Crónica latina de los reyes de Castilla
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I. Desde los condes de Castilla hasta la muerte de Sancho III

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Cuando murió Fernán-González, el primer conde de Castilla después de la derrota que los cristianos sufrieron en España en tiempos de Rodrigo, rey de los godos, le sucedió su hijo el conde García-Fernández; a éste el suyo, el conde Sancho. Un hijo de este Sancho, el infante García, cuando fue a León para casarse con una hija del rey o de un conde, cayó muerto a manos de ciertos leoneses.

La huérfana doña Mayor, hija del ya nombrado conde Sancho, fue dada en matrimonio al rey de Navarra y Nájera Sancho, nieto de Sancho Abarca. El rey Sancho tuvo de doña Mayor dos hijos, García y Fernando, quienes se enfrentaron en Atapuerca, donde murió el rey García. Así el rey Fernando poseyó su reino, el de su hermano y el de León, ya que se había casado con la hija de Bermudo, rey de León.

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Cuando murió el rey Fernando, por sobrenombre el Magno, el que libró Coimbra del poder de los moros, le sucedieron en el reino sus tres hijos: el rey Sancho en Castilla; el rey Alfonso en León, Asturias y Galicia; el rey García en Nájera y Navarra.

Pero el rey Sancho, como hombre turbulento y belicoso, no admitió un copartícipe del reino paterno, según aquello "y no habrá suprema potestad que consienta un asociado": apresó a su hermano el rey García, quien no mucho después murió en cautividad, y expulsó del reino a su hermano el rey Alfonso, que marchó, exiliado, junto al rey de los moros que por aquel entonces dominaba en Toledo. Y "considerando que nada hay hecho cuando algo queda por hacer", el rey Sancho sitió Zamora, donde gobernaba su hermana Urraca. Allí fue muerto a traición, según se dice, por cierto satélite de Satanás llamado Bellido Dolfos.

Como Sancho había muerto, su hermana Urraca envió unos mensajeros suyos a su otro hermano Alfonso, que, por aquel entonces, vivía en Toledo. Cuando recibió el mensaje, el rey Alfonso volvió con toda rapidez y, por la Providencia de Dios, obtuvo en su totalidad el reino paterno. El Señor Dios le inspiró el saludable consejo de que sitiara Toledo, cuya situación interna conocía perfectamente, puesto que, mientras vivió allí, había escudriñado totalmente a fondo sus interioridades y lugares apartados. Durante muchos años la impugnó juiciosamente, devastando y destruyendo año tras año las mieses y los frutos todos. Finalmente, los moros toledanos, movidos por la virtud divina y con la condición de que les fuera permitido permanecer en la ciudad, retener sus casas y posesiones y que le sirvieran como rey, entregaron su ciudad al rey Alfonso, a quien recibieron con honor como rey y señor.

Tras la toma de la muy noble y bien defendida ciudad de Toledo, comenzó el rey a devastar toda la tierra que se llama Extremadura, tomando, por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, como varón sabio y poderoso, de las manos de los sarracenos muchos castillos y villas de la Trasierra.

Ampliado así de diversas maneras el reino y puesto que no le quedaba hijo varón alguno, pues el único que había tenido, de nombre Sancho, había muerto a manos de los sarracenos junto a la villa que se llama Uclés, comenzó el rey a considerar y a buscar diligentemente con quién, sin menoscabo de su honor, podría unir en matrimonio a su hija, de nombre Urraca, que había tenido de su legítima esposa.

Y como en tierras hispánicas no encontraba quien le pareciera digno de ser yerno de un rey, mandó llamar de las tierras de Borgoña, que están junto al río Arar, conocido vulgarmente como Saona, a un varón noble, valiente con las armas, muy famoso, adornado de buenas costumbres, al conde en suma Raimundo, con quien casó a su hija Urraca. Este conde no vivió después mucho tiempo con su esposa, de la que tuvo un hijo, de nombre Alfonso, que luego reinó mucho tiempo en las tierras de España y fue reconocido como emperador. Con el conde Raimundo vino cierto pariente suyo, también conde, de nombre Enrique, a quién el rey Alfonso, por amor a su yerno, entregó como esposa a otra hija que tenía no de legítimo matrimonio, y de la que el conde Enrique tuvo un hijo, Alfonso rey de Portugal, quien fue padre del rey Sancho, padre del rey Alfonso. Ambos murieron de melancolía.

Viviendo aún el rey que tomó Toledo, murió su yerno el conde Raimundo y le quedó su hijo Alfonso, el que después fue emperador, niño aún pequeño, y que se criaba en Galicia.

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Cuando murió el rey Alfonso, el que tomó Toledo, su hija, la reina Urraca, le sucedió en el reino y lo administró pésimamente. Pues se casó, después de la muerte de su padre, con Alfonso, rey de Aragón, hijo del rey Sancho, el que puso asedio a Huesca y murió en el asedio. Le sucedió en el reino y en el asedio de la citada villa su hijo Pedro, que la tomó, por la gracia de Dios, tras vencer al rey de Zaragoza y superar a muchos sarracenos en la batalla que tuvo lugar en la llanura de Alcoraz, junto a Huesca. A este rey Pedro, como no le sobreviviesen hijos, le sucedió en el reino del padre, Alfonso, rey de Aragón, con quien se casó, como antes dije, la reina Urraca. Pero ella, despreciándolo y abandonándolo, se ocupó de otras cosas indignas de contarse.

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En aquel tiempo, pues, Alfonso, rey de Aragón, dolido en su corazón, penetró en Castilla con muchos hombres de armas, e infirió muchos males al reino de Castilla, pues sus hombre tenían en el reino de Castilla muchas fortificaciones y muchísimos castillos, que la propia reina había entregado al rey. Por ello se produjo gran perturbación y una guerra que duró mucho tiempo y causó gran perjuicio en todo el reino de Castilla. Los castellanos se unieron con el conde Gómez, llamado de Candespina, que era excesivamente y más de lo que convenía familiar a la reina, y lucharon contra el rey Alfonso junto a Sepúlveda, donde fueron vencidos por el rey y murió el conde. La reina, por su parte, aceptó la excesiva familiaridad del conde Pedro de Lara, padre del conde Malrico, del conde Nuño y del conde Álvaro; y se dice que de ella tuvo un hijo llamado Fernando Hurtado.

Alfonso, rey de Aragón, a veces por satélites suyos y en alguna ocasión personalmente, atacó el reino de Castilla devastando miserablemente toda la tierra, desprovista como estaba de su legítimo defensor, pues el hijo de la reina Urraca y del conde Raimundo, Alfonso, el que pasado el tiempo fue reconocido como emperador, no había llegado aún a los años de la pubertad y se criaba en Galicia.

Finalmente, los castellanos con los gallegos y leoneses tomaron una decisión contra el rey de Aragón y, sacando de Galicia a Alfonso, hijo de la reina Urraca, hecho ya un jovencito, se prepararon para luchar contra el rey aragonés. Al saber esto el rey, y considerando que no tenía justa causa para una guerra con el legítimo señor de la tierra, abandonó el reino y volvió a sus tierras.

Este rey era hombre amante de guerras y de gran ánimo; ganó muchas batallas e infirió muchos males a los sarracenos. Asedió, por último, la villa llamada Fraga, junto a Lérida, donde no por el valor de los sarracenos, sino más bien por engaño de ellos y por permisión divina -ya que salió de improviso de dicha villa la multitud de sarracenos que, sin saberlo el rey y su ejército, allí se había concentrado- fue muerto, según se dice, por los moros. Otros sin embargo, opinan que en esa ocasión se libró de este infortunio, si bien la mayor parte de su ejército cayó a manos enemigas, como atestigua la multitud de huesos que hasta hoy se muestra en cierta iglesia de la villa de Fraga a los ojos de los curiosos. Se cuenta de él que, después de muchos años, en nuestros tiempos, vino a Aragón, donde al principio de su llegada fue recibido con honor por los nobles y por el rey Alfonso, hijo del conde de Barcelona, como si fuera verdaderamente reconocido por ellos por las muchas y ocultas pruebas que daba a hombres de antaño, con los que había convivido.

Por aquel entonces apareció en Castilla otro que se fingía, con toda falsedad sin embargo, el rey Sancho, hijo del emperador y padre del ilustrísimo rey Alfonso, nuestro señor; pero tanto éste en Castilla como aquél en Aragón murieron de forma miserable.

Después de aquella horrible matanza en Fraga y de la muerte del rey, si es que murió entonces allí, como no dejase éste descendencia, los aragoneses, privados del solaz de un rey y de su gobierno, sacaron, según se dice, del monasterio a cierto Ramiro, hermano del rey, monje y sacerdote, al que obligaron, y así se hizo, a tomar esposa, de la que tuvo una hija, a la que después tomó por esposa el conde de Barcelona, por lo que este condado quedó unido al reino de Aragón hasta la actualidad. Ramiro, una vez que tuvo la hija, como inhábil para el gobierno del reino, volvió a su monasterio. Pero de esto hasta aquí.

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El comienzo del reinado del rey Alfonso, el que después fue reconocido como emperador, hijo del conde Raimundo y de la reina Urraca, fue desdichado. Pero después gozó de mejor fortuna, porque, con la ayuda de Dios, en cuyo poder están todas las potestades y los derechos de los reinos todos, gobernó en paz por mucho tiempo toda Galicia, Asturias y la tierra de León, Castilla, Extremadura y la Trasierra, e infirió muchos males a los sarracenos, pues tomó Córdoba, Baeza, Andújar y Montoro, y ganó en aquellas tierras otras muchas fortalezas y villas. Tomó además Almería, pero, si fue feliz en su conquista, fue menos afortunado en su retención. "De miedo se paralizó la tierra" en sus días. Su reino se enriqueció y amplió.

Se dice que el rey de Navarra, [García] Ramírez, hijo del infante Ramiro, que fue hijo del infante Sancho de cierta dueña, hijo del rey García, el que fue muerto en Atapuerca, fue su vasallo cuando alcanzó la corona del Imperio y fue por todos considerado emperador. También el conde de Barcelona, cuya hermana Berenguela tomó como esposa el citado emperador, fue su vasallo en relación a aquellas cosas que sobre el río Ebro están establecidas en el reino de Aragón.

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Al comienzo del reinado del emperador surgió cierto sarraceno llamado Aventumerth, que, procedente de las tierras de Bagdad, ciudad populosa e importante, en donde durante largo tiempo había estudiado, predicó en el reino marroquí, que entonces poseían los moros llamados, con específico nombre, moabitas y a los que vulgarmente se les conoce por almorávides, y Alí es el nombre de su rey. Predicó especialmente contra la soberbia y opresión de los moabitas, que oprimían cruelmente a las gentes sometidas a su imperio, imponiendo con frecuencia inmoderados impuestos para poder ejercer a su gusto el vicio de la liberalidad, o mejor dicho prodigalidad, en el que estaban inmersos y del que se jactaban. Reunió junto a sí gentes innumerables que gustosamente lo seguían deseando apartar de sus cabezas el durísimo yugo de la servidumbre, ganándose, como varón sabio y discreto aunque infiel, los ánimos de los hombre al prometerles el don inestimable de la libertad. Entre los que seguían a Aventumerth se encontraba un hombre sencillo, generoso y belicoso, de nombre Abdelmún, cuyo servicio usaba con bastante frecuencia en las dificultades.

Lucharon, pues, Aventumerth y sus partidarios contra el citado rey de los moabitas y contra su pueblo, y, aunque derrotados muchas veces por los propios moabitas, finalmente los vencieron y los expulsaron del reino, ocupando la populosa ciudad de Marrakech. Abdelmún, por influencia de Aventumerth como profeta de él, se estableció como rey en la citada ciudad y en el reino de los moabitas. Los que así obtuvieron este reino son llamados almohades, que significa unitarios, ya que confiesan que ellos adoran a un único Dios, al que predicaba Aventumerth, como claramente se dice en cierto libelo que escribió.

De Abdelmún proceden los que gobiernan el reino marroquí hasta el día de hoy. Este reino floreció desde entonces hasta ahora y sólo por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo comienza milagrosamente a decaer. Hijo de Abdelmún fue Aben Jacob, que murió en Portugal cuando asediaba la noble y populosa villa de Santarem. Un hijo de Aben Jacob estuvo en la batalla de Alarcos y venció por permisión divina a los cristianos y tomó Calatrava y Alarcos y otras fortalezas de alrededor, y Malagón y Torre de Guadalferza. Acerca de este rey y de sus hechos se hablará en las páginas siguientes. Pero estas cosas hasta aquí.

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El rey de los francos, Luis, tomó como esposa a una hija del emperador llamada Sancha.

El número binario de los hijos del emperador [perjudicó] a su reino y fue causa de las muchas matanzas y muchos males que en las Españas tuvieron lugar. Pues dividió su reino, permitiéndolo Dios por los pecados de los hombres, entre sus dos hijos a instancias del conde de Galicia, Fernando. A Sancho, su primogénito legó Castilla y Ávila y Segovia y otras villas cercanas en Extremadura, y Toledo y toda la Trasierra hacia aquellas partes, también la Tierra de Campos hasta Sahagún y Asturias de Santillana. El resto de su reino hacia León, y Galicia, Toro y Zamora y Salamanca con otras villas cercanas las legó a Fernando, su hijo menor. Después de este desdichado reparto, cuando el emperador volvía de la tierra de los sarracenos con su ejército, murió junto al puerto de Muradal y fue sepultado en la iglesia toledana.

8

El rey Sancho, su hijo, había tomado como esposa, antes de la muerte del padre, a doña Blanca, hija de Ramiro Garcés, rey de Navarra, de la que, antes de la muerte del emperador, había tenido un hijo, Alfonso, glorioso y afamado rey nuestro. El rey Sancho emprendió al comienzo de su reinado ciertas empresas arduas y admirables, y, por ello, todos los que le conocían esperaban, por lo que antes había llevado a cabo y por lo que de nuevo emprendía, que sería un buen rey. Pero el Altísimo, que dispone todas las cosas, al año siguiente de la muerte de su padre, acabó con su vida y fue sepultado junto a su padre en la iglesia toledana.


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