GLOBALIFOBIA




15 de mayo del 2001


A propósito de Falso amanecer, de John Gray


LAS RAZONES DE LA GLOBALIFOBIA


Saúl Escobar Toledo - Masiosare


"Corremos el riesgo de un derrumbe económico similar al de la Gran Depresión de 1929 ya un periodo de agitación política como en los años treinta. La causa: el avance del capitalismo global, que está destruyendo viejas industrias, ocupaciones y modos de vida a escala mundial. El problema es que este capitalismo global está sostenido en una doctrina falsa y un proyecto político pernicioso e irracional: el libre mercado". Estas son algunas de las tesis de John Gray, seguidor en su tiempo de Margaret Thatcher y admirado por ella, un ilustre miembro de la academia inglesa, hoy convencido de que las sociedades de mercado están amenazadas severamente por el capitalismo global.

El mundo vive hoy un momento de profunda inestabilidad. Corremos el riesgo de un derrumbe económico similar al de la Gran Depresión de 1929 y a un periodo de agitación política como en los años treinta. La causa: el avance del capitalismo global, que está destruyendo viejas industrias, ocupaciones y modos de vida a escala mundial. El problema es que este capitalismo global está sostenido en una doctrina falsa y un proyecto político pernicioso e irracional: el libre mercado.

La filosofía del libre mercado es una utopía engañosa que ha contribuido a la desintegración social en grado desconocido, particularmente en Estados Unidos, donde además ha creado niveles de desigualdad que se parecen más a los de los países de América Latina que a los de cualquier sociedad europea.

A escala mundial, este proyecto está poniendo en peligro a las sociedades burguesas y está haciendo cada vez más difícil que las distintas civilizaciones puedan convivir en paz.
Al tratar de imponer ciegamente el libre mercado en todas partes y en cualquier circunstancia, negando la intervención gubernamental para garantizar la cohesión social, la globalización económica se ha convertido en una amenaza para la estabilidad del libre mercado global que están construyendo las organizaciones trasnacionales estadunidenses.
A diferencia de lo que ellos creen, la globalización no refuerza el libre mercado global sino que lo socava, porque está desatando presiones sociales que surgen de un desarrollo económico altamente desigual.

Los costos sociales del libre mercado son tan altos que ninguna democracia puede soportarlos durante mucho tiempo. Más bien al contrario, sobre todo en los países más pobres, el libre mercado global lleva al establecimiento de regímenes fundamentalistas y opera como catalizador de la desintegración del Estado moderno.

En pocas palabras, estas son las tesis más importantes del libro Falso amanecer (False Dawn), de John Gray, publicado el año pasado en español por Paidós.1

Su interés radica no sólo en la crítica acérrima al neoliberalismo y sus efectos mundiales, sino también en la visión histórica que ofrece sobre el surgimiento, auge y muy pronta desaparición -según el autor- del libre mercado en el mundo.

Sin embargo, hay otro ingrediente que ha despertado interés. John Gray es un antiguo partidario de las políticas conservadoras, ilustre miembro de la academia inglesa, seguidor en su tiempo de Margaret Thatcher y admirado por ella. Hoy es un convencido de que las ideas liberales son incompatibles con las ultraliberales o neoliberales que postulan el reinado del libre mercado en todas partes. Que, por lo tanto, las sociedades de mercado están amenazadas severamente por el capitalismo global de libre mercado.




De grandes fracasos mundiales


Las organizaciones trasnacionales como la OMC (Organización Mundial de Comercio), el FMI (Fondo Monetario Internacional) y la OCDE (Organización para el Comercio y el Desarrollo Económicos) han buscado imponer libres mercados, a imagen y semejanza de un país, Estados Unidos, en las sociedades de todo el mundo. Es una utopía que nunca podrá realizare pero que ha causado ya grandes estragos y severos fracasos. Gray ofrece como ejemplo los casos de la Gran Bretaña thatcheriana, Nueva Zelanda y México.
El resultado es que en cada uno de estos tres países el libre mercado operó como una tenaza que apretó a las clases medias, enriqueció a una pequeña minoría y aumento el tamaño de la subclase de excluidos, infligió serios daños a las instituciones políticas, usó los poderes del Estado sin escrúpulos, corrompió y deslegitimó las instituciones estatales, disolvió o destruyó la coalición política que les dio apoyo y dividió a las sociedades.
Estos resultados provienen de un grave error: los mercados globales imponen una modernización forzosa a las economías de todo el mundo. Destruyen actividades y relaciones sociales, culturales y políticas locales. El problema es que esas rupturas no se reparan. Gray advierte que la globalización económica actual no tiene precedentes. La velocidad, el tamaño y la interconexión de los movimientos de mercancías e información a través del planeta son inmensamente más importantes que las de cualquier periodo anterior. En la posguerra, el comercio mundial se ha multiplicado por 12, en tanto que la producción, sólo por cinco. Pero lo más significativo es que las transacciones financieras han llegado a sumar 1.2 billones de dólares diarios, es decir, el nivel del comercio mundial multiplicado por más de 50. El 95% de esas transacciones son de naturaleza especulativa. La fuerza de esta nueva economía financiera virtual es un fenómeno desconocido en la historia económica mundial.

De igual manera, el crecimiento y el poder de las empresas trasnacionales son enormes y tampoco tienen precedentes. Controlan alrededor de una tercera parte de la producción mundial y dos terceras partes del comercio mundial.
La extensión, velocidad y fuerza de esta globalización, de un lado, y la destrucción que causa en las sociedades, por el otro, llevan a Gray a una conclusión: la economía actual es inherentemente menos estable y más anárquica que el orden económico internacional liberal que se colapsó en 1914 y que posteriormente llevó a la Gran Depresión de los años veinte.




Los hoyos negros de la globalización


El poder de las trasnacionales y la fuerza de la globalización socavan la capacidad de acción de los Estados. Los gobiernos no pueden controlar o atenuar el impacto anárquico e inestable de la economía mundial.

Pero la globalización no sólo ha tenido efectos en el Estado moderno. También en los sujetos sociales, en particular en los trabajadores. La clase obrera industrial ha disminuido en tamaño e importancia económica. Ello, no sólo por la reducción de las industrias manufactureras, sino también por los cambios en la organización del trabajo. Se ha pasado del taylorismo -producción en masa mediante trabajo asalariado en fábricas- a mercados de trabajo flexibles. En estos nuevos mercados, asegura Gray, gran parte de la fuerza de trabajo carece en la actualidad de la seguridad económica que daba el trabajo asalariado. Su mundo es el del trabajo a tiempo parcial, los contratos temporales y el empleo por cuenta propia en el que no hay una relación estable con un único empresario identificable. Junto con estos cambios ha tenido lugar un colapso de las negociaciones colectivas y una importante disminución de la influencia de los sindicatos. La inseguridad laboral está en el centro de este nuevo capitalismo desordenado. No es casual entonces que, como sucedió en la Inglaterra thatcheriana, el núcleo duro de las políticas neoliberales sea precisamente la desregulación de las relaciones laborales. Pero, con ello, se ha transformado, negativamente, la función de las empresas. "La empresa ha perdido gran parte de sus funciones de institución social. Se han abandonado muchas de las responsabilidades que hacían que el mundo del trabajo resultara humanamente tolerable en el pasado".2



Vivir en el caos


Dentro de este proceso destructivo mundial, no todas las economías son iguales pero, lo más importante, tampoco tienden a ser iguales. "La globalización -dice Gray- no es una tendencia hacia la homogeneidad".3

Precisamente el error consistente en intentar construir un mercado mundial único supone que la vida económica de toda nación puede ser remodelada a imagen y semejanza del libre mercado estadunidense.

Cuando el capital es móvil buscará ventajas absolutas emigrando a países con los costos ambientales y sociales más bajos posibles.
Por ello, la libertad global sin restricciones en el comercio y en los movimientos de capital pone a la sociedad a merced de los imperativos del mercado. El argumento en contra de esta utopía no es económico, es de sentido común. "La persecución de la eficiencia económica sin tener en cuenta los costos sociales es en sí misma irracional. Alcanzar la máxima productividad a expensas de la destrucción social y de la miseria humana es un ideal anómalo y peligroso".4 En estas condiciones, el capitalismo social de mercado, es decir, el proyecto socialdemócrata europeo, se vuelve inviable. El autor de Falso amanecer acude a Michel Lind, quien concluye que "... el capitalismo social de mercado y el libre comercio global son inherentemente incompatibles..."5

El proyecto de convertir al mundo en un mercado libre es un proyecto de Estados Unidos. Consiste en la utopía de convertir a todos los países a imagen y semejanza de la sociedad estadunidense. En eliminar diferencias y acabar con las particularidades locales.

El nuevo totalitarismo significa, acudiendo ahora a las palabras de Michel Albert, una lucha del capitalismo contra el capitalismo, y una ruptura entre los pensadores que antes hacían causa común contra el comunismo.

"El ascenso del libre mercado... ha deslegitimado al liberalismo... Ser percibido como liberal resulta políticamente incorrecto... las opiniones liberales en el Estados Unidos de hoy son hoy la voz de una minoría asediada..."6 En cambio, los conservadores se han convertido en violentos evangelistas del capitalismo global.

Los efectos de esta filosofía han sido brutales aun en el mismo Estados Unidos, el modelo de sociedad que se quiere poner como ejemplo para el mundo. A partir de la administración de Ronald Reagan, este país se ha convertido en una sociedad dividida, en la que una mayoría ansiosa está apretada entre una subclase sin esperanzas y una superclase que rechaza toda obligación cívica, toda responsabilidad social con los de abajo.

No sólo la desigualdad ha crecido. Las instituciones han sido dañadas irremediablemente. La familia se ha derrumbado debido a los niveles extremadamente altos de movilidad que se exige a los trabajadores. Varios millones de trabajadores estadunidenses están subempleados, no encuentran empleo, trabajan a tiempo parcial o lo hacen eventualmente.

La profunda desigualdad de la sociedad estadunidense y la inseguridad crónica en el trabajo han destruido las comunidades y, con ello, la cohesión social. Un resultado de ello, entre los más alarmantes, es que Estados Unidos se ha convertido en una enorme cárcel para sus habitantes. Como un indicador de la calidad de vida de la sociedad, la estadunidense se sitúa, de acuerdo con el índice de encarcelamiento, en los últimos lugares. Cuatro veces mayor que el de Canadá, cinco veces mayor que el de Gran Bretaña y 14 veces el de Japón. A principios de 1997, era 10 veces mayor que el de los países europeos. "Estados Unidos ?dice Gray? se parece cada vez más a un país oligárquico... y no a la civilización capitalista liberal que todavía existe en Europa o que, en el propio Estados Unidos, existió en fases más tempranas de su historia". Su historia en los últimos años es la de los partidarios del libre mercado contra sí mismos.

La catástrofe estadunidense sólo tiene paralelo con la que se observa en la Rusia poscomunista, aunque con manifestaciones muy diversas y con una historia muy distinta. La "terapia de choque" aplicada en Rusia, con la bendición y regocijo de los organismos internacionales, pretendiendo convertir a este país en un mercado libre, produjo, en lugar de ello, una especie de anarcocapitalismo dominado por la mafia.

El experimento fondomonetarista debilitó profundamente al Estado, empobreció a la mayoría rusa, criminalizó la economía en un grado sin precedente y dejó a todos los ciudadanos a merced de la explotación de las bandas delictivas. Sólo una enorme soberbia pudo haber concebido las recetas que se aplicaron a rajatabla en la Rusia poscomunista.




Sobreviviremos?


El desarrollo más reciente de la economía mundial podría resultar en un gran avance para la humanidad si se concibiera como un desarrollo multicéntrico en el que las diferentes culturas y regímenes pudieran cooperar sin intentos de dominación y sin guerras. Pero el vano intento de construir un libre mercado universal está impidiendo un mundo así.

Por el contrario, en la medida en que las fuerzas del mercado no están sometidas a ningún control o reglamentación, la paz se ve constantemente amenazada. Los mercados globales han provocado fracturas sociales y Estados debilitados. Y es que los mercados son instituciones imperfectas. Necesitan no sólo que se les regule, sino también una gestión activa para impedir que destruyan, empobrezcan y dividan a las sociedades y los países. Los mercados financieros, en particular, han demostrado que tienden a la volatilidad, al desequilibrio, a la inestabilidad, porque están basados en las expectativas humanas.

Hoy más que nunca está claro que la concepción de que una economía de libre mercado tiende a autorregularse, a la estabilidad, al equilibrio racional, es una idea obsoleta, es "una curiosa reliquia heredada del racionalismo de la Ilustración".7

El futuro de este mundo caótico, dominado casi incontablemente por el nuevo fanatismo, el de una economía global de libre mercado, puede ser distinto.

Pero para que ello sea posible se tienen que reformar las reglas del mercado internacional. Se necesita un régimen de gobierno mundial que pueda gestionar los mercados globales y que promueva la cohesión de las sociedades y la integridad y soberanía de los Estados. Sólo si hay una regulación global ?de las divisas, de los movimientos de capital, del comercio y de la conservación del ambiente? podrá haber una economía mundial al servicio de las necesidades humanas.

Un impuesto global sobre la especulación de divisas como el que propuso el economista James Tobin en 1978 es un buen ejemplo del tipo de regulación que haría más estables y productivos los mercados mundiales.

Reglamentar los mercados, administrarlos, gestionarlos, a través de un régimen de gobierno mundial que reconozca las soberanías de los gobiernos nacionales, va en sentido contrario de las ideas imperantes, que no sólo proponen una desregulación cada vez mayor sino también gobiernos que gobiernen menos, gobiernos más ineficaces frente a los mercados. Será, por lo tanto, la anarquía global en la que estamos sumidos un destino histórico contra el cual debemos luchar pero que no seremos capaces de superar? Esta es la pregunta con la que Gray concluye su Falso amanecer.



Entre los siglos XX y XXI


La doctrina del libre mercado es el último totalitarismo que nos heredó el siglo XX, o la doctrina del desarrollo del siglo XXI? Siguiendo a Hobsbawm, si nuestro siglo empezó con la gran guerra del 14, terminó entonces con la caída del Muro de Berlín?8 O terminará con el fin de la hegemonía del FMI?

Los signos ominosos del hambre, la pobreza y el desempleo masivos están a la vista. No se trata sólo de premoniciones. Africa es ya un continente en agonía si nos atenemos a los datos oficiales de la ONU, no sólo por los bajos niveles de vida y la falta de expectativas de desarrollo, sino también por las secuelas del mal del siglo XX, el sida. Pero, de otro lado, no parece haber, ni política ni económicamente, una alternativa clara al neoliberalismo. Apoyados en la fuerza del cambio tecnológico y la integración económica mundial, la hegemonía ideológica y política del libre mercado no tiene un enemigo visible de que preocuparse.

El auge económico que vivió Estas Unidos en el último quinquenio, bajo la presidencia de Clinton, así como la importancia de la "nueva industria de la información" y su impacto en la productividad e, indirectamente, en el empleo, no parecen sino apuntalar la idea de que, a pesar de todo, el libre mercado avanza.

Y sin embargo, ahí están también, aunque muy tibiamente, los reconocimientos sobre la desigualdad en las reuniones de los Foros Económicos Mundiales, de Davos a Cancún, presionados quizás por las movilizaciones de los globalifóbicos pero también por las preocupaciones crecientes de muchos y muy distintos gobiernos del mundo.

En otro orden, la derrota en línea de los gobiernos conservadores de Inglaterra, Francia, Alemania e Italia parecía anunciar mejores tiempos para la socialdemocracia europea y la oportunidad de un camino distinto. Pero la "tercera vía" de Tony Blair pronto se quedó atascada, mientras los esfuerzos de sus colegas y partidarios en otros países se han visto más ocupados en tratar de resolver sus propios asuntos domésticos. El proyecto de la Unión Europea parece enfocarse más bien hacia un nuevo mercado libre para competir con Estados Unidos que como una opción distinta a los esquemas del neoliberalismo.

La propuesta de Gray y otros muchos, la de un gobierno mundial regulador que admita distintos capitalismos y norme los flujos de capital, que fortalezca la gestión de los Estados nacionales, que ayude a reconstruir los tejidos sociales, no a destruirlos, es una idea, sin embargo, que suena, hoy, difícil de hacerse realidad.

La falta de alternativas "viables", de lo que se ha acusado no sólo a Gray sino a todos los críticos de la globalización, es proporcional al poder que representan el billón y medio de dólares diarios que circulan por el mundo. Cómo detener o reencauzar un proceso como este? Si la globalización actual es una extensión de la hegemonía estadunidense que dejó la posguerra, parece difícil entonces pensar en un mundo diferente sin que esta hegemonía llegue a su fin. Este agotamiento puede ser resultado de distintos procesos: una crisis financiera de grandes proporciones en Estados Unidos; o bien, el fortalecimiento de otras economías y la fragmentación gradual del poder mundial. Una tercera posibilidad es que la globalización del descontento social obligue a los centros de decisión a cambiar sus visiones y sus políticas. La primera posibilidad es la más traumática, porque podría generar una crisis mundial de magnitudes inestimables. La segunda podría ser la menos conflictiva, aunque sólo puede ser realidad en un tiempo imprevisible, pero definitivamente no en el corto plazo. La tercera pudiera ser resultado de una combinación de cambios traumáticas y reformas graduales, pero sin que sea posible imaginar si será más ordenada que caótica.

Parece difícil imaginar que a la economía de casino no tendrá que llegarle la hora de un ajuste. En la historia de las especulaciones financieras, desde el siglo XVII, siempre ha llegado el momento en que se reviente la burbuja. Como dice Galbraith: "La duración de los ciclos de euforia y pánico ha dependido grosso modo del tiempo que la gente ocupa en olvidar el último desastre, del tiempo en que tardaba el genio financiero de una generación, hundido y desacreditado, en ser sustituido por nuevos artífices capaces de hacer que los crédulos y los engañados les atribuyesen las dotes de Midas..."9

Desde fines del año 2000 y principios del 2001, está claro que la economía estadunidense tendrá un menor ritmo de crecimiento que en los años pasados. Las previsiones hasta ahora sólo hablan de una caída del crecimiento, o cuando mucho un estancamiento pasajero. Pero bajo una administración republicana que intente una suerte de reaganomics actualizada, los riesgos pueden agravarse. Después de casi 10 años de crecimiento, si el gobierno, el Congreso o las autoridades monetarias cometen el error de acentuar la desaceleración económica en lugar de aprovechar el aumento en la productividad resultado de las nuevas tecnologías, el escenario está puesto para una crisis mayor.

Las razones para una visión pesimista obedecen también a la ausencia de sujetos sociales. El fin de la era del Estado de bienestar y el dominio neoliberal acabaron con la fuerza de los trabajadores organizados. Los sindicatos se debilitaron, y con ello, las bases sociales de los partidos socialdemócratas. Estos tuvieron que rehacer su clientela electoral más bien gracias al desgaste político de los conservadores que a la reconstitución de la fuerza sindical. En otras partes del mundo se han visto procesos similares. Ante la falta de un liderazgo social obrero, sólo queda esperar, según Gray, que los grupos sociales excluidos perturben la vida política como parte de movimientos extremistas, con tendencias neotribales y fundamentalistas. Ligado a lo anterior, Gray ve con una gran decepción a la socialdemocracia europea. Eliminada de la agenda de la historia, según él, por insistir en programas inviables, sobre todo por tratar de conciliar las políticas sociales de la posguerra con la globalización actual, la socialdemocracia necesita una renovación profunda. Pero no ve por ningún lado esta voluntad política. No hay pues ni un sujeto social ni una tendencia política capaces de encabezar la oposición real a la hegemonía estadunidense y a la doctrina del neoliberalismo.

Podrá en efecto surgir, de la suma de movimientos sociales fragmentados, una resistencia social globalizada capaz de influir en sus propios países y en el ámbito mundial en la definición de políticas alternativas viables al libre mercado?
Se atreverá la socialdemocracia europea a renovarse, y sobre todo a tomar el desafío de encabezar una profunda reforma de la economía mundial?
De la respuesta a estas preguntas quizá dependa el saber si el mundo pueda encarar un futuro más o menos traumático.



Notas

1 Falso amanecer. Los engaños del capitalismo global, de John Gray, Paidós, Buenos Aires, 2000
2 Gray, p. 96
3 Gray, p. 78
4 Gray, p. 109
5 Gray, p. 113. El texto de Michael Lind es The American Nation: The new Nationalism and the Fourth American Revolution, Nueva York, The Free Press, 1995.
6 Gray, p. 135
7 Gray, p. 252
8 Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1998
9 Galbraith, John K., El dinero, Editorial Orbis, España, 1983, p. 33.





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