| Vinieron esta semana por Madrid muchos políticos chilenos. Vino el ex presidente Eduardo Frei, el alcalde y candidato Joaquín Lavín, el senador Carlos Ominami, el incombustible Andrés Allamand y el asesor presidencial Pedro Durán. Ninguno de ellos me contó nada de Osorno. El sábado tenía que llegar el ex presidente Aylwin y esta semana se espera al presidente Lagos (para firmar el acuerdo de Chile con la Unión Europea) y seguro que me encontraré con ellos. De puro pesado que soy les preguntaré cómo están las cosas por Osorno, pero casi me sé la respuesta de antemano. Como decía mi amiga Violeta Medina en el diario La Segunda, el único político que falta en Madrid es el general Pinochet. Pero cuando el juez Garzón lo invitó, él no quiso venir y ahora está muy enfermo para viajar. Tampoco tengo claro que me hubiera traído noticias de Osorno. Los políticos conocen perfectamente hasta el más mínimo detalle de lo que pasa en ese agujero negro y contaminante que es Santiago (cuyo aeropuerto mide 3.200 metros de largo), pero no saben nada de lo que pasa en el resto del país a menos que haya una catástrofe. Nunca he suscrito las críticas a los dignatarios chilenos porque viajan mucho. Chile está donde el diablo perdió el poncho y, por eso, si queremos una economía activa y una política influyente hay que estar en los circuitos internacionales. O sea, hay que viajar. No queda otra. Lo que pasa es que a nuestros dirigentes el mundo les ha quedado chico y el país grande. Se sabe más en Santiago de lo que pasa en Washington o Madrid que lo que pasa en Osorno. Y donde digo Osorno puedo poner Copiapó, Coihaique o Talca. Se pensaba que la globalización era un fenómeno que podía debilitar el centralismo y resulta que en Chile lo potencia. Las sociedades más desarrolladas han redescubierto el interés por lo local como correctivo de la globalización (el fenómeno de lo “glo-cal” escribimos aquí hace tiempo), pero en nuestro país no es verdad. Ni siquiera Colo-Colo es Chile. Sólo Santiago -el gran quásar en el espacio chileno, el agujero negro que devora toda la materia nacional-, lo es. Ahora que se discute una vez más sobre reformas constitucionales y sobre el sistema electoral binominal, aparecen argumentos que hablan de la sobrerepresentación de las zonas agrícuolas (como la nuestra). Parece que todo se orientara a que Santiago adquiera un mayor peso político. Todavía más. El asunto de la representación parlamentaria no sería importante si no existiera un importante déficit democrático en la gestión de las regiones y las provincias. Es verdad que el alcalde de Santiago manda más que el intendente y el gobernador. Pero no es cierto en regiones, donde la distancia entre la máxima autoridad ejecutiva local elegida democráticamente que es el alcalde y la siguiente autoridad ejecutiva elegida democráticamente que es el presidente es enorme. En medio están las autoridades delegadas, el intendente, los seremis y el gobernador. Y en una rama colateral los senadores y diputados que guyardan una distancia más o menos similar con los concejales que vendrían a ser sus pares locales. En estas condiciones, la gestión local pierde fuerza y vigor. El presidencialismo no sirve de nada si no va acompañado de una descentralización administrativa y política. Para quienes ponen como ejemplo el paradigma norteamericano de presidencialismo, hay que recordar la fuerza de los Estados que componen la Unión, y dentro de estos, la eficiencia de la administración local, la más cercana al ciudadano. Nuestro modelo es el centralismo francés, pero el del siglo XVIII, cuando Francia intentaba consolidar el Estado-nación y no hemos recogido nada de los avances administrativos de ese país a los largo del tiempo. Las regiones chilenas soy hoy una realidad banal, territorios demasiado extensos para ser administrados con eficiencia por unos funcionarios designados en Santiago. |
| Santiago, el gran agujero negro |