| Latidos |
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| A mi madre Desde el vientre hasta la luz, desde las venas hasta la sangre, de las entrañas a la piel, tú me has hecho, madre. Provengo de tí como la estrella venida de la noche. Yo soy tu rostro de hombre, yo soy tu voz grave y melancólica. Soy la melodía que tú, secreto viejo junto a la ventana, jamás te atreviste a entonar. Me pesas en el espejo, en la hoja que no cae aún. Mira bien en mí tu sudor amoroso precipitado en nocturnidad. Te supe en el hogar de tus adentros. Viajé en tu perfume al respiro primero. ¡Qué mundo era tu seno cuando yo lo asía!, cuando supe tu mujería contra el rostro soñoliento. Ahora no duermo. Vivo. Ahora no lloro. Callo. He dejado ya los juegos, los aplausos, el jarabe, y como un rostro duro de venganza parto a la vida para siempre. He de cruzar esa puerta. Como hace veintiún flores, cuando la angustia te besaba, afuera me espera la luz. Ya es hora de tocarla, de sentirla en mí. A otros brazos corro ahora, madre, como a los tuyos llamando otrora. ¡Oh no sean tus manos las que desempolven mi crianza!. No ha de morir la araña que, sobre ella posada, duerme plácidamente en su trampa. El mundo alzado en una casa infinita empieza cruzado el umbral, aguardando mi cabeza, mi fatiga, tirando del pensamiento. Mira volar a un alma joven hasta el azar y la dicha, pues bien ha germinado el fruto de tu vientre y pronto será un árbol de sombra a tu vejez. Y así como tu voz canta ahora en mi sangre, no en vano servirás un plato menos de comida, un beso ahorrado, un temor más. ¡Oh tus ojos lejanos!, ¡oh la boca extraviada!, ¡oh carne de tu carne, siente su desprendimiento como deriva que celebra!. Es la hora, pues, de nacer, ¡oh madre, de nuevo!. |