Disfruto leyendo la entrevista al historiador Rodrigo Rodríguez sobre el pesimismo que invade a Osorno. Extraigo un dato y lo archivo en mi memoria: ya en 1941 la Oficina de Turismo de Osorno calificó a la ciudad como de servicios. ¡Y nosotros inventando la rueda! Leo a Klaus von Storch y reparo en que cuando él vaya al espacio, no será el primer chileno, sino el primer osornino en surcar el firmamento. Veo que Karina Glasinovic ha vuelto a la ciudad con su espléndida sonrisa, ya consolidada como un valor internacional del piano. Y pienso también en una afirmación inocente de Pablo Fernández, nuestro Pablito, que en una entrevista con el diario sanmateíno "El Cultrún" (que un servidor tuvo el honor de dirigir hace ya muchos años) dice que sus sueños son ser "abogado, un buen pianista y presidente de la República...".

Y no queda más que admirarse de que esta depresiva ciudad sea capaz de arrojar al mundo gente tan extraordinaria. Parece un contrasentido que exista gente con ambición en Osorno, donde a la primera de cambio nos da por sentirnos abandonados y agraviados. Nos falta magia para soñar, digo yo.

El historiador Rodríguez dice que nos falta una generación de recambio. A mí me parece que la estamos viendo ante nuestras narices.

Desconozco cuál es el secreto de la eterna juventud de Karina Glasinovic. La veo en las fotos igual que cuando yo era un simple escolar que la iba a escuchar al Teatro Municipal a instancias de mi tante Marlene que me decía que allí había un talento superior. Karina siempre ha sido tremendamente constante, trabajadora y discreta, apenas habla en público, donde prefiere expresarse a través del teclado. En eso nos parecemos, sólo que el teclado de su piano suena bastante mejor que el de mi computador. Recuerdo que una vez la escuché tocar a cuatro manos con un hermano y me sorprendió aquella demostración de musicalidad y cierto arte prestidigitador. Y me acuerdo que llevábamos fotos a revelar a la tienda de su papá que estaba por la calle Ramírez.

Han sido los oficiales de la vieja Misión Militar chilena en España quienes me han tenido al día de los avances y retrocesos de la carrera espacial de Klaus von Storch. Cuando me acuerdo de él, me da la impresión de que estamos hablando del soldado Ryan, ya saben, James Francis Ryan, de la 101 Aerotransportada, el protagonista de la famosa película de Spielberg. Es como si la fama espacial de Klaus hubiera hecho desaparecer a Jürgen, a Thomas y a sus otros hermanos y entonces viniera el alto mando y dijera que hay que traer a este cabro a casa para que su mamá no se quede sola. Y entonces me imagino que mandan un capitán a rescatar a Klaus a la Ciudad de las Estrellas de Rusia y éste le contesta: "Díganle a mi mamá que estoy aquí en mi nave espacial con los únicos hermanos cosmonautas que me quedan".

Afortunadamente esto es pura figuración porque yo sé bien que Thomas —uno de los mejores oficiales que hubo en los cadetes de la 2º Compañía de Bomberos— está dándole duro al gualato en las tierras de Rostock, intentando convertir al capitalismo esa endurecida tierra ex comunista.

Con Thomas y con Jorge Díaz, que era hijo de un pastor evangélico, fuimos bien compinches y nos moríamos de envidia de Klaus y Jürgen porque ellos eran más grandes y hacían cosas que nosotros no podíamos hacer. Un día Thomas me mostró de pasada el cuarto de su padre y yo me quedé helado al ver la cantidad de maquetas de avioncitos que tenía. Cuenta la leyenda que esa pasión familiar por los aviones llevó a Klaus a sufrir un grave accidente aéreo cerca de la isla Santa Isabel, en Magallanes, de cuyas frías aguas fue rescatado. Sus compañeros de la Fuerza Aérea me hablaron con admiración del suceso y destacaron su pericia y su gran arrojo.

A Pablo Fernández, en cambio, apenas lo conozco por los diarios. Pero me gustó eso de que si le sobra tiempo para ser pianista y abogado le gustaría ser presidente de la República. Cuando éramos chicos las madres siempre nos jorobaban con aquello de que el niño quiere ser presidente de la República. La única explicación que le encuentro a esto es que, en el fondo, cada hijo es el presidente del corazón de su madre, porque si no tocaríamos a presidente por día del año en Chile.

Yo votaría por Pablo porque de esa manera al menos habría un presidente que no desafinaría en La Moneda y seríamos una república de músicos que no es mala cosa. Ya hemos probado de todo: políticos, militares, abogados, economistas y hasta traductores (don Aníbal Pinto, por ejemplo, que traducía para El Mercurio de Valparaíso y en sus horas libres se dedicaba a ganar la Guerra del Pacífico). ¿Por qué no un músico?

Pero la gente extraordinaria no sólo sale en los diarios, sino que convive con nosotros todos los días. Siempre pienso que mis compañeros de la 2º Compañía de Bomberos eran extraordinarios. Se jugaban el pellejo a diario y nunca nos importó ni quiénes éramos ni de dónde veníamos. Una vez, cuando éramos cadetes, nos mandaron a unas olimpíadas bomberiles de compañías alemanas en Concepción. Fernando Classing dirigía la compañía. A mí me tocó proponer la delegación a nuestro oficial jefe que era Víctor Riquelme. "La idea", me dijo, "es que te lleves a los más fuertes físicamente" por lo que pudiera pasar. Así que vinieron Thomas von Storch, Jorge Horst Aubel y otros cadetes cuyos nombres no recuerdo pero que bien podían ser Alex Meeder, Luis Rigo—Righi y algún otro. Recuerdo que insistí en que debía venir Andrés Baumgartner que no estaba entre los más altos ni los más fuertes, pero hacía gala de una perspicacia inusual.

Partimos felices a Concepción y lo pasamos muy bien con los demás cadetes de las compañías chileno—alemanas hasta que un día los amigos penquistas nos tendieron una trampa. Tenían preparado un pitón—monitor monstruoso que no se podía manejar sin varios hombres. El chorro de agua era tan potente que cuando el maquinista le daba la fuerza máxima la manguera empezaba a culebrear y todos los bomberos caían al suelo y eran arrastrados. Ahí me alegré de que Horst y Meeder fueran tan altos. Empezaron los de Puerto Montt, con quienes teníamos una rivalidad espacial, que se lo tomaron a broma y acabaron despatarrados por los suelos. Siguieron los de Santiago. También al suelo. Y nos tocó a nosotros. Nos agarramos todos al pitón y su manguera, clavamos las botas en el suelo y nos dispusimos a pie firme a soportar el tirón cuando el maquinista le diera máxima potencia. No sólo aguantamos, sino que fuimos capaces de maniobrar con el chorro (que era lo importante). Salimos doblados. Los de Concepción se habían reservado para el final y se tenían mucha fe porque conocían el material. Pero fueron inacapaces de maniobrar con el chorro. Así que ganamos.

Habíamos conseguido crear el equipo más compensado. La combinación perfecta. Había allí fuerza, talento, ingenio y chispa para regalar. No olvidaré el día que despedimos a los de Puerto Montt que se volvían horas antes que nosotros. Baumgartner no paraba de gritarles alfeñiques, cobardes y debiluchos mientra se marchaban. Y al mismo tiempo, con una sonrisa imborrable, le hacía un gesto con el dedo a Martín Ercoreca que era el jefe de los cadetes puertomontinos. Cuando Ercoreca se dio cuenta, su autobús ya estaba en marcha y los osorninos éramos los reyes de Concepción.
La generación de recambio