| El suicidio de un joven agricultor en pleno centro de la ciudad el martes ha conmocionado a nuestra comunidad. De todas las reacciones de los líderes políticos y gremiales, la más acertada -por ser la más sensible y humana- fue la del diputado Javier Hernández quien se negó a hacer otro comentario que no fuera el de acompañar a la familia de Claudio Haase en un momento tan doloroso. Esa debería ser la norma. Pero como el suicidio es una conducta prácticamente imposible de prevenir y los psicólogos saben que esto despierta sentimientos de culpa y hostilidad no sólo en el entorno familiar del afectado, sino en la comunidad que lo rodea, los seres humanos tendemos a buscar respuestas al porqué ha ocurrido esto. Eso conduce al terreno de la especulación, ya que ni siquiera la carta de un suicida suele apuntar a todas las razones de su trágica determinación. Y estas especulaciones suponen una agresión a la intimidad de una familia cuyo dolor debe ser respetado. Pero hay un ángulo que sería irresponsable no analizar. Existe una serie de conductas criminales ante las cuales los medios de comunicación deben ser extremadamente cuidadosos puesto que ellas provocan un efecto mimético en la sociedad. En el catálogo tradicional de la profesión periodística siempre han figurado tres: el asesinato masivo, el suicidio y los delitos sexuales. A éstas podría sumarse una cuarta, más actual: la falsa amenaza terrorista. Los norteamericanos clasifican estos sucesos como "copycat", que vendría a significar "calcado" o "imitado". La exposición pública por los medios de comunicación de estas conductas patológicas provoca, según diversos estudios, que otros individuos, predispuestos a las mismas, se sientan estimulados a actuar de idéntica manera. La responsabilidad de los medios, por lo tanto, es muy grande. Esta semana, tras los atentados con bomba de la banda terrorista ETA en las saturadas playas del litoral español, diez personas, jóvenes en su mayoría, han sido detenidos por efectuar llamadas con falsos avisos de bomba. Está también el caso notable de aquél pasajero chileno que después del atentado contra las Torres Gemelas dijo que tenía una bomba para hacer estallar el avión de American Airlines en el que él mismo viajaba desde Miami. Lo mismo ocurre con los asesinatos masivos en las escuelas o lugares de trabajo. Cada cierto tiempo EEUU y otros países viven una oleada de estos crímenes. Y lo mismo pasa con los suicidios y los delitos sexuales. Entre 1984 y 1987 la prensa de Viena informó con profusión sobre personas que se suicidaban en el Metro. Resultado: sólo en los primeros seis meses después de que se publicaran los reportajes el número de suicidios e intentos de suicidio aumentó en un 80%. Por esta razón, desde el mundo académico y desde las asociaciones civiles se viene pidiendo sistemáticamente a los medios de comunicación que se autorregulen a la hora de informar sobre estas materias. Autorregularse no significa censurar o acallar. ¿Cómo se puede ocultar a los ciudadanos un hecho que ha ocurrido a la vista de miles de personas, en la Plaza de Armas de Osorno? Pues los medios pueden jugar un papel clave educando a la población, al mismo tiempo que informan de los hechos actuales, sobre la prevención del suicidio, señalando la importancia del problema (es la tercera causa de muerte entre los 15 y los 44 años y en los últimos 45 años ha aumentado un 60% a nivel global), relatando historias que realcen el valor de la vida y ofreciendo referencias científicas, sociales y morales sobre el asunto. Un buen catálogo de sugerencias para los periodistas aparece en el documento "Informando sobre el suicidio: recomendaciones para los medios de comunicación" publicado por la Fundación Americana para la Prevención del Suicidio con la colaboración de numerosas universidades, y organismos públicos y privados de los Estados Unidos y otros países (está en Internet en el sitio http://www.asc.upenn.edu/test/suicide/web/3.html). En un 90% de los casos, el acto suicida se debe a enfermedades como la depresión, la esquizofrenia y el abuso de sustancias tóxicas. Y las víctimas suelen ser más los hombres que las mujeres. De hecho, según datos de la Organización Mundial de la Salud, entre 1950 y 1995 los suicidios masculinos pasaron del 16 por cien mil habitantes al 25 por cien mil, mientras que la tasa femenina creció del 5 por cien mil al 6 por cien mil. Afortunadamente, cada vez son más las sociedades que comienzan a abordar con seriedad los trastornos mentales que en muchas ocasiones han sido escondidos o relegados pudorosamente. Todos podemos ser objeto de estas patologías que son tan populares como la gripe. Lo que ocurre es que ellas se producen en diversos grados y la mayoría de la población es capaz de curarse sin asistencia, de manera natural. Es lógico que una gran parte de la población se encuentre desde el martes bajo un fuerte estado de conmoción que irá disminuyendo con el paso de los días. Pero muchas personas necesitarán seguir comentando lo ocurrido y especulando sobre el hecho. Esto pone de manifiesto nuestras carencias públicas y la escasa sensibilidad de nuestro país a la hora de lidiar con hechos que conmocionan a pequeñas o grandes comunidades. Ya es habitual en otros países que equipos de psicólogos y asistentes sociales formen equipos de emergencia en estas circunstancias. Ocurre sistemáticamente cuando se produce una tragedia. Sucedió en Nueva York después de los atentados del 11 de septiembre y ocurre cada vez que hay un accidente de aviación o ferroviario. Hoy mismo en Soham, un pequeño pueblo de Inglaterra que está impactado por la desaparición hace más de una semana de dos niñas que la policía teme que hayan sido brutalmente asesinadas, tenemos un ejemplo de cómo deben reaccionar las sociedades bien articuladas y sensibles ante acontecimientos de impacto masivo. Un anuncio público dice lo siguiente: "Si quiere hablar de manera confidencial de sus sentimientos, puede contactar con el doctor James Howard en el teléfono 62.41.23, con la doctora Dorothy Frost en el número 72.00.48 o con el doctor Stephen Taylor en el 72.07.65.Si lo desea, puede también hablar con voluntarios de la localidad de Ely o con los reverendos Richard Underwood, Alan Alsthon o Malcolm Hope". La ayuda, el consuelo y la asistencia no es sólo para los familiares de Jessica y Holly, es una oferta abierta para toda su comunidad. Si alguien lo requiere puede encontrar una palabra sensata o unos oídos atentos. Hay en este simple hecho un gesto de sensibilidad, generado por la propia comunidad (por sus médicos, psiquiatras, iglesias, logias, etc.), que demuestra el cariño que esa sociedad siente por cada uno de sus miembros y que la convierte en un colectivo unido que actúa constructivamente. Ellos saben que la trágica pérdida de cada uno de nosotros nos hiere a todos. Por eso actúan, no se quedan en palabrería inútil e histérica, ni buscan culpables sin ser fiscales. No nos cuesta nada imitar lo bueno y llevar algo de consuelo a los afectado que somos todos. |
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