De entre todos los parroquianos del Paddy's, el más taciturno era el viejo Lawrence. Pero cuando se sentía en confianza y se había tomado su buen par de whiskeys, podía pasarse horas hablándonos de aviones. Lawrence había combatido en la II Guerra Mundial por el bando aliado y ostentaba el privilegio de haber pilotado los mejores aparatos que la industria británica y americana habían puesto en el aire.

Ahora, o sea hoy, el viejo Lawrence se dedicaba a cuidar a su esposa, una viejita de pelo blanco que estaba en una silla de ruedas que se llamaba Rita, como Rita Hayworth, que en realidad se llamaba Margarita Cansino. Tenían un chalet en la Costa del Sol desde 1970, año en que Lawerence se había jubilado como periodista y escritor. Le gustó España y se quedó a vivir aquí.
Lawrence llegó a Europa tras la pista de un piloto de guerra nazi cuyo nombre apenas sabía deletrear. Le habían dicho que vivía en la playa y él lo quería conocer.

La historia de Lawrence tenía mérito. Su familia era checoslovaca y había emigrado a Nueva York, a la famosa isla Ellis donde los inmigrantes europeos hacían cola para entrar en la "tierra prometida". En 1940, cuando Inglaterra quedó aislada, decidió alistarse en la Royal Air Force (RAF) y llegó justo a tiempo para incorporarse en el famoso escuadrón checo, el Nº 313, dotado con Spitfires.

Pero Lawrence era muy joven e inexperto como para cobrar pieza en aquella gran batalla aérea. Así que se limitó a seguir a su "número uno" e intentar no despegarse de su cola. Asistió a muchos combates, vio el cielo azul del Canal y estuvo a punto de ser derribado varias veces, pero no cobró ninguna victoria.

Cuando la VIII Fuerza Aérea norteamericana se desplegó en Europa, Lawrence pidió ser transferido a un escuadrón de su país. Fue rápidamente aceptado debido a su experiencia. Primero voló en los P—47 Thunderbolt y, posteriormente, hacia el final de la guerra, se subió a los P—51 Mustangs, quizás el mejor caza de la guerra. Fue en uno de estos aviones donde vivió la experiencia que marcaría el resto de su vida.

Lawrence volaba con su escuadrón por encima de Rumanía, patrullando. Faltaban muy pocos días para que el régimen nazi se derrumbara. La presencia de los aviones alemanes era cada vez más escasa, así que los seis P—51 volaban confiados en su superioridad numérica y mecánica.
Abajo, los fértiles campos de suelos Chernozem se sucedían uno tras otro compitiendo en cuál era más verde. De pronto, a la distancia, el líder de la escuadrilla divisó a un grupo de cuatro pequeños puntos que parecían formar la inconfundible "schwarm" de cazas alemanes. Abrieron gases y se dirigieron hacia allí a toda velocidad.

Efectivamente, se trataba de cuatro lentos aviones rumanos —probablemente los últimos que le quedaban al mariscal Antonescu y a su guardia de hierro— que intentaban huir de una línea del frente que se movía a gran velocidad por culpa del avance de los ejércitos aliados. Sólo cuatro P—51 consiguieron entrar en acción porque no había más enemigos que derribar. Pero en medio de la batalla, Lawrence y uno de sus compañeros, que prefirieron esperar en la reserva mirando el desenlace de lo que parecía que sería una cacería fácil, se despistaron y acabaron perdiéndose encima de los verdes campos rumanos. Cuando ya les quedaba poco combustible decidieron volver a la base.

Fue en ese preciso momento cuando desde no se sabe dónde aparecieron dos Messserchmitt 109—G6 que descendieron desde las nubes sobre ellos. Lawrence picó su P—51, una máquina muy superior al Me—109, para ganar velocidad y abrió gases a tope para, enseguida, volver a ganar altitud. El caza alemán pasó disparando muy cerca de él. Lawrence giraba la cabeza como un loco dentro de la cabina de plexiglás intentando descubrir adónde había ido el Me—109. El motor del Mustang roncaba ruidosamente mientras ascendía. Cuando estaba a punto de ahogarse por el esfuerzo de la trepada, volvió a hundir la palanca y estabilizó el vuelo.

Entonces lo vio venir. Justo a las seis en punto. Esperó que se acercara y giró violentamente a la derecha, consciente de que los Me—109 viraban mejor a la izquierda. Cuando estaba dentro del giro, sacó los flaps de combate y redujo aún más su velocidad hasta casi entrar en pérdida. Era una maniobra complicada que sólo podía hacer un veterano de mil batallas como él. Seguro que el piloto alemán se pasaría de largo o haría un giro más amplio que él, pensó que podría salir victorioso. O al menos no muerto.

Sin embargo, al salir del giro, se encontró al alemán allí, detrás suyo, disparando sus ametralladoras y el cañón.

Lawrence comenzó a desesperarse. Metió gases a fondo y picó intentando huir mientras el alemán parecía desentenderse de él y prefería ganar altura. Cuando ya se había distanciado lo suficiente, volvió a subir y justo entonces el piloto alemán picó sobre él disparando. Lo hizo hasta tres veces, pero el Mustang era un avión resistente que aguantaba lo que le echaran.

A la tercera ocasión, el alemán cometió un error y lo sobrepasó en el picado. Lawrence tuvo la ocasión de soltarle una ráfaga de sus ametralladoras cuando le pasaba por la derecha, pero no lo alcanzó. El frágil Me—109 alabeó rápidamente y salió despedido en vela, ascendiendo ágilmente y concluyendo en un looping que lo situó de nuevo detrás de él y ascendiendo.

Lo único que Lawrence alcanzó a ver durante esa pasada fue un gran "1" amarillo pintado en el costado del Me—109 G—6.

Era evidente que el caza alemán se había quedado sin combustible porque no regresó por él. Lawrence siguió volando hacia casa, pegado al suelo y aterrorizado ante la posibilidad de haber visto la muerte tan de cerca.

Cuando llegó a la base y describió lo ocurrido, sus compañeros se quedaron mudos de espanto. El grupo de inteligencia del escuadrón había informado hacía apenas dos días que la JG. 52 estaba operando sobre Rumanía y el "amarillo 1" no podía ser otro que Erich Hartmann, el más famoso de sus pilotos.

—¡Quién es ese Hartmann?— inquirió Lawrence.
—Pues nada menos que el mejor piloto alemán— le repuso un compañero.
Efectivamente, Erich Hartmann, con 352 victorias confirmadas, era el máximo as de la de aviación alemana, el tercer soldado más condecorado del III Reich, un verdadero "experten" del aire y Lawrence había tenido el "privilegio" de encontrarse con él y salir vivo. Y allí estaba en el Paddy's contándonos cómo había ido hasta España creyendo que Hartmann vivía en la Costa del Sol para conocer al que casi había sido su verdugo.
Encuentro con "amarillo 1"