UN DÍA REGULAR DENTRO DE UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN

Al llegar a Auschwitz los prisioneros eran seleccionados de inmediato. Aquellos que se consideraba ineptos para el trabajo eran enviados a los baños sin dilación, a los que tenían una salud relativamente buena eran enviados a las barracas del campo.

Relato de Rudi Weiss. Superviviente de un campo de concentración.

Mi madre trabajó en una de las cocinas. Mi padre por ser médico, podía pasar de vez en cuando a visitarla. Ella estaba sentada en la orilla de la litera, cosiendo. La vida en los campos era una pesadilla de inmundicia, piojos, hambre, agua pestilente y contaminada, sopa magra y pan rancio.

Sobre su litera había colocado fotografías de la familia.

Mis padres, escucharon a una mujer kapo que estaba afuera y se apresuraron a despedirse.

ejecución
Hubo una conmoción en la puerta de las barracas y la mujer kapo entró arrastrando a una esbelta joven. La muchacha, de unos diecisiete años, resbaló y cayó al suelo y la kapo la puso de pie jalándola de los cabellos.

La kapo empujó a la joven y le dijo a mi madre –Encuéntrenle un lugar cualquiera-

Mi madre se levantó de su litera y dijo –Yo la cuidaré-

La kapo dijo –Vean que no se meta en problemas y se fue.

Mi madre le dijo –Esta bien, aquí no te haremos daño y le dio un poco de pan y la acomodó en una de las literas de madera.

-Es difícil recordar que somos más que unos nombres de un rótulo –dijo mi madre-. O un número azul tatuado en nuestro brazo. Somos gente, sí, todavía lo somos. Somos gente con nombre, hogares y personas amadas. No pueden quitarnos eso.
¿Cómo puede ser la gente tan cruel? ¿Cómo pueden hacer estas cosas a los inocentes?

Mi madre empezó a consolar a la muchacha y le cantó una canción.

Dos mujeres kapos y un guardia de la SS se pararon en la puerta de entrada llevando una metralleta, y les dijeron:

-Salgan todas las de esta barraca.

-¿Por qué?, preguntó una mujer, ya nos hicieron la inspección médica.

-No hay nada que temer –dijo la kapo.

-Apresúrense, dijo el hombre de la SS, formen afuera una doble fila, salgan rápido.

-Mi madre peinó su pelo. Iría hasta el final limpia, pulcra, tan apropiadamente como podía estarlo.

Afuera, las mujeres más viejas eran ayudadas por las jóvenes.
Todas lo sabían. Decían que era un suceso común. Cuando los transportes no llegaban completamente cargados, cuando las cámaras y los hornos no estaban ocupados a su plena capacidad, conjuntos enteros de barracas eran vaciados sin advertencia.
Ninguna excusa salvaba a nadie; no había privilegios. Era asunto de cumplir con el trabajo, de llenar la cuota. La meta era doce mil al día y el Führer y Himmler tendrían sus doce mil.

Las llevaron caminando a través del área de las barracas, bajo vigilancia, salieron por una puerta y se dirigieron a las famosas filas de árboles que estaban plantados. Frente a ellos se podía ver la cámara de concreto, con su largo techo plano.
Era invierno.

cámaras de gas escondidas_______________ropa de las personas

En ese frió congelante, les ordenaron que se desvistieran. La ropa fue apilada. Los valores fueron tomados para “salvaguardarlos”. Les avisaron que la fumigación, el despiojadero, tomaría como cinco minutos. Las regresarían sus pertenencias cuando salieran. Estarían mejor preparadas para el trabajo, les dijeron los de la SS.

Hacía frió, estaba húmedo y casi pereció que algunas de las mujeres daban la bienvenida a la muerte. O preferían creer hasta el final que los alemanes no estaban mintiendo.

-Respiren profundamente –dijo el guardia-. Sostengan a los niños en lo alto, para que puedan aspirar. Esto es bueno para ustedes. No tendrán resfriados, ni tos. En menos de cinco minutos estarán fuera.

-Mi madre se detuvo momentáneamente en la puerta, y volteó por última vez hacia el campo.

Los registros del campo revelan que fue un día de poco trabajo.
Solo siete mil fueron muertos por los gases. Los cuerpos fueron consumidos en los hornos de gas y las cenizas arrojadas al río Sola que fluía cerca del campo.

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