación llega a ser incómoda, el individuo reacciona y clama por la libertad. El hallazgo de un término medio ideal es, en suma, la meta de casi todas las doctrinas políticas.

¿Cómo se van produciendo estas transiciones? Por un proceso evolutivo o por la revolución. Lo evolutivo es la. forma gradual y sin empleo de la violencia. La transición contemporánea del régimen conservador al régimen socialista, en Gran Bretaña, es ejemplo de evolución realizada por vías democráticas. El avance de la legislación social protectora de los trabajadores, en casi todo el mundo, es otra forma de evolución consumada, en la mayoría de los casos, sin alterar el cuadro político de los respectivos Estados. La revolución (hablando de auténticas revoluciones y no de simples cambios de partidos o personas en el gobierno), está representada por la Revolución Francesa y la Revolución Rusa, que alteran totalmente la estructura política, económica y social de las naciones en cuyo seno se producen.

Es interesante anotar que, en el pensamiento de Marx, ambas formas encuentran cabida. Cree él que el deterioro constante del capitalismo obedece a leyes de evolución inevitables, cuyas consecuencias serán también inevitables ("determinismo" económico fundado en la dialéctica). Pero considera que no debe prolongarse el sufrimiento de las clases trabajadoras hasta que esa evolución culmine por si misma con la caída final del sistema capitalista, y que, en un momento dado (no especifica cuándo, concretamente), debe precipitarse mediante la acción violenta, la revolución, que transfiera el poder político al proletariado.

Mucho de la controversia política estriba en esta cuestión metodológica planteada en los siguientes términos generales: ¿Es indispensable la revolución? ¿Se justifican sus riesgos? ¿Es posible una evolución pacífica que alcance, efectivamente, los fines de la armonía social?

Los partidarios de la revolución llegan inclusive a considerar indeseables las ventajas que se obtienen, por vía democrática, en favor de las clases trabajadoras, tales como los aumentos de salarios y otras leyes protectivas puestas en vigencia por efecto de la acción sindical, porque —dicen ellos— esas ventajas adormecen el impulso revolucionario de las masas obreras. Tales partidarios de la revolución creen, de acuerdo con sus teorías económicas sobre el valor y la plusvalía, que, de todos modos, el trabajador es explotado dentro del régimen capitalista, y que, por consiguiente, no hay otra forma de acabar con esa explotación que destruir el sistema mismo, lo cual sólo puede conseguirse oportunamente mediante la revolución.

Es indudable que la evolución, o sea el cambio a través de un proceso gradual y pacífico, ofrece las perspectivas más gratas y deseables a los dictados de la razón. Pero, para oprobio de la mentada "racionalidad" del hombre, la violencia parece desempeñar una función permanente en el curso de sus relaciones políticas. Lo dijo el propio Jefferson: "El árbol de la libertad debe regarse, de cuando en cuando, con sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural." Y la experiencia demuestra, lamentablemente, que no se ha cumplido ninguna de las etapas decisivas de la historia sin que ello hubiera costado torrentes de sangre.

Las doctrinas políticas propiamente dichas contienen tres elementos esenciales: análisis crítico del pasado y del presente; programa para un futuro ideal; método de acción mediante el que se efectuará la transición del presente hacia ese futuro ideal.

La interpretación y crítica del pasado se hace de muchas maneras; tantas como formas ha adoptado la filosofía de la historia. Se utilizan muchos guiones o puntos de referencia. Por ejemplo, los utopistas ponían gran énfasis en los valores de orden ético, mientras que los marxistas asignan importancia fundamental al factor económico. Aquéllos ven los males del pasado y del presente como resultado de fallas morales en el hombre; éstos creen que los males se deben a una falla orgánica del sistema económico capitalista.

El programa para el futuro es un catálogo de remedios para los males del pasado y del presente. Es producto de la mezcla de descontento con lo que se tiene, y esperanza en lo que se quisiera tener;

síntesis de amargura y de ilusión. Por eso, en el momento oportuno, a los forjadores de nuevos programas políticos se les imputó invariablemente "envidia" y "despecho". Y es cierto, en una u otra medida, que todo cuanto acusa progreso humano fue amasado con levadura de insatisfacción.

En cuanto a los fines, los programas políticos se sitúan dentro de tres grandes categorías, según ellas asignen la categoría de finalidad suprema al individuo, a la colectividad o al Estado, como tenemos visto en los primeros párrafos de este capítulo.

Otra clasificación separa a los programas cuyo objetivo es esencialmente ético y jurídico (como la democracia liberal), de aquellos que buscan, primero, la solución del problema económico, verbigracia el socialismo,

Y el método o plan de acción contempla, en principio y en detalle, en forma simple o mixta, uno o varios,de los múltiples tipos de evolucionismo y revo-lucionismo. Aun en ciertos casos en que se adopta como norma de principio el método evolutivo, "gra-dualista", llega a aceptarse la posibilidad de la revolución como remedio de última instancia, cuando todas las puertas del sistema democrático han quedado cerradas por una dictadura. En este punto crítico, la filosofía política llega a considerar, inclusive, la tesis del tiranicidio.

Por supuesto, todos los métodos conducen a un fin inmediato: la toma del gobierno, ya que esa posesión del gobierno, que es la encarnación del poder político, significa la posibilidad —la única concreta— de llevar a la práctica los programas de reforma. Un partido político que no aspirase a tomar el gobierno de alguna manera no tendría razón de existir.

Una cuestión de orden cronológico influye grandemente sobre el carácter de las doctrinas políticas: si ellas fueron formuladas antes o después que sus creadores hubieran tomado el gobierno. Las teorías socialistas fueron concebidas, todas, con anterioridad a ese hecho. El fascismo y el nazismo engendraron su teoría a posteriori. En el primer caso, la teoría es una bandera; en el segundo, se convierte en una especie de excusa para detentar el poder y adolece de todas las flaquezas de una excusa.



No puede haber, pues, doctrina política que no empiece por hacer la crítica del estado de cosas vigente. Si hubiera conformidad plena, ¿cuál sería la razón de proponer una reforma? Tampoco puede haber doctrina política si, una vez analizados los males y problemas, no se proponen los remedios y soluciones. Ni quedaría-completo el cuadro si, al tiempo de ofrecer ese programa de soluciones, no se dijera en qué forma se alcanzará el dominio del poder político, sin cuyo requisito no se podría dar realidad al programa. ; '

Algo que contribuye a mantener latente el conflicto político a lo largo de la historia es que, una vez concebida una doctrina como producto directo de las condiciones de tiempo y de lugar que la justifican y la hacen necesaria, se trate de aplicarla indefinida e indiscriminadamente en épocas o países «a que no imperan las mismas condiciones.

Ya sea que se admita el proceso "dialéctico" de la evolución (como prescribe el marxismo) o que se acepte el concepto de la "evolución orgánica" (propugnado por el socialismo reformista), lo evidente es que el acontecer político es esencialmente fluido y dinámico. Nada de lo que constituye la vida del hombre es estático, y la política no es sino una función vital de la sociedad humana. Todo nace, crece, muere o se transforma. Constantemente surgen nuevas posibilidades y nuevas necesidades, nuevos problemas y nuevas soluciones.

En medio de este fenómeno vertiginosamente cambiante, la posición política que ayer parecía adelantada respecto a los acontecimientos resulta, de pronto, rezagada. Debería, por tanto, desaparecer del escenario. Pero las posiciones políticas tienden a estabilizarse y estratificarse conforme envejecen. Como ancianos decrépitos que pretendieran disputar a los jóvenes su derecho a ocupar el primer plano, se afe-rran a lo que creen que es suyo para siempre. Y es trágico el hecho de que, mientras la vejez física acusa síntomas indudables —canas, temblores y arrugas que harían esa pretensión simplemente grotesca e inconcebible— la vejez política es cosa que no advierten

quienes la padecen. (Hasta ahora hay rusos blancos que mantienen las funciones de la Corte zarista en el exilio, con la patética certidumbre de un retomo.) La evolución, sin embargo, no se detiene. Y al chocar con las posiciones que rehusan dejar el camino limpio, surge el conflicto. Se hace, por regla general, inevitable la revolución. Los representantes dé la posición rezagada se constituyen en campeones de las "institucionesnacionales'1', y anatematizan a los innovadores cóíí el estigrná de "enemigos de la seguridad del Estado", y "subversores del orden constituido".

El genio de los grandes realizadores políticos consiste en acomodarse instantáneamente a las transformaciones del medio en que actúan e inclusive en adelantarse a ellas. Allí donde concluye su facultad de adaptátíoh7y>^(6^aé!c^^liftbe^fcáK»nzado•un remanso definitivo (ese remanso que la historia niega inexorablemente), cesa su obra para dar paso a otras fuerzas qué pugnan por seguir adelante. Tal flujo constante es la sustancia misma de la historia política.

No hay fórmulas de eficacia permanente. Las que más sé 'aproximan a la permanencia son las que empiezan por negar que exista nada permanente.

Y, en cuanto a circunstancia de lugar, es ilógico pensar que lo que fue válido y provechoso allá tenga, indefectiblemente, que ser válido y provechoso acá. Si bien existen líneas generales de conformación económica y social que pueden crear lo que llamaríamos zonas de semejanza, hay todavía múltiples combinaciones de factores geográficos, étnicos, históricos y psicológicos que demandan adaptaciones y dosificaciones precisas y especiales para cada caso. Lo verdadero, lo justo y eficaz de una doctrina es simple cuestión de tiempo y circunstancia.

El presente volumen encierra una exposición sintética de las doctrinas políticas que han tenido y tienen predominio en la edad moderna, y una relación de sus antecedentes históricos, así como de su vigencia en la práctica.

Hay temas, como el del socialismo cristiano o el del cooperativismo que no pertenecen, propiamente, a la categoría de doctrinas políticas. El primero carece de. plan político (se adhiere con ciertas reservas de reciente data a la democracia liberal), y es más bien una filosofía (como el liberalismo, en sus orígenes) que un programa. El segundo no es más que un sistema de asociación económica, destinado a sustituir a los agentes ordinarios de la producción y distribución de bienes, así como a los del crédito y algunos servicios privados y públicos, dentro del sistema liberal capitalista o del socialismo.

Pero el cristianismo desempeña hoy un papel muy importante en el campo de las luchas políticas, como abanderado del anticomunismo. Y el cooperativismo forma parte integrante de varios sistemas políticos. No se puede pasar por alto a ninguno de los dos.

En cambio, no se ha asignado un. capítulo especial al socialismo de Estado, porque sus formas moderadas quedan incluidas ea. las teorías del socialismo reformista y las extremas (aquellas en que los términos de socialismo de .Estado y capitalismo de Estado se hacen difíciles de distinguir), caen dentro de la órbita de las tendencias nazifascistas.

Para dar mayor objetividad a la exposición de los temas, se ha tratado de conservar la terminología característica de los expositores de cada doctrina, y por limitaciones de espacio, así como por el carácter elemental de este trabajo, se han reducido al mínimo indispensable las referencias y citas bibliográficas.

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