La filigrana política del último cambio de gabinete efectuado por el presidente Ricardo Lagos ha quedado desdibujada por la novedosa decisión de situar a Michelle Bachelet al frente del Ministerio de Defensa. Recuerdo ahora que la carrera política de Michelle Bachelet estuvo a punto de terminarse a los tres meses de haber sido nombrada ministra de Salud. Fue la demagogia natural de los presidentes novatos la que estuvo a punto de mandarla a su casa ya que, nada mas asumir su cargo, Ricardo Lagos prometió que los ministros ineficientes se irían en tres meses si no cumplían ciertos objetivos. El de Bachelet era acabar con las listas de espera en los hospitales. No lo consiguió, pero todos coincidieron en que no era mala ministra y no se merecía terminar en el ostracismo doméstico porque al presidente se le hubiera calentado la boca. La demagogia quedó en eso... promesas incumplidas.

Es conocido que la designación de Michelle Bachelet reúne tres coordenadas que la han convertido en el nombramiento estrella del gabinete: es mujer, es socialista (el primer militante de ese partido que ocupa el cargo desde el golpe militar de 1973) y es hija de un general de aviación que fue vejado y torturado hasta la muerte por sus propios compañeros de armas. Si Lagos ha querido destacar en su nuevo gabinete cuánto han cambiado las cosas en Chile, con Bachelet lo ha conseguido.

Las Fuerzas Armadas han recibido disciplinadamente el nombramiento. Sólo llaman la atención las palabras del jefe de la Fuerza Aérea, general Patricio Ríos quien recomendó a la prensa que no se hablara más de la trágica suerte del padre de la ministra porque -según él- eso no le hace ningún favor a ella. Ríos dijo algo así como que "eso pasó" y ya no tiene arreglo.

Hay algo extraño en la recomendación del general. Es verdad que la muerte del general Bachelet no tiene arreglo, es verdad que pasó, pero no entiendo por qué no se puede hablar de ella y mucho menos por qué no le hace ningún favor a la ministra. El conocimiento nunca hace daño.

Alberto Bachelet fue un general que no ocultó sus simpatías socialistas. Salvador Allende lo puso al frente de la Dirección Nacional de Abastecimiento y Comercio (DINAC) para que combatiera el mercado negro y la falta de víveres porque conocía su elevada sensibilidad social y su capacidad de organización. Sus grandes virtudes personales no impidieron que en el fragor de la lucha política fuera demonizado debido a que, por decisiones que no estaban en su mano, fracasó rotundamente en su cometido y se vio obligado a imponer sistemas inéditos en Chile como las cartillas de racionamiento y las JAP de tan triste recuerdo.

El nombre de Alberto Bachelet quedó así unido al flagelo del desabastecimiento, al fenómeno del mercado negro producido por la hiperinflación de una política económica errática, y lo convirtió en el blanco de la burla y el odio de amplios sectores de Chile. Había rayados en las calles de Chile contra Bachelet.

Pero nada de esto justifica que sus propios compañeros de armas lo detuvieran el 11 de septiembre de 1973 en su oficina del Ministerio de Defensa, le arrancaran los símbolos de su rango, lo vejaran y lo torturaran hasta morir en la cárcel pública de Santiago cuando esperaba una corte marcial absolutamente condicionada por las circunstancias políticas de entonces.

(Hay aún una historia todavía más trágica que la de Bachelet: la del coronel Cantuarias, oficial que tenía amistad con Allende y que estaba al mando del regimiento de Los Andes. Cantuarias recibió el encargo del general Pinochet de cuidar de su familia el 10 de septiembre sin saber lo que ocurriría al día siguiente. El coronel fue arrestado la noche del golpe acusado de conducta negligente y conducido a Santiago. Según el testimonio de un suboficial que entrevisté hace unos años y que me proporcionó un cronograma exacto del desempeño de ese regimiento el 11 de septiembre de 1973, no es verdad que Cantuarias se mostrara negligente a la hora de trasladar su unidad a Santiago. La versión oficial dice que el coronel se quitó la vida mientras estaba arrestado en la Escuela Militar por razones que nunca han sido bien explicadas).

En 1988 conocí a Angela Bachelet, la madre de la ministra, con motivo del retorno del exilio de la dirigente socialista María Elena Carrera. Estábamos en un departamento de Américo Vespucio desde el cual se veía la Escuela Militar. Recuerdo que pensé en lo mucho que había sufrido Angela Jeria durante todo esos años, viviendo con el peso de que su esposo fuera considerado "traidor a la patria", recibiendo el desprecio de muchos que antes se habían dicho amigos y subordinados leales. Ella ha emprendido un proceso judicial para rehabilitar la memoria de su esposo, al menos en el plano militar.

Michelle Bachelet llega a un Ministerio que tiene pocos problemas a la vista. Su antecesor, Mario Fernández, un hombre que -salvo por algunos rasgos sectarios que ensombrecieron su trabajo- realizó una gestión que merece un aprobado, le ha dejado una cartera pacificada y estable: las adquisiciones militares más importantes están resueltas en las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas y el relevo en los mandos institucionales también. Fernández asumió el costo político de los traumáticos relevos en la Armada y Carabineros, donde hubo importantes errores atribuibles a las instituciones más que al ministro. Por el contrario, el relevo en el Ejército -el más sensible de los institutos armados- ha sido ejemplar con la designación del general Cheyre en el lugar del general Izurieta. Los mismos mandos del Ejército se sienten orgullosos de la forma en que su institución ha ido manejando todos los aspectos del cambio de mando.

Pero si bien no tiene desafíos políticos inminentes, Bachelet, que es médico, pero criada en una familia de hábitos castrenses, quizás sí pueda aportar una dimensión humana que les falta a las Fuerzas Armadas y que debilita nuestra Defensa: la reconciliación del mundo civil y militar casi 30 años después del golpe militar, la eliminación de los recelos mutuos entre los uniformados y una parte importante de nuestros ciudadanos -y los hijos de esos ciudadanos- que fueron víctimas de una represión injusta y desproporcionada.

El día que gente como el general Bachelet o el coronel Cantuarias (padre) sean reincorporados con todos sus méritos a la rica tradición militar de Chile, el día que se les pueda juzgar por su aportación a las instituciones y por sus valores humanos y profesionales al margen de sus ideas políticas, habremos conseguido en Chile que la Defensa sea una cuestión realmente ... nacional.
El padre de la ministra