Crónica latina de los reyes de Castilla
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II. Alfonso VIII
B. Las Navas

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Así fue el comienzo del gozo. Todos los que, a causa del dolor y de la angustia, se sentían desmoralizados por la pérdida de Salvatierra y por la muerte del hijo del rey, fueron confortados en el Señor y en el poder de su bondad, de manera que desde entonces el máximo deseo de todos, tanto nobles como plebeyos era provocar con la guerra al rey marroquí, En verdad la virtud de Nuestro Señor Jesucristo, que verdaderamente es Dios y hombre, obraba latentemente, porque pudo cambiar tan súbitamente los corazones de los hombres del temor a la audacia, de la desesperación a una gran confianza.

El arzobispo toledano visitó al rey de Francia y, tras exponerle la razón de su viaje y la necesidad y angustia del pueblo cristiano, ni siquiera una palabra de ánimo pudo obtener de sus labios. Recorrió toda Francia suplicando a los magnates y prometiéndoles muchas cosas de parte del rey de Castilla, pero ni a uno de entre ellos pudo conmover. Envió además el rey noble, cuya total intención y afán se volcaba en esta empresa, a las partes de Poitou y Gascuña a un hombre sagaz, al maestro Arnaldo, su médico, para que excitara los ánimos de los poderosos prometiendo muchas cosas de parte del rey para la guerra futura. Muchos nobles y magnates llegaron con el arzobispo de Burdeos desde aquellas tierras en ayuda del rey de Castilla al siguiente verano, cuando el tiempo para la guerra era ya inminente. De las tierras de la Provenza, por las que había pasado el arzobispo, vino el arzobispo de Narbona y algunos otros nobles de la provincia vienense.

Alrededor, pues, de la fiesta de Pentecostés comenzaron a confluir gentes de todas partes a la ciudad de Toledo y, en el día octavo de la misma fiesta, Pedro, rey de Aragón, entró en Toledo como había prometido, acompañado solamente de un soldado. Le siguieron después muchos y buenos vasallos suyos, peritos en cosas de guerra.

Mientras se reunían los nobles y los plebeyos del rey de Castilla y del rey de Aragón, el rey noble de Castilla sufragaba suficientemente los gastos a todos los que habían venido de Poitou y de Gascuña y de la Provenza y de otras partes y al mismo rey de Aragón. Tanta abundancia de oro se distribuía todos los días que los contadores y apreciadores apenas podían numerar la cantidad de denarios que eran necesarios para los gastos. Todo el clero del reino de Castilla, atendiendo a la necesidad del reino, había concedido en aquel año la mitad de todos sus réditos al rey. Además de los estipendios diarios, envió una gran cantidad de dinero al rey de Aragón, antes de que éste saliera de su reino, pues era pobre y estaba obligado por muchos débitos y sin ayuda del rey de Castilla no hubiese podido dar las pagas necesarias a los soldados suyos que debían seguirle.

Deseosos, pues, todos de la guerra que se avecinaba se apresuran a levantar los campamentos, pero los de Poitou y otros ultramontanos ni tenían caballos aptos para la guerra ni jumentos para llevar los bagajes necesarios en la expedición. A todos los cuales el noble espíritu del glorioso príncipe, que derrochaba oro como agua, proporcionó con esplendidez lo necesario.

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Levantaron, pues, los campamentos en nombre del Señor Jesucristo y marcharon hacia Malagón, que en un momento y como en un abrir y cerrar de ojos tomaron de las manos de los moros, matando inútilmente a cuantos allí encontraron. Se encaminaron después a Calatrava, que se la entregó un moro llamado Avencalén, respetada la vida de los hombre y mujeres que allí encontraron. Tomaron además Benavente, Alarcos y Caracuel.

Pero como los ultramontanos, que solían vivir entre sombras en regiones templadas, notaran en exceso el calor del verano y el ardor del sol, empezaron a murmurar diciendo que ellos habían venido, como se les había anunciado, a la guerra contra el rey marroquí, y, como no lo encontraban, querían volver como fuera a su patria. Cuando los cristianos lo supieron, se dolieron todos de la vuelta que preparaban, pues eran casi mil soldados nobles, expertos en las armas y poderosos, y casi 60.000 soldados de a pie armados, de los cuales, por así decirlo, la cabeza y jefe era el arzobispo burdegalés. El rey noble, junto con el rey de Aragón, se esforzó por detenerlos, pero no pudieron conseguirlo. Y aunque se aconsejó al rey noble que los aterrorizara con duras palabras y amenazas, ya que habían consumido cosas suyas y habían recibido de él muchos regalos, no quiso aceptar dicho consejo, sino que les permitió marchar en paz, regalando al arzobispo burdegalés favores y gastos. No distaba entonces el ejército del rey marroquí del ejército cristiano dos días de camino. Admirable Dios en sus santos, que tan providencialmente proporcionó a España y sobre todo al reino de Castilla que, al marcharse los ultramontanos, la gloria de la victoria de la famosa batalla pudiera atribuirse no a los ultramontanos, sino a los hispanos. Aunque se marcharon, se quedaron unos pocos con Teobaldo de Blazón, hijo de Pedro Rodríguez de Guzmán, y con el arzobispo narbonense, que era oriundo de Cataluña.

Los cristianos, que antes se habían sentido amedrentados, recobraron la moral y levantaron los campamentos hacia Salvatierra, donde los colocaron. Permanecieron allí al día siguiente y, por mandato de los reyes, tanto los nobles como los plebeyos salieron armados al campo como si ya tuvieran que luchar contra los enemigos. Terribles en verdad parecían las filas ordenadas de los campamentos; nunca tantas y tales armas férreas se habían visto en tierras hispánicas. Gozosos los reyes por tan dulce y tan terrible visión conciben ánimos ingentes y la esperanza de la victoria que se presiente infunde ánimos a los espíritus y vigor a los cuerpos de todos.

Levantaron rápida y gozosamente los campamentos hacia el Puerto de Muradal y, cuando se acercaron a él, se dieron cuenta con toda claridad de que parte del ejército marroquí tenía el Puerto de Losa, por donde nadie podía pasar si ellos no querían. Los próceres se reúnen en junta; en la tienda del rey de Castilla, el rey de Aragón y el rey de Navarra - que entonces ya estaba presente, aunque llegó con pocos soldados -, los arzobispos toledano y narboniense, Diego López, noble vasallo del rey glorioso, y otros magnates de uno y otro reino se reúnen para deliberar qué podía hacerse en tal circunstancia. Algunos pensaban que cada cual debía volver a su tierra, cosa que podía hacerse con honor y gloria, ya que no era aconsejable de ningún modo pasar los montes. Otros opinaban que debía buscarse otro puerto; al rey glorioso, por su parte, le pareció deshonroso retirarse. Se separaron al atardecer sin encontrar solución alguna que les agradara, y decidieron implorar el auxilio divino según el consejo del rey Josafat, del cual se lee en el libro de los Reyes: Cuando ignoramos lo que debemos hacer, sólo tenemos la solución de levantar los ojos al cielo.

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Solamente permaneció en la tienda con el rey glorioso García Romero, varón noble, prudente, valeroso y vasallo fiel del rey de Aragón. Envió entonces Dios bajo la apariencia de pastor a uno que, hablando en privado al rey glorioso, le prometió que indicaría a quien él ordenara un lugar muy cercano por donde todo el ejército pudiese atravesar sin peligro los altísimos montes. El rey se alegró muchísimo; mandó que se acercara el citado García Romero y le indicó lo que había oído al pastor. Salió en seguida García Romero, por mandato del rey glorioso llamó a sus soldados y, con la guía del pastor, llegó, cuando el sol ya se ocultaba, a cierto lugar, desde donde vio con los ojos lo que el pastor había dicho. Se cree por los que juzgan con rectitud que no era "un puro hombre", sino alguna virtud divina, que, en tanta angustia, ayudó al pueblo cristiano, ya que por una parte, tantos adalides, tantos pastores, tantos hermanos de Calatrava discurrían a menudo por aquellos lugares y, sin embargo, ninguno de ellos sabía algo de aquel lugar, y, por otra, no compareció posteriormente el pastor.

Guardaron silencio aquella noche. Muy de mañana se divulgó la noticia en los campamentos. Todos se llenaron de gran gozo y, levantando los campamentos, pasaron en el mismo día del sábado los lugares escarpados de los montes y las concavidades de los valles y, descendiendo a la planicie, acamparon frente a los campamentos del rey marroquí. Cuando los moros vieron los campamentos cristianos, se llenaron por igual de estupor y de temor.

A la mañana siguiente, en el día del Señor, los moros salen al campo preparados para luchar, pero los cristianos descansaron aquel día, defendiendo las tiendas de las incursiones de los sarracenos. Los moros, ensoberbecidos, daban vueltas como locos por todos los sitios llegando hasta las tiendas de los cristianos, pero dándose cuenta que éstos no querían luchar aquel día volvieron, como vencedores, con su rey al lugar de sus campamentos.

Brilla resplandeciente la aurora del sol anunciando el feliz día, en el que, si alguna mancha u oprobio había contraído el rey glorioso y su reino en la batalla de Alarcos, se había de purgar con la virtud de Nuestro Señor Jesucristo y de su Cruz victoriosa, contra la que había blasfemado con sucia boca el rey marroquí, pues se dice que, cuando supo que el rey glorioso había mandado al arzobispo toledano a sus legados a Francia y a otras regiones de cristianos para invitar al pueblo seguidor de la fe católica a la próxima guerra, el rey marroquí afirmó que él era poderoso para luchar contra todos los que adoraban el signo de la Cruz. ¡Señor Jesucristo, tú, los pusiste en el resbaladero; los precipitaste en la ruina! Pues algunos se alzan hasta lo alto con desenfrenada soberbia, para caer con más rápida caída.

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Se levantan, pues, los cristianos después de la media noche en la hora en que Cristo, a quien daban culto, se levantó vencedor de la muerte y, tras la celebración solemne de la Misa, recreados con los vivificantes sacramentos del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, nuestro Dios, y fortalecidos con el signo de la Cruz, toman rápidamente las armas bélicas y corren gozosos a la batalla como invitados a un banquete. No los retardan ni la dificultad y lo pedregoso de los terrenos ni las concavidades de los valles ni las escabrosidades de los montes; llegan al enemigo preparados a morir o vencer.

En la primera fila por parte del glorioso rey estaba el noble vasallo, su fiel y valeroso Diego López y, con él, Sancho Fernández, hijo de Alfonso, sanguíneos, amigos y vasallos suyos. Por parte del rey de Aragón mandaba la vanguardia García Romero, varón noble, valeroso y fiel, y con él estaban otros muchos aragoneses, nobles y poderosos. Las otras filas estaban dispuestas a derecha e izquierda como exige el orden de las batallas. Los reyes dirigían, cada uno la suya separada de la otra, las últimas filas. El rey de Navarra, por su parte, tenía una fila con armas y hombre bien instruidos; y así "cada cual marchaba de frente... y no se volvían al caminar".

Los que estaban en la primera fila de combate encontraron a los moros preparados para la batalla. Se atacan, se lucha por doquier cuerpo a cuerpo con lanzas, espadas y mazas y no hay lugar para los saeteros. Insisten los cristianos, resisten los moros, se produce el fragor y ruido de las armas. Se mantiene la lucha, ni unos ni otros son vencidos, aunque en alguna ocasión unos caigan contra los enemigos y en otra sean repelidos por ellos.

En cierto momento se llegó a gritar por algunos cristianos heridos, que retrocedían y huían, que los cristianos habían sucumbido. Cuando el rey glorioso y noble de Castilla, que estaba dispuesto antes a morir que a ser vencido, oyó este fúnebre clamor, ordenó a quien llevaba su bandera ante su persona que picara al caballo con las espuelas y subiera rápidamente al monte donde estaba lo fuerte de la batalla, lo que en seguida se hizo. Cuando ascendieron los cristianos, pensando los moros que casi nuevas filas les venían, ceden superados por la virtud de Nuestro Señor Jesucristo.

El rey marroquí, que estaba sentado en medio de los suyos rodeado de satélites escogidos para la guerra, se levantó, subió a su caballo o a una yegua, y dio sus espaldas al huir; los suyos mueren y caen en catervas, y el lugar de los campamentos y las tiendas de los moros se convierten en sepulcros de muertos. Los que huyeron de la batalla erraban, dispersos, por los montes como ovejas sin pastor y donde eran hallados los mataban.

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¿Quién puede contar cuántos miles de moros cayeron aquel día y descendieron a las profundidades del infierno? De los cristianos, sin embargo, quienes pudieron entonar con el salmista: "Bendito el Señor, mi Roca, que adiestra mi mano para el combate, mis dedos para la pelea; mi aliado, mi alcázar, castillo donde me pongo a salvo" y lo que sigue, murieron poquísimos en ese día. Saciados los cristianos con la efusión de la sangre de los moros y cansados del peso de las armas, del calor y de la excesiva sed, volvieron, al caer el día, a los campamentos de los moros y descansaron allí aquella noche, encontrando en abundancia vituallas que necesitaban.

Levantaron después los campamentos y marcharon hacia adelante y, como hallaron vacío y abandonado el noble castillo de Vilches, lo ocuparon y fortificaron. Ocuparon además Baños, Tolosa y Ferral. Llegaron después a Úbeda y la asediaron, pues encontraron allí encerrada una gran multitud de moros, que, dejando desiertas otras ciudades, como Baeza, a la que hallaron vacía los cristianos, y otras villas vecinas, se habían reunido todos los moros en Úbeda como lugar más fortificado y apto para su defensa. Pero la multitud encerrada era numerosa y peligrosa para ella misma y casi perecían por el excesivo estrechamiento.

Viendo, pues, los moros el poderío de los cristianos, que contra ellos ya había dado muestras al expugnarlos virilmente y considerando también que estaban desasistidos de todo consejo y ayuda, puesto que el rey marroquí había huido a Sevilla e incluso se disponía a pasar el estrecho, se entregaron en manos del rey glorioso y del rey de Aragón con la condición de que, si se les conservaba la vida, se constituirían tanto ellos en persona como sus bienes todos en botín de su enemigo. Según contaban algunos de los mismos moros, que fueron capturados entonces en esa villa y que creían conocer el número de los encerrados, fueron hechos prisioneros allí casi 100.000 sarracenos, contando mujeres y niños.

Todos los bienes muebles que se consideraron de valor fueron entregados al rey de Aragón y a los que con él habían venido a la guerra; también se llevo con él muchos moros cautivos. Aquella maldita multitud, que estuvo encerrada en la villa, fue dispersada por todas las regiones de los cristianos, puesto que de las distintas partes del mundo murieron unos pocos en la gloriosa y triunfal batalla.

Habían determinado avanzar más, pero Dios, cuya voluntad nadie puede resistir, lo impidió. Ocultos son en verdad los juicios de Dios. Quizá los cristianos pecaron de vanagloria y soberbia atribuyéndose a ellos mismos y no a Dios el mérito de la victoria en la guerra. Y así, cuando descansaban algunos días en el asedio de la citada villa, a tales y tantos cristianos invadió una múltiple variedad de enfermedades y principalmente un flujo de vientre que quedaron pocos sanos para defenderse de los enemigos si la necesidad lo requiriera. Por aquel tiempo hubo tanta mortandad entre los que habían permanecido alejados de la guerra que en aquel otoño murieron gran parte de los mayores y ancianos en las villas y ciudades.

Considerando los reyes, después de una diligente deliberación, que de ninguna manera podían avanzar más, casi todos fueron del parecer que debían volver a su tierra. Destruyeron, pues, en parte los muros de la citada villa, quemaron las casas, arrasaron los árboles y las viñas que pudieron quemarse y, colocada así Baeza en desolación, fortificaron los castillos antes dichos con hombres, armas y otras cosas necesarias y volvieron a sus propios lugares con victoria, honor y mucho botín.

Entonces el rey glorioso restituyó al rey de los navarros, que había venido en su ayuda, aunque con pocos, ciertos castillos que el mismo rey noble había tomado del reino de Navarra. El rey glorioso y noble, vencido y humillado el soberbio enemigo, fue recibido en Toledo con alegría y gozo por todo el pueblo que clamaba y decía: Bendito el que viene en el nombre del Señor.

En tiempos de este noble triunfo, mientras los reyes católicos y sus vasallos exponían vida y reinos por la exaltación del nombre cristiano, el rey de León, como había hecho en tiempos de la otra guerra, declaró la guerra al rey de Castilla. Pero el rey glorioso, que deseaba morir con honor y gloria en la guerra con los moros, no tomó en cuenta lo que el rey de León había hecho, sino que quiso llegar con él a un acuerdo amigable para que se prestaran ayuda mutua contra los moros.

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Entre tanto, mientras se trataba de la paz, alrededor del comienzo de la cuaresma siguiente a la guerra, el rey glorioso, puesto que toda su preocupación en esto consistía, con unos pocos soldados, con sus domésticos y con algunos de los concejos de la Trasierra fue al castillo de las Dueñas, que ahora se llama Calatrava Nueva y lo tomó y lo retuvo. Tomó después Hecnaveroxe, que ahora se llama Santiago y es un castillo de los hermanos de la orden de Santiago junto a Montiel.

Después asedió, lo que es digno de admiración, con aquellos pocos que estaban con él, el noble castillo de Alcaraz. Llegó, sin embargo, después don Diego y algunos otros magnates y el asedio se afianzó. Fue expugnado viril y fuertemente con máquinas admirables. Finalmente por la gracia de Dios se rindió al rey glorioso, respetada la vida de los moros que entonces estaban allí. En el día de la Ascención fue recibido el rey glorioso en la villa con una solemne procesión, después que el arzobispo toledano purificara la inmundicia de los moros y éstos se marcharan; y en ese mismo día el arzobispo celebró allí la misa. Por aquel entonces tomó también el rey noble otro castillo muy defendido por la naturaleza, que está entre Segura y Alcaraz, a saber Ríopar, y así con honor y gloria alrededor de Pentecostés volvió a tierras de Guadalajara.

De allí, se dirigió hacia tierras de Castilla, y, como su único y gran deseo era acabar su vida contra los sarracenos por la exaltación del nombre de Jesucristo y viera que el rey de León ponía gran impedimento a aquel tan santo y tan laudable propósito, entregó muchas pagas a los nobles y grandes regalos a los magnates y convocó a una multitud innumerable de pueblos para que, al menos aterrado por el miedo, el rey de León firmara la paz con el rey glorioso y, si no quería ayudarle contra los moros, no le pusiera, al menos, impedimentos. Así pues, firmaron la paz los reyes por mediación de Diego y, expulsado de ambos reinos Pedro Fernández, el rey de León se obligó a entrar a tierras de moros por su parte: y así se hizo.

Pero como temiera el rey glorioso la inconstancia del rey de León, le dio a don Diego, su vasallo, que le siguió con, al menos, 600 soldados y entonces expugnaron Alcántara y la tomaron y, fortificándola, la retuvieron. Después movieron sus campamentos hacia Mérida y, tras detenerse allí algunos días, el rey de León con su ejército volvió de allí a su tierra, pese a que don Diego se opusiera y le aconsejara lo contrario.

El noble vasallo del rey glorioso, viendo la inconstancia y la pusilanimidad del rey de León, como supiera también que el rey glorioso había asediado Baeza, que ya había sido reedificada y sus muros reparados, no quiso volver a su tierra sin su señor, sino que, por lo desierto de los montes y por los lugares fragosos de las selvas, abriéndose paso entre castillos de moros, aunque ellos se opusieron y en contra de su voluntad, llegó junto a su señor, el rey glorioso, a la citada villa cuando el asedio ya había sido afianzado.

Pues el rey glorioso y noble en el tiempo, en el que el rey de León, o mejor don Diego, tomó Alcántara, aunque recientemente se había levantado del lecho de una enfermedad que le había llevado hasta las puertas de la muerte y de por sí de ninguna manera pudiese cabalgar sin la ayuda de alguien en quien apoyarse, vino hasta Toledo, y, como tenía firmísimo propósito de acabar su vida en tierra de moros en tiempo de guerra, asedió la citada villa de Baeza con pocos nobles y con pocos hombres de ciudades y otras villas, Esto se llevó a cabo al principio del mes de diciembre y el asedio duró hasta después de la festividad de la Purificación. Pero como faltaron al ejército víveres y otras cosas necesarias, el rey noble se vio obligado a levantar el asedio y volver a su tierra. En verdad la carencia de comida en aquella expedición fue tal que las carnes de asno y de caballo se vendían muy caras en el mercado, pues aquel año fue tan grande el hambre en el reino de Castilla, principalmente en la Trasierra y Extremadura, como nunca se vio ni escuchó en aquellas tierras desde los tiempos antiguos. Los hombre morían en catervas y apenas había quien enterrara.

Se firmó entonces una tregua entre el rey marroquí y el rey noble de Castilla. Pocos, en verdad, caballos y otros pocos jumentos quedaban en el reino de Castilla, y gran parte de los hombres morían consumidos por el hambre. Los moros, por el contrario, tenían en abundancia caballos, trigo, cebada, aceite y otros diversos géneros de alimentos. Calló pues la tierra y el rey descansó, y en la cuaresma siguiente volvió a Castilla, donde permaneció hasta el comienzo del próximo septiembre.

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Por aquel mismo tiempo el rey de Aragón Pedro salió de su tierra con una multitud de soldados y marchó hacia las tierras de Toulouse en ayuda del anciano conde tolosano, que había toma como esposa a una hermana del rey, y un hijo del conde también había desposado a otra hermana del rey. Pues entonces los francos estaban en tierras tolosanas y tenían en su poder casi todo el vizcondado biterense y la mayor parte del condado tolosano.

El papa romano, Inocencio III, había concedido un perdón general de todos los pecados a todos aquellos que vinieran contra los Albigenses y otros herejes que estaban en aquellas tierras. Pues varias herejías que, si bien presentaban rostros distintos, tenían idénticas consecuencias, se habían extendido y se multiplicaban día a día de tal modo que era peligroso para la iglesia universal disimular por más tiempo tal estado de cosas.

Llegaron, pues, católicos de distintas tierras y principalmente del reino de Francia y sometieron a la fe en Cristo a casi toda aquella tierra en poco tiempo, abatiendo en un momento castillos y ciudades muy defendidas y casi inexpugnables, castigando a los mismos herejes con penas diversas y matándolos con distintas clases de muerte. Obraba en verdad de manera manifiesta y milagrosamente la virtud del Señor Nuestro Jesucristo, que es Rey de Reyes y Señor de los que dominan, a través del ilustrísimo y fidelísimo conde Simón de Monfort, quien, como otro Judas Macabeo, celoso de la Ley de Dios, combatía con vigor y potencia los combates de Dios.

El rey de Aragón y el conde tolosano y, con ellos, otros condes y barones y nobles de la tierra y muchos plebeyos asediaron en un castillo con la firme confianza de que los capturarían al conde Simón de Monfort, con quien estaban casi 500 soldados. Pero era el conde Simón hombre belicoso y valeroso y tenía en su corazón confianza plena en Nuestro Señor Jesucristo, por quien continuamente trabajaba. Viendo, pues, que el peligro era inminente para él y los suyos, salieron en virtud de Nuestro Señor Jesucristo del castillo asediado, cayeron sobre los campamentos y por la fuerza de Cristo los obligaron a huir y mataron al mismo rey de Aragón con muchos soldados. ¡Dichoso hubiese sido aquel rey si hubiese terminado la vida inmediatamente después del importante triunfo en la guerra que tuvo lugar en las Navas de Tolosa contra el rey marroquí!

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El rey, glorioso y noble, de Castilla, alrededor del comienzo del mes de septiembre, salió de Burgos camino de Extremadura, pues había determinado mantener una conversación con el rey de Portugal, su yerno, en tierras de Plasencia.

Pero, cuando estaba en Valladolid, se presentó inesperadamente un mensajero que le comunicó la muerte de su muy noble y fiel vasallo don Diego, de cuya muerte se dolió inconsolablemente, pues lo amaba y confiaba en él más que en cualquier otra persona. Como creía que su muerte estaba próxima, puesto que ya estaba bastante débil, aquejado de vejez y gastado por muchos trabajos y dolores, había determinado encomendar el reino, su hijo impúber, su mujer y sus hijas a la fidelidad de dicho noble y fiel vasallo, y dejar todo en sus manos y potestad, en la plena confianza de que él administraría todo con fidelidad y se apresuraría a solucionar todos los problemas, pues se sentía deudor de muchos. Frustrado así en tan gran esperanza y sintiéndose en trance de morir, el rey glorioso se dolió sobremanera. Pocos días antes había muerto Pedro Fernández, el Castellano, en tierras de Marruecos, al cual como enemigo capital el rey noble perseguía. Así pues, se pasa de la pena a la alegría, y viceversa, para que nadie pueda gloriarse, mientras esté en la vida presente, de ser feliz.

Recobrado el ánimo, el rey glorioso siguió hacia delante, pero al llegar a cierta aldea entre Arévalo y Ávila, que se llama , comenzó a desfallecer poco a poco, y cerca de la media noche, con la asistencia de pocos de sus familiares, ingresó en el camino de la carne universal. Su noble esposa adolecía entonces de cuartana.

¡Que una vorágine tenebrosa se adueñe de aquella noche! ¡Que los astros del cielo no la iluminen, ya que se atrevió a privar al mundo de sol tan grande! Fue flor del reino, honra del mundo, notable por su bondad de costumbres, justo, prudente, valeroso, espléndido; no manchó su gloria por razón alguna. Murió en el octavo día de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Castilla, privada a un mismo tiempo de tan gran señor y rey y de un gran hombre y vasallo suyo, tiene causa de dolor perpetuo hasta que perdure este mundo.

Los que con el rey estaban en ese momento, a saber, su esposa e hija, el arzobispo toledano y el obispo palentino y otros nobles, se apresuran en llevar el cuerpo, ya privado de vida, al monasterio real, que el mismo rey había construido de nuevo, a sus expensas, junto a Burgos. Al conocer la muerte de tan gran señor, concurren de todas partes hombres de ciudades y nobles, que, considerando que se quedaban privados de tan gran rey, caen en estupor y lloran en su interior por la angustia de su espíritu. Las mujeres todas prorrumpieron en lamentos, los hombres rociaron de cenizas sus cabezas, ceñidos de cilicio, y se vistieron de saco. Toda la gloria de Castilla cambió súbitamente y como en un abrir y cerrar de ojos.

Entregado a la sepultura magnífica y honoríficamente el cuerpo del rey glorioso, su noble esposa, la reina doña Leonor, desprovista del solaz de un varón tan grande, deseando morir por el dolor y la angustia, cayó de inmediato en el lecho de la enfermedad y en la vigilia de Todos los Santos, alrededor de media noche, siguiendo a su marido, clausuró su último día. Fue enterrada junto al rey en el citado monasterio. Una misma sepultura guarda a los que un mismo espíritu había unido y la nobleza de costumbres engrandecido.

El rey glorioso y noble cuando comenzó a reinar era un niño de casi tres años; reinó más de cincuenta. Murió en el año 1214.

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Alrededor del año trigésimo de su reinado fue tomada la ciudad santa de Jerusalén y toda la Tierra Santa excepto Tiro, que vulgarmente se llama Sur, y Trípoli, que está en tierras antioquenas. Saladino, sultán de Damasco y Babilonia, luchó contra el rey jerosolimitano y contra los hermanos hospitalarios y templarios, y, porque lo permitió la divina justicia, los venció y, tras matar a muchos de ellos y coger cautivos a otros, tomó toda la tierra a excepción de las citadas ciudades y se llevó como botín la Santa Cruz del Señor, que fue capturada en esa guerra.

Cuando el pueblo cristiano lo supo se dolió sobremanera y el papa romano envió a sus predicadores a todos los príncipes del pueblo cristiano para invitarlos a la liberación de Tierra Santa.

Federico, emperador de los romanos, tomó el signo de la Cruz, y le siguieron todos los príncipes de Germania, y con una innumerable multitud de soldados y otros hombres de guerra pasó por Hungría, luego por Bulgaria y después por Rumania y llegó a la tierra del sultán de Iconio, que limita con la tierra del príncipe de Antioquía, tras vencer y ejecutar a todos los que habían querido resistirse a él y a su ejército impidiéndole el paso.

Tenían, según la fama refiere, el firme propósito de ir primero a Damasco y a Babilonia y destruir todo el reino de Saladino y ayudar a los cristianos; llegar después a Tierra Santa y a la ciudad de Jerusalén con gloria y honor. Esto en verdad se propuso el rey terreno, pero de otra forma dispuso el Rey de reyes y Señor de los que dominan, en cuyo poder están todos los poderíos y los derechos todos de los reinos. Pues estando en los límites de los iconienses hacia Antioquía quiso bañarse en un pequeño río, pues era verano, bajó al agua y allí súbitamente se ahogó. Los juicios de Dios son un océano inmenso. Parte de su ejército murió y la parte restante volvió a los lugares que todavía los cristianos tenían dentro de los términos de Tierra Santa.

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Por ese mismo tiempo, Felipe, rey de los francos, y Ricardo, rey de los ingleses, firmada de mutuo acuerdo entre ambos la paz, con los duques y condes y otros barones y muchos soldados pasaron el mar y se acercaron a Acre, que entonces tenían los sarracenos. La sitiaron los reyes y, expugnándola fuerte y virilmente, la tomaron por la fuerza. El rey Ricardo, antes de llegar allí, tomó la isla de Chipre y se la sometió.

El rey Felipe, afectado de una enfermedad gravísima que hacía temer por su vida, pasó el mar y volvió a su tierra. Pero el rey Ricardo, valeroso y magnánimo, se quedó y permaneció durante largo tiempo en aquellas tierras, defendiendo lo que los cristianos tenían y obteniendo otras nuevas posesiones. Pero al conocer que el rey de Francia le quería declarar la guerra, pasó el mar y mientras atravesaba la tierra del duque de Austria, que vulgarmente se llama Estirriquia, fue capturado por el duque y puesto en cautividad mucho tiempo. Finalmente, tras pagar 100.000 marcos de plata por su libertad, volvió a su tierra y, cuando asediaba una fortaleza, herido letalmente por una saeta, pagó el débito a la naturaleza, como antes se dijo.

Alrededor del año cuadragésimo del reinado del rey glorioso, el conde de Flandes y el conde blesense y otros barones del reino de Francia enviaron a Italia por el marqués de Montferrato, a quien eligieron como jefe y prometieron obedecer fielmente como señor. Habían determinado entre ellos ir a servir al Señor Jesucristo allende el mar. Se reunieron todos en Venecia y como se detuvieran allí mucho tiempo por la maldad y engaño de los venecianos, llegó a ellos Alejo, emperador constantinopolitano, hijo del emperador Isaac, que había dado muerte al conocidísimo traidor, según se dice, Andrónico, quien después de la muerte del emperador Manuel había usurpado por la violencia y traición el imperio constantinopolitano. El emperador Isaac fue abuelo de la reina nuestra señora Beatriz, padre, a saber, de su madre.

Llegó, pues, el citado Alejo quejándose penosamente de sus súbditos, quienes contra toda justicia le habían privado de su imperio, y suplicándoles humildemente que se dignaran ayudarle a la vista de su situación. Y si por casualidad con su ayuda pudiera recuperar el imperio, proporcionaría con largueza a los francos y lombardos todo lo necesario en ayuda de Tierra Santa. Ganados por la piedad y empujados por la pobreza lo siguieron; los constantinopolitanos por temor a ellos recibieron a su señor, simulando exteriormente fidelidad cuando su interior estaba lleno de engaño. Y por ello cuando los francos y lombardos se alejaron navegando hacia Tierra Santa -se quejaban acerca del emperador porque no les correspondió según lo prometido-, los constantinopolitanos volvieron la espalda al señor su emperador Alejo y lo privaron de la sujeción y obediencia prometida y debida. Viendo, pues, Alejo la maldad de sus súbditos envió detrás de los francos y lombardos a sus mensajeros para que los volvieran a llamar: y así se hizo.

A su vuelta se aproximaron a la ciudad de Constantinopla. Eran, en verdad, muy pocos con respecto a la multitud del pueblo constantinopolitano, pero poderoso es el Señor así en lo poco como en lo mucho, si quiere triunfar. Ayudados de la divina gracia, sin la que nada podía hacer, entraron por la fuerza en la ciudad y, matando a derecha e izquierda a muchos de los habitantes del lugar, ocuparon la ciudad y saquearon su infinito botín: oro, plata, piedras preciosas, paños sirios, adornos de diverso género, en todo lo cual más que en todas las ciudades que en el mundo había Constantinopla abundaba. Fue elegido emperador Balduino, conde de Flandes; el marqués de Montferrato fue hecho rey en Salónica y fue elegido como patriarca cierto veneciano, a quien yo mismo vi consagrar en Roma en la iglesia de San Pedro por manos de don Inocencio III. A partir de entonces los latinos obtuvieron Constantinopla y la iglesia constantinopolitana, a cuyo patriarca, no al citado, sino a su sucesor, yo mismo vi en el Concilio Lateranense convocado bajo Inocencio III, obedece a la Iglesia Romana.

Este Concilio se celebró un año después de la muerte del rey glorioso, y en él intervinieron 420 obispos, 72 arzobispos, el patriarca de Constantinopla y el de Jerusalén y el aquiliense y el grandense. De abades y de priores y de otros constituidos en dignidad no hay número. Esto sucedió en la festividad de Todos los Santos y en los "idus" del siguiente mes de julio don Inocencio III, varón bueno, cuyos hechos Dios hizo prosperar, entró en el camino de la carne universal.
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