Yo hubiera querido ser el último grumete de la "Baquedano", pero no pudo ser, porque como todos saben, la "Baquedano" fue desguazada y su último tripulante fue realmente Francisco Coloane, cuyo cascarón corpóreo partió secretamente en su última singladura hacia la eternidad el lunes pasado.

Existía una misteriosa conexión entre este chilote de Quemchi, hijo de una campesina llamada Humiliana y de un capitán de barco ballenero, y otros hombres nacidos en latitudes más septentrionales que escribían sobre una pasión común: el mar. Así, Francisco Coloane se emparenta con Jack London, con Herman Melville, con Robert Louis Stevenson, con Joseph Conrad, con Julio Verne y hasta con Alejandro Dumas.

Era tan grande el mito de Coloane, tan poderosa su narrativa y tan largo el período en que las odiosidades y el sectarismo lo ocultaron a sus compatriotas -el escritor simpatizaba con el Partido Comunista- que hace 30 años, cuando leí por primera vez su novela más famosa, pensé que Coloane ya estaba muerto. No era cierto, Coloane estaba en la dársena donde van a parar aquellos hombres que producen obras tan sorprendentes e irrepetibles que éstas acaban por fagocitar al autor.

Quizás su gran defecto ante los críticos, y al mismo tiempo su gran virtud ante los lectores, era la linealidad de sus relatos y su fuerte componente autobiográfico. Por una parte esto impide que se le compare con escritores como Conrad, Dumas o Verne (en Francia lo acaban de hacer tras redescubrir sus obras en la década de los 90), que cuentan con un registro más amplio. Julio Verne, por ejemplo, escribió decenas de novelas de viaje y nunca salió de París más que unos pocos kilómetros. El francés tenía un método de trabajo asombroso. Leía todos los periódicos y archivaba exhaustivamente los datos más inverosímiles. Así, por ejemplo, si un día leía que en Transvaal (Sudáfrica) se habían descubierto diamantes, abría una ficha y lo apuntaba. Más tarde, si algún protagonista de sus relatos pasaba por Transvaal, el escritor sabía que allí se comerciaba con diamantes. El método le permitió escribir "La Vuelta al Mundo en 80 Días" con una precisión asombrosa sin conocer ninguno de los lugares donde transcurre. O "Miguel Strogoff", donde el nivel de detalle de los accidentes geográficos y de los horarios de los transportes es increíble.

Muy por el contrario, Coloane sólo escribía de lo que había visto. Esto limitaba su temática a su experiencia -básicamente fueguina y chilota-, lo cual lo convierte en un escritor simpático para los periodistas y para el gran público ya que se situaba en el ámbito de los novelistas narradores y no de los novelistas especuladores, aquellos que se solazan en sus florituras linguísticas y en sus paranoicos mundos interiores que en su gran mayoría, al menos a mí, me la traen al pairo.

Por eso, Coloane era muy secundariamente escritor. Primero era marino, después domador de potros salvajes y capador de corderos en la pampa austral, más tarde periodista, pero, sobre todo, geógrafo. Los chilenos conocemos el Golfo de Penas y las islas Guaitecas porque Coloane escribió de ellas. Sabemos de los fiordos australes y de las temibles tormentas del Cabo de Hornos porque él las describió con minuciosidad. Y así como hay geógrafos que dibujan mapas y miden latitudes y longitudes con precisión científica, hay geógrafos que escriben novelas y las enriquecen con la carne de los personajes que habitan allí.

La pluma de Coloane hizo más por la soberanía de Chile en la zona austral que decenas de regimientos, cientos de tanques y miles de banderas plantadas en sitios inverosímiles. Coloane nos proporcionó nuestro propio Nantuckett en los canales australes, nos descubrió islas, estrechos, archipiélagos, golfos y mares interiores que no olvidaremos nunca. Nos habló de un mundo de gente endurecida por su lucha contra los elementos, de hábiles lobos de mar, de mujeres rudas y tiernas a la vez, y, sobre todo, de jóvenes cumpliendo su rito de iniciación en la vida.

Gracias a él sabemos que se puede llegar a vela hasta el Golfo de Penas, pero que para entrar en el canal Messier hay que hacerlo a motor. Con él y con Alejandro Silva Cáceres aprendimos a armar el coy con el colchón y las dos mantas de reglamento y con él disfrutamos del aire salobre mientras tomábamos café en los jarros de medio litro marca "Marina de Chile".

Al final de sus años, el escritor acabó pareciéndose al Spencer Tracy de "El Viejo y el Mar". Con su rotunda melena blanca y su barba parecía un Poseidón varado en su departamento del Parque Forestal de Santiago. Murió de la misma manera en que él describía la muerte de los témpanos: de pronto se dio la vuelta y se hundió para siempre.

Su fallecimiento se ocultó durante dos días, porque a Coloane no le gustaban los homenajes ni los discursos. Esta última voluntad le ha vinculado temporalmente con la sentencia por el deleznable crimen de Tucapel Jiménez. No sé si Coloane y Jiménez se conocían, pero la otra noche soñé que el escritor se subía a un bote en el que ya navegaba el sindicalista desde hace tiempo. Don Tuca le daba la mano a Coloane para que se subiera a navegar con él después de esperar veinte años en el limbo a que se hiciera justicia. Coloane se subía al bote, agarraba los remos, y le decía: "Vámonos don Tuca. Ya está arreglado. Se ha hecho Justicia a su memoria". Y los dos partían en el bote para abordar "El Caleuche" y recorrer los canales australes que don Tuca nunca tuvo plata ni tiempo para recorrer.
La última singladura
del chilote marino