Por qué creer en los santos

Por qué creer en los santos

Muchas veces se nos critica a los católicos de idolatrar a los santos, a lo cual nosotros respondemos: "no es cierto", pues nosotros no los adoramos, sino los veneramos. Esto es exactamente lo que dice nuestra doctrina católica, pero en mi poca experiencia pastoral yo he visto que no siempre seguimos esta doctrina, y sí damos pie a la crítica de los protestantes. Analicemos un poco la historia y reflexionemos sobre nuestra actitud hacia esta costumbre milenaria dentro de la Iglesia.

Desarrollo histórico
El recuerdo de los santos tiene su inicio desde el primero siglo, años después de los primeros mártires. El recuerdo de sus muertes servía para que los cristianos que seguían siendo perseguidos tomaran ánimos; es decir era el testimonio de estos mártires lo que se recordaba dentro de las asambleas litúrgicas. Años después se comenzó a pedir la intercesión de estos mártires. Esto sucede por la conciencia de que ellos no morían definitivamente, sino que Resucitaban y estaban junto a Cristo. Por este motivo se comenzó a desarrollar la intercesión de los santos, como aquellos cristianos que habían vivido con mayor plenitud su pertenencia a Cristo. Así, para el siglo II existía ya el recuerdo de los santos como testimonio y como intercesores ante Jesucristo.

"Nosotros adoramos a Cristo por que es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos". (San Policarpo)

Desde el siglo IV, con la oficialización de la Iglesia por Constantino, terminan las persecuciones y esto hace que se comience a otorgar un homenaje similar al de los mártires a otra categoría de cristianos. Primero se comenzó a celebrar la memoria de los obispos que habían dejado un recuerdo particularmente significativo. Las iglesias comienzan así el recuerdo de quienes fueron sus padres en la fe. Todos los años, en su aniversario, ruegan por ellos, hasta que llega el día en que ruegan a través de ellos, constituyéndolos así en "santos intercesores". Después de los obispos, comenzará a reconocerse también como sustituto del martirio la vivencia extrema de la ascesis ( son los primeros religiosos) y la virginidad. María será proclamada "oficialmente" en el Concilio de Efeso (431) como la santa Madre de Dios; dicha proclamación fue un reconocimiento de un culto que el pueblo ya efectuaba hacia la Madre de Dios con anterioridad.

El desarrollo posterior dependerá de la fama de cada santo. Pedro y Pablo serán de los más recordados; Perpetua, Felicidad y Cipriano les seguirán; Lorenzo y Esteban, etc. Hacia el final del siglo IV comienza la "repartición" de reliquias, "pedazos" de su cuerpo u objetos utilizados por el santo, a partir de los cuales se edificaron basílicas en su memoria. A tal grado sucedió ésto que para el siglo V ya no se concebía la construcción de una Iglesia sin el depósito de una reliquia (práctica que duró hasta 1970, aproximadamente). La liberación de esta referencia "material" del culto del santo la realizaó el papa Gregorio III (713-741) al erigir en la Basílica de San Pedro un oratorio en honor de Cristo y de su santa Madre, así como de "todos los santos mártires y confesores y justos llegados a la perfección, que reposan en el mundo entero". Después de esto, comenzó a desarrollarse la fiesta de todos los santo, celebrada en oriente durante la Pascua y en occidente el 1° de noviembre.

Reflexión
Este venerable culto a los mártires y santos ha sido desvirtuado algunas veces por nosotros los cristianos. Muchas veces nos referimos a ellos como "amuletos" o como "pequeños dioses" más cercanos a nuestras necesidad que Jesucristo o Dios Padre; y entonces los hemos "etiquetado" como el santo de la lluvia, el santo de las novias, la santa de las causas imposibles, el santo del trabajo, etc. No podemos permitir promover este tipo de acercamientos a los santos. Ellos son reconocidos por la Iglesia por su testimonio del seguimiento de Cristo y nosotros los hemos convertido en "pequeños ídolos" que nos consiguen favores ante el "omnipotente" dios al cual no nos podemos acercar; con esto dejamos a un lado la intercesión de Jesucristo, dejamos a un lado la razón histórica por la cual los recordamos y los utilizamos para vivir una fe inmadura.

Necesitamos repensar nuestra actitud ante ellos, y purificar nuestra fe. No por que la Iglesia no lo postule así, sino por que nosotros haciendo caso omiso de la doctrina los "utilizamos" en nuestra propia concepción de fe. Los santos no pueden ser amuletos o milagreros. La razón de que nos acercamos a ellos es porque reconocemos que ellos están vivos junto a Jesucristo y a través de la comunión de los santos mantenemos una estrecha unidad; todos formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo. Pero su mayor ayuda a nosotros a de ser la del testimonio; su vida es como un grito que nos dice: "si se puede ser fiel". Vivamos nuestra comunión con los santos respetando nuestra tradición. Acerquémonos a ellos como lo que son "fieles testigos de un radical seguimiento de Jesucristo, e intercesores ante Jesucristo para nuestra santificación".

 

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