Vaya por delante una pregunta algo densa para un domingo: ¿Dónde están los límites de los procesos históricos?

Se supone que esta columna debe abrir el apetito de los lectores que quieren una lectura dominical, a ser posible, sugerente, liviana y reposada. Pues hoy no toca. Resulta que esta Carta de Madrid suplanta en Internet las cartas al director de este diario, que es una de las secciones más entretenidas de los periódicos, y es en ese apartado donde yo suelo buscar inspiración semanalmente.

Mi musa hoy -como muchas otras veces- es doña Judith Bühler, quien fuera mi profesora de Historia y Geografía en el colegio San Mateo, a quien he visto en las Cartas al Director de este diario repartiendo mandobles junto a Gabriel Peralta frente a las críticas del profesor Andro Marín del colegio Osorno College.

La cuestión es que por fin alguien hizo un concurso de conocimientos históricos de envergadura en Osorno. Se trataba de hablar de la emancipación de América (que visto de otro lado no es más que la revolución sediciosa de los criollos) en el período que va desde la prisión de Fernando VII a la abdicación de O’Higgins (mayo de 1808 a enero de 1823). Y ocurre que en ese torneo intelectual, los pupilos del profesor Marín, que habían sido preparados a conciencia por su maestro, se encontraron con la polémica pregunta: ¿Cuál fue el rol desempeñado por Portugal en la Independencia americana?

La representante del Osorno College contestó que “la esposa del regente de Portugal, la Carlota, que es hermana del rey de España, quiere gobernar América mientras su hermano (Fernando VII) no puede”. El jurado consideró que la respuesta era incorrecta y sostuvo que la acertada era que Portugal no había acatado el bloqueo continental dictado por Napoleón contra Gran Bretaña.

Si la Historia fuera cronológica, la primera respuesta es exacta. Efectivamente, doña Carlota Joaquina de Borbón, hija del lamentable Carlos IV de España y hermana de Fernando VII, se casó a los 10 años de edad con el príncipe Juan de Portugal que llegaría a reinar como Juan VI. Expulsada de Lisboa en noviembre de 1807 por las tropas de Napoleón, la familia real portuguesa se marchó a Brasil donde doña Carlota, que era una mujer conspiradora y con mala uva (con “visión estratégica” diríamos hoy), se dedicó a soñar con la posibilidad de establecer una regencia sobre las nuevas repúblicas de Sudamérica ya que su hermano estaba preso en Francia por orden de Napoleón desde mayo de 1808. 

Las ensoñaciones de Carlota fueron vivamente estimuladas por el vicealmirante británico Sydney Smith, jefe de la flota inglesa en el Atlántico Sur, quien la alentaba en la estrategia de hacerse con el control de la región incluso a costa de su marido Juan VI. La aventura terminó cuando el ministro inglés Lord Strangford le contó a Juan VI que su esposa le deshonraba en el tálamo matrimonial con el vicealmirante Smith.

Pero si la Historia es un proceso, la acertada es la segunda respuesta. Ya que, obviamente, la inestabilidad dinástica de la península ibérica que llevó a la prisión de Fernando VII fue motivada en gran parte por la decisión portuguesa de mantenerse fieles a los británicos y no acatar el bloqueo continental dictado por Napoleón en Berlín en 1806.

Aporta el profesor Marín el argumento del historiador Gonzalo Vial, quien sostiene que en realidad Napoleón deseaba dominar toda la península. Esta visión es muy propia de los historiadores ingleses y es bastante exacta. Pero ignora otros aspectos. De hecho nadie cuenta que ya en 1801, cuando Napoleón apenas comenzaba a mandar, España protagonizó con Portugal la brevísima “Guerra de las Naranjas” organizada por el favorito Manuel Godoy para imponerle al régimen de Lisboa una alianza con la Francia revolucionaria del Directorio y la ruptura de su tradicional amistad con Londres. Y esa guerra de alianzas no tiene nada que ver con el proyecto continental que Napoleón alumbró en Berlín en 1806 tras derrotar a Prusia y pactar con Rusia.

La Historia, como se ve, es fascinante, tiene mil recovecos y yo animo a los alumnos del Osorno College, que esta vez no acertaron, a profundizar en ella. En 1981, en un torneo de conocimientos sobre el Combate Naval de Iquique, la dupla que formábamos Jorge Kutscher y el suscrito también fue eliminada por no señalar con exactitud cuántos pasos dio Arturo Prat en la cubierta del “Huáscar”. También es verdad que nos habíamos preparado para el interrogatorio leyendo un libro tan poco preciso como “Adiós al Séptimo de Línea” y escuchando canciones de Frank Sinatra.

En esa ocasión, también fue doña Judith Bühler la que nos dijo que la respuesta era incorrecta. Pero creo que nunca nos sentimos verdaderamente derrotados. Muy por el contrario, habíamos contestado preguntas mucho más difíciles que la que fallamos. Nos fuimos cabizbajos, pero doña Judith mantenía su eterna sonrisa y nos miraba con cara cómplice. Ella sabía que había conseguido lo que cualquier buen profesor siempre busca: que el prurito de la Historia nos picara para la eternidad. Aunque no ganáramos esa vez. Y por eso ella es inolvidable para nosotros, como Andro Marín lo será para sus alumnos en años venideros.

Tiempo después, ya en la universidad, el profesor Roberto Hernández, maestro de miles de “normalistas” chilenos, nos estaba dictando una clase de Historia de Chile en la Escuela de Periodismo. Hablaba de la abdicación de O’Higgins y como los alumnos flojeaban y se dormían, describía la situación con gran entusiasmo y colorido para ver si se despertaban:

-...Y entonces -decía don Roberto-, O’Higgins, frustrado y dolorido porque la Nación que había liberado le daba la espalda, se consiguió prestada una calesita y, escoltado por los guardias, se dirigió a Valparaíso con sus modestas pertenencias. Llegó al puerto, que eran apenas cuatro casas, y se dirigió al Muelle Prat donde le esperaba un barco que lo llevaría al exilio en el Perú...

- Profesor –interrumpí enseguida-.

- ¿Dígame? –contestó don Roberto-.

- ¿Cómo es posible que O’Higgins fuera al Muelle Prat de Valparaíso si Arturo Prat todavía no había nacido cuando él abdicó?

- ¿Cómo se llama usted? –dijo el profesor Hernández riéndose-... Mire, siempre es bueno comprobar que al menos uno de los alumnos esta despierto.
La pregunta