| Los refranes son el compendio de la sabiduría popular y también un signo del carácter de los pueblos. Una de las cosas que llaman la atención del refranero español son las mutaciones que se advierten en sentencias que damos por canónicas en Chile. Así, cada vez que utilizamos la expresión “nunca digas de esta agua no beberé...”, un español completará el dicho añadiendo: “...ni este cura no es mi padre”. En la muy católica España sólo había dos posturas posibles ante la Iglesia Católica (las demás iglesias estaban prohibidas): la fe apasionada y el anticlericalismo comecuras. Curiosamente, la secularización de la sociedad ha ido suavizando ambas actitudes. Y como “nunca digas este cura no es mi padre” es una frase contrastada en muchas parroquias rurales donde los sacerdotes tienen una larga lista de “sobrinos” y hasta son buenos “esposos”, las noticias sobre la ruptura del celibato entre los clérigos no han provocado gran escándalo. Incluso la confesión pública de un cura de que es homosexual provocó apenas un par de días de comentarios. Tampoco nadie ha salido a quemar iglesias en España por los escándalos de pederastia en la Iglesia Católica. No porque no se consideren graves, que lo son, sino porque la repugnancia que provoca la pederastia es igual si el que comete esa aberración es cura, militar, profesor o periodista. Y esto se debe a que hace ya un buen tiempo la sociedad española ha dejado de ver a la Iglesia Católica como un hecho sobrenatural y la considera algo así como una organización no gubernamental (ONG) que gracias a su antigüedad goza del privilegio de financiarse a costa del erario público. No ocurre lo mismo en Chile, donde la Iglesia Católica, tras el Concilio Vaticano II, renovó su crédito social que estaba muy maltrecho por el avance de la sociedad laica que desde la década de 1880 habían propugnado liberales y radicales en el país. Por esta razón, el caso del cura Tato y otras acusaciones contra diversos clérigos provocan una justificada conmoción social. La epidemia de pederastia en la Iglesia Católica ha sido extremadamente grave en Estados Unidos. Recientemente, la conferencia episcopal de ese país propuso un plan para erradicar estas conductas de su seno que ha sido rechazado por el Papa Juan Pablo II por considerarlo extremadamente duro. Es verdad que el Vaticano rechazó la medida de apartar a un sacerdote por meros rumores –norma que violaría la presunción de inocencia- y ha propuesto procedimientos menos rigurosos, pero la decisión ha confundido a la opinión pública que todavía recuerda las admoniciones de Juan Pablo II a los obispos norteamericanos que hace poco fueron convocados de urgencia al Vaticano. Ahora no se sabe bien hasta dónde está la Iglesia dispuesta a combatir estas lacras. Un amplio sector de ésta cree que la crisis de los curas pederastas es una campaña orquestada por oscuros intereses. Y ese grupo piensa que lo mejor es nadar y guardar la ropa y utilizan como referencia el hecho de que la Iglesia ha sobrevivido a crisis peores. De hecho el sexo ha provocado tensiones recurrentes en la historia de la Iglesia. Su práctica desordenada y promiscua llevó al Papa Gregorio VII en 1075 a marcarse como objetivo la imposición del celibato total, aunque Gregorio se hizo más famoso por retirarle a reyes, príncipes y señores feudales el derecho a vender los puestos de obispos y párrocos (el pecado de simonía), doctrina que, por culpa de la ley del péndulo, acabaría degenerando en la confusión de Iglesia y Estado como poderes temporales. La prohibición a los curas de no tener familia hay que verla también en el contexto de la lucha con el poder temporal que se libraba entonces. Se buscaba así que la única familia del sacerdote católico fuera la Iglesia y no existiera otro tipo de lealtades o amores. Sabido es que los primeros cristianos no consideraban el celibato como una virtud especial. De hecho, San Pablo, en su Epístola a Tito, dice: “Elegid por sacerdote al que sólo tenga una mujer e hijos fieles y que no sean acusados de lujuria”. Y en la historia de la Iglesia, hay paternidades incontestables. El Papa Osius, por ejemplo, era hijo del subdiácono Esteban, y el Papa Bonifacio I hijo del sacerdote Jocondo. El Papa Félix III era hijo del sacerdote Félix, y fue abuelo de Gregorio el Grande. El sacerdote Proyectus, fue padre de Juan II. El Papa Silvestre era hijo del Papa Hormidas. Y ni hablar de la dinastía Borgia, consolidada por el muy mundano Papa Alejandro VII. Es tan largo el registro histórico que no es raro que muchos en la Iglesia piensen que siempre que llueve escampa. Y por eso se toman decisiones confusas, como retirar a un ex obispo impidiéndole volver a Chile porque existen informes sobre su conducta “demasiado cariñosa”. La lógica indica que si el dichoso obispo ha cometido algún delito, responda por ello ante la Justicia. Y si lo que ha hecho es violar las normas internas del club eclesiástico, deberá ajustar cuentas con su guía espiritual y atenerse a las consecuencias. Pero lo que no es de recibo es que por su antinatural manera de enfrentar los temas sexuales, la Iglesia, con su decisión de mandar al ex obispo a retiro, haya creado la impresión de que éste se encuentra en la antesala de la pederastia. Si algo sabe hacer la Iglesia es tomarse su tiempo. Dicen que en el Vaticano los años se cuentan como días. Quizás por eso Einstein decía que Dios era el tiempo. Pero no sé si en la era de la globalización el honor de las personas pueda esperar años para ser reparado. Como tampoco sé si a Galileo le ha servido de algo que lo perdonaran 500 años después. |
| Nunca digas nunca jamás |