| Mérida, jueves 12 de enero, 2001. 11:00 p.m. Desde un cuarto para las nueve de la mañana de hoy, hasta el mediodía, he visto clase de Narrativa. Lo he disfrutado plenamente. Los estudiantes hemos leído un par de cuentos: El ahogado más hermoso del mundo de Gabriel García Márquez, y Luvina de Juan Rulfo. De ambos me ha gustado más el primero. El estilo es fluido, la te- mática, cautivante, y la sucesión de imágenes, detalladamente cuidadas a lo largo del discurso narrativo, revisten la obra de una estética especial. He recordado con beneplácito lo que ha dicho el autor en una entrevista, refirién- dose a la creación artística, sobre el "ritmo respiratorio" que el escritor debe transmitir al lector para atraparlo. Tomando en cuenta a inversión de los valores de lo convencionalmente bello y demás contradicciones en el texto, el docente ha ilustrado muy bien la retórica del cuentista en forma de poética pendular. Es por medio de esta fórmu- la, ingeniosamente contrapuesta a las apreciaciones tradicionales, como el cadáver alcanza una belleza peculiar. Es el único texto de mi conocimiento, o que yo recuerde, donde el muerto es protagonista. Luvina, por su parte, parece evocar la miseria de aquellos pueblos sombríos nacidos del genio de Miguel Otero Silva en Casas muertas, aunque la poética singular de Rulfo conduce a Luvina casi a la nulidad. Parece tratar- se de un grito desesperado contra el dañino progresismo del hombre contemporáneo, acaso llevado al extremo. Pero el respetable escritor Juan Rulfo en modo alguno es un fanático. Su propósito es conciso y bien ha ilustrado la otra cara de la moneda. En otro orden de ideas, he recibido carta de Pedro Pablo Pereira, coordinador del Taller de Literatura de la Facultad de Ciencias. Comentaba en la epístola de los poemas de mi autoría que le he dejado el pasado mes de diciembre, a ser publicados en Mural de tierra, la página literaria de los lunes que coordina en el diario Frontera. Específicamente se refería a Larghetto, comparando el dolor del poema con el de hombres como Ramos Sucre, Quiroga, Hölderlin y Nietzsche. Tal comparación, y en general la lectura completa de su epístola, en que eleva casi hasta el ensayo la temática del infierno de los artistas, me ha dejado absorto y cansadamente vencido. No me ima- ginaba ser objeto de semejante respeto por mis trabajos y ciertamente desmerezco la comparación de mi persona con tales colosos de la palabra. He redactado la contestación de la correspodencia, tocando puntos pertinentes, y probablemente se la mande enviar mañana. (Luego). Desde mi mudanza de la ciudad de provincia a Los Andes, el pasado mes de agosto, he vivido un collage de emociones. El desprendimiento del hogar, del bullicio característico de la familia, de la compañía de amistades fraternas. Larga fue la espera hasta responder como era debido a mi libertad e independencia, no obstante, todo parece haber ocurrido rápidamente. Partir a un lugar desconocido, a la incertidumbre,con propósitos soberanos, estudiantiles, henchido de ánimo por saber la vida: tal fue el instante que marcaría la culminación de la metamor- fósis sufrida en aquella crisálida, y el comienzo de una nueva etapa. En aquél momento, que he de recordar siem- pre, germinaba en mí una semilla que gradualmente calaría hasta convertirme en mi actual persona. De ese even- to tan ancho y prometedor resultaría un poemario que he titulado El proscrito, mi último trabajo literario. El texto re- cogería las primeas experiencias y sensaciones de mi mudanza, de mi nueva vida. He descubierto que Cautiverio y Latidos, conjuntamente con aquél, conformarían los tres estados de mi llamada metamorfosis: larva, crisálida, mariposa. Los cambios del entorno me han hecho sentir toda suerte de estados: temor, soledad, confusión, nostal- gia, y un desarraigo tan mío que es de preocupar. Orfandad que me acompaña a donde vaya como una terrible sombra. Suelo pensar que jamás podré echar raíces en sitio alguno, o que de hacerlo nunca estaré satisfecho. Sea como fuere, a propósito del proceso de mi partida, y cuanto he aprendido de esta resolución, es considerable cuán cambiado esto desde entonces. Y en la tarde de hoy, inesperadamente, he apreciado esto como nunca antes. Sentado en un café junto a la Plaza Bolívar, revisaba en mi cabeza la paulatina transormación de mi mente y alma desde mi llegada. La ciudad de Mérida en nada se parece a Puerto Ordaz; esta ciudad es otra y yo también soy otro aquí. Contemplaba la tarde esplendorosa; los rayos del fatigado sol oblicuamente iluminaban a los tran- seúntes y las viejas fachadas de los edificios. Clima fresco, pláticas por doquier, bonitas mujeres gesticulando y riendo. Un anciano leía la prensa, sus ojos concentrados en los titulares bajo la sombra breve de la gorra, recosta- do de una de las columnas del Palacio de Justicia. Otro caminaba apresuradamente con las noticias bajo el brazo. Yo puedo amar a cualquiera de estas personas, me decía, cuando no hará mucho llegaba aquí forastero, desterra- do voluntario, desconocedor de todo y casi temiendo la aproximación de algún extraño. Yo puedo hacer muchas co- sas aquí, pensaba, como solemos los jóvenes divagar en el país del ensueño. Yo pensaba todoas estas cosas, digo, y ahora las escribo en éste mi diario porque es grato saberme creci- do en hombre. Recordaba la suerte de haber publicado trabajos literarios en la prensa, las gentes amables que me han acogido a mi llegada, como la familia Castellanos de Ejido, y la estima de escritores y compañeros de que he gozado. A mi arribo se agitaba mi vista emocionadamente en los museos, las librerías, el teatro, las estatuas de parques y plazas; acariciaba a todos los mendigos, abrazaba a todos los locos y desamparados, dando tumbos de aquí para allá, y mis besos se enredaban en las sucias barbas de los borrachos tirados en la calle. Entonces pen- saba: ¡aquí podré publicar mis libros!, ¡aquí podré ser poeta!. Estas ideas pensaba, guardaba estas esperanzas y aún las pienso más esperanzado y con mayor templanza. El hombre y el escritor van en esa búsqueda, codo a codo en el camino. Van en busca del ser, la vida, el sosiego virtuoso. No negaré que he no poco he sentido y escrito miserias, imaginarias o no y de todas las formas castigado- ras posibles, pero hoy he querido registrar en mi diario un cuadro algo más apacible, y creo haberlo logrado. |
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