| Cuando algún amigo avisa que viene a Madrid siempre ofrece traer algún regalito: una botellita de pisco o de vino, unas lúcumas o papayas. Yo siempre los sorprendo con la misma petición: una caja de hierbas o yerbas surtidas. Y es que resulta prácticamente imposible, salvo que se acuda a negocios muy especializados, encontrar aquí bailahuén, boldo, cedrón o llantén. La “agüita” define al chileno. Un amigo que acababa de llegar a Madrid pidió una después de la comida y el camarero lo miró pensando que se había vuelo loco. Primero no entendió el diminutivo (característico de nuestra manera de hablar) y, segundo, aunque le hubiese dicho “agua”, le pareció exótico que pidiera una taza de agua sin nada. “Lo que quiere es un poleo menta”, salí al quite antes de que la comedia terminara por arruinar la sobremesa. La mezcla de poleo y menta es la infusión más popular en España y hablar aquí de Rosa Mosqueta, Matico o Paico es como pedir morcón ibérico (un tipo de embutido) en Chile. Pero veo que he sido engañado sistemáticamente. Aunque siempre me traen hierbas de marcas de calidad, leo que el Servicio Nacional del Consumidor (Sernac) ha estudiado las bolsitas que se venden en Chile y ha descubierto que el cedrón, por ejemplo, no tiene ni rastro de cedrón. O sea que el principio activo de la hierba en cuestión no está presente. Las empresas se defienden afirmando que se trata de infusiones aromáticas y no curativas. O sea que lo que algunos venden son “té de cualquier cosa con olor a cedrón”. ¡Qué engaño! La “agüita de hierbas” es un fenómeno extendido en Chile y me parece una costumbre muy saludable. Antes uno salía al huerto y encontraba las hojitas de menta, la manzanilla (que era el blanco preferido por los gatos y perros para echarles una meada) y el temido ajenjo, al que mi abuela era muy aficionada por culpa de Alejandro Dumas. El ajenjo era horrible, amargo e intragable, pero le tomé mucha confianza cuando me curó un empacho de niño. Así aprendí que para conseguir algo bueno a veces hay que tragar ajenjo. Después me enteré de que a los escritores franceses del siglo XIX les gustaba el licor de ajenjo, que conocían como absenta, porque les provocaba delirios creativos y era más barato que el whisky. Me imagino a Dumas, ebrio de absenta, escribiendo a la carrera su “Conde de Montecristo”. En Francia, la absenta provocó tantas muertes y locuras que fue prohibida. En Osorno recordaremos siempre a aquel yerbatero que voceaba su bailahuén por la calle Ramírez. “¡Bailahuén para el pobre hígado!” Siempre tenía una frase chispeante para su marketing callejero y los lunes era especialmente agudo y sangrante. “¡Ese corderooooooo...!”. El yerbatero era uno de los personajes más populares de la ciudad. Un día mi suegra, que toma anticoagulantes, quería beberse una infusión de matico y se lo tuve que impedir porque esta hierba es un cicatrizante y favorece la coagulación. Así que le propuse que se tomara un té de boldo que estimula la secreción biliar y, además, es sedante. Le salvé la vida, claro. Y si alguien no quiere ajenjo, que es rápido y eficaz pero amargo, puede acudir al paico que permite superar los cólicos, los empachos y quita los parásitos. Otra hierba que realmente funciona es el Llantén que cura el asma y la bronquitis. También es un potente antiinflamatorio y es diurético. O el cedrón que es muy digestivo y antiflatulento. Y la popular manzanilla, también conocida como camomila, que combate la acidez y hasta los calambres. Aquí la manzanilla es conocida, al igual que en Francia, pero el bailahuén no. También es cierto que la comida española no castiga tanto el hígado como la chilena. El cordero, por ejemplo, acá se come jovencito. Le llaman cordero lechal porque lo sacrifican antes del destete y ha engordado con leche. O cordero recental cuando ya ha sido destetado, pero aún no es adulto. Tiene poca grasa. La carne de cordero más viejo que he visto aquí es la que llaman en Aragón ternasco, pero nunca llega a tener la edad del que se come en Chile que llega a la mesa cuando ya ha servido para tejer varias chombas. Lo mismo ocurre con el chancho que se asa al horno cuando es chanchito. Recuerdo los asados al palo de cordero o de chancho y la sola visión de esas grasitas chorreantes, doradas y crujientes ya me provocan un ataque al hígado. Con Hernán Vargas Teuber nos comimos un chanchito (aquí llamado cochinillo) en el Mesón de Cándido en Segovia cuando su famoso dueño todavía vivía. Nos sentamos en mesas donde había comido gente notable y vino el encargado y partió el chanchito con su piel dorada y crujiente con el canto de un plato. Nos lo comimos entero y no nos dio ninguna “patada” en el hígado. Hace años que no he vuelto, pero desde que se murió Cándido, que era mesonero mayor de Castilla, su restaurante vive de la pura fama. Ahora hay sitios que me gustan más, pero donde no se puede pedir una agüita de Llantén. En vista que muchas de las grandes marcas comerciales, según el informe del Sernac, han traicionado nuestra confianza dándonos manzanilla común (o algo peor) por cedrón, alguien debería espabilar en Osorno y comercializar estas hierbas salutíferas con la garantía de calidad que antes nos proporcionaba la huerta de la abuela que al final es la única de la que uno se fía. Aquí, donde los consumidores miran con desconfianza a las grandes marcas desde hace mucho tiempo, esta fórmula de marketing se ha hecho muy popular y uno puede encontrar en el mercado papas de la marca “Las patatas del abuelo” o “Huevos de la Granja” o “Huevos de Corral” que son más grandes, más bonitos y tienen la yema amarilla y no pálida. El problema es que los grandes emporios se han dado cuenta y están suplantando a los abuelos y las granjas para crear un puro fenómeno de marca, pero uno siempre los pilla porque el producto artesano es fácil de reconocer (una etiqueta torcida, por ejemplo). En mi barrio, unos productores de varias granjas de Guadalajara han arrendado un local donde venden huevos, leche y queso únicamente los días martes. La gente hace cola desde primera hora de la mañana y la fila da la vuelta a la manzana, y eso que tenemos dos mercados, tres supermercados y dos hipermercados que venden productos estandarizados en unas pocas cuadras a la redonda. Mis vecinos pagan más por los huevos, claro, pero saben que son huevos de granja auténticos. Yo también pagaría más por el cedrón si alguien me garantizara que es cedrón. |
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