| Tengo unas moneditas brillantes en la mano que nunca antes han sido tocadas por nadie. Son plateadas, doradas y de níquel—cobre. También me han dado en el banco unos billetes planchados, nuevos, perfectos, que me parecen más delgados que los billetes conocidos. Tampoco los ha tocado nadie más que el cajero y yo. Son los euros, la nueva moneda europea. Desde el 1 de enero doce países europeos (Bélgica, Alemania, Grecia, España, Francia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Países Bajos, Austria, Portugal y Finlandia) han abandonado sus divisas tradicionales y han adoptado el euro como moneda común. El Reino Unido, Suecia y Dinamarca, también miembros de la Unión Europea, han preferido mantenerse al margen. Los medios de comunicación dicen que en los doce países están "euro—fóricos". Llegan buenas vibraciones de Alemania, donde se pensaba que los germanos se iban a resistir a abandonar su deutsche mark. El euro les ha gustado. Igual que a los franceses y a los italianos que se sienten aliviados de quitarle tres o cuatro ceros a sus viejas liras. Cada país puede modular la transición al euro como quiera dentro de un marco general: hasta el 28 de febrero sirven tanto la moneda antigua y el euro para hacer pagos. Hasta junio, los bancos seguirán aceptando las viejas monedas pero sólo para cambiarlas por euros (no como medio de pago). Y los bancos centrales cambiarán la vieja moneda eternamente, pero ya no será válida en las transacciones. España, al igual que otros países, ha adoptado los plazos máximos del proceso, pero los alemanes han querido dar un ejemplo de su disciplina social y han decidido dar el cambiazo de moneda en apenas 24 horas el mismo 1 de enero. Un cambio de moneda así es apasionante como experimento sociológico y por las consecuencias económicas que tiene. No se trata de un simple ajuste monetario como el que hicimos en Chile en los años 70 cuando abandonamos el escudo y volvimos al peso. Ahí se trataba de quitarle ceros a unos billetes castigados por la inflación. En Europa la cosa es un poco más complicada, porque cada país obtuvo un tipo de cambio fijo diferente para su moneda frente al euro. En España, un euro vale 166,386 pesetas, pero en Alemania son 1,95583 marcos y en Francia 6,55957 francos. Estas cifras mágicas se establecieron en enero de 1999 tras complejas negociaciones y ejercicios matemáticos destinados a comparar el valor de las monedas vernáculas. Desde hace años sabemos que un euro costaría en España 166,386 pesetas, pero no ha sido hasta ahora que comenzamos a ver la dificultad del cambio. Porque todos los precios han tenido que se traducidos a euros y han salido números absurdos. Por ejemplo, algo que costara 2.500 pesetas, una cifra redonda y habitual en el comercio, ahora vale la increíble cantidad de 15,025302... Es el efecto de los decimales que se ha convertido en un quebradero de cabeza a pesar de que existen normas precisas para el redondeo. La mayoría del comercio está redondeando hasta dos decimales, pero, las gasolineras, por ejemplo, se han empeñado en poner tres. Si aplicamos el redondeo (siempre desde tres decimales), nuestro precio anterior sería de 15,03 euros, lo cual son 2.500, 78 pesetas. O sea, 0,78 pesetas que ha subido el producto en cuestión. Por pura estadística los gobiernos calculan que el tránsito al euro no debería tener un efecto inflacionario ya que el redondeo al alza y el redondeo a la baja comparten las mismas posibilidades (1/2). El problema es que las sociedades están vivas y dentro de unos meses, lo que vale 15,03 euros tenderá a costar 15 euros cerrados o 15,05 euros, y de ahí el camino estará abierto para que llegue a ser 15,10 euros. España tenía siete monedas en circulación y cuatro billetes. De las siete monedas, en la práctica sólo se utilizaban cuatro (la de 5, 25, 100 y 500 pesetas). Las demás habían desaparecido del uso cotidiano. O sea que los españoles se las arreglaban con cuatro monedas y cuatro billetes. Desde el advenimiento del euro, ahora tienen ocho monedas distintas y siete billetes. Se cruzan apuestas estos días sobre qué monedas sobrevivirán y serán las más aceptadas. Estoy seguro que la moneda de 2 céntimos de euro está condenada, mientras que la de 5 céntimos puede tener un futuro glorioso. Los españoles echarán de menos una moneda de 25 céntimos (siempre han tenido una moneda que es la cuarta parte de un entero) y tendrán que acostumbrarse a usar la de 20 céntimos (que es la quinta parte). Si antes con cuatro monedas formabas una unidad, ahora necesitas cinco para enterar un euro. Resultado: los bolsillos llenos de calderilla. Hay cosas fastidiosas: hasta la más mínima adquisición se convierte en un tormento, porque todo el mundo se toma su tiempo para traducir de pesetas a euros y viceversa. Las operaciones comerciales duran más de lo normal. Sobre todo las personas mayores están padeciendo con el cambio. Pero en unas pocas semanas, ya toda la población estará pensando en euros, cuando reciban sus primeros salarios en esta moneda. Desde la época romana no se había visto que tantos países de Europa tuvieran algo tan importante como la moneda en común. Ahora, los europeos han constatado que aquella Comunidad Europea del Carbón y el Acero que hicieron Schuman, Monnet y Adenauer en 1951, se ha transformado en una realidad tangible que viaja en sus bolsillos. Claro que no está exenta de riesgos, pero el proceso de unificación de Europa es, sin duda, una de las aventuras más apasionantes que haya alumbrado la mente humana. ¡Europa bien vale un euro! |
| El euro |